Un relato breve de los que se escriben en las noches de insomnio.
Amantes
Era tu esclava, a la que azotabas por las noches con tu látigo de soberbia. Uno, dos, uno, dos, como el nazi más terrible, exterminándome a fuerza de golpes y amor, ese amor tuyo, intenso, de tonalidades sexuales y brutalidad genuina. Pero tuyo, al fin, como todo. Porque era lo único que tenías para mí, lo único que podías darle a la otra, esa que no daba de cenar a los niños, que no te planchaba las camisas, esa que, en definitiva, te jodía por fuera y por dentro, a fuerza de gritos y sonrisas, palabras que nunca llegan a decirse y polvos soberanos de esos que no se pueden olvidar.
Porque ese "lo que no", esa patética prohibición que teníamos ante nuestros ojos, niña y hombre, supuraba tan fuerte y nos dolía tanto que cuando nos reencontrábamos no podíamos dejar de mordernos con los ojos y con la boca, dando bocados que arrancaban en alma, que sesgaban de cuajo cualquier sopor o ironía de la vida, cualquier dolor que, bajo nuestros cuerpos se convertía en pasajero. Porque tú lo sabías bien, dueño de mi carne y mi alma, que ningún "lo que sí", por extraordinario que sea, logra suturar el peor de los "lo que no", y ese nuestro, ese prohibido, amor, era tan jodidamente doloroso que nada, ni nadie, era capaz de calmarlo. Excepto nosotros mismos. Y es que en el fondo nos queríamos, bien lo sabe Dios. Nos queríamos tanto, en realidad, que ser tu puta no llegaba, ser la otra, la amante, la que cura las heridas, no era suficiente. Querías tenerme, querías ser yo, dentro de mi cuerpo, a fuerza de meter y sacar, el alma, no otra cosa, aunque de eso sabíamos los dos demasiado, y quizás por eso nos quemamos, porque éramos lujuria, éramos puro entendimiento, aquello que jamás, por mucho que lucháramos, conseguiríamos tener con cualquier otro u otra.
Y es que éramos amantes, y nos queríamos, como locos, como fuego, como el agua que hierve a borbotones dentro de la cripta más caliente; y como nos queríamos no pudimos evitarlo, un, dos, darnos golpes, patadas, efectos del viento en el rostro, ¿Qué era? ¿Una bofetada? No, solo la puta realidad, amor, esa que no deja de gritarnos que solo éramos, somos, amantes, nada más, que lo tenemos prohibido, que yo soy una niña y tú un viejo, ¿O era al revés? ¿Quién era el que tenía hijos, al que su mujercita esperaba en casa? No era yo, yo soy libre, pero me tienes atada, cabrón, me tienes atada por las muñecas, sin dejarme escapar, sin querer escapar, en realidad. Porque somos amantes y solo nos tenemos a nosotros mismos, solo tenemos una cama y nuestros cuerpos, calientes, es lo que piden. ¿Y qué pides tú? Yo solo pido una cosa, amor, ser siempre tu esclava, la otra, la de verdad.
Comentarios
Creo que es preferible ser amante, gozar, dar y sentir antes que no tener lo que deseamos. Pero alli, la impotencia de solo ser la otra, y tal vez la esclava porque el amor que sientes es verdadero, no es pasatiempo..., amar es sentir no un antojo, ni tampoco solo un polvo.
Excelente, un abrazo y bienvenida..!!!.Scully
Muchas gracias por la bienvenida. Nada mejor que un buen comentario,
jeje. Me alegro de que te gustara el relato.
Sin lugar a dudas el relato no te deja indiferente.
Un Saludo.
Gracias por comentar !
Un Saludo.