En los comienzos del otoño del año 1998, el cura Uzuriaga, personaje principal de esta historia, fue sorprendido por un chaparrón al volver de la casa donde había pasado la velada. Atravesaba, pues, tan rápidamente como podía, la Plaza Güemes de la Ciudad de Buenos Aires. Era un hombre enjuto, de unos 60 años, que siempre había cumplido con la obligación del celibato. Ese cumplimiento, además de brindarle una satisfacción espiritual, le había traído innumerables problemas de salud. Sufría de gota, de insuficiencia renal y en el último examen los médicos le informaron que su próstata era del tamaño de una manzana. Por eso trató de evitar en todo momento que el agua se metiera sobre la suela de sus zapatos y le mojara los pies. Luego apuró los pasos y entró en la Basílica del Espíritu Santo, llamada también Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe y que era un verdadero baluarte católico en aquel barrio.
Uzuriaga había nacido en la Provincia de Corrientes, en las afueras de una ciudad llamada Empedrado. Su padre era terrateniente y la decisión de su hijo de convertirse en cura le provocó un enorme disgusto. Siempre había pensado en él para que siguiera manejando las plantaciones de arroz que recibió como herencia de parte de su padre pero la vocación sacerdotal de Alberto truncó ese proyecto para siempre.
Los años luego pasaron y entre la muerte, el Estado y los impuestos, aquellas plantaciones se fueron perdiendo de la herencia del cura.
Alberto Uzuriaga entregó su vida Dios y a la Iglesia pero nunca obtuvo un logro acorde a su vocación eclesiástica.
Una vez estuvo cerca de convertirse en ayudante del Secretario del Obispo de una localidad del Gran Buenos Aires pero la Curia rechazó su nominación y eligió un sacerdote más joven que él y que además había nacido en la zona.
Fue lo más cerca que estuvo de aquello que se llama “éxito”.
Hoy, a los sesenta, era simplemente un cura párroco.
Pero aquella noche, en la reunión social de la que volvía al atravesar la Plaza Güemes se enteró de la muerte de Silvia del Valle Guerrero. Aquella distinguida dama de la sociedad argentina de la que había sido confidente los últimos veinte años.
La mujer sólo se confesaba con él.
Cuando ella no podía concurrir a la iglesia, Alberto iba hasta su casa de La Recoleta para brindarle el sacramento de la confesión y después la absolvía.
Siempre la absolvía de sus pecados.
Y Silvina terminó por volcar su confianza en Alberto y poco a poco fue transfiriendo los bienes a nombre del cura. Era una rica poseedora de tierras en la zona más fértil del país y sin ninguna clase de herederos. Cuando ella muriera, sus bienes pasarían al Estado o a la Iglesia pero eso al cura Uzuriaga no lo terminaba de convencer demasiado. Así que año tras año fue logrando que la mujer firmara cesiones, poderes y traspasos a nombre suyo. Unas quinces carpetas que guardó en la caja fuerte de la parroquia y que llegó para revisar aquella noche en que atravesó la Plaza Güemes, cuando llovía y el agua le mojaba la suela de los zapatos.
Una vez adentro abrió la caja fuerte mientras le temblaban las manos. Esas manos pálidas y arrugadas de un hombre sexagenario. Esas manos mojadas por la lluvia al atravesar la plaza. Esas manos que nunca se dedicaron al amor o a la piel de una persona.
Todo le resultaba fantástico.
Así que tomó cada carpeta que sacó de aquel cofre que era sólo suyo y las acarició a cada una de ellas como si acariciara la piel de la mujer que nunca tuvo. Besaba las carpetas de los poderes y las donaciones y las alineaba en su escritorio con extrema delicadeza, como si estuviera teniendo sexo con una joven chica de quince años. Así estuvo por un largo rato, mientras la lluvia caía sobre el techo de la parroquia y los transeúntes apenas cruzaban por la plaza.
La última carpeta, la de las diez mil hectáreas, la puso en su regazo y luego la besó como si besara a una amante. Finalmente las guardó a todas en la caja fuerte y se fue a dormir a su cama.
Ya no llovía en la Ciudad de Buenos Aires.
El cura Alberto Uzuriaga apoyó su cabeza en la almohada.
Estaba sereno, aunque también se sentía bastante viejo y algo cansado. Pensó mucho en sus padres, en aquellas mañanas de Empedrado, junto al Río Paraná, pensó en su vocación y en lo rápido que se pasa la vida y empezó a dormirse poco a poco.
Pronto habría de renunciar a la Iglesia y eso nada ni nadie podría llegar a evitarlo. No tenía remordimientos, estaba al tanto de la doctrina y sabía –porqué lo había estudiado– que de todos modos, Dios iba a perdonarlo.
Comentarios
Suele ocurrir.
Me es agradable el final. El cura, al fin, se libera de su carga, de su culpa. En términos Nietzscheanos-Freudianos, dejó salir al fin sus pulsos, los cambió por los votos sacerdotales. Desde ese punto microcósmico, es fácil enlazarlo con sociedad en general, sobre todo con "el malestar en la cultura".
En fin, bonito, dionisíaco.
Como siempre, lo dejo para el finde...
Un abrazo