¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Rojo y blanco.

OdysseusOdysseus Pedro Abad s.XII
editado marzo 2014 en Narrativa
Primera parte.

He trabajado en casos verdaderamente jodidos, espeluznantes, repugnantes... pero ninguno tan misterioso como este. En esa ocasión incluso fui uno de los testigos. Vi el vestido de novia ensangrentado, y quien lo portaba desfalleciendo, sin dar a través de sus labios señal alguna que pudiera ayudar a identificar al culpable de lo que estaba sucediendo. El novio, a su lado, notando que desfallecía de repente con el vestido inexplicablemente empapado en sangre, intentó torpemente cogerla antes de que llegase a tocar el suelo, cayendo con ella. Todos los invitados se levantaron, y entre ellos yo, que estaba tan perplejo como todos los que en esa iglesia se encontraban.

A diferencia de ellos, yo hice algo más allá de quedarme sumido en el asombro y me acerqué rápidamente hacia la pareja de novios. Él, aterrorizado, la sujetaba en sus brazos gritando su nombre y zarandeándola, esperando mientras se manchaba de sangre una respuesta por parte de su amada, quien parecía haber entrado ya en el más profundo de los sueños.

Aún envuelto en mi asombro por haber aparecido tanta sangre de repente en ella, decidí, pues era mi trabajo y mi deber aunque tuviese el día libre, investigar cautelosamente el cuerpo de la novia tras haber comprobado que ya se hallaba muerta. Me arrodillé y le tomé el pulso: no había pulso que tomar; era demasiado tarde aunque apenas hubiese pasado un minuto desde que desfalleció. El novio entonces, todavía sujetándola, me miró ansioso esperando mi respuesta, desesperando aún más ante mi gesto negativo con la cabeza.

Puesto que el novio no parecía dejarla marchar de sus brazos y yo quería investigar el cuerpo lo más pronto posible para tener más posibilidades de averiguar qué había pasado, tuve que dirigirle la palabra, intentando hacerle comprender lo que debía llevar a cabo.

—Oye... Guille, sé que no te parecerá el momento más apropiado, y que estás pasando probablemente el peor momento de tu vida, pero necesito que me dejes examinar el cuerpo para averiguar qué ha ocurrido. Ha sido todo tan repentino que me atrevería a decir que la han disparado con algún tipo de arma silenciada.

—¿¿Qué?? ¡No me toques los cojones, tío!

—Intenta tranquilizarte, Guille. No hay manera de creer que esta muerte tan repentina y sangrienta se deba a causas naturales, así que probablemente estamos ante un asesinato. Si estoy en lo cierto, estoy convencido de que querrás que coja al hijo de puta que ha hecho esto, pero se me hará más complicado si no dejas que lo examine aquí y ahora; puede ser clave.

Suspiró, con la mirada triste, a través de la cual se veía claramente que estaba destrozado por dentro en ese momento.

—¿Qué piensas hacer? ¿Debes desnudarla delante de toda esta gente para investigar su cuerpo?

—No, de eso debería encargarse el forense. Sólo necesito que la sueltes y la dejes descansar en el suelo, no debo alterar nada si se trata de una escena del crimen. Pero esta gente... —me levanté— ¡escuchadme todos! Que nadie salga de aquí hasta que yo lo diga, ¿entendido? Podemos estar ante un asesinato, y si es así, todos los aquí presentes somos sospechosos.

Dicho esto, volví a arrodillarme ante el cadáver, que estaba ya tendido en el suelo lejos de los brazos de su amado, con la cabeza reclinada sobre él. Difícil era encontrar el punto de donde manaba la sangre, pues el vestido había adquirido un rojo muy oscuro, especialmente en la zona superior. Así pues, al menos podía deducir que se hallaba en la parte superior. Mirando con más atención ahí pude descubrir al fin el origen de la sangre: una gran herida, de lo que parecía una puñalada hecha con precisión a la altura del corazón. Esto desbarató mi teoría de que la novia había sido disparada, y confundió mi mente de una manera terrible. Estaba bastante convencido de que no había nadie lo suficientemente cerca como para apuñalarla en el pecho, a excepción del novio. Sospeché de él, pero su estado de ánimo no parecía fingido, y desde su posición, paralela a ella, mirando en la misma dirección, tendría que haberse movido bruscamente para ejecutar la que parecía una puñalada bastante profunda. Habría notado un movimiento así, no había manera de que el novio la hubiese matado sin que ninguno lo hubiese notado.

La segunda persona más cercana a la novia, y la única que se hallaba frente a ella, era el sacerdote. Levanté la cabeza, buscándolo, y lo encontré a unos pocos metros, delante del altar. Su cara mostraba una sensación de agobio; sudaba mientras miraba el cadáver con una expresión que en un principio pensé que era de horror, pero luego deduje que era más de sorpresa. Era el más sospechoso en aquella iglesia, tanto por su posición, como por sus expresiones. No obstante, seguía siendo complicado que el sacerdote, manteniéndose a más de un par de metros, pudiese apuñalar a la novia y extraerle el cuchillo de una forma tan rápida y sutil desde esa distancia. Necesitaba interrogarlo.

Me acerqué a él no con pasos rápidos, pero tampoco lentos. Cada paso más cerca de él parecía ponerle más nervioso. Tanto fue así que inconscientemente —o quizá adrede— retrocedía en cortos pasos, hasta que éstos fueron bloqueados por el altar. Estaba a apenas tres pasos de él, y, nervioso al ver sus pasos obstruidos, miraba a izquierda y a derecha, como si estuviese buscando una salida en la que ampararse. Sin duda este sacerdote sabía algo; ese no era el comportamiento de un inocente, ni siquiera el de un inocente horrorizado y alterado mentalmente por haber presenciado un asesinato repentino y tan sangriento ante sí.

—Quiero hacerle unas preguntas, padre. No hay necesidad de ponerse nervioso.

—¿N...ner...vioso? —parecía tenerme tanto miedo que no podía ni hablar— La... la vida de es...esta mujer... ha sido fulminada. Algo de...bía enfurecer a Dios en.... en esta boda, y le... le tengo miedo... por ser el responsable.

Sus palabras me parecieron la excusa más barata y absurda que pudo haber inventado. Es demasiado fácil atribuir estas cosas a la voluntad de Dios y lavarse así la manos, lo cual me cabrea bastante. Empecé a perder la paciencia. Saqué del bolsillo del pantalón de aquel traje negro que llevaba mi paquete de tabaco, y de éste un cigarrillo.

—Padre, tengo entendido que a Dios no le gusta que fumen en su casa —encendí el cigarrillo y le dí una calada, echándole después el humo en la cara al sacerdote—. Parece que sigo vivo; me temo que a Dios se le han agotado los castigos divinos por hoy, así que puede estar tranquilo y contarme lo que sabe, sin chorradas.

—Yo... no... no puedo. Es secreto de confesión.

—Espero que disfrute guardando ese secreto en la cárcel, padre —me dispuse a arrestarlo, aunque no llevase las esposas, cogiéndole firmemente de ambos brazos.

Era un clarísimo sospechoso, y debía continuar el interrogatorio en prisión, así que tras haber dejado el cigarrillo en mis labios lo sujeté, como decía, de los brazos de manera que no pudiera escapar. Pero entonces ocurrió de nuevo: primero me percaté de que caían gotas de sangre delante de mí, y después vi que el pecho del sacerdote empezó a derramar más y más de ese líquido rojo tan oscuro. Pronto el sacerdote no era más que peso muerto en mis manos.

Comentarios

  • OdysseusOdysseus Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2014
    Segunda parte.

    Tal fue el asombro que a la par que caía el cigarrillo de mi boca, cayó el sacerdote, liberado de mis manos, sin fuerza en ese momento. No obstante, pronto mi pensamiento reaccionó y me dediqué a comprobar si la herida era igual en el sacerdote. Lo giré —pues había caído de cara al suelo— y efectivamente vi que tenía la misma hemorragia, centrada con exactitud a la altura del corazón, pareciendo también una puñalada.

    Todo era verdaderamente desconcertante. Esta vez estaba totalmente seguro de que era imposible que alguien hubiese apuñalado a la víctima; lo tenía sujetado, y nadie se acercó lo más mínimo a nosotros. Llegó un momento en el que incluso empecé a creer en la voluntad de Dios que el sacerdote decía temer, pero aun con ese pensamiento rondando la cabeza volví a especular en el ámbito de lo racional. Era evidente que el sacerdote no era el asesino, a no ser que se hubiese suicidado de una forma imperceptible, o que tuviese la herida con anterioridad, pero ninguna de esas dos cosas me convencía. Pocos razonamientos podían convencerme, pero algo sabía seguro: si el sacerdote no era el asesino, y aun así estaba tan nervioso, se debía a dos cosas.

    La primera de ellas era que el sacerdote sabía algo acerca de lo sucedido, y teniendo en cuenta su “secreto de confesión”, lo que sabía no lo había averiguado por sí mismo, sino que alguien relacionado con el asesinato, quizá el propio asesino, le había contado algo al respecto —si fuese el asesino podría ser que incluso éste le hubiese contado con detalle su plan, quién sabe si intentando expiarse de pecado por el asesinato que iba a cometer—, y seguramente ese algo no lo hubo creído hasta que lo vio con sus propios ojos. El sacerdote o bien sabía quién era el asesino y lo que iba a hacer, o bien tenía conocimiento acerca de esta extraña manera de asesinar a alguien, aunque también es posible que supiese ambas cosas, pero sería una muestra de demasiada confianza o demasiado descuido por parte del asesino.

    La segunda cosa a tener en cuenta, relacionada con lo anterior, es que si el sacerdote conocía algo acerca de la manera de asesinar o del propio asesino, tenía razones más que de sobra para tener miedo a alguien a quien en lo poco que me había dicho había hecho pasar bajo la identidad de Dios, o quizá era verdad que a quien realmente temía era a Dios, lo cual me causaba escalofríos sólo con pensarlo. De este modo se explicaría que el sacerdote no quisiera decirme lo que sabía, porque tenía miedo a que el asesino, fuese quien fuese, tomara represalias contra él.

    Así llegué a la conclusión de que mi lista de sospechosos se reducía a dos posibilidades. Una de ellas era el propio Dios, por lo que decidí descartar esta opción, y la otra era el resto de invitados a la boda, allí presentes en la iglesia. En efecto, si el sacerdote tenía miedo a algún tipo de represalia, los únicos que podían saber en ese momento si el sacerdote decía más de lo que debía eran Dios y los invitados. De hecho, el asesino decidió matarlo en el momento en que lo arresté, seguramente por miedo a ser descubierto, de manera que debió ver que estaba arrestándolo.

    Me levanté —esta vez me había tenido que arrodillar junto al sacerdote— y mirando a los aterrorizados invitados intenté encontrar en alguno de ellos alguna actitud sospechosa. El novio, mi amigo desde hacía muchos años, que había estado desde la muerte de la que era su futura esposa llorando y lamentándose, ahora había quedado mudo y paralizado con la muerte del sacerdote. Miré al resto y no parecían actuar de una manera diferente. No obstante, al fondo, de pie, algo alejada de los bancos y sin nadie demasiado cerca, encontré una mujer que me llamó la atención. ¿Qué hacía ahí? Quizá sólo había corrido en dirección a la puerta, asustada, pero era la única persona que parecía mantenerse al margen del resto, donde no la veía nadie, siendo yo la excepción. Si resultase que estaba ahí colocada desde que comenzó la ceremonia, estaba en un lugar idóneo para planear cuanto quisiera sin ser vista por el resto; todos estábamos atentos a la pareja que teníamos delante. Fuese como fuese, quise acercarme a ella simplemente a preguntarle desde cuándo estaba ahí.

    Ante tal silencio, mis pasos se hacían sonoros conforme avanzaban por la alfombra roja. Mientras tanto no quitaba ojo de la destinataria de mi pregunta, algo de lo que no estoy seguro de haber hecho correctamente, pues al percatarse de que el único policía de la sala se dirigía al fondo mirándola exclusivamente a ella comenzó a correr en dirección al campanario. Así de rápido dispuse de una nueva sospechosa.

    Corría ahora tras de ella, siendo ya dos quienes rompíamos el silencio con nuestros pies. Puesto que cuando ella echó a correr yo todavía estaba algo lejos de ella, rápidamente la hube perdido de vista tras haber cruzado la puerta que llevaba al campanario, pero sabía que ahí no tenía escapatoria. Sin embargo, si se trataba de la asesina, debía cogerla pronto, pues estaba comprobado que podía matar de una manera misteriosa en la distancia, y ello me aterraba.

    Crucé yo también esa puerta, escuchando sobre mí los pasos de la mujer, sobre la escalera de caracol. Intenté subirla tan rápido como pude, jugándome la vida cuando estaba ya casi en la zona más alta, pues dicha escalera no disponía de barandilla, y estuve muy cerca de caer en varias ocasiones. Llegué pues, hasta lo más alto del campanario como mucho un minuto más tarde que ella, pero pareció ser suficiente para casi acabar conmigo. Al subir el último escalón la vi con un cuchillo ensangrentado en la mano, y con un corte en la otra. No obstante, me sorprendió más encontrarme con que tenía ahora el pecho desnudo, y a la altura del corazón parecía tener una marca roja, del mismo tamaño del que eran las supuestas puñaladas a las víctimas. Era entonces obvio que existía alguna relación, pero no supe qué tipo de relación hasta que con uno de sus ensangrentados dedos comenzó a repasar esa marca de arriba a abajo. La detuve antes de dejar que terminara lo que fuese que tramaba, cogiéndola del brazo y provocando que la trayectoria del dibujo que formaba con la sangre se desviase ligeramente hacia el hombro.

    Dolor. El dibujo que había formado sobre sí se convertía en un corte sobre mí, rasgando incluso la ropa, pero por fortuna no llegó a rozar ninguna zona vital. El dolor era intenso, y la sangre había manchado mi camisa y parte del traje, pero en ningún momento llegué a soltarla del brazo. Sabía que si se me escapaba solamente un segundo en lugar de dolor podría obtener la muerte por medio de ese extraño ritual. Entre gritos de dolor le tuve que preguntar.

    —¿¿Qué coño es ese ritual??

    —Mi Dios permite que lleve a cabo la justicia en su lugar —miraba desinteresada la gran campana que quedaba detrás de mí.

    —¿¿Justicia?? ¿Qué tipo de justicia es esta? ¿Por qué la merecía la novia? ¿¿Por qué ajusticiaste a un sacerdote que no había hecho nada salvo guardar tu secreto??

    —Dios lo ordena, yo sólo soy fiel a él —ahora me miró a los ojos y se rió—. Ahora ordena que tú debes morir.

    Acto seguido, aquella mujer intentó atacarme con la mano que le quedaba libre, que era en la que aún llevaba el cuchillo, arma de la que no me había preocupado hasta entonces a causa del dolor y de una preocupación mayor por la mística forma de matar que acababa de conocer. Conseguí sujetarla también de ese brazo de manera que no pudiera llegar a alcanzarme con el cuchillo, acabando así enzarzados en un forcejeo. Fue tal la resistencia por su parte, que tuve que acabar empujándola de una patada, cayendo así la mujer por fuera del campanario y muriendo probablemente en el mismo momento en que impactó contra el suelo.

    Días después de este incidente investigué concienzudamente acerca de aquel ritual, intentando averiguar al menos qué Dios era ese, pero aunque encontré algunos rituales parecidos no conseguí encontrar información que encajase perfectamente en lo que había visto con mis propios ojos.

    En cuanto a esa mujer, no parecía tener muchos amigos o familiares, y los pocos que tenía no parecían tener ni idea de lo que pasaba. No tenían ni la más mínima sospecha de que pudiese estar involucrada en algún tipo de secta o algo parecido. Me hubiese gustado poder hablar con el sacerdote, el único que parecía haber tratado con ella sobre este asunto, para atar ese cabo suelto: la relación entre él y la asesina. Ello me hubiera ayudado a entenderlo todo, pero ya no hay nada que hacer, así que sigo... sin entender nada acerca... de ese poder... aunque... creo que ya... ya da igual. Mi... pecho...
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado marzo 2014
    Buen relato de suspenso y emoción, pero quedé con la sensación de que falta algo màs...:eek:
  • OdysseusOdysseus Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2014
    Gracias ^^
    Me gustaría, no obstante, saber qué crees que es lo que le falta al relato :)
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado marzo 2014
    Pues me pareció muy precipitada la forma de dar a entender que la chica era la causante de los crimines, sin una razón aparente, claro que se encuentra cada loco y fanático que no es de extrañar y el hecho de que él también quedó más allá que acá, se va a morir o ...:confused:

    Pero en general muy bien hilado y me mantuvo hasta el final:eek:
  • OdysseusOdysseus Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2014
    Sí, es algo precipitado la forma de llegar a ella como la causante, y diré que se debe a uno de mis grandes defectos: impaciencia por ver el relato acabado. Empecé con algo más de sosiego, pero a lo largo del relato creo que se van notando un poco más las ganas de tenerlo finalizado. Sin duda es algo que debo controlar más.

    En cuanto a él, quería que quedase en manos del lector rematar su porvenir.

    Gracias de nuevo por tu opinión ^^
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com