Desde la España del dictador Franco, en la que tanto adultos como jóvenes, de ambos sexos, forzosamente se veían obligados a emigrar, para buscarse la vida, no se había vuelto a ver tanta emigración como la que estamos viendo en la España social-comunista de hoy, transcurridas más de dos décadas del siglo XXI
Y esta historia es la historia de un muchacho de18 años, de oficio pescador en un pueblo costero de la provincia de Huelva en la etapa franquista.
Forzado a emigrar
Se sentía empujado a irse, como tantos otros. Hacía tiempo que sabía que llegaría el día en el que perdería de vista, por lo menos durante algunos años, las calles de su pueblo; que llegaría el momento en el que pasear por su playa, le iba a dar la sensación de que podía ser la última vez.
Comenzaba a aferrarse a los recuerdos, antes que perderlos, a grabar en su memoria cada olor, sabor, objeto... Caminaba despacio por las calles de su pueblo rozando las paredes de las fachadas de las casas con las yemas de los dedos. Se embadurnaba las piernas y los brazos con la arena de la playa, y se lavaba la cara con el agua clara del mar. No quería perderse nada. Sentía en las miradas de sus vecinos el calor de un “hasta luego”, y la camaradería, que solo quien ha vivido tamaña pesadilla de generaciones anteriores, es capaz de sentir y transmitir.
Hacía años que el pueblo había cerrado. Primero, la fábrica de sal soldaba su puerta, impregnando de dolor los puestos de trabajo. La pesca no era rentable, y se acababan definitivamente las composturas de las nasas y las redes. Habían dejados escapar tantas cosas que, cuando venían a darse cuenta, se les había escurrido el futuro entre las manos.
Y comenzaron los funerales en vida, las familias rotas, las falacias de los políticos, los orfanatos, el llanto desesperado de un pueblo que vivía su única esperanza disuelta en el humo del barco de vapor que cruzaba el océano y que diseminaba su semilla por medio mundo.
Se resistía el chaval, aferrado al olor del pan casero, a las empanadillas de su madre, a los remiendos en las redes y al zumo de su limonero, hasta que el destino le dejaba un recado en forma de nudo en el estómago y sabañones en el corazón.
Aparecían goteras en el tejado de su casa, que acababan por inundarlo todo, y el hambre no entendía de proyectos ni de tiempos mejores. Así que un buen día, o un mal día (según se mire), después de muchos otros días sentado frente al mar mirando cómo las olas se iban llevando su vida, se subía a un cascajoso carromato y en menos de diez minutos se hallaba en el puerto del pueblo, que, aun próximo, le parecía extranjero, preguntando el precio de un pasaje hacia la ilusión.
De regreso, en su casa esperaba hasta después de que acabase la infame cena para informar a la familia de su decisión. No se producían escenas, ni gritos, ni gestos. Solo un suave tic-tac de un viejo reloj de cuerda, que había en el pasillo, era el que distorsionaba el silencio.
Su madre, llorando, sacaba de un destartalado aparador una maleta grande de cartón y la ponía encima de la mesa del comedor. Como buenamente podía, se secaba las lágrimas en la manga de su ajado chaleco, que después se quitaba y lo metía en la maleta.
El terrible miedo al olvido de un hijo, debe ser el mayor de los horrores que puede sufrir una madre.
Solo faltaba un día. No hubiese podido estar más tiempo con esta sensación. Miraba, emocionado, un horroroso cuadro, que colgaba de una de las paredes del comedor, que nunca le había gustado.
Sabía que ya nadie miraría igual a los suyos, predominando la pena por encima de todo. El tendero metía dos patatas más en el saco, y el lechero tres botellas de leche, como compartiendo el duelo. Nunca había tenido muchas cosas, pero, cuando las metió en la maleta, su cuarto compartido con tres de sus hermanos le parecía un descampado.
El mañana antes de partir, su padre lo despertó al alba. Su padre no había pronunciado palabra desde la noticia, quizá avergonzado por no haberse ido él en su día. Cogían el único cerdito que tenían en el patio, y se fueron al matadero a venderlo, y así obtener dinero para pagar el pasaje.
Los vecinos lo miraban con el respeto que merecen los intrépidos, con el reconocimiento de la dignidad hecha viaje. Solo cambiaban miradas.
Ya en la puerta del matadero, el padre ponía la mano sobre el hombro de su hijo y, apesadumbrado y luchando contra las lágrimas, le dijo:
—Hijo, no olvides escribirnos. Buscaremos a alguien que nos lea tus cartas. Alguien encontraremos.
El muchacho pasaba toda la tarde en la playa, intentando mentalmente llevarse cada mirada, cada sonrisa, cada gesto de su madre, su padre, sus hermanos más pequeños, cada arruga de su abuela...
No podía dormir en toda la noche, y eso que le esperaba un larguísimo viaje hacinado en un pestoso y lúgubre camarote.
Solo su padre lo iba a acompañar a coger el barco. Se despedía con besos y abrazos del resto de su familia, y después echaba un último vistazo a su desnutrida vivienda. Cogía su maleta y empezaba a bajar la cuesta hasta la plaza, desde donde iba a salir un carro, con dos ruedas y tirado por una mula, que los llevaría hasta, ese día, desierto puerto.
Aquel barco era descomunal. Nunca había visto uno igual. La cola que aguardaba para el embarque, era un cúmulo de gestos, escalofríos y de miradas perdidas. Más de uno de los que se iban no tenían a nadie que les despidiese, pero, en lugar de acogerse a sus familias, se aferraban al cielo, empujando con fuerza los pies hacia abajo, como queriendo echar raíces, como tratando de vivir del agua que caía a cántaros.
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Comentarios
El primer pitido de la sirena del barco de vapor retumbaba en todo el pueblo, hasta perderse en el horizonte. Entonces, los cuerpos empezaban la procesión de las almas a través de la escalerilla del barco; no todos, algunos dejaban el alma en tierra.
Mientras el joven iba subiendo peldaños se iba girando para ver la cara de su padre, tal vez por última vez. De repente, su madre llegaba fatigada hasta la barandilla, y, sin poder contener más su dolor, retorciéndose de espinas interiores sangrantes, gritaba:
— ¡¡Hijo, hijo mío, no nos olvides nunca!!
Pasaron tres meses antes de enviar la primera carta; una eternidad para los que esperaban, una décima de segundo para los que el mundo empezaba a girar vertiginosamente.
Al llegar, se encontraba con un lugar donde infinidad de personas se apretujaban y se atropellaban esperando una oportunidad. Pedían cocineros, y más de cien aparecían; peones para la construcción, varios cientos. La competencia era tan feroz, día tras día, que, finalmente decidía subirse a un tren de mercancías antes que la vorágine lo devorase.
Y halló un empleo de pastor en una granja. No era gran cosa, pero le permitía seguir viviendo y enviar algo de dinero a casa, acompañado de una carta. Pero el paraíso no estaba tan bien asfaltado como en sueño había soñado, y antes de lo que cabía esperar por él mismo, se veía de nuevo deambulando por el interior de un lugar desconocido.
Comenzaba a enviar cartas con más frecuencia, queriendo convertir aquello en su manera de aferrarse a la cordura. En ellas hablaba de un mar que le traía el aroma de la cocina de su casa; de su playa, de la que le llegaba flotando hojas de su limonero. Decía oír el repicar de la campana de la iglesia de su pueblo, retumbando en los paupérrimos adobes, y les preguntaba si la lluvia de aquella mañana de invierno caería, quizás, de una nube que ellos hubiesen visto primero.
Y entre carta y carta, veía, pasmado, las montañas más altas de las que nunca hubiese soñado que existían, y ríos con tanta anchura y largura que dudaba si no hubiese llegado a otro mar. Y entre párrafos de tinta seca y mendrugos de gloria, seguía luchando por sobrevivir.
Su gente contaba con la ayuda de una vecina. No habrían podido leer las cartas porque ninguno de ellos sabía leer ni escribir. En un lugar donde lo cotidiano era un lujo, no habían tenido tiempo de pararse en algo que no les quitaba el hambre. Así que, apenas oían el timbrazo de la bicicleta del cartero, que subía la empinada cuesta luchando contra el empedrado, un familiar salía disparado en busca de la lectora, y, después, todos se ponían alrededor de ella a escuchar su relato. En cada carta descubrían un poco más de aquel lugar lejano del que habían oído hablar tantas veces.
Siempre hablaba de un mar, de sus olores y de lo cerca que en realidad estaba de ellos, como si de golpe una feroz resaca le dejase el día menos pensado al otro lado del charco. Era tan fuerte la sensación de cercanía, que nadie se atrevía a tocar su cama ni ocupar su sitio en la mesa por si regresaba de repente a llenar su hueco con su optimismo.
Cuando terminaba la lectura y la lectora salía de la casa, destapando el tarro de sensibilidad para no romper el hechizo del texto, la abuela la seguía y la abordaba en el camino, llevando consigo siete sobres en la mano, el de la carta de ese día y seis que había ido guardando de cartas anteriores. Ante la sorpresa de la lectora, la anciana le pedía que le leyese la procedencia de los matasellos. La abuela era la única de toda la familia que sabía que los relatos de las cartas eran puras mentiras, que el pobre muchacho no quería preocupar a su familia.
Matasellos tras matasellos le confirmaban a la anciana abuela que donde su primero y queridísimo nieto se encontraba no había mar.
Como buen gallego, entiendo a la perfección tu manuscrito, y aunque soy afortunado de no haber existido en esa época, empatizo mucho con ella. 👏🏻
Pues gracias de nuevo. Este es un relato de una tristeza que espanta, pero no por ello deja ser una realidad catedral. Eso ocurría en la España del Generalísimo, y que se está repitiendo en la España social-comunista de ahora, y, aunque en la actualidad también se producen emigraciones masivas, quizás sea menos penoso porque, por lo general, nadie sale de su casa a la aventura cruel, sino a puestos de trabajos concertados desde la propia España, pero, al fin y al cabo, también tienen que abandonar a su familia, a sus amigos y a su país.
Gracias por leerme y un saludo cordial
Un saludo cordial 🙂
Por cierto, me maravilla tu tierra. Conozco Galicia entera y he estado varias veces en A Coruña y en Vigo, y me encanta la llaneza de sus gentes, sus monumentos, sus paisajes verdes, su cocina, sus percebes y centollos
Más saludos, y ahora extensivo a toda Galicia
Me parece una historia muy interesante, aunque ciertos escépticos se empeñan en clasificarlas como mitos o leyendas. No obstante, esto no es una invención ni un cuento de niños... esta historia viene recogida en el libro Leabhar Ghabhála Érenn,
@texas 😁
Ferreiro91
Me alegra el corazón saber que te gusta mi tierra, la cual tiene una historia oculta muy atractiva. Y animo a toda la gente a que lea sobre nuestro padre mitológico, Breogán.
Indagaré acerca del tal Breogán. Aun mi edad, me gusta aprender cosas a diario.