Más de una vez al día pienso en virarle la cara de una hostia, pero luego se me pegan adentro sus ojos de yo qué sé por qué lo parí al mundo y retiro la mano, es decir, ni la levanto, y sigo con lo mío, en la sala de estar o en la cocina, en el cuarto con él, que ya no me ama, y el pequeño corriendo, sonriendo, haciéndose el tímido, el tuerto, el que no sabe, pero yo sí sé y sabiendo le perdono, porque una es buena madre y no se sobrepasa, y además ya se sabe cómo van estas cosas, ahora eres niña, en quince años madre y así, y el siguiente, y todos los que vengan, como la rueda que decía aquel tipo, el que me dio por culo alguna vez en Lieja, sabes, el de los ojos grises y las manos llenas, llenas de qué, no sé, llenas de callos, de sudor animal, de aire caliente, eso me dijo y me lo dijo mirándome profundo: que hoy somos esta cosa que se observa, que se llama a sí misma y no se espera, y después lo siguiente, algo distinto, que nuestro cuerpo cambia pero también el alma, y lo que hacemos hoy, lo pagamos mañana. Así que lo perdono, perdono a mi niño, y voy dejando que haga lo que se le ponga, que ya habrá tiempo gris para morir por dentro, y ahora me alegran más una pedrada, una vidriera rota y un mordisco, que toda la miseria, la gran morralla densa del arrepentimiento, no por lo que se ha hecho, por lo que no se hizo.
Comentarios
Tienes razón, Odmaldi. ¡Parece que no puedo evitarlo! :cool:
Un saludo.
:-D Un placer, Pope. ¡Bravo!