Sus ojos, diáfanos, trascendían mi cuerpo. Procuré no mirarla en demasía; saqué en limpio que era de una sencillez implacable, y que su pelo se mimetizaba con la noche. Sentía mi mano agitada por mil gusanos juguetones dentro de mi carne.
-¿Entendiste, entonces?
Estúpidamente, titubeé que sí, sí, claro.
Me enseñaba matemática. Yo sabía que era de una imposibilidad total; pero me daba lo mismo. Y así como el protagonista de las
Noches Blancas, agradecía la luz, por tenue que sea, que se cruzaba por mi camino… de haberlo.
Cuando ya se había ido, y yo estaba en mi pieza, mirando al techo, disparé quince versos. La recordaba a ella, a su efímera estancia. Poseía, aún en mi cuello, ese perfume que despiden las mujeres que, solo al palparte, te lo quedas lo que dure el día. O la noche.
Me levanté, medio animoso, medio estúpido, y la corriente de aire me arrebata enormemente, como si se hubiese condensado ahí fuera de mi ventana para luego entrar a galope vivo. Abrí el cajón y saqué el cortaplumas, los cigarros. Tuve que volver porque dejé el encendedor y, ahora que el sol se había puesto, mi realidad circundante andaba de aquí para allá dando mil pasos por segundo porque llegó del tren, porque el supermercado porque hay que hacer la carne y porque mañana… parecían ráfagas, más que personas.
Ella se reía y mis nervios al verla reír, tiritaban. Y entonces yo comenzaba a reírme por dentro, en mis entrañas, avanzando la fiesta tribal en caravana por la garganta y mis orejas, invadiendo países enteros, y luego la risa asomaba primero por mis ojos (porque yo me río primero con los ojos) y cuando ella adivinaba que me estaba riendo y me seguía el juego mis labios formaban una línea bélica, extendiéndose por ambos flancos, y ella sabía lo que venía: un tierno sonido despedía mi boca.
Nos tratábamos en un plano igualitario y yo le agradecía tácitamente ese ejercicio; bueno y yo, sin nada que perder a estas alturas, cometí ciertas excentricidades en el trato… pero ella me seguía, lo aprobaba. Cuando ya se tenía que ir, empezó a contarme cosas. Yo le hice con el dedo índice en mis labios ese gesto de la intimidad y del secreto, porque nos podían oír. Ella rió, yo reí. La despedí con la mejilla cobriza. ¡Ay, qué momento! Me sentía francamente feliz. Teníamos un juego propio y lo disfrutábamos…
Fuera del súper compré una cajetilla. Comencé el ritual. ¡Ah, pero si ella tenía que pasar al súper! Apagué entonces el cigarro no consumido y entré.
Fue entonces cuando recordé que, cuando la vi irse desde mi ventana, ella agarraba su teléfono, llamando a alguien supuse en ese entonces. Ella estaba dentro, tomada de la mano con otro hombre.
Me insulté a viva voz por mi estupidez, por pensar que sería como en las
Noches Blancas; acaso no lo fue. Maldije a
Dostoievski por crear imbecilidades. Miraba al cielo pidiendo clemencia.
No demoré más de diez minutos en llegar a mi casa, llorando. Fui al baño, me paré frente al espejo y reí como un imbécil, con una risa desenfrenada, frente al que me miraba, impasible. Fatalmente agarré la máquina que encontré a mi lado y talé todo mi cabello. Me sequé la lluvia y me observé: de frente estaba el otro con su cabello intacto, llorando, y mirándome con ojos incisivos. Me sentí tristemente multiplicado. Una estrofa, agazapada, comenzó a vibrarme y mi voz cantó al espejo:
Viene de corazón
para ser lo que soy
Viene cuando yo voy…
para la pena,
para la pena no.
Comentarios
Me gustó la metáfora del llanto: "Me sequé la lluvia..."
Lo que no me quedó muy claro es si el personaje la sigue hasta el súper sin ella saberlo, o si le iba a cocinar él a ella, y si la descripción de cómo ella le sonríe es solamente en la mente de él. Mejor lo leo de nuevo.
¡Gracias por compartir!
¿Esa confusión es buscada? ¿Es fruto de lo embrollado de los sentimientos de un joven por su profesora? Si lo has escrito así adrede, felicidades. Si no es así, tal vez tendrías que estructurar un poco más los textos.
En cuanto a las imágenes, símiles y metáforas, congratulations! Algunas de ellas me han parecido excelentes.
Hola Francesca. Gracias por leer.
Respondiéndole a pessoa y a ti, la confusión es intencionada (no tengo problema en reconocer si no fuera así) pues se trata de lo que pasa por la mente misma del sujeto. Creo que a más de uno se le ha interrumpido una narración -mental, por supuesto- por cualquier otro fragmento, recuerdo o por una impresión del instante, y es lo que sucede ahí. De tanto narrar olvida cierto detalle altamente significativo y pues sucede lo que sucede...
Gracias por lo de la imágenes