Un columpio de madera
No pude rechazar aquel regalo. No sé si me hubiera provocado más dolor haberlo hecho. Probablemente sí. Lo único que tengo claro es que de una manera u otra habría sentido la necesidad de contar esta historia, de no dejar que cayera en el olvido.
Todas las mañanas salía a pasear a mi perro y llegábamos hasta una placita situada detrás de casa. Aquel anciano siempre estaba allí. Sentado en un banco. Solo y en silencio. Con las manos entrelazadas sobre el regazo y una boina negra calada hasta los huesos. No sé bien por qué pero me alegraba verlo aunque no podía evitar preguntarme cuánto tiempo llevaba sentado en el banco y por qué nadie lo acompañaba. Entonces me invadía una rabia muda al imaginar lo que podría estar sintiendo el anciano. Por este motivo siempre le sonreía al pasar frente a él. Creía que de alguna manera un gesto amigable, cercano, lo reconfortaría.
Una mañana me llamó con un suave gesto de su mano derecha. Me acerqué y entonces el hombre me tendió un objeto. Sorprendida, descubrí que se trataba de uno de esos pequeños columpios tallados en madera que se colocaba en las jaulas para pájaros. A punto estuve de decir que yo no necesitaba ningún columpio pero sentí que aquello sería una crueldad, así que cogí el objeto con un “muchas gracias, caballero” y le sonreí. El anciano me miró a los ojos y me devolvió la sonrisa.
Tampoco supe descifrar su mirada. Ni siquiera hoy, al recordarla, soy capaz de decidir si sus ojos simplemente estaban alegres porque había aceptado su presente o a su vez me estaba dando las gracias por haberlo hecho. Esta incertidumbre hizo que una sensación de ahogo y una tristeza infinita se apoderaran de mí y me marche corriendo porque notaba que de un momento a otro me echaría a llorar.
A partir de aquel momento, todas las semanas el anciano me obsequiaba una figurita de madera. Yo le daba las gracias y me quedaba charlando un rato con él. Siempre sobre temas triviales. Jamás me atreví a preguntarle a qué hora llegaba a la plaza o por qué siempre estaba solo.
Una mañana llegué a la plaza y vi que no estaba. Me imagine lo que podría haber pasado pero durante varias semanas acudí religiosamente a la plaza con la esperanza de encontrarlo sentadito en su banco o por lo menos de averiguar qué le había pasado. Pero nadie supo darme razones de aquel anciano.
No llegué a saber su nombre, ni cómo se sentía y sigo sin saber si habría sido correcto preguntárselo. A veces pienso que sus palabras me hubieran ayudado a comprender por qué no podía evitar sentirme culpable. Sin embargo, otras veces me reconforta pensar que mi silencio sobre su vida privada le ayudó a olvidar durante un rato la realidad en la que vivía, si es que necesitaba alejarse de ella. No lo sé. En verdad, espero que no.
Comentarios
Muy bonita y tierna historia la que contaste, seguro el anciano quedó muy agradecido contigo por dedicarle unos minuticos diarios de tu tiempo:)
tequendama