Desde lejos, miro tus manos cruzadas y en reposo. Manchas oscuras se pierden entre arrugas y pliegues. En la derecha, una sombra blanca recuerda el anillo que llevaste durante años. Acaricio el familiar contorno sobre mi propio dedo. Ese anillo siempre me encantó: un aro fino, casi frágil, coronado por una roseta de zafiros. Cuántas veces intenté yo - niña caprichosa y consentida- hacerlo deslizar de tu anular. Me dejabas siempre trastear en tu joyero para probarme todo lo que aquella cueva de Aladino me ofrecía, pero...
_ Este anillo, no. Hoy no. Ten paciencia, que algún día será tuyo.
Me acerco. No te miro a la cara. Tus manos destacan sobre el resto, como si un cañón de luz las iluminarse en el escenario. Una vieja marca alargada me trae recuerdos. Mi bicicleta, sin frenos, rueda calle abajo. Te llamo a gritos. Me faltan reflejos a mis escasos cinco años. La pared se acerca peligrosamente. La realidad se altera , se trastorna enviando imágenes a cámara lenta a mi retina. Corres descalza -tal vez perdiste los zapatos de tacón-, impelida por el miedo. Respondes a mi reclamo de auxilio. Tu voz tiene el poder de Orfeo para disipar mi temor como se diluye la neblina. Avanzas a mi lado, jadeando. Alargas tu mano hacia la mía. La bicicleta se vuelca y la cadena te hace una herida. Sangras. No te importa: me tienes segura entre tus brazos.
He de acercarme un poco más. No puedo ver tu dedo medio, endurecido por el uso. ¡Has escrito tantas cartas! Te recuerdo en el escritorio, con un fajo de sobres, repasando mentalmente a quién "le debes una":
_A mi primo Antonio de Colliure, a tu tío Juan de Marsella, a Anselmo en Villa María...
_ ¿Esos son los argentinos, mamá?
Me parece escuchar tu lectura lenta y vacilante. Tachas, repasas corriges. A medida que iba creciendo, me pedías con algo de sonrojo que te corrigiera las faltas. Me negué siempre por el respeto que tú y tus cosas me merecen.
Quiero tocar tus manos.
Las recuerdo frías sobre mi frente sudorosa, desgranando un rosario, velando mi sueños intranquilos. Tus manos ofreciéndome una tisana o una limonada fría.
Sentada en tu silla de anea, en la puerta del patio aprovechadas las últimas luces del día. Cantas, remendando las rodillas destrozadas de los pantalones de mi hermano.
_ Este niño es un desastre.
Alertada por los gritos y por las imprecaciones, tus manos nos separan mandándonos a rincones opuestos de la sala. Como púgiles, nos medimos observándonos desde lejos, mascullando amenazas. Tus manos vuelan directas a nuestros cogotes: saetas certeras que calmaban los ánimos al instante.
Quisiera tocarte. Apoyo las palmas en un cristal frío.
Tus manos descansan, yertas sobre tu pecho. Ya no puedes alzarlas para alisar el remolino de mi coronilla:
_ ¡Qué pelo tan rebelde, hija! Así me has salido...
Soy yo la que me aliso el pelo ahora. Trago saliva, en un intento de acopiar fuerzas. He de hacerlo, he de enfrentarme tarde o temprano a la verdad. Por fin deslizó mi mirada sobre tu cuerpo, comenzando por las manos, sobre las mangas negras de tu mejor vestido, sobre tu cuello desnudo sin tus perlas, sobre tu labios entreabiertos, sobre tus ojos cerrados para siempre.
Comentarios
Tocará por la tarde. Con razón dice que quien no tiene cabeza necesita tener pies..., o manos.
Desde lejos, y desde cerca, este relato emana cariño, nostalgias, recuerdos queridos, sin duda. ¡Ay las madres! ¡Las buenas madres! aunque existe el mito de que todas las madres son buenas, no todas lo son.
Me gusta especialmente el coloquio sobre las cartas y los familiares, te ha salido muy natural, sin impostar el diálogo.
Emotivo el último adiós, homenaje a tu querida madre, a las manos de tu madre, a su esencia de madre.
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Un saludo
Me hiciste recordar la muerte de mi abuelo y padrino, victima de un atroz cáncer que se lo devoro durante ocho largos años. Quien cambiaba sus pañales, quien ayudaba a mi madre a bañarlo, y quien le cerró los ojos por ultima vez fui yo mismo. Fui yo quien lo ayude a pasar a esa eternidad mortuoria de la que ahora hago gala.
Te llevas mis honores, y mi cariño. Un abrazo.
Has captado muy bien, Necrokimy, la esencia de mi relato. Me encanta conocerte a través del foro por la personalidad compleja que aparece en tus textos por detrás - y más allá- de tu Nick.
Como dices en otro hilo, la rareza tenemos que trabajarlo. ¡Eso me encantó!
Gracias, Suena, no me creo que no te vayas a asomar por aquí ni un ratito. Me enfadaré mucho contigo si nos dejas solos.
Sabes que la naturalidad es algo que valoro mucho cuando escribo, porque la valoro cuando leo.
Gracias, bonita.
Mi madre estaba expuesta en una sala reducida, que estaba separada del resto por una enorme lámina de cristal.
Quería expresar con ese acercamiento paulatino , la dificultad para aceptar que mi madre ya no iba a volver a abrir los ojos.
Saludos.
Sin darnos cuenta, evocados recuerdos y personas a través de sensaciones ( olores, sonidos, etc) y por el recuerdo de gestos, no sólo a través de hechos y de palabras.
Saludos.
Ese "Me gustó mucho" me sabe a gloria viniendo de alguien que a mí me gustó mucho desde que leí su primer texto.
Saludos, Bar.