Jaime y Bruno eran unos zombis como otros cualesquiera: eran un par de carnívoros que simplemente vagaban por el mundo -sin ánimo de lucro- buscando su alimento. Así pues, este inofensivo pero hambriento par de zombis se encontraba en un bosque a los alrededores de una casa de campo, intentando cazar algo que pudiera mantener activos sus podridos y malolientes cuerpos. Como podréis imaginar, no hacían esto a modo de pasatiempos, sino que les era necesario para no morir por segunda y definitiva vez.
Estaban ya cerca de un ciervo, aunque no podían verlo con claridad debido a su deteriorada vista. No obstante, Jaime, que tenía mejor olfato, le comunicó a su gran amigo Bruno a través de gruñidos -el idioma zombi universal- lo siguiente:
- Llega a mi olfato el olor de lo que parece ser un ciervo, amigo mío. Debemos ser silenciosos y llevar a cabo una estrategia si queremos celebrar un banquete con su cuerpo.
- De acuerdo -gruñó Bruno-, dime más o menos dónde se encuentra y lo abordaré por el lado contrario al que lo esperes tú.
Jaime le indicó lo mejor que pudo la ubicación exacta del ciervo, y cuál sería el lugar idóneo donde debería colocarse, para poder tenderle la emboscada. Ambos se entendían perfectamente en este tipo de situaciones, ya que eran amigos desde hacía muchos años, y lo único a lo que se dedicaban era la supervivencia. Mientras Bruno se dirigía a su posición, Jaime comenzó a percibir un olor que detestaba, pero la putrefacción de su cerebro a veces evitaba que recordara a qué o a quién se asociaba un determinado olor, por lo que acabó ignorándolo. A esto además contribuyó el hecho de que acababa de encontrar a sus pies un pequeño aperitivo: un ciempiés de colores vivos.
Bruno llegó a su posición sin que el ciervo escuchara el más mínimo movimiento y se alertara, y Jaime por su parte, que ya sabía que ése había llegado a su posición, porque su olfato lo había reconocido en la distancia sin problemas esta vez, tragó su ciempiés y se preparó para la inminente llegada del ciervo a su posición. Teniendo todo dispuesto, Bruno puso en marcha el plan y saltó entre la maleza en dirección al ciervo, haciendo todo el ruido posible para que dicho ciervo fuese en dirección a Jaime. En efecto, el ciervo se dirigió hacia donde se encontraba éste, pero no llegaría hasta allí. Un estruendo perturbó los oídos de ambos zombis, y el ciervo cayó fulminado en medio de su carrera. Jaime, asustado, gruñó a gritos:
- ¡Bruno! ¿¿Qué demonios ha sido eso??
Bruno no podía emitir gruñido, temiéndose lo peor, pero aun paralizado por el miedo debía confirmar si en verdad se trataba de lo que él creía, por lo que decidió acercarse lentamente al ya inerte ciervo.
Mientras tanto Jaime, que comenzó a entender lo que estaba pasando, recordó a quién se asociaba el olor que había percibido antes, e instintivamente corrió despavorido hacia Bruno. Éste, que ya estaba tan sólo a un paso de distancia del ciervo, verificó sus temores al ver que el animal había sido atravesado por una bala. En ese instante Bruno estaba ya en el campo de visión de Jaime, quien le gruñía:
- ¡Bruno! ¡Son los exterminadores! ¡Los humanos!
Bruno levantó la cabeza levemente y vio a su amigo corriendo hacia él, cuando de repente sonó otro estruendo y le alcanzó una bala que le destrozó la cabeza. Jaime, tras ver el abominable acto de los humanos con el mejor amigo que había tenido en su segunda vida quiso vengarse y acabar con todos -pudo contar hasta cinco de ellos-. No obstante, sabía que los humanos eran la raza más peligrosa que había pisado el planeta, y decidió huir. De este modo, Jaime se encaminó hacia la casa de campo que había por la zona para esconderse allí hasta que pasara el peligro.
Tras varios minutos corriendo y esquivando los disparos de los exterminadores -así los llamaba Jaime, ya que parecían tener el propósito de acabar con su raza, tal como ya habían hecho con otras-, llegó a la casa y entró por la puerta trasera, la cual daba paso a la cocina. Pero no era el día de suerte de Jaime, pues en ese momento se dio cuenta de que esa era la guarida de los humanos. Mas su pálido y putrefacto rostro se puso más pálido aún cuando un pequeño humano entró en la cocina y lo vio. Ya que era un niño no quiso atacarlo, así que confió en que por miedo no intentara hacer nada que lo pusiera en peligro. Entonces el niño sacó una pistola y le voló la cabeza.
Comentarios
Saludos!
-- Diego
Está bien verlo con los ojos de otro, ¡aunque ese otro sea un zombi!
Un saludo,
Damapa
El mundo y la humanidad debe estar tan podrida, como para que un par de zombies podridos nos vean como 'abominables'.
¡Gracias por compartir la buena lectura!
Y gracias de nuevo a ti, Odmaldi, por leer algo mío y considerarlo digno de tales calificativos. Me alegra mucho que lo veas con esa perspectiva.