Sin norte bajo un sol febril y hardido,
sentí que aquellas foscas creaturas
puñales mil con sus miradas duras
hundían en mi pecho exinanido.
Lancé un grotesco y descabal berrido
que agitó mis humildes vestiduras,
y mis piernas, otrora asaz seguras,
chocaron contra el suelo desabrido.
¡Cuán monstrüosa y brava mi demencia,
pues cuando recobré tras luengas horas
el tesoro sin par de la conciencia,
las que bestias supuse aterradoras
pacían con audible complacencia
junto a un grupo de angélicas pastoras!
Comentarios
Siempre que leo tu excelente poesía, tengo que recurrir al google y a la RAE para desentrañar el misterio.
Gracias por eso.