Tu pobre abuela ha pasado un rato batiendo huevos y derramando leche, moviendo con una varilla la masa mientras sus flácidos brazos se balancean para complacer a su nieto que ahora cumple años. No te quejes. Agosto es también un mes bonito, aunque no estés en el caribe, o en un crucero por el mediterráneo, o no tengas un buen fajo de billetes para fundirlo en farlopa como dios. Es cierto que por estos lares a veces cuesta respirar, pero sabes bien que mejor eso que el invierno húmedo con el que hacen gimnasia tus riñones. Mejor agosto que esos vaqueros fríos que como un inconsciente dejaste tirados en el suelo la noche anterior antes de intentar el coito debajo de 30 cm de sendas mantas. Todo eso es el invierno, junto a ciertos olores. El paseo huele a frío, el aire está viciado de alguna especia que recuerda a las castañas y las chimeneas de leña de toda la vida, aunque no exista siquiera una en toda la ciudad. No te extrañe que con las rebajas de Navidad, las grandes marcas hagan rociar una sutil fragancia que hace a los escaparates más apetecibles, invitándonos dulcemente a ser mejores personas, adquiriendo mejores productos; dando trabajo a una multitud global de niños hambrientos, albañiles paquistaníes, y chinos pobres que trabajan para chinos ricos. Tus amigos pueden felicitarte estén donde estén por facebook, o cualquier otra plataforma. Hay infinitas posibilidades, tal vez a un ritmo demasiado vertiginoso para ti. Pero no te ofendas, no es tarde para ponerte en forma. Tus problemas tienen solución. Sólo algunos son capaces de la emancipación total; de asir con firmeza su libertad y explotarla en el terreno de juego. El que no juega es sólo un cobarde. No te dejes engañar por los jugadores lesionados, por los tullidos sociales, por los falsos profetas ascéticos que nada necesitan para vivir. No te fíes de aquellos que dan ejemplo, esos son sólo buenos actores, enfermos de sí que sólo buscan la satisfacción de un fetichismo oscuro e ignominioso, oculto tras su vida ejemplar. Cuando cumplas años, piensa que estás vivo, que tus átomos siguen oxidándose a un ritmo normal, que sigues muriendo, y que con suerte lo seguirás haciendo aún unos años, si fumas un poco menos. Medítalo; da si quieres un paseo y piensa en ello mientras ves moverse los hierbajos del camino, y los profundos orificios de las grandes rocas, y los animales encerrados tras las alambradas que te siguen con la mirada. Quizá más allá de sus ojos opacos te veas a ti mismo como la bestia que eres, y entonces comprendas lo que es la eternidad, la vida que se comprende así misma mientras pasa el tiempo, sin fiesta sorpresa, sin tarta.
Tu abuela ha sacado el bizcocho a la ventana como en las películas de Disney, aunque ningún pájaro se ha acercado a a recrearse entrañablemente en su aroma de naranja. Tan seco como su rostro viejo, plagado de penas que ni siquiera imaginas. Cada época fabrica su propia miseria, y tal vez por ello no te alivie demasiado el detalle que apenas se enfría sobre la repisa de la ventana, porque tu miseria es otra, más aburguesada, espiritual si se quiere, pero igualmente dolorosa. La soledad compartida en tiempo real; el frío distanciamiento de la carne dentro de unas mayas de cuero y juegos sadomasoquistas. Tú lo sabes, aunque te cuesta horrores explicarlo, racionalizarlo. Lo propio de tu tiempo es mimetizar el sufrimiento, atenuar la crudeza con sanos y asépticos rituales. Con ironía más o menos fina. Lo trivial ha resultado absoluto, lo absoluto una broma, un chiste. Tu cumpleaños? Déjate de idioteces. Crece.
Comentarios
Hay resentimiento en estas líneas. Una fuerza nacida de la imperiosa necesidad de no sentirse "malo"... a precio de mostrar "malos" a los otros, los distinto a él mismo. Creo que todo el relato es acerca de esa "otredad", del sentimiento de estar fuera de cuadro, separado del resto.
Muy buen texto.