Con los cien pavos que he cobrado de mi primer cliente, voy a invitar a cenar a Madeleine. Al fin y al cabo, ella fue la que me dio la estrategia a seguir.
Voy a llamar al mejor restaurante de la ciudad para reservar una mesa.
-Restaurant La Grenouille, ¿en qué puedo ayudarle?
-Necesito una mesa para dos para esta noche. Pónganos el mejor champagne que tengan, y quiero flores para la señorita. También quiero un violinista que nos amenice la cena, un sommelier para cada uno, velas aromáticas, y una limusina que nos pase a recoger. Ah, y cuente con propina doble si consigue que no aparezca la tuna.
-Desde luego, señor. ¿A qué hora desea que les recojan?
-A las ocho está bien, esclavo. No se retrasen o tendré que quejarme al maître.
-Permítame advertirle, señor, de que deberá abonar usted el transporte al chófer. Discúlpeme, son las normas. Le sugiero que lleve encima quinientos dólares.
-¡Quinientos dólares! ¡Quiero que nos lleve, no comprar el vehículo! Déjelo, iremos a pie.
-Como guste el señor. ¿Deseará el cubierto de doscientos dólares, o el de trescientos?
-Traeremos nuestros propios cubiertos. ¿Los vasos también los cobran?
-No me ha entendido el señor. Ése es el precio de la cena.
-¡El precio de la cena! ¿Qué es lo que sirven, lenguas de ruiseñor? ¿Tiene algo a cincuenta pavos por cabeza?
-Me temo que no señor, la propina del portero ya son sesenta dólares.
-En ese caso, anule la reserva y devuélvame su importe.
-Es que no lo había abonado usted aún, señor.
-No me venga con minucias. Sepa que mi opinión cuenta mucho entre el círculo de amigas del Tupperware. Despídase de todas ellas como clientes.
-Aún así, me temo que no es posible, señor.
-¡Esto es un ultraje! Tendrá usted noticias mías. No deje de comprar mañana la prensa, y fíjese bien en la sección de anuncios clasificados. Busque uno que dice: “cambio tabla de planchar con agujero insignificante por mesa de despacho sin carcoma.”
Será mejor que baje un poco las pretensiones. Después de todo, lo que cuenta es la intención. ¿Quién quiere cenar entre todos esos petimetres con aires de superioridad? Además siempre me lío con los tenedores y acabo usando el del postre con el pescado y el del pescado con la sopa. Voy a llamar a otro.
-Ristorante Babbo, ¿digame?
-Buona sera, bambino. Guárdeme una mesa para dos para cenar y ponga los espaguetis en remojo.
-Presto, signore. ¿Desean ustedes cenar en la terrazza o en el salone?
-Mejor en la terraza por si hay que salir pitando cuando vea la cuenta.
-¿Cómo dice, signore?
-Nada, nada. ¿Aquí tambien cobran por usar los cubiertos?
-No, signore, tutto está inclosso en el precio.
-¿Ah, sí? ¿Y cual es el importe medio de los suos platinis?
-La nostra specialitá son los "fettuccini a l'essencia di pomodoro con musselina d'aglio e olio'.
-Espaguetis con tomate y ajo, vamos. ¿Cuánto cuestan?
-Cinquenta y cinque dollari il plato, signore.
-¡Cincuenta y cinco dólares! ¿Quién los cocina, el Padrino en persona?
-Nadie se ha quejado hasta ahora, signore.
-Pues claro que no, no quieren acabar tomando el pescado directamente del río. Olvídelo, acabo de recordar que tengo cita con mi ornitólogo.
Se abre la puerta y llega Madeleine del trabajo.
-¡Querida, no se quite el abrigo! ¿Le apetece un perrito caliente y una Pepsi light?
Me mira con los ojos brillantes, se pone de puntillas y me da un beso en la mejilla. De repente hace mucho calor en esta habitación.
-¡Me encantaría, Julius!
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