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Me viene a la cabeza mi niñez, cuando la noche anterior a salir de vacaciones mi madre me llamaba temprano para que me fuera preparando mientras mi padre cargaba con mil bultos el Seiscientos o el Renault 8 de turno.
Entonces se viajaba pronto, sobre todo en verano, eran muchas horas de viaje y mucho calor. Algunos se apañaban con un pequeño ventilador en el salpicadero enchufado a la toma del mechero, pero no hacía más que mover calor, nosotros con abrir la ventanilla ya íbamos frescos.
Salíamos a la calle a descubrir una ciudad con doble vida, calles vacías y silencio solo roto por los barrenderos. El sereno con su chuzo que te saludaba al pasar por tu nombre y apellido porque nos conocía “de toda la vida”. La gente de la noche que se repliega. Los trabajadores con cara de sueño y legaña pegada que van a sus trabajos de pobre con pobre sueldo y pobre reconocimiento.
Pegábamos la nariz al cristal mientras el coche pasaba, raudo, semáforos intermitentes, cruzando la ciudad y desvelando los secretos de calles desnudas.
Esta es una de esas mañanas, solo que yo tengo menos interés en el espectáculo que me ofrece la ciudad y más ganas de dejarla atrás.
Las ciudades son difíciles de dejar atrás, me doy cuenta cuando paso a paso intento despegarme de ella. Puede que hoy no termine de vencer su resistencia y tenga que dormir en sus eternas afueras.
Según camino me invade cierta desazón, la gente me mira y en sus ojos veo que ven en mi un aventurero partiendo a cumplir su sueño o disfrutar de sus vacaciones. Acabo de arrancar las etiquetas a mi equipo de aventura y estoy todavía dentro del círculo.
¿Estaré igual en unos meses? ¿La gente me verá igual entonces, cuando el polvo me cubra y mi piel muestre el desgaste de la calle? Creo que no, cuando la intemperie y el camino hagan mella en mi rostro, cuando el tiempo dé libertad a mi pelo y asome la barba, cuando las uñas se cubran de suciedad y mis ojos de experiencias, entonces sus ojos verán en los míos al paria y me apartarán. Seré definitivamente un vagabundo. ¿Cogerán más fuerte la mano de sus hijos y sus mujeres al cruzarse conmigo, agarrarán sus bolsos y cerrarán sus puertas a mi paso?
Me propongo firmemente mantener mi imagen inmaculada dentro de lo posible. Sé qué pasará si dejo que el calor de la ciudad me tiente, sé que en eso se convierten los que se rinden y desisten de su dignidad.
Ansío los caminos de tierra, las pequeñas poblaciones donde la gente se saluda y se conoce, la soledad de una playa en invierno, la tranquilidad de un lago de montaña en verano.
Acelero el paso, no quiero estar dentro de “Mordor” cuando caiga la noche.
En mi primera noche, finalmente no he conseguido salir del influjo de la urbe. Estoy en las afueras de uno de los polígonos industriales de una ciudad dormitorio.
Pensaba guardar el dinero lo más posible, pero si duermo en la calle mañana no tendré nada. Ya me han entrado varias meretrices que hacen de las callejas su dormitorio. Los chulos patrullan en mercedes y audis a baja velocidad, reggaeton y cuero, brazo colgando por la ventanilla, mirada de muerte bajo las gafas de sol que oculta la maldad a la luna.
Hay una cafetería que alquila camas, no habitaciones, camas. El dueño ha habilitado una nave anexa con literas, al fondo una garita con un guarda y dos baños a los lados. Encima de la garita una bandera de España con aguilucho incluido y un emblema legionario. Todo al más puro estilo cuartelario.
Por 10€ puedo elegir camastro y taquilla. Elijo uno lejos de la puerta, la nave es grande y casi no hay gente, se puede escuchar un ronquido aquí un silbido allá, algún murmullo entresoñado. Hay algo de luz que se cuela por algunas claraboyas abiertas del techo y puedo ver de no meterme en ninguna litera ocupada.
Meto las cosas en la taquilla y me doy cuenta que tanto prepararme y no he comprado ningún candado. La taquilla no tiene, así que me veo durmiendo con un ojo abierto. Voy a la garita, lo mismo el guarda me presta uno.
El hombre está de espaldas viendo en una pequeña televisión llena de interferencias un programa del corazón, donde todos hablan y nadie tiene interés en escuchar. Es un hombre enorme, rapado y, a mi parecer, con varios cientos de kilos de más. Sujeta en una de sus monstruosas manazas una terrina de helado y en la otra un cucharón de madera que lame con placer. La camisa de camuflaje no consigue camuflar los lamparones de los continuos ataques al congelador.
- Perdone, ¿no tendrá un candado para la taquilla?, no encuentro el mío.
El hombre gira el cuello tanto como los pliegues de grasa le permiten, me mira largo rato con cierta perplejidad y finalmente dice;
- ¡Que te jodan!
Bien, creo que no tiene. Vuelvo a mi catre. Con una cuerda paso varias vueltas al cierre de la taquilla y me la ato a la muñeca. Supongo que es una tontería, con un corta uñas revientan todo mi firewall, pero es lo que hay. Al menos si mueven la cuerda puede que me entere.
Me acuesto vestido, las sábanas parecen sucias incluso a oscuras, la manta me pica los antebrazos, todo huele a orín y zotal, se oyen cosas arrastrarse por el suelo y el soniquete del “Reality” del gordo de la garita se me mete en la cabeza como una canción del verano. Me parece que voy a dormir poco.
Amanece. En algún momento de la noche debí caer rendido. Mi mano continúa atada a la taquilla en una posición imposible, me duele el hombro, la muñeca está roja y la mano un tanto hinchada y amoratada por la presión de la cuerda. Abro y cierro los dedos varias veces y masajeo para que la circulación vuelva a la normalidad. En la taquilla nada falta, la nave está prácticamente vacía y el gordo de la garita ha dejado su lugar a un punki delgaducho, pelo lacio, pocos dientes y pinta de necesitar un bocata de jamón más que la trompeta que se está fumando para desayunar.
Recojo el petate y me largo, ya mearé y me lavaré por el camino, ha sido demasiada sordidez junta para la primera noche...."
Comentarios
conservar las pertenencias el día siguiente es estar más que compensado por el precio de una noche.
Por lo que veo esto es un fragmento del inicio de tu primera novela. Tiene muy buena pinta. Me gusta cómo escribes.
Te sigo cotilleando.
Escribes como si estuvieras hablando en voz alta contigo mismo, o con un amigo tuyo "de toda la vida", lo cual hace la lectura más entrante y atractiva. No utilizas un vocabulario rebuscado, lo cual facilita la lectura al lector, y esas dos virtudes, que no defectos, te catalogan como un buen escritor. Conseguir amenidad en tus escritos y transmitirla, es un arte, amigo Nacho. Enhorabuena.
Y quiero recordar que no es la primera vez que te digo esas mismas palabras, lo que corrobora que te sigo (aunque a veces no comente nada) y que me gusta el modo de zarandear o remover tu imaginación. Más que un perfeccionista de la palabra eres un virtuoso de la misma. ¿Me equivoco?
Bueno, yo veo tu escritura tal y como te he dicho, y eso de que mis palabras "cobran importancia", lo interpreto como un halago hacia mi persona; pero no, porque yo sí que sé que soy un escritorzuelo; aunque eso sí, amante de la Literatura. En resumen, sabes escribir y sabes lo que quieres transmitir, y lo transmites.
Otro abrazo para ti
Sencillos pasajes, una especie de retrato de un personaje salido del montón.
Shalom desde Israel, colega de la pluma