La primera en sucumbir fue la mujer que acababa de sentarse frente a mí. Había subido en Marina, dos paradas después que yo y sin duda era mucho más sensible que el resto de pasajeros. Fue dejándose caer despacio, ladeando la cabeza hasta apoyarla con suavidad sobre el hombro de su compañera de asiento. Los brazos inertes encima de las rodillas, los párpados caídos, los labios entreabiertos... al instante supe que volvía a suceder. Una vez más, la tercera en la última semana, la enésima desde hacía un par de meses. Los que habían experimentado esa situación anteriormente escondían la cabeza bajo abrigos y chaquetas, se tapaban los oídos y cerraban los ojos aun sabiendo que todo resultaría inútil. El resto contemplaba estupefacto como aquella mujer se levantaba poco a poco y caminaba hasta el final del vagón, se agachaba, se sentaba en el suelo e iniciaba el consabido ritual. Movimientos de cintura rítmicos y pausados al son de una melodía imaginaria, palmadas al compás rompiendo el silencio. Enseguida la acompañó alguien más, un chico de corta edad que acabó sentado junto a ella siguiendo su ritmo, ambos en un inquietante baile, perfectamente sincronizados. Uno tras otro, todos los ocupantes del vagón fueron cayendo en esa especie de alucinación, en ese letargo sin sentido que los volvía frágiles y vulnerables, que les absorbía la voluntad y los convertía en autómatas.
Sólo yo seguía despierta, luchando por mantenerme consciente tal y como me había propuesto. No estaba dispuesta a dejarme vencer, otra vez no, ya eran demasiadas. Ya eran tantas veces que estaba empezando a aprender como hacerle frente, esforzándome por aguantar con los ojos bien abiertos y permanecer despierta. En cada estación los nuevos pasajeros se quedaban pasmados ante el espectáculo que tenía lugar en aquel vagón y corrían a refugiarse en cualquier rincón o saltaban de nuevo al andén antes de que se cerraran las puertas. Y es que cuando se cerraban ya no había escapatoria, todos lo sabíamos.
Y no la habría mientras él siguiera allí, con la nariz metida en su libro de parapsicología, tranquilo, ausente, preparándose para un examen que, según él, nunca aprobaría. Decía que eso de la hipnosis no se le daba muy bien...
“Mañana me levantaré más temprano”, pensé mientras seguía resistiéndome a que mis ojos se cerraran, “será el único modo de no coincidir con él. Mañana... mañana me levantaré... ahora no... ahora tengo sueño, tengo mucho sueño...”
Mar.
Comentarios
Yo también tengo sueño amparo, sobre todo a estas horas... Gracias por leerme.
Siento que no lo hayas entendido, seguro que es culpa mía, a veces creo que todo el mundo tiene que entender mis paranoias y seguramente debería expresarlas mejor. Se supone que el chico que lee parapsicología está practicando hipnosis para un examen y cree que no se le da bien. Sin embargo es tan bueno que es capaz de hipnotizar a todo un vagón de metro sin demasiado esfuerzo, sólo con su presencia. Eso era lo que quería contar. De todas formas, gracias por leerlo y comentar.
Yo creo que la que tiene el poder para hipnotizar eres tú cuando escribes jajaja:). Un placer leerte.