La primera vez que alguien de nosotros vio a Luna, estaba subida a un árbol. No pensaba volver a bajar. Tacho y corrijo: No pensó nunca bajar. O mejor: No había bajado nunca. [...]
No muchos, sino la mayoría de los mayores, acordaron que la culpa de lo que luego ocurrió fue de ella. Pero cómo iba a ser su culpa si ni tan siquiera sabía su nombre. Le llamamos Luna. Y no se opuso - no se oponía a nada. Le llamamos Luna porque mientras caía del árbol como fruta madura gracias a nuestras pedradas, no hacía más que mover aquel dedo extraño y torcido hacia arriba señalando hacia la redonda que se aparecía abriéndole puertas a la noche. Sólo por eso: Luna.
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Comentarios
Me encanta el título...