Cuando sucedió aquello yo tenía 12 años. Llevaba 10 tocando el piano. Tocando es mucho decir. Soñando el piano. Ahora tengo muchos más y ahora sí que toco el piano
Nací en Jerusalén, que también es mucho decir.
No pude ir a la escuela, mi familia era muy pobre. Cada cierto tiempo nos veíamos forzados a cambiar de lugar de residencia, aunque siempre dentro de Jerusalén. Todo lo cerca del Monte del Templo que podíamos. Mis antepasados se resisten a abandonar el más bello lugar del mundo. Siempre cerca del muro. Aquel donde los tonos de ladrillo amarillo viejo se funden con cánticos en muy diversos lenguajes. Nuestro lenguaje era el menos hablado, que es mucho decir, quizás el menos entendido. Aquí todos teníamos que esforzarnos mucho para entendernos, y nosotros además de entendernos teníamos que trabajar duro.
Yo vendía agua. Mis principales clientes: los soldados judíos, menos acostumbrados a los rigores del clima. Pero también intentaba a diario hacer la vía menos dolorosa, y también vendía en el Domo. Yo vendía a todo el que lo necesitaba, y a veces al que no.
Mis únicos momentos de felicidad eran con mi piano. Esto si que es mucho decir. Mejor dicho con el dibujo de mi piano. Pinté uno en unos cartones. Me quedó precioso. Grande, con un tacto suave que seleccioné del mejor cartón. Lo pinté fijándome en el que aparecía en la portada del manual que me regaló mi abuelo. Con este cartón practicaba lo que soñaba. Tuve que hacerlo imaginando el sonido de cada nota. Hasta bien mayor no supe su sonido real. Pero a mi me daba igual. Practicaba a diario y me sabía las lecciones de memoria. Era mi obsesión, mi momento del día. O estaba con el cazo, o estaba con mi piano.
Ponía tanto empeño con mi cartón…que tenía formado mi propio micro-mundo de notas, tonalidades y lenguajes que sólo estaban en mi cabeza. Ponía tanto empeño que mis hermanos se arremolinaban en nuestra choza para ver mis conciertos imaginarios. Yo me creía una estrella de las que veía ocasionalmente en alguna televisión de bar. En mis escasos descansos me pasaba por el conservatorio donde estudiaban los niños más afortunados. Desde la calle me asomaba y captaba alguna nota. Rompía a llorar. No sé si por la impotencia de no poder saborear el tacto de la música, no sé si por la melancolía de tan magnífica belleza. Lloraba hasta mezclar en mi cacito el agua y mi propio llanto. Algún cliente me dijo alguna vez que el agua sabía salada.
¿Tanto tardé en llegar aquel día? No lo recuerdo con exactitud, pero cuando llegué…mi casa estaba destruida, como casi todas las del asentamiento. Las notas de las sirenas se colaron en mi cabeza a fuego. Angustiada, busqué a mi familia afanosamente y comprobé que estaban todos. Busqué mi piano de cartón. El humo de las notas negras nubló mi vista. Ardía bajo los escombros todas mis esperanzas. Entre cenizas corrí a intentar rescatar algunos pedazos.
Lloré tan desconsoladamente que mis gemidos hicieron bajar la mirada de las metralletas más cercanas. Un soldado rubio intentó secarme las lágrimas con su pañuelo, lleno de polvo y sangre. Lloré con tanta furia que desconcentré a los que estaban frente al muro. Por un minuto fue el muro de mis lamentaciones. Mi corazón crujió con tanta fuerza que por primera vez en mi vida se acercaron a personas de todas las religiones, ataviados con gorros de distintos colores, con diferentes colores de piel. Todos me miraban apenados, con el corazón roto por mi dolor. Y todos fueron desapareciendo con mis lágrimas.
Pasaron muchos días sin sentido. Muchos días con el cazo del agua seco. Seco como mi alma. Sin música no me importaba la sed de nadie, salvo la mía. Sin mi piano no pude distraer mi dolor: el dolor de la guerra, el dolor de la pobreza, el dolor de las gentes. Triste vagaba entre tensiones y rezos. Sólo recordaba una nota: el do sostenido de las sirenas.
Días después, cabizbaja me topé fortuitamente con el soldado del pañuelo, al cual ofrecí agua como recompensa por su gesto aquel desconsolado día. A cambió no me pagó con monedas, sino con un ofrecimiento. O mejor dicho milagro. El milagro más importante que mi Dios quiso hacer en toda mi existencia. Un cazo de agua por un milagro.
El soldado pidió permiso a mis padres para apadrinarme en mis enseñanzas musicales. Él perdió a su hijo en esta absurda lucha, de la que yo huía con cartón. La lucha que empezaba a entrar en mi cabeza poco a poco.
No le importó que yo vistiera otras ropas, otras lenguas, otros rezos. Fue la primera vez que mi padre sonrió ante un soldado. Fue la primera vez que mi familia sonreía después de tanto daño. Y no sería la única.
Cuando mi soldado rubio me enseñó el piano de su hijo no pude separarme de él en muchas horas. Tuve que dormir a su lado esa noche. El llanto, la felicidad me dieron sed, y esa fue la primera vez que bebí de mi propio cazo. Y la última.
Es muy probable que por alguna razón genética aquello se me diera bien. Genética, milagro…o quizás consecuencia de las miles de horas que pasé con mi piano de cartón. El caso es que terminé la carrera en tres años. Aquello fue un hito que nadie había conseguido en todo Jerusalén. Tardé muchos más en aprender a leer.
Algunos celebran hoy la Navidad. No hay sirenas, solo resuena mis dedos al estrellar todos mis recuerdos contra el piano del conservatorio. El salón de actos está lleno. Yo me esfuerzo por tenerlos a todos atentos a mis movimientos. Cierro los ojos, los abro apresuradamente, hago aspavientos con las semicorcheas. Igual que el día que perdí mi piano de cartón, hoy también hay gentes con muchas ropas diferentes, muchas miradas, muchas historias, muchos lenguajes. Pero todos escuchan el mismo hoy. El de mis notas que inventé en mi cabeza. Todos, y mi soldado rubio también. No ha parado de secarse las lágrimas con sus manos desde que entró en el concierto. Mi padre al ver su gesto saca un arrugado pañuelo de su bolsillo y se le ofrece con cariño.
Aquel piano de cartón me hizo salir de la pobreza y ganar mucho dinero, prestigio y fama. Con la ayuda el señor Stevie Wonder he construido una escuela de música. Hemos comprado pianos, libros…y vienen niños con toda clase de ropa, todos los lenguajes, toda clase de gorros, de velos, de colores de piel…Jamás hubo una discusión en la escuela, como no fuera para ser el primero por coger el banco para tocar el piano. Una tierra sin discusiones es posible.
Entre una obra y la siguiente una chiquilla se acerca. Es una sorpresa que me han preparado. Al quitarse el velo veo a mi hija con el cacito de agua.
Mientras yo viva…ningún niño tendrá que tocar un cartón para mitigar su sed de paz en Jerusalén.
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