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Engañando a la Muerte

JhoanTJhoanT Anónimo s.XI
editado octubre 2015 en Narrativa
Marcos fue un hombre de guerra. Por más de 25 años había servido a la fuerza armada de su país. Era un hombre curtido, de estatura alta y cuerpo fornido. Sus habilidades en el campo de batalla eran notorias. Destacaba por su valentía y agilidad para encarar ataques cuerpo a cuerpo; así como una mente brillante para comandar ataques y liderar. Cuando se integró, era el más joven de su escuadrón. Muchos dudaron de su capacidad, su cariz pertenecía más al de un hombre de oficina. Pero el tiempo y actuaciones demostraron lo contrario.

En su escuadrón logró buenas amistades. Muchos de ellos lo admiraban, otros simplemente lo veían como cualquier otro soldado. Pero había algo en lo que todos concordaban, algo indiscutible e incomparable: su ingenio en el campo. Normalmente se le eran asignadas misiones de reconocimiento o de asalto, hasta que el tiempo le permitió escalonar entre las jerarquías militares y darse un puesto entre ellas.

Luego de cada trabajo, en las últimas luces vespertinas que ofrecía el día, iba junto a sus colegas al bar de aquella base militar. Allí, celebraban sus victorias o simplemente gozaban de la gracia de sus crónicas. Pero había algo que atrapaba la vista de Marcos, que lo despejaba de todas las angustias y zozobras de su vida. Una joven mesera, de su edad, de cabello rubio y ojos de color castaño claro. Su cabello era acorde a aquel momento: un corte corto y asimétrico, con mechones voluminosos, similar a las modas románticas y exuberantes de las telenovelas de aquella época.

Para Marcos, más que un espacio de descanso luego de cada batalla, era un encuentro con aquel ser que lo cautivaba, que lo sacaba de sus pensamientos. En cada visita, realizaba el mismo pedido de siempre: un tarro estilo americano lleno de cerveza Brown Ale. Cuando no culminaba una misión, se presentaba por aquel sitio a unos 10 minutos antes de su cierre, para poder quedarse charlando con aquella bella dama, cuyo nombre era Alicia, hasta que el bar cerrara sus puertas.

Marcos y Alicia fueron conociéndose de a poco. Para ella, no había algo más fascinante que escuchar las anécdotas de aquel individuo, de la misma forma en que admiraba su indiscutible impavidez. Apreciaba el hecho de que, a pesar de haber logrado grandes hazañas, no se engalanaba de ínfulas de grandeza.

Para Marcos, bastaba con pasar sus tardes junto a ella. Ya no hacía falta pedir su cerveza de siempre, ya estaba esperándolo bajo los fulgores de la barra. Fue tan solo cuestión de tiempo para que, entregados a sí mismos, se unieran en un acto de extremo deseo y pecado.



Los años pasaron. Marcos ya no era el joven que en algún momento fue. La senectud comenzaba a pasarle factura. Nuevas generaciones llegaban al escuadrón, y con ello traían a nuevas promesas; jóvenes con ideas innovadoras, llenos de tenacidad y anhelo. Muchos de sus compañeros se habían retirado, llevando una vida sabática en algún otro país. Otros, simplemente habían fallecido en misiones y batallas. Era cuestión de tiempo, quizás unos meses, para que Marcos se jubilase junto a su compañera de vida Alicia… Y así sucedió.

El día que nunca pensó cuando ingresó, había llegado. Acompañado de los pocos camaradas que habían podido asistir, con quienes había batallado y comandado numerosos encuentros bélicos en las fronteras del país y más allá, recibió su honorifica medalla de servicio a la nación. Acompañado de su amada, de inconsumible beldad, al igual que de su respectiva pensión, decide buscar una nueva localidad a la cual llamar hogar.

Así fue como comenzaron a vivir una vida serena lejos de la base, a unos cuantos kilómetros de la ciudad. Era una casa pequeña, pero a su vez acogedora. Contaba con una pequeña cocina, un mesón mediano para unas 4 personas y 2 habitaciones: una en el piso inferior para los invitados y la principal, donde habitaba aquella pareja de jubilados, en el piso superior. El día de su retiro se llevó todas sus pertenencias; entre ellas yacía la fiel arma que su padre en algún momento le había obsequiado y que, en una ocasión, lo había salvado de la perfidia de uno de sus compañeros: una Winchester Modelo 1912.

El tiempo siguió transcurriendo, de forma rauda y casi imperceptible, y con ella se imponía una realidad latente. Dentro de él, aún existía el deseo de batallar, de estar presente en el campo comandando los ataques de sus aliados. Sabía que ya no había vuelta atrás, que ahora tenía presente la vida que deseaba vivir luego de retirarse. Pero había una sensación que se imponía a la concordia, que lo atormentaba y le temía: la soledad. En algún momento el abandono llegaría a él… O tal vez ahora.

Ya no contaba con sus antiguos compañeros. Su única compañía era la de su mujer, cuya vida comenzaba a pender de un hilo. Hacía meses desde que se le había diagnosticado cáncer de pulmón y la situación no mejoraba. Muchos fueron los intentos por salvarla, entregados a la avidez de recuperarla, de alejarla de aquellas cuatro paredes del hospital, de volver finalmente a casa. No soportaba el ver a su mujer atada a una cama junto a una bombona de oxígeno. Ya no lo toleraba. Por más que le dijera que todo estaba bien, sabía perfectamente que su salud no mejoraría.
No lo comprendía. "¿Cómo una mujer que nunca llevó una vida de excesos o tabaco le puede suceder esto?" pensaba. Ensimismado en sus pensamientos, la puerta de aquella habitación era tocada, sacudiéndolo así de sus reticencias. Era el doctor, solicitando que Marcos fuera a su despacho para darle una información. Una vez dentro, sus palabras fueron suficientes para destruir toda pequeña esperanza que aun perduraba en su ser, exacerbando la concordia que aun suscitaba su existencia. El cáncer había hecho metástasis, y era tal la velocidad de evolución del virus que no le quedaban más de 48 horas a su amada.

Sabía que no podía decirle tal cosa a Alicia, por lo que prefirió ocultarlo. No hubo una misión, baja, fracaso o acontecimiento alguno que superara lo que en aquel momento sentía. Las próximas horas serían las más arduas de su vida. Había deseado con todo su ser que su doncella saliera del hospital, pero nunca se imaginó que sucedería de aquella manera. Debía pasar cada hora, cada minuto, cada segundo, vivir cada último suspiro junto a ella… Y así fue.

Un último respiro, una última mirada, un último momento fue suficiente para llevarse de sus brazos la existencia de la mujer que lo desequilibraba, que lo llevaba a otra dimensión, donde el tiempo parecía infinito; donde lo único transitable eran sus pensamientos. Saber que la vida que todo se lo había dado, ahora se lo arrebataba sin pesar alguno.



Los años seguían pasando. Marcos vivía en la soledad que tanto lo angustiaba. Ya no tenía amigos ni mujer, ni si quiera un hijo que lo acompañase; nunca le había dado importancia el formar una familia. Sus tiempos como militar habían quedado en el olvido. Ya nadie recordaba a las viejas glorias que en su momento dedicaron cuerpo y alma al servicio de su país. En aquel lugar solo reinaba el silencio del desamparo.

La vida de Marcos era monótona. Se levantaba en las mañanas a realizar una comida simple, cualquier cosa que se le viniera en mente. Cuando algo faltaba en la casa, tomaba su viejo Ford Mustang del 78 e iba al mercado que quedaba a no más de unos 2 km de su morada. Llevaba un estilo de vida sencillo, donde lo más relevante eran las noticias del periódico que leía todas las tardes, acompañado de su vieja pipa de madera.

Para él, eso no era vida. Aún vivía conmocionado por la muerte de su Alicia, ya que desde su retirada de la base, era el único ser con quien podía hablar abiertamente y con toda confianza. No soportaba el hecho de no tener a alguien con quien platicar, con quien contar viejas historias (que por muy repetitivas que fuesen, eran un deleite a los oídos de aquella mujer) o compartir simples momentos.

Ya no existía aquella mujer que le preparase la comida, que compartiera junto a él las verbenas de la localidad o los partidos de beisbol en las tardes. En esa casa solo era él, cuadros con fotografías antiguas y su estimada escopeta de corredera.

Acomplejado por su soledad y delirios, comenzó a manifestarse dentro de él un pensamiento vorágine, lleno de deseo y sensiblería. Nunca pensó que en algún momento de su vida, fueran tales los límites de su humanidad los que los llevarían a tomar tal decisión.

De pasos lentos y seguros, Marcos caminó junto a su M12 por los pasillos de su hogar, examinando cada recoveco de este. Luego de divagar por un rato, tomó rumbo a un lugar en concreto: la habitación principal. Allí, donde compartió cada momento, respiro y suspiro, penas y glorias junto a su amada bajo las lunas transcurrentes de aquella localidad. Con un ligero empujón, dejó la puerta semi-abierta. Se sentó al borde de la cama de madera, observando aquel lugar; más que observar, era recordar… Y fue entonces cuando sucedió.

Un estruendoso ruido se escuchó por todos los pasillos y partes de aquel lugar, mientras que un fluido de color rojo intenso se asomaba para luego salir por aquella puerta entre abierta, a la par de un olor ligero pero intenso a pólvora quemada.

Una sombra se hizo crecer por las escaleras de aquel lugar, mientras se acercaba a la puerta proveniente de aquel sonido. Una figura esquelética en su totalidad, revestida por una túnica deslucida y ahuecada tan oscura como la noche hacía su aparición, acompañado de una hoz de mayor tamaño que sí mismo. Destinado a segar el alma de aquel hombre, no fue más que otra cosa, sino una sorpresa, la que encontró cuando se hizo paso en la habitación:

- ¿Gusta charlar un rato, Sr. Muerte? Hace tiempo que no comparto mis historias. – decía, mientras encendía su preciada pipa de madera, dejando detrás de él una estela de perdigones clavados a la pared concreto.

Comentarios

  • IgnoriaIgnoria Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado octubre 2015
    Empecé a leer y quise saber de Marcos.
    La Muerte, tal y como siempre la hemos representado, pero con ese aire nada pretencioso que tú le otorgaste, también se dejó sorprender, como yo.

    Me ha gustado mucho la historia, su avance, y el final irónico y amargo a la vez.

    Enhorabuena.
  • JhoanTJhoanT Anónimo s.XI
    editado octubre 2015
    Ignoria escribió : »
    Empecé a leer y quise saber de Marcos.
    La Muerte, tal y como siempre la hemos representado, pero con ese aire nada pretencioso que tú le otorgaste, también se dejó sorprender, como yo.

    Me ha gustado mucho la historia, su avance, y el final irónico y amargo a la vez.

    Enhorabuena.

    Gracias por tu comentario. Realmente es algo que desde que comencé a escribir siempre he añorado, el recibir una opinión de alguien ajeno a mí en la pagina. Es muy gratificante saber que hay quienes aprecian mis historias, por eso gracias y espero que así como te has decantado por esta, logres lo mismo con las demás. Saludos.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado octubre 2015
    Con lo simpatica que es la huesuda...:eek:

    Entretenido relato, a pesar de lo triste que fue para marcos, quedar solito:rolleyes:
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