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El elixir escondido

YorickYorick Gonzalo de Berceo s.XIII
editado noviembre 2014 en Narrativa
El elixir escondido


Cómo, se preguntarán ustedes, un ex alcohólico como yo, terminó trabajando en una vinería, es algo fácil de explicar. No por masoquista, sino porque deseaba probarme a mí mismo, quería verificar el tratamiento de desintoxicación yendo directamente a la cueva del lobo. Y además, debo confesarlo, porque ése era el único empleo que había conseguido en meses de búsquedas. Ganarse el pan cargando el vino. Daba un poco de vértigo ver todos esos cajones acopiados bajo las chapas de zinc. La distribuidora alteraba su ritmo según las estaciones del año como el corazón de un animal que hiberna. Un olor agrio se mezclaba con el polvo del aire y la única luz que nos llegaba era la que se filtraba por las chapas traslúcidas que cada tanto se intercalaban. Si el viento soplaba del noreste una brisa agradecida atravesaba el galpón y se perdía por las banderolas del fondo. Yo allí era un peón más, un cuarentón golpeado por los excesos al que le daban otra oportunidad gracias a la recomendación de un amigo.
El hábito termina acostumbrándonos a todo. La rutina hizo que con los meses me olvidara de lo que esos cajones contenían. Los dibujos toscos sobre la madera de copas y botellas, con el tiempo ya no me hablaban del elixir escondido, sino que eran sólo eso: cajones que yo individualizaba por el nombre de su cepa, casi siempre afrancesada. Pero no eran más que palabras que identificaban mercancías a transportar. Don Vittorio, un hombrecito que aún cruzaba el español con palabras de su calabrés natal y al que los clientes llamaban “El tanito”, me tenía algo de aprecio, pero era el mismo aprecio de conmiseración que me tenían los muchachos que trabajaban conmigo. Todos allí creían que me estaban haciendo un favor, y los casi veinte años de diferencia hacían que desentonase. Los pibes me trataban de “usted” aunque yo les insistía para que me vosearan. También sabían de mis problemas de espalda, por eso me dejaron a cargo del montacargas, y salvo cuando había picos de trabajo, intentaban con excusas tontas que no acarreara la mercadería a mano. Me habían exiliado por compasión adentro de ese gliptodonte de metal amarillo. Y yo los dejaba hacer, porque tampoco creía que mi cuerpo resistiera mucho más.
Llegó la primera temporada fuerte, la de diciembre. Todos se preguntarían si mi cuerpo llegaría a resistir esos días agotadores. Las cajas de sidra llegaron y ganaron territorio: calidades y marcas inverosímiles eran la preocupación principal de los supermercadistas que venían con sus camionetas y sus changarines. El ritmo se tornó frenético, todos hacíamos horas extras sin siquiera mirar el reloj. El tanito no daba abasto, encerrado en su oficina con los pedidos telefónicos de clientes y proveedores. Mis compañeros estaban acostumbrados al desenfreno de las fiestas de fin de año; eran jóvenes, podían soportar diez u onces horas de trabajo físico bajo esas chapas recalentadas y volver al otro día. Si me veían el pelo el dos de enero, habría pasado la prueba victorioso. Y para esa fecha no estuve, pero no por flojo. No. Fue el elixir de la vida que regresó a mi cuerpo con la alegría báquica de una fiesta profana.
El treinta y uno a eso de las dos de la tarde comenzó mi regreso a la clínica. El primer paso hacia mi segunda internación fue, paradójicamente, un tropezón. En el apuro por llevar hasta la camioneta de un cliente una caja de un torrontés nacional, me caí y rompí las seis botellas. En un instante, ahí despatarrado entre los vidrios, yo volví a tener frente a mis narices el aroma dulzón de ese líquido del color de la miel. Y momentos después, mientras levantaba los vidrios y secaba el piso, mi cuerpo volvía a recordar las promesas del elixir que al fin se liberaba de su encierro e invadía mis pulmones. Con el fragor del día los otros se olvidaron enseguida del incidente. La segunda señal llegó eso de las ocho de la noche. Estábamos por irnos y don Vittorio se asomó por la ventana de su oficina y nos llamó “per brindare con una copita”. El viejito rebozaba de felicidad: las ventas habían sido numerosas y él no esperaba más de la vida. Sobre su escritorio había abierto un abanico de botellas de lo más variadas sin escatimar en el precio. Se acordaron tarde de mi abstemia forzosa: ya todos estaban con la copa en alto para el brindis cuando notaron mis manos vacías. Don Vittorio le dijo a un peón “andate una corrida hasta el kiosco e traete una gaseosa per el Seryio”. Yo le dije “no hay problema don Vittorio, puedo tomar una copa para la ocasión. No va a pasar nada”. El tano se me quedó mirando pero no me dijo nada. Los pibes intercambiaron miradas entre ellos. Yo me llené el vaso hasta el borde de un sauvignon blanc mendocino, brindé y me lo mandé de un solo y largo trago. Cerré los ojos para disfrutarlo mejor, supuse que los demás estarían observándome. Después nos quedamos charlando un rato, contando anécdotas del día. Yo me serví tres vasos más, como si no pasara nada. Probé un malbec fantástico y degusté también de un chardonay importado muy disputado entre los seis empleados que llenábamos la oficina del patrón. La última invitación me la hizo la sangre joven de un tinto áspero que me dejó picando la garganta y del que ya no recuerdo la etiqueta. Cada vez que me acercaba al escritorio sentía las miradas de los otros, sus voces que se interrumpían un momento. Claro que nadie me dijo nada, ni yo me di por aludido. Cerca de las nueve nos despedimos. Tenía una hora para pedalear hasta casa, pegarme un baño y tomarme el ómnibus hasta la casa de mis padres. Recuerdo bien ese viaje de treinta cuadras en bicicleta. Estaba la noche de verano recién arribada, el aire que ya empezaba a oler a pólvora, el clima festivo apenas contenido entre los vecinos de mi barrio; y estaban mis entrañas, claro, en diálogo abierto con lo prohibido. Deberé decir que me sentía feliz.
El desenlace ya está contado. Y lo que pasó en esa casa que fue mi hogar materno no lo narraré por vergüenza. Para el remate de este relato basta decir que apenas traspasé lúcido el umbral de las doce de la noche; que mis familiares debieron llevarme inconsciente y magullado hasta la sala de guardia de un hospital; y que de allí me derivaron, esa misma madrugada, entre las explosiones de los últimos cohetes, hasta la clínica que ya había tratado de rescatarme. Días después recordé que al irme de ese lugar me había despedido del guardia de la puerta con un “hasta luego”.

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado noviembre 2014
    Y pudo más el vino que la fuerza de voluntad:eek:
  • YorickYorick Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado noviembre 2014
    amparo bonilla escribió : »
    Y pudo más el vino que la fuerza de voluntad:eek:

    :o:o:o
  • NefertitiNefertiti Fernando de Rojas s.XV
    editado noviembre 2014
    El relato de un fracaso; y muy bien narrado, debo decir
  • YorickYorick Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado noviembre 2014
    Nefertiti escribió : »
    El relato de un fracaso; y muy bien narrado, debo decir

    Gracias Nefertiti, pero le falta, le falta bastante.
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