No comía desde el jueves, era sábado. Corrí a la despensa, cogí lo primero que encontré y volví a la habitación. Llamaron a la puerta. Era Gloria. Gloria tiene esa manera de moverse, de mirarte a los ojos…Así que apenas hablamos, sólo lo justo. Antes de cinco minutos la tuve abierta de piernas sobre la encimera, lo que sea, como se llame el jodido mueble donde guardas los paños. Luego pasamos a la cama. Ella gemía como una hija de puta recién castrada, gemía y gemía, gemía, hostias, iba a tener que hacer un esfuerzo de tres pares de cojones para mantener la leche dentro un poco más. Ahí andábamos, dándole al asunto, al tema, ¿cómo lo llamarías? Me agarró las nalgas como si fuera a tener un hijo, como te agarra la mano una parturienta, como supongo que te la agarra, quiero decir. Tremenda puta, no dejaba de soltar esa especie de quejido, sabes lo que digo: íh, íh, íh…Coño, me ardían los cojones. Y ahí seguía ella. Le agarré las tetas como si me fuera la vida en ello, le comí la boca, estaba mordiéndole los labios como se mastica un chicle, lo que eran para mí, le metí uno o dos dedos por el culo, ya no lo recuerdo, y entonces sí se lanzó a gemir de veras. Tuve ganas de aflojarle un guantazo allí mismo. No quería correrme aún, ¿me entiendes? De repente se dio la vuelta aún con mi polla dentro, no sé cómo lo hizo, apenas me enteré, estaba mirando al techo contando las grietas para no echarlo todo a perder antes de tiempo cuando sentí que lo hacía, como una maestra, para mí como una de esas indias o lo que sea, las que hacen lo que quieras con el coño, ésas. “¿Qué mierda estás haciendo?”, le dije. “Sólo me doy la vuelta, no hables, sigue, ¡sigue!”. No pude soportarlo, le largué un guantazo, el que tenía guardado. Se estremeció, se estremeció por completo, decididamente una tremenda puta. Eso la llamé entonces: puta, puta, puta. No sé explicarte cómo supe que se corría, justo en ese segundo, lo sentí dentro, como un calambrazo, un calambre en la polla, como si me la apretaran entre cuatro negros, entre las palmas de las manos, como un traqueteo en la base…Ya no gimió: gritó. Le arreé otra hostia. Pero ésta le dolió. Se reviró en el sitio, me miró con odio. No dijo una palabra. Yo seguía moviéndome contra ella, de delante atrás como los trapecistas, como los monos, adelante y atrás, contra su pelvis. Ella no dejaba de mirarme, no apartaba los ojos. La sentí insultarme desde lo más profundo. Pero no se movió, no abrió la boca. Se dejó hacer y cuando terminé, cuando la saqué entera, saltó de la cama y fue al baño a vestirse. Seguí tendido, inmóvil, con la mente en blanco. Luego escuché la puerta, dio un portazo.
Intenté una sonrisa, me quedé dormido.
Comentarios
Bien escrito, fome para mi paladar... quizás he leído demasiado erotismo.
Si vas a andar de guantazos que sea con ganas, adentrándonos al sadomasoquismo y no solo un guantazo por darlo.
Puedes mejorarlo un 100%.