Mis ojos estaban fríos. Grises y tan claros que me hacían tiritar. Desde hacía un tiempo tenía aquellos pensamientos extraños, me estaba volviendo loca. Yo era blanca, todo carecía de color. Mi piel era casi transparente, dejaba ver unas finas líneas azules en mis pequeñas muñecas.Me levanté de la cama y me senté frente al espejo. Había encogido. Casi no tenía carne en el cuerpo, si mi profesor me hubiera hecho un examen de biología lo habría aprobado, porque yo era un saco de huesos. No me sentía femenina en absoluto, casi no tenía pecho y mi pelo que antes había estado largo y rizado, ahora era corto y fino. Alce la vista y contemplé la habitación. La habitación de un centro psiquiátrico. Paredes blancas, cama con cintas para agarrarme por la noche por si acaso, muebles de plástico y un inconfundible y familiar olor a medicamentos. Mi cuerpo era horrible. No sabía como lo había hecho. Como me saltaba comidas inventando estúpidas excusas, o la primera vez que me metí los dedos en la boca. Ojalá no lo hubiera hecho, porque ahora, con quince años estaba enferma, con repulsión hacia la comida e infeliz. Deseaba salir una tarde, respirar aire puro, correr y escaparme del psiquiátrico. Pero no tenía fuerzas para nada. Aunque tenía una gran fuerza mental. Todos los días. Desde que me asignaron un nuevo doctor. Un plato de macarrones se posaba en la mesilla. Me sentía como un animal hambriento que necesitaba cazar. Me asomaba por la ventana y esperaba hasta que volvían y se llevaban el plato. Luego lloraba en silencio, me acariciaba el estómago y sintiéndome fría y vacía. Ese día llamaron a la puerta y como siempre me giré hacia la ventana. Unos momentos más tarde el olor a la comida penetró en mis fosas nasales y el calor recorrió mi cuerpo. Pero no era el familiar olor a macarrones, sino espeluznante olor a chocolate. Me volví lentamente y vi un gran pastel de selva negra en la mesilla. Sin poder contenerme me acerqué a él y lo observé. Del pastel salieron asquerosos gusanos que se retorcían en el chocolate y otros bichos que me provocaron más de una arcada. Parpadeé y el pastel seguía allí, pero sin bichos, sino con un aspecto atrayente y tentador. Ese era el mismo pastel que me había comido cinco años atrás. Me pregunté si esto era idea de mis padres. Cuando tenía diez años era una niña activa y feliz. Me encantaba comer. A decir verdad, también era un poco rechoncha. ¿Qué se siente al comer chocolate? Alargué un dedo y lo manché con el chocolate. Voy a comérmelo...no no puedo hacerlo... No sé cuanto tiempo pasó. Quizá varias horas. Al final tuve un impulso y me lo metí en la boca. Fue como si ese sabor nunca se hubiera ido de mis papilas gustativas. Me comí el pastel lentamente, de vez en cuando volvía a ver gusanos pero me di cuenta de que eran imaginaciones mías. Cuando me terminé el pastel, me sentí llena. Un ligero peso en el cuerpo que me dio fuerzas y color. Volvía al espejo. Y mis ojos grises me devolvieron la mirada. Recorrí mi cuerpo de nuevo. Nada había cambiado, o sí, mi tripa parecía un poco redondeada. Eso me hizo sonreír con los dientes manchados. Un calor invadió mi cuerpo. Hacía mucho tiempo que no sonreía.
Este es un relato que hice para un concurso. Pero a los profesores no les pareció bien presentarlo porque era un tema que no les gustaba. Así que lo presentó aquí.
Comentarios
Una observación: ten cuidado con el uso de los puntos ya que los empelas constantemente y eso provoca una sensación rara en el lector. Te recomiendo que emplees otros signos de puntuación para que el texto fluya más armoniosamente ya que los puntos son pausas prolongadas que cortan el texto.
Un saludo
Los concursos en gran medida estan a "merced" de jueces y sus caprichos, en este caso "profesores".
Usted escriba y deje a los jueces con sus caprichos o gustos.