El espejo de su raquítico cuarto de baño le devolvía una imagen que no quería ver y que sin embargo no podía ignorar.
Frisando los sesenta, se podían ver unas esenciales entradas en lo que en el antaño fuese una profusa cabellera. La barba, prolijamente recortada, enmarcaba una cara que podía verse como común, pero de ninguna de las maneras desagradable.
Pero no era su aspecto lo que quería evitar ver, era lo que ese aspecto ocultaba. Sentía que había perdido una buena parte de su vida, la mayor parte, la parte más importante y que el hecho de intentar algunos cambios a esas edades, no le daban los resultados apetecidos.
Había sido un hombre próspero en su juventud y durante muchos años de su adultez, pero la pésima gestión de su vida, con excesivos impagados de algunos de los muchos clientes de su negocio, demasiados gastos improcedentes y, sobre todo, “ciertas amistades no recomendables”, casi acababan por derrotarle.
A veces la depresión le ganaba, aunque siempre sonreía e intentaba que su carácter resultase lo más cordial posible, incluso afectuoso. Sin embargo, por dentro su pena se extendía en forma incontrolada.
Amaba a su esposa, pero jamás se había adaptado a la vida de hombre casado, y esto, día tras día, iba creciendo hasta llegar al divorcio, en la que solo fue ella, ¡la muy zorra!, la única favorecida; es decir, la puntilla para él.
Su formación académica acumulada, encajaba a la perfección en el mundo actual de globalización, de especialización y de ingeniería en todas las áreas, y sentía que era mucho lo que aún podía aportar, pero nunca conseguía transmitirlo a ellos, a sus imaginarios empresarios.
Su estómago empezaba a hundirse por encima del cinturón, y las canas empezaban a ganar la guerra en cabeza y barba. Se estaba haciendo viejo con desmesurada rapidez.
Encendía allí mismo, frente a su espejo, el primer cigarrillo de la mañana, al que, sin duda, le seguirían al menos diecinueve más, hasta completar una cajetilla. El humo nuevo le obligaba a entrecerrar los ojos, y la imagen en aquel espejo delator se hacía un poco más soportable.
Interrumpía la rutina en el aseo, para ir en busca de un café, y el silencio de la cocina le golpeaba el pecho, oprimiendo lo que él pensaba que debía ser su corazón. Añoraba su hogar conyugal, surtido durante muchos años de todo, de lo superfluo y de lo cotidiano; añoraba la presencia de sus hijos, añoraba... añoraba… y no paraba de añorar...
Pero un fuerte pitido de la cafetera lo arrastraba a la realidad, y en dos segundos su infame desayuno estaba listo. Era demasiado temprano aún, y el reloj no le impelía darse prisa. Un largo y tedioso día, con poco que hacer y un aburrimiento bestial, era lo que esperaba.
Sentado a la mesa de su inhóspita cocina, recordaba el sueño de esa noche; no era en él un magnate, ni un célebre artista, ni tan siquiera un hombre soñador, como en otros; era simplemente un humilde obrero, un limpiador de aseos públicos, con un mono blanco y unos guantes azules como vestimenta oficial, que malvivía de lo que buenamente dejaban los usuarios en un cartón, posado en el lavabo, y aunque era el único “ingreso” que tenía, lo odiaba con todo su ser.
Terminaba el café, y después también su aseo personal, con esa imagen mental de los guantes azules limpiando retretes. Un impecable traje gris marengo, una camisa celeste y una corbata de seda, acompañado de unos zapatos de marca, todo esto del antaño, adquirido en su antigua boutique de caballeros, era lo que elegía para vestirse ese día, hasta llegar a su puesto de trabajo, que ya en él cambiaba por la indumentaria citada. Parado en el umbral de la puerta de su humilde piso, echaba un último vistazo para asegurarse de que todo estaba... bueno, en relativo orden, y cogía las escaleras rumbo a la calle.
La misma gente borrega de cada días deambulaba cabizbaja, sin rumbo fijo. Su calle estaba empapada, debido a la intensa y permanente lluvia de la madrugada anterior, y todos los edificios colindantes parecían lavados y resplandecientes con los primeros rayos de un brillante sol de mediado de junio.
Un olor de churros calientes que salía de una cafetería próxima, casi lo desmayan. Con pasos largos apresuraba su llegada a la Puerta de Jerez. Como cada día estival, buscaba la sombra de un añoso árbol, plantado en unos jardines simbólicos de la ciudad, y. sobre sus exageradas raíces superficiales acomodaba su trasero.
Miraba la gente pasar, apresurada, ignorándole, y el peso de sus penas hundía su cara entre las manos. Lágrimas discretas mojaban sus dedos, y la desesperación le ganaba la primera batalla del día.
Pensaba ir a coger un periódico del día en el puesto de su buen amigo Curro, para leer un poco, y se imaginaba la lectura de numerosos anuncios clasificados, que ofrecían trabajos para los que él estaba perfectamente cualificado. Resignado y triste, alzaba con relativa dificultad su enjuto cuerpo, con la idea de ir a cumplir con su cometido. Pero una sorpresa congelaba su tristeza.
Ante él, una preciosa niña rubita, de unos cuatro añitos, le miraba extasiada portando un original bizcocho firmemente aferrado a sus regordetas manos.
Se enjugaba sus someras lágrimas, y a su vez la niña ladeaba su cabeza. En casi media lengua que, sin embargo, le era perfectamente entendible, le decía:
— No llores más, toma -y tendía el bizcocho con forma de barco.
Lo cogía sin pensar bien en lo que hacía, y le sonreía a la cría, que, dándose la vuelta, feliz, corría hacia su madre, cuya no le quitaba ojo de encima y que la esperaba en la cola del metro, a poca distancia, emocionada por el bello gesto de su pequeña gran hija.
Más lágrimas pujaban por regar sus ojos, pero se negaba a que saliesen. Miraba el tan oportuno como inesperado obsequio, y el peculiar bizcocho terminaba de tres bocados en su estómago, dejando ver solo el ancla del barco.
Una sonrisa iluminaba la plaza, y parte de la ciudad, por lo menos desde el Puente de San Telmo, hasta el Puente de Triana, recorriendo el Paseo de Colón y la Plaza de Toros de la Real Maestranza, por un lado, y por el otro, el Paseo de las Delicias y el Paseo de la Palmera, hasta el estadio del Real Betis, el Benito Villamarín, club señero de la ciudad de Sevilla.
Se levantaba raudo y miraba el sol por encima de la terraza del Hotel Alfonso XIII, y Sevilla parecía retribuir su sonrisa.
Empezaba a caminar por el césped, recién cortado, de los Jardines de Cristina hacia la Avenida de la Constitución, pero a medio camino se detenía, daba un pequeño salto, juntando por detrás de su cuerpo los tacones de sus zapatos, y con su característico optimismo levantaba sus brazos hacia el cielo y saludaba efusivamente a su ciudad... ¡Buenos días, Sevilla!


Comentarios
El repaso a una vida que el protagonista cambiaría si pudiera. Creo que es fácil identificarse con algo así, aunque no sea hasta ese nivel, claro. Mirarse en el espejo y no reconocer a la persona mayor que está dentro.
Sabes que siempre me fijo en la puntuación, aunque no lo hago adrede.
Gracias, Isabel. Al igual que mi escrito "Forzado a emigrar" (que ya leíste en la LISTA y me diste tu preciada opinión), éste también es un caso real. Se trata se un buen amigo mío, colega en la universidad, que también llegó a ser ingeniero agrónomo y además muy preparado en los cometidos de su carrera, diría que más que yo, y que ganó mucho dinero. Pero... (ese "pero" que casi nunca trae nada bueno), sus reiteradas tendencias a diferentes divertimentos costosos y la pésima gestión de su vida, lo llevaron al ocaso económico, al divorcio y a la soledad. Siempre le ayudé en lo que pude, tanto moramente como económicamente. Vive aún, tiene mi misma edad, y ahora trabaja asesorando con su mucho saber agrícola a los nuevos peritos e ingenieros agrónomos, obteniendo una remuneración, que junto con su pensión de jubilado, le hacen vivir holgadamente. Es un buen tío, pero se equivocó. Lo mejor para él es que no tuvo hijos, que de alguna manera tendrían que sobrellevar el lastre de su padre. Lo peor es que hubiera podido ser una reconocida eminencia en el mundo de la agricultura. En fin... cosas de la vida. Le pedí su permiso para hacer este escrito (sin meterme en datos personales), y cual no fue mi sorpresa que lo guarda como oro en paño. Tengo contacto casi permanente con él, ahora vía móvil y WhatSapp, ya sabes, somos reos de bicho Covid.
texas
Sabes que siempre me fijo en la puntuación, aunque no lo hago adrede.
No pillo eso.
Gracias por leerme y por decir que te ha gustado, angelescasares.
Son escritos que me place hacer, basados en las secuelas de vida de personas cercanas a mí: familiares, amigos de siempre o conocidos allegados, pero, previamente, les pido permiso por el hecho de entrar en sus vidas, ya que, lógicamente, los primeros que los leen son ellos, puesto que les envío una copia por mail. Lo que escribo, en todos los casos, es quizás más suave que lo que ellos mismos me confiesan y que yo observo como un espectador, digamos invitado. También hago a diario de mí una autobiografía, que comenzó desde que tenía uso de razón, y conmigo mismo no tengo piedad, me pongo verde
Un saludo afectuoso
No creas que no me está costando, no siempre está uno en ánimo de añadir diariamente líneas a lo ya empezado; además, la memoria a veces te traiciona.
Si no cuentas toda la verdad, todas las vicisitudes acontecidas a lo largo y ancho de tu vida, no es una biografía real ¿no crees? Otra cosa distinta es que airees tus cosas, pero como uno no es famoso públicamente, pues eso, me da igual. Al memos, queda para mi prole. Tampoco es que yo sea o haya sido un rara avis, simplemente una persona normal.
Lo que es indudable es que parece que tengo vocación de Profeta Job.
Eres muy amable por brindarte a este cruce de comentarios.
Nuevos saludos para ti.
Ah, te animo a que retomes tu diario. Pienso que es interesante adentrase en el mundo interior de uno mismo, y, de alguna manera, en en los demás.
Es una manera de escribir algo cuando estamos bloqueados o desanimados.
Coincido contigo, Isabel. Incluso aunque no se sea escritor o aspirante a escritor. A mi forma de ver las cosas, es una manera de hablar con uno mismo, que a veces tendríamos que pegarnos un buen tirón de oreja. Pero no deja de ser una pejiguera, si es que no te mentalizas a tomártelo como una obligación más diaria
Por cierto, esta mañana me visitó un mensajero de Amazon. Me agradó su visita