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Espadas

pinkipinki Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado junio 2015 en Poesía General
La flora intestinal crece en las riberas desoladas;
Júpiter peina la flor retorcida
del ombligo de un sueño abisal;
Eva menstrua la herida de una mitocondria;
y una miga de caucho resuelve las ecuaciones
de una vida remota.

La sucesión de imágenes lleva a la fisura del azufre,
a la propulsión indefinida de las cataratas
de unos dedos de nieve inmaculada.
Me acompaña el silencio de un pan tierno
en el delgado trance de luces y sombras,
que reduce la acidez, fagocitando la idea,
del etéreo ácido ribonucleico, disuelto
en la estructura omnipresente y omnipotente
del ácido desoxiribonucleico.

Todo queda reducido a un miedo maternal,
iluminado en un relámpago mudo;
a la electricidad que convulsiona el cerebro apagado
de un ave,
reducida a cenizas por la luz despiadada
de un cielo,
preñado de estructuras moleculares.

Aquellas plumas aún rechinan en la incandescencia
del tiempo.

No he podido más que sollozar la tenebrosa fotosíntesis pluricelular
de los cuerpos, abandonados a su suerte.

Fui mi propio alimento, el pan que se parte en mis manos.
Y no tengo nada más que ofrecer.

No entiendo cómo es que aún canta el esqueleto blando
de aquel pájaro. Es el único sonido que llega, sigiloso,
a mi fina membrana, y como la letra olvidada de una canción,
retorna en la insistencia muda del silencio.
Y me susurra el temblor del trigo sin pan;
el rubor de la flor sin semilla;
la cristalización del metileno en los vientres arrugados,
incoloros y faltos de su simiente.
Y, con todo ello, resuelve la ecuación del escalofrío
en mis dientes, indecisos como la espada del mar.

Pájaro desplumado, ¡qué lejos te encuentras de la luz,
y la cosquillas de tu bondadoso esqueleto!
Te atraviesa el amargo sable de la música sin ritmo;
el olor de los minerales, lacerando la entraña de la tierra.
La fina cuchilla de tu rostro sin ojos
se hunde en el caldo primigenio de la materia,
buscando su luz, atravesando las miradas perdidas.

Ahora debes comprender el cansancio de mis párpados,
sosegar el trino del opaco cristal.

Ten piedad de mi lengua agarrotada, y de una manos
que ya conocen un destino sin contornos.

Ellas se han familiarizado con el dulce cansancio
de la materia blanca del hueso.

No esperan ya, acariciar la larga cabellera de la noche,
bordada en la suavidad de los besos trepidantes.

Antes, disuelve en mi boca tu dolor calcinado;
canta la terrible canción de los labios,
de las espadas sin aspavientos,
que se baten en el duelo de la vida y la muerte.
Y deja que reverbere la blanca espuma de un mar
de acero inoxidable.

Busquemos refugio en el reverso de los párpados,
pongámonos a salvo del ruido atronador
de la tierra.
Y que un afilado silencio talle el delgado hilo de luz,
que aún suspira en el ombligo de Eva.
No temamos por ella, su luz es eterna.

Guardemos una vida de silencio por ti, amigo,
y por todos aquellos pájaros
a los cuales amputaron su tierna infancia.

Que el oscuro rostro de la tormenta hable
por nosotros,
mientras descansamos para siempre
más allá de la luz, que ahora nos ciega.

Comentarios

  • BucolicoBukowskiBucolicoBukowski Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado mayo 2015
    Magistral, como siempre. Tienes la potencia de un verso de Pizarnik.
    Un saludo.
  • pinkipinki Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado mayo 2015
    Muy amable, gracias por dejarme tu impresión.

    Un abrazo, amigo.

    :)
  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado junio 2015
    Tormento, es la impresión que me transmiten los versos, un terrible tormento fuera, dentro, en todas partes.... como un via crucis...

    Gracias, poeta talentoso, por la lectura :-)
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