La lluvia caía sobre él como si las nubes quisieran matarle. Sentía las gotas, frías y sin vida, deslizarse por su cara hasta introducirse en su boca, abierta y vaporosa. Estaba de pie, inmóvil, con los brazos estirados y las palmas de las manos hacia arriba, como esperando un milagro. En su cabeza tan sólo habitaba el murmullo que produce el agua al caer contra la hierba y resbalar por las rocas, ese murmullo húmedo, casi inaudible, que te inunda de melancolía y soledad y te obliga a enmudecer para poder empaparte de su melodía. Así pasó un tiempo que se le hizo eterno. Respiraba y notaba que el aire gélido le atravesaba el pecho y le hacía sentir vivo. Miró al cielo: estrellas, miles de ellas, brillaban como ardiendo en la negrura de la noche, iluminando la neblina que acompaña al invierno. Por un momento deseó quedarse ahí eternamente, calado e indefenso, porque creía no haber experimentado algo así de hermoso en toda su vida. Y tenía razón.
Comentarios
Lo has retratado muy bien.
Un saludo.