Tal vez nadie lea esta carta, puede que se pierda en el olvido como lo harán mis recuerdos con el paso del tiempo, los cuales aquí escribo con la esperanza de que en un futuro llegue a manos de algún curioso que, por error o acierto, dé con ella. Contaré todos y cada uno de los hechos que ocurrieron durante mi estancia en una pequeña villa de Inglaterra. Que el señor nos coja confesados… - El Guardián de las Almas Errantes -
¿Cómo iba yo a imaginar lo que me aguardaba en un pueblo tan tranquilo como era Lost Valley? Pues en el seminario no te enseñan a afrontar problemas como el que se me presentaba en aquella época. Llegaba yo a la civilización con sorprendente seguridad, novato pero sin miedo alguno, dispuesto a comenzar mi primer día como sacerdote en la iglesia de Saint Bernard. Se trataba de un edificio gótico. Así, pues, su punto más alto parecía tocar el cielo.
A menudo permanecía gustoso meditando hasta tarde frente a la figura de roble que representaba al hijo de Dios. La observaba horas y horas, admirando cada detalle, cada surco y desperfecto en la madera ocasionado por el tiempo inexorable; gozando de la compañía de mil serafines que, en la oscuridad, me arropaban guiados por la tenue luz que desprendían los candiles de la parroquia.
Comentarios
De llegar
a
Estar (a menudo...)
En un quiebre de renglon.