Retornó con sosiego su lenta mirada, y descubrió que ella aún permanecía entre sus piernas. La cogió del culo y deslizó sus manos por todo su cuerpo, acarició su suave cuello, haciéndolo como cuando todo era distinto, pero, ahora sabía que esos recuerdos habían caducado hacía demasiado tiempo atrás, decidió continuar, hasta llegar a sus dulces labios. Sabía que nunca le fallaría, que siempre estaría ahí para escuchar sin interrupción su aburrido discurso. La llevó junto a él y bebió de ella como nunca antes lo había hecho. Pero ya no quedaba sabor que saciase sus intenciones, descubriendo una vez más que su amada botella le había vuelto a engañar.
Rebuscó entre sus bolsillos, palpando llaves, pañuelos rasgados, una cartera que siempre estuvo vacía y una cajetilla medio rota. La abrió y en ella encontró el último cigarrillo acompañado de un mechero. Se lo encendió y comenzó a fumar, recordando todo lo pasado, y soñando, entristecido, por el porvenir que tanto le perturbaba.
Pasado un tiempo aspiró la última calada y la saboreó con fuerza. Sabía que aquello sería lo último que esta noche lograría alcanzar el roce de sus labios. Casi consumido, la llama se iba disipando poco a poco, hasta que al final no logró resistir más y se rindió a los estragos de la oscuridad. Tras no encontrar nada interesante en lo que centrar su mirada, la dirigió al firmamento, descubriendo que esa noche el cielo no estaba dispuesto a dejarse contemplar, esta vez hasta el fiel compañero de todas sus noches, se había cansado de esperar. Hoy sus leales compañeras dejaron de brillar, se consumieron poco a poco y dejaron paso a la tenue oscuridad.
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