Hola!
Hace unos días volví a escuchar una canción muy emotiva de la Oreja de Van Gogh, y pensé en hacer un micro-relato a partir de ella. Lo cuelgo en dos partes porque me ha salido un poco largo. Es romance juvenil, con su puntito de comedia. Una historia sencilla para adolescentes, pero intenté cuidar el estilo.
Al final os pongo el link de la canción por si quereis escucharla. (Os la recomiendo).
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JUEVES...
Ya llego tarde otra vez. ¿Por qué demonios hay que madrugar tanto? ¡Va contra natura salir de casa cuando aún es de noche! Y claro, luego tengo que pasarme toda la mañana corriendo. Qué desastre. Como siga así, algún día voy a perder el condenado tren de cercanías, que siempre llega a las 6:45 y siempre se marcha a las 6:50, puntualísimo como un reloj suizo.
Bajo al galope las escaleras de la estación subterránea. 6:49. Tic, tac, tic, tac… ¿Qué es la vida sin emoción? Derrapo al girar la esquina. Dando zancadas cual gacela del Kilimanjaro enfilo el vagón. Acelero. Un gran salto y…si el mundo fuera perfecto, yo caería graciosamente con los pies juntos, pose atlética y mirada al infinito, como las chicas de gimnasia rítmica. La gente me miraría asombrada por el dominio que tengo sobre mi propio cuerpo. Pero en la triste realidad, me estampo contra un señor con gafas que hay parado en mitad del pasillo. Gafas al suelo, señor cabreadísimo, viajeros que me miran con una ceja levantada, yo roja como un tomate…y lo peor: una risilla por lo bajinis. Oh, no. Dime que no… que no es él quien está riéndose de mi…
Pues claro. Por supuesto que es él. Miro adelante, sin atreverme mucho. Sigo coloradísima, menudo bochorno… Se podría freir un huevo en mi sobre mi roja cabellera. Sí, sí, rojo pasión. Llevo el pelo teñido del rojo más rojo que encontré en la droguería (me encanta ese color). En realidad mi tono natural es rubio platino, casi blanco. Como además soy muy pálida, si no lo coloreo parezco medio albina, así que me tiño religiosamente una vez al mes. Aborrezco ser tan rubia. Me toman por tonta solo por eso, y no lo soy. De hecho, soy bastante inteligente: mis padres me cambiaron a un instituto privado, el mejor de Madrid, por eso tengo que coger el tren a diario. Si todo va bien, empezaré el año que viene mi primer curso en la facultad de medicina. Pero para eso tengo que dejarme la piel estudiando este año, así que me paso el día encerrada en casa o en la biblioteca. Pero, perdón, que me voy por las ramas y no tengo fin…¿Dónde estábamos?
Ah, sí, friendo huevos en mi cabeza. Qué vergüenza. Al ver que le miro intenta no reírse, pero la mueca le asoma mientras aparta la vista de mí. Cierro los ojos, suspiro y me siento frente a él, como todos los días.
No sé cuánto tiempo lleva haciendo este trayecto. Quizás siempre estuvo ahí y yo no me fijé. Muchas mañanas aprovecho para estudiar y no presto atención a mi alrededor. Total, siempre es la misma gente: el niño de la bufanda larga y el monopatín; la mujer embarazada, guapísima, que cada día está más gordita (estoy deseando verla con el carrito de bebé,seguro que ya queda poco); un chaval con pendientes que aprovecha para leer el periódico de quien se sienta a su lado; un extraño señor canoso que siempre anda concentrado en su libro…todos nos conocemos por pura rutina. Hasta hace un mes, apenas miraba sus caras. Prefería echar una cabezadita o repasar para algún examen. Pero entonces, una mañana aburrida y gris como cualquier otra (creo que era jueves, como hoy), detecté una rubia cabeza sentada enfrente. Su pelo brillaba como el sol. Me gustó y me quedé mirándole, porque nunca antes le había visto. Fue casualidad que aquél día mi pelo también llamara la atención. Mi madre se equivocó al comprarme el tinte y yo me lo eché sin mirar la etiqueta siquiera. La costumbre. Así que ese día mi cabeza era naranja fosforito. Sí, preciosa. Monísima. Llevaba un gorro de lana, pero igualmente saltaba a la vista.
En fin, que yo estaba observando al chico rubio con bastante poco disimulo, y entonces él me miró. Qué lindos ojos…azules como el mar profundo, alegres y vibrantes. Casi sentí que me caía de golpe dentro de ellos. Fue un momento de esos que parece que se congela el tiempo. Ahí estaba yo, naufragando en su azul océano, cuando el tipo mira mi pelo y suelta una carcajada.
¡Será imbécil!
Bufé como un toro bravo y aparté la cara hacia el cristal, fingiendo concentrarme en el paisaje. Maldito tinte. Tenía ganas de asesinar a mamá. Luego suspiré. Pobrecilla, qué culpa tendrá ella de que el rubio éste sea idiota. Volví a mirarle y resultó que aún se estaba fijando en mí. Entonces fue él quien bajó los ojos. Aún sonreía , el maldito, cuando llegamos al túnel y se fue la luz. Siempre había un apagón en este punto, y duraba unos segundos. Blasfemé en voz baja protegida por la oscuridad. Si supiera algo de vudú hubiera sido un buen momento para utilizarlo en su contra.
Así le conocí. A partir de entonces apareció todas las mañanas. Cuando yo subía a mi vagón de siempre, él ya estaba allí, sentado invariablemente en el mismo sitio. Empezamos a espiarnos un poco. Al principio sentía que se burlaba de mí, con esa sonrisa de autosuficiencia. Así que yo le sostenía la mirada intentando parecer desafiante. Generalmente terminaba perdida en sus bellos ojos y apartando los míos para que no viera mi cara de boba.
Al cabo de una semana volví a teñirme de pelirroja. ¡Qué alivio quitarme el gorro! Por fin podía llevar la melena suelta otra vez. Al entrar en el tren y sentarme distraída, descubrí al rubio incordio mirándome de manera diferente. Se le veía sorprendido por el cambio de tonalidad. Luego, su sonrisa se hizo más ancha, totalmente distinta de todas sus sonrisas anteriores: una expresión agradable y sincera, tan clara y tan bonita que me hizo sonrojar. El corazón empezó a latirme más fuerte. ¡Le gustaba mi pelo! Al final sonreí tímida yo también, y a partir de aquél trayecto, el silencio entre nosotros fue muy distinto. Fue cordial. Amistoso. Fue bonito. Cuando llegamos a mi parada tenía mariposas en el estómago y me giré hacia él antes de salir. Su mirada azul aún me seguía, y soy tan tonta que en ese momento me sentí brevemente feliz. Deseé que el día pasara muy rápido para poder verle otra vez.
Se lo conté a María mientras estábamos en clase. A ella le dio un ataque de risa y casi nos echan.
- ¡Estás muy necesitada de amor, Eva ! – cuchicheaba conteniendo apenas la carcajada -¡Eso te pasa por no salir con nosotras y encerrarte a estudiar! Te miran un poquito y ya te enamoras…que pava…En una discoteca te miran más de treinta tipos en una noche. ¿Te ibas a enamorar de todos?
- No estoy enamorada, rubia tonta.
- Mira quién habla, la que se quema las neuronas con todo ese tinte…
- Bah… eres una insensible. Pero estoy de acuerdo en que es algo raro... es especial.... porque nos vemos a diario. Es como si nos conociéramos aunque no hablemos…¿pero sabes qué? No pienso contarte nada más de él…
Ella se quedó pensando un rato.
- Si de verdad te interesa ese chico, deberías hacérselo saber. Sólo con miradas no llegarás a ningún sitio.
Mi mejor amiga siempre da buenos consejos sobre hombres, así que esa mañana me levanté antes para maquillarme un poco los labios y los ojos. Elegí unos pendientes bonitos de plata, una cazadora de cuero gris y un bonito jersey para combinar con las botas y los vaqueros. Fue la primera vez que salí de casa con ilusión por llegar a la estación. Fue la primera de muchas. Qué digo, todos los días me miraba nerviosa al espejo, pensando si a él le gustaría lo que llevaba puesto. No hay en el mundo una idiota más grande que yo.
En el andén ví entrar el tren de cercanías. Yo caminaba de arriba abajo, no podía estarme quieta. ¿Y si hoy no estaba? Pero sí. Ahí en su sitio, con cara adormilada y bostezando. Me senté sin mirarle y respiré hondo. La chica embarazada me vió y me sonrió tranquilizadoramente. Parecía muy amable.
Poco a poco deslicé mi mirada hacia él. Como quien no quiere la cosa. Qué impostora soy. Estaba deseando ver qué decía su cara. Me quedé sorprendida porque estaba muy serio, y su mirada…su mirada me atravesó el alma. Me sentí tan pequeña, perdida en su azul inmenso…Era como si le doliera mirarme, como si viera algo que no es de este mundo. Fue tan mágico que no pude evitar sonreírle. Y entonces ¡él se sonrojó! ¡él! Y apartó los ojos enseguida. No me lo podía creer. ¡Yo le gustaba!¡Estaba segura!
El señor del libro nos miró a los dos y suspiró sacudiendo un poco la cabeza. “Vaya par de tontos” debió pensar. Y no le faltaba razón.
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Resumiendo, que se me va el kiko otra vez; llegamos al punto de partida: me estampo con el señor de las gafas y el rubio se ríe de mí como el primer día, con bastante mala sombra. Me coloco en mi lugar con aquella sensación del huevo frito. Al cabo de un rato, cuando recupero mi color y temperatura naturales, busco sus ojos, como siempre últimamente. ¿Se habrá fijado en mi falda? ¿Y en mi chaqueta de lana azul? Creo que me queda muy bien…
Pero él no me ve, mira al fondo del vagón y me siento fatal, con mis absurdas esperanzas y mis suspiros nocturnos abrazada a la almohada. Se me humedecen un poquitín los ojos. Soy la más idiota del mundo mundial. El rubio hace un gesto, un saludo, dirigido a alguien a quien todavía no puedo ver. Sonríe y se pone de pie mientras un chico moreno se le acerca y chocan las manos.
- Ey, Pablete, ¿como te va? – dice alegremente. Qué linda voz.
- ¡Juanma! ¡Cuánto tiempo! – exclama el otro.
“Juanma….así te llamas” murmuro en mi interior. Escucho su conversación: son viejos amigos que llevan tiempo sin verse. Se ponen al día en dos minutos, charlando parados frente a mí. El tal Pablo hace transbordo, se baja en la siguiente.
- ¡Nos vemos! – dice al salir.
Mi rubio se despide con una señal de adiós y deja su mano colgada en mi dirección. La tengo muy cerca. La miro. Es una mano fuerte, con dedos largos y firmes, como de pianista. Con un escalofrío me pregunto cómo serán sus caricias, y resulta que mientras imagino sus dedos recorrer mi espalda, él me está observando. Pego un respingo en mi asiento y se ríe de mí otra vez. Hala, color tomate de nuevo. Puedo alimentar una familia entera friendo huevos sobre mi cabeza…
El niño del monopatín está a mi lado. Sonríe fugazmente, nos mira a los dos y se levanta como un rayo. Va a sentarse justo donde estaba Juanma, que le mira perplejo. No tiene más remedio que sentarse junto a mí. Veo varias sonrisas disimuladas en el vagón y me tiembla todo el cuerpo. Ahora ambos estamos sonrojados. Le miro a los ojos y él suelta un pequeño suspiro, porque también está nervioso. De cerca es incluso más guapo. Me gusta tanto…
- Ju...Jua...Juanma... –intento llenarme de valor pero tartamudeo - ¿Te llamas así?
¡Venga! ¡Vamos a preguntar estupideces! ¿Si su amigo le ha llamado Juanma, será que se llama así, no? ¿O como quieres que se llame? ¿Rudolph? Maaaal, Martita....muy mal...
Él sonríe cerrando los ojos y apretando los dientes.
- Así me llamo, señorita Mandarina.
- ¿Qué? – pregunto petrificada. ¿¡Me ha puesto mote!? ¿Soy una fruta? Esto no va nada bien…
- Je,je, sí…- se rasca la cabeza y se ríe - Te puse ese apodo en mi cabeza el primer día que te ví, porque llevabas el pelo naranja. Como no sé tu nombre…
Me enfurruño un poco, pero en realidad el apodo me gusta. Suena gracioso, así que acabo sonriendo. Tengo una montaña rusa metida en el pecho. Arriba, abajo, arriiiiiiiba….abaaaaaaaaajo. De locos…
- ¿Cómo te llamas? – me pregunta. Reacciono rápido y sonrío misteriosamente un momento para hacerme la interesante.
- Mandarina. – contesto. Los dos reímos con ganas y eso disipa la tensión. Menos mal.
Vuelvo a perderme en sus maravillosos ojos, y ahora también en su cálida sonrisa. Me encanta. Poco a poco se acerca a mi oído. Se me eriza el pelo de la nuca al sentir su suave aliento.
- ¿Te cuento un secreto? – susurra. Yo asiento y trago saliva porque no consigo articular palabra de la emoción. Murmura muy bajito:
- Al elegir este tren estoy dando un rodeo. Realmente hay otra línea que me lleva directo al trabajo, pero hace un mes perdí mi tren y tuve que subir en éste. – Hace una breve pausa y yo empiezo a temblar como una hoja. – Desde que te ví, ya no quise utilizar el otro. - dice como en un suspiro.
Aleja sus labios de mi oído lentamente. Me mira sonriendo dulce, inquieto, esperando mi respuesta. Pero me ha dejado muda. Que me pase esto a mí…Estoy alucinando. Mi corazón quiere salir a gritarle al mundo lo que siento y me golpea contra el pecho para partirme las costillas, pero mi cuerpo no reacciona, y solo puedo mirar sus labios que me atraen como un imán.
Y entonces llegamos al túnel. De golpe se apaga la luz.
“Perfecto” pienso, y como sonámbula acerco mis dedos a su cara. Le acaricio un instante y noto cómo sonríe bajo mi tacto.
“Ahora o nunca” me digo a mí misma, y por una vez, actúo por impulso. Le beso tímidamente, saboreándole despacio. Sus manos rodean mi cintura y me atrae hacia su cuerpo. Me besa profundo, y siento que su infinita calidez se adueña completamente de mí. No hay nada más bonito en todo el ancho mundo que este preciso momento. Después me suelta la boca suavemente y murmura:
- Te quiero, Mandarina.
Y sonrío, porque soy feliz ahora que mi corazón late junto al suyo.
...
El resto ocurrió en apenas un segundo, cuando casi habían llegado a la estación de Atocha en plena hora punta. Primero fue una luz. Todo fue luz. Y enseguida el estruendo, el fuego y la explosión. De aquél vagón de tren de cercanías, nadie salió vivo.
El once de Marzo de dos mil cuatro, Madrid sufrió el atentado terrorista más violento vivido en Europa. Tres mochilas cargadas de explosivos que fueron detonadas al unísono, un jueves cualquiera, a las siete de la mañana. Murieron 191 personas y hubo más de 1800 heridos. Aún hoy seguimos sin saber quién lo hizo o porqué motivo. ¿fue ETA?¿Fue AlQaeda? Nuestros mediocres políticos continúan echando tierra sobre el asunto.
Aquél jueves, después de estudiar durante toda la mañana (tenía un examen esa tarde), conecté el televisor a la hora de comer, como hago siempre para ver los informativos. Algo se me congeló en el alma al ver las imágenes. Recuerdo que no pude probar bocado. Parecía imposible. Pero no. Aún estaban contando los muertos. Y recuerdo también que durante meses, de mi ventana colgó un mensaje escrito en una sábana blanca. El mismo mensaje que pudo leerse en cualquier calle de cualquier ciudad de España durante mucho tiempo:
“ Yo también, iba en ese tren “
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Gracias por leerme.
Y aquí la canción que me inspiró:
(deberíais ver este video, es muy bonito)
http://www.youtube.com/watch?v=gOQnxndCTI4
Gracias....
Me cuesta saber si realmente eres adolescente o si interpretas a una adolescente en la historia, pero realmente veo al personaje que me intentas presentar. De la forma de escribir no tengo demasiado que decir, quizás no me haya gustado eso de irse por las ramas a mitad de la narración, pero posiblemente signifique que no me cae bien el personaje, ya que incluso después de leer esas partes me ha parecido incluso buena esa forma de reenganchar con la historia principal. Es muy natural, personalmente creo que escribes bien. Incluso como he dicho, creo que nos ayuda a entender la personalidad del personaje. Incluso a conectar con él.
Lo que si que no me ha gustado es que hablas del amor como un sentimiento que todos padecen igual, caes en lo típico, sus ojos azules como el mar, el tiempo que se detiene, mariposas en el estómago...
La verdad, me he enamorado. Y si, estoy enamorado. ¿Por qué no decirlo? Y es verdad que una vez detuve el tiempo, pero no fue en una mirada, personalmente necesitaba pensar para impresionarla y el mundo me dio ese momento, detuvo el tiempo, pensé la respuesta y la impresioné. Esto no es broma, recuerdo como el tiempo se detuvo. Pero no sentí cosquillas en el estómago. Nunca las he sentido. No sé si realmente tu te enamoras como las películas americanas o si nunca te has enamorado, pero creo que es demasiado típica esa imagen del amor adolescente que nos presentas.
La verdad es que la forma que tienes de contar la historia, me gusta, siempre me ha gustado leer algo y sentir que el autor me habla directamente, sin florituras, sin palabras raras, simplemente un texto que habla como hablan las personas.
Más tarde leo la segunda parte, aunque creo que desgraciadamente ya me sé el final.... Como consejo real, y a este si que le tienes que hacer caso: Nunca pongas en qué te has basado antes de empezar la historia.
Sólo con leer el título del cuento ya pienso que no merece la pena seguir leyendo. Ya me has contado el final... No sé si has sido completamente fiel pero si lo has sido, pues vaya. Ya me lo has dicho. No sé, es posible que te hayas cargado la historia confesando antes de que la leyéramos.
No soy adolescente, pero la historia sí la pensé para un público adolescente (quizás debí colgarlo en la sección juvenil). Por eso la chica parlotea sin filtro. No es un texto "trabajado", evidentemente. Escuché la canción, cogí la idea, y escribí del tirón. Sé que sobran muchas cosas. No tenía ninguna aspiración particular, fue más un acto reflejo.
Sí es verdad que he caído en lo típico al hablar del amor, pero eso en parte es porque la canción ya lo expresa así (hay frases que las he cogido literalmente de algunas estrofas). Intentaba respetarla, pero sí, demasiado americano, no me he calentado la cabeza para nada.
Y lo de desvelar el final, tienes razón en que conocerlo de antemano quita un poco las ganas de leer. Como todo el mundo conoce la historia...no pensé en dejarlo como sorpresa. Error.
Me quedo con lo de que "escribo bien" y que el personaje conecta con el lector aunque no guste necesariamente.
Gracias por ser sincero y objetivo. De hecho, es el tipo de crítica que buscaba. Comentarios así siempre son un estímulo.