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Un columpio de madera

LiaraLiara Pedro Abad s.XII
editado abril 2012 en Narrativa
Un columpio de madera
No pude rechazar aquel regalo. No sé si me hubiera provocado más dolor haberlo hecho. Probablemente sí. Lo único que tengo claro es que de una manera u otra habría sentido la necesidad de contar esta historia, de no dejar que cayera en el olvido.

Todas las mañanas salía a pasear a mi perro y llegábamos hasta una placita situada detrás de casa. Aquel anciano siempre estaba allí. Sentado en un banco. Solo y en silencio. Con las manos entrelazadas sobre el regazo y una boina negra calada hasta los huesos. No sé bien por qué pero me alegraba verlo aunque no podía evitar preguntarme cuánto tiempo llevaba sentado en el banco y por qué nadie lo acompañaba. Entonces me invadía una rabia muda al imaginar lo que podría estar sintiendo el anciano. Por este motivo siempre le sonreía al pasar frente a él. Creía que de alguna manera un gesto amigable, cercano, lo reconfortaría.

Una mañana me llamó con un suave gesto de su mano derecha. Me acerqué y entonces el hombre me tendió un objeto. Sorprendida, descubrí que se trataba de uno de esos pequeños columpios tallados en madera que se colocaba en las jaulas para pájaros. A punto estuve de decir que yo no necesitaba ningún columpio pero sentí que aquello sería una crueldad, así que cogí el objeto con un “muchas gracias, caballero” y le sonreí. El anciano me miró a los ojos y me devolvió la sonrisa.

Tampoco supe descifrar su mirada. Ni siquiera hoy, al recordarla, soy capaz de decidir si sus ojos simplemente estaban alegres porque había aceptado su presente o a su vez me estaba dando las gracias por haberlo hecho. Esta incertidumbre hizo que una sensación de ahogo y una tristeza infinita se apoderaran de mí y me marche corriendo porque notaba que de un momento a otro me echaría a llorar.

A partir de aquel momento, todas las semanas el anciano me obsequiaba una figurita de madera. Yo le daba las gracias y me quedaba charlando un rato con él. Siempre sobre temas triviales. Jamás me atreví a preguntarle a qué hora llegaba a la plaza o por qué siempre estaba solo.

Una mañana llegué a la plaza y vi que no estaba. Me imagine lo que podría haber pasado pero durante varias semanas acudí religiosamente a la plaza con la esperanza de encontrarlo sentadito en su banco o por lo menos de averiguar qué le había pasado. Pero nadie supo darme razones de aquel anciano.

No llegué a saber su nombre, ni cómo se sentía y sigo sin saber si habría sido correcto preguntárselo. A veces pienso que sus palabras me hubieran ayudado a comprender por qué no podía evitar sentirme culpable. Sin embargo, otras veces me reconforta pensar que mi silencio sobre su vida privada le ayudó a olvidar durante un rato la realidad en la que vivía, si es que necesitaba alejarse de ella. No lo sé. En verdad, espero que no.

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado abril 2012
    Hola, rebienvenida:p:):D

    Muy bonita y tierna historia la que contaste, seguro el anciano quedó muy agradecido contigo por dedicarle unos minuticos diarios de tu tiempo:)
  • MigueliuxMigueliux Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    Ah, me gustó mucho, pocas personas les interesa lo que les pasa a los demás, algunas dicen: no es mi familiar, asi que no me importa, con que a mi no me afecte, no pasa nada. Eso fue lo que me llamó la atención de la chica; que se interesaba, se preocupaba, se daba cuenta de las cosas.
  • TequendamaTequendama Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    Linda historia. No todos tienen tiempo o no desean conversar con los ancianos. Es como si quisiera evitarlos, a veces sus propios familiares los alejan, por eso buscan en una plaza distraerse.:p

    tequendama
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