Anhelante, con el macuto al hombro, emprendí camino en busca de respuestas.
Crucé infinidad de pueblos, ascendí elevadas montañas, bajé barrancos profundos, atravesé oscuros bosques y praderas inmensas…
Pregunté, indagué, investigué, busqué, escruté, inquirí, pero cuanto más me alejaba más cerca me encontraba de la duda más absoluta.
Consulté a expertos, sabios, religiosos, sin importarme sus credos. Nada conseguí.
Sonsaqué a gurús, charlatanes y videntes. Idem.
Sondeé a amigos. También a enemigos. Siempre la misma estéril respuesta.
Nunca me llevé bien con Dios, pero cedí dirigiéndome a él como último recurso. Silencio.
Desorientado, me senté a meditar al borde del camino.
Fue entonces cuando se me acercó un niño de rostro familiar y me miró con grandes ojos azules y sonrisa verdadera. Me dio un beso y marchó.
Ese niño…
No podía quitarme su imagen de la cabeza…
¿Me conocía?
¿Quién era ?
De repente, caí en la cuenta…
Creí saber...
Finalmente, tuve la certeza…
Estaba otra vez en el punto de partida. Tras mi viaje comprendí que sólo conocería la respuesta definitiva cuando aprendiera de nuevo a contemplarme a mí mismo con la pureza de la mirada del niño que otrora fui. El niño que ignoré al hacerme mayor.
Comentarios
¡Nunca!, Amparo
Un precioso cuento, narrado con sencillez y brevedad.Dos cualidades que aprecio en los relatos.
Saludos.
Muchas gracias por el comentario