Me siento aquí con la ventana abierta a un lado y espero que las palabras salgan solas en esta hoja en blanco, como cada día, sin saber muy bien qué pensar. Lo único que veo es la habitación en la que he vivido todos estos años, con sus paredes violetas y estos viejos muebles que tanto me han gustado siempre. Llueve tanto que de cuando en vez una gota traviesa aterriza en mi mejilla, o en la frente, y me hace despertar de mi ensimismamiento. No entiendo qué ha pasado hoy, me pregunto por qué las nubes se han cansado de su apariencia blanca y esponjosa de verano, para pasar a ser una masa de color gris que se esparce por el cielo, recordándome que faltan muchos meses para que vuelva a brillar un sol que yo jamás veré.
Sigo sin ser muy consciente de los pensamientos que pasan por mi mente, pero, en el fondo, estoy cómoda así. Cambio de posición sobre la silla y detecto un movimiento a mi derecha. Me giro y contemplo mi reflejo en el espejo. Me miro y sonrío, porque me gusta mirarme. Me gusta la cascada de rizos rubios que cae por mi pecho, mis brazos apoyados en el teclado del ordenador, todavía morenos de un verano perfecto, al igual que las piernas o la espalda. Sin embargo, si observo más detenidamente mi reflejo, puedo llegar a ver la sombra de unas lágrimas que han recorrido mi cara no hace mucho. Me toco con suavidad las mejillas y noto los surcos aún húmedos que dibujan líneas irregulares en mi piel. No recuerdo el motivo por el que he llorado, y eso me entristece pero, quizás, sea lo mejor.
Ojalá pudiese salir a la calle, ojalá fuese capaz de ir hacia el armario, ponerme unos pantalones, una chaqueta y unas botas que cubriesen mis piernas. Pero no puedo. Sé que si salgo, me perderé en esta ciudad que lo único que ha hecho por mí, ha sido hacerme daño.
Pienso en esa noche de septiembre de hace dos años. No llovía, como ahora, es más, hacía muchísimo calor y yo llevaba mi vestido favorito. Era precioso, de color blanco, que se abría por la espalda y mostraba mi figura. Recuerdo que tenía prisa por llegar a algún sitio, pero no consigo acordarme del lugar al que tenía que acudir. Aún tengo en la mente el sonido de mis tacones repiqueteando contra la acera a medida que corría a través de esa calle por la que no había pasado nunca. No me gusta pensar en esto, en esa noche, en esa calle y en ese silencio que me rodeaba. Y la oscuridad… recuerdo la oscuridad que me envolvía, la recuerdo por esa sensación que me devoraba por dentro mientras corría.
No sé si correr ahora bajo la lluvia y huir de aquí. Huir de estos recuerdos, de esa noche, de ese vestido, de esa oscuridad. Me gustaría evadirme de esta realidad antes de que se ponga el sol y tener que enfrentarme a mis monstruos como cada noche.
Ojalá no me hubiese puesto ese vestido blanco que tanto me favorecía. Ojalá hubiese pasado por otra calle. Ojalá hubiese corrido más rápido.
Quizás, habría tenido más suerte y no me habría muerto esa noche de septiembre de hace dos años. Quizás.
Comentarios
La primera parte, me parece un escrito adolescente,domina la preocupación por "estar mona", pero de ahí no saco ninguna conclusión relacionada con el final; si acaso, la frustración. Pero si fue un suceso tan importante, no es creíble que dos años más tarde la protagonista no lo recuerde.
Saludos.