PRÓLOGO:
Hace treinta años:
I
La tempestad azotó con bravura el casco del atunero y a todos sus ocupantes, que tuvieron que asirse en lo primero que encontraron sus manos para no resbalar y caer. Era de noche, la visibilidad era nula y los avíos de navegación se habían vuelto prácticamente inmanejables. Temerosos de zozobrar, se vieron forzados a soltar la red de la grúa y abandonar el banco de peces que habían logrado capturar.
El temporal arreció y, temiendo por sus vidas, lanzaron las amarras para intentar aguantar la tormenta al ancla. Tras unos angustiosos segundos arrastrándose por el fondo marino, las áncoras encontraron donde agarrarse y el barco frenó con brusquedad.
Habían vivido y capeado docenas de tormentas en altamar a lo largo de sus vidas, pero ninguna como aquélla. Las olas se alzaban, poderosas, hasta los veinte metros de altura, amenazando seriamente con tragarles, pero por fortuna para ellos, no terminaban de romper; y el viento, feroz y helado, les dificultaba las maniobras de lidia y hacía chirriar la grúa, que se tambaleaba peligrosamente sobre ellos.
Sobrecogidos, oyeron un fuerte zumbido y giraron la vista hacia el origen, donde pudieron distinguir alrededor de medio centenar de grandes siluetas oscuras como la obsidiana, volando a varios metros de altura sobre las olas hacia ellos. No tardaron nada en percatarse de que pasar de largo no era su intención, ni mucho menos.
Impías, aquellas dantescas criaturas comenzaron su asalto al atunero.
En menos de cinco minutos, el barco encallaba en un islote cercano, sin el menor rastro de vida en su interior…
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¿ No me dejarás con la duda,verdad ?
Buen epílogo y muy meticuloso,me ha gustado.
Los mercaderes, los más madrugadores del pueblo, no tardarían mucho en salir a la calle para preparar sus puestos de venta, pues ya se empezaban a ver unas pocas cortinas descorridas.
Cerca de allí, un niño de unos diez años dormía apaciblemente, ajeno a los primeros rayos de sol que conseguían atravesar las pequeñas franjas de su persiana, calentándole la mejilla. Fastidioso, el despertador sonó con su característico repiqueteo y le despertó enseguida. Refunfuñando, lo apagó de un manotazo, bostezó y se estiró: Había llegado la hora. Aquélla había sido la última noche en su casa. Resignado, tendría que irse a vivir con su tía Liss hasta que su padre regresase del viaje que iba a emprender en pocas horas.
- ¿Ya has despertado? –se cercioró su padre, asomando la cabeza al
dormitorio–. Muy bien. Prepárate y baja a desayunar –le dijo con una sonrisa, tratando de animarle.
El chico asintió, adormilado y triste a partes iguales, y se levantó de la cama para vestirse.
Su padre, Carl, era un importante arqueólogo y catedrático inglés, famoso mundialmente por sus hallazgos, algunos de los cuales habían revolucionado a la comunidad científica por su importancia. Hacía una semana había recibido una misiva de un compañero y amigo suyo, y tras leerla varias veces, nervioso, no había dudado en aceptar su propuesta. La investigación que hacía tiempo habían dejado de lado por los escasos frutos que había dado, acababa de dar un giro de ciento ochenta grados. Al parecer, acababa de descubrir la localización de las arcaicas ruinas submarinas que tanto tiempo llevaban buscando. Nueve meses, ése era el periodo mínimo estimado para el estudio de éstas, tras lo cual Robinson volvería a su hogar con su padre.
Ayer por la mañana, el equipo de rescate encontraba el atunero encallado en un islote de aguas irlandesas, completamente vacío. La tripulación, que consta de 47 hombres de entre veinte y cincuenta y cinco años, se encuentra en paradero desconocido, y ya se ha puesto en marcha un equipo de búsqueda y rescate que peinará un área de quince millas de radio.
Con éste, ya son seis los navíos encallados en el último trimestre en circunstancias similares. B.W y J.S, supervivientes del tercer y cuarto naufragio, respectivamente, narran, perturbados, cómo unos siniestros seres “oscuros como la obsidiana”, atacaron a sus compañeros en la tempestad. Aunque la diagnóstico médico de ello indica que padecen estrés postraumático agudo, no son pocos quienes creen la versión de los rescatados, que parecen haber reavivado la leyenda local de los “Hombres-obsidiana”, nacida, precisamente el siglo pasado, de boca de otros cuatro náufragos en las mismas zonas y circunstancias.
Robinson levantó la vista del periódico, sorprendido, y lo plegó. Nunca había oído nada acerca de aquella leyenda que mencionaba el artículo en sus últimas líneas, pero el mero hecho de imaginarse a unas criaturas capaces de hacer sucumbir a una tripulación entera de casi cincuenta hombres le mosqueaba, especialmente cuando iban a navegar por aquellos mares en breves horas.
- Eh… papá. ¿Has leído este artículo? –preguntó con la voz ligeramente trémula.
El padre se volvió hacia él, cargando con los dos desayunos en sendos platos.
- ¿Cuál?
- El del atunero encallado y los hombres-obsidiana –aclaró el pequeño.
- Ah, eso. Lo oí por la radio ayer –respondió Carl–. Es triste, pero no
tienes de qué preocuparte. La agencia meteorológica me ha confirmado que hará buen tiempo durante el viaje, y los hombres-obsidiana… pues… Mira –continuó, adquiriendo un tono paternal-, cuando se sobrevive a situaciones complicadas, a veces el cerebro se inventa cosas, cosas que no son reales, que es lo que les ha ocurrido a los dos rescatados.
- Pero… -replicó Robinson, dudoso.
- Tranquilo –insistió su padre en un tono afectivo–. Si existieran, el gobierno ya habría dado con ellos hace tiempo.
No muy convencido de nada, como quien es consciente de tener un temor irracional pero no puede hacer nada por calmarlo, acabó de desayunar. Se despidieron de su hogar, y con el abultado equipaje a pie de calle, llamaron a un taxi para llegar al muelle 9, donde les esperaba Frank, el compañero de Carl, con su barco.
Robinson pasó todo el viaje con la cara pegada a la ventanilla, disfrutando de las últimas vistas a su ciudad, a la que no iba a volver a ver en casi un año, siendo optimista.
- “¡Pescado fresco!” -exclamaban los tenderos, anunciando sus productos–
“¡Fruta de temporada barata!”
Poniendo fin al corto trayecto, el taxi les dejó lo más cerca que pudo del muelle señalado, y padre e hijo avanzaron como pudieron con el equipaje.
- Es aquél, el rojo -le indicó Carl a su hijo con una sonrisa.
Robinson, asombrado, soltó las maletas y se acercó unos pasos. Su padre no le había mentido días atrás cuando le insinuó enigmáticamente la belleza del navío. A pesar de que en su imaginación había figurado mucho más grande, aquel barco, de unos cuarenta metros de eslora y quince de manga, no le había defraudado. Era de bella apariencia, a la vista resistente. Como acababa de mencionar su padre, era de un color rojo rubí, recorrido por una banda de color negro, donde, en letras doradas, se podía leer “GOLEM”. En el mismo color estaban pintados los realces, tales como los marcos de las ventanillas redondas de la bodega, los reposabrazos de la borda o las cuerdas de las velas y los tres mástiles. Las velas todavía no estaban izadas, y habiendo admirado ya el aspecto del navío sin ellas, sólo se podía esperar que cuando lo estuvieran, éste fuera todavía más bonito.
Un hombre de la edad de su padre se asomó por la borda, y al verlos, balanceó los brazos para saludarles visiblemente en la distancia. Se giró hacia los marineros y les dijo algo. Seguidamente desplegaron el puente del barco para que los dos nuevos tripulantes pudieran subir a bordo.
Sonrientes, el hombre y Carl se abrazaron y se palmearon las espaldas.
- No me puedo creer que lo lograras, Frank –rió el padre de Robinson–. Es
magnífico.
- Tanto esfuerzo tenía que dar sus frutos, amigo –respondió, bajando la vista a Robinson-. ¡Hola! ¡Cuánto has crecido! –le dijo, al tiempo que el pequeño corría hacia él para abrazarlo efusivamente. Robinson nunca había sido un entusiasta de conocer gente nueva, en especial adultos, pero Frank le había caído bien desde el primer momento en que lo conoció, cuatro años atrás.
Frank era un hombre robusto, de metro ochenta de estatura y pelo oscuro. Tenía una grandota nariz aguileña, y bajo ella, un frondoso bigote en forma de ancla, algo extraño incluso en aquella época. Siempre mostraba un carácter afable hacia los demás, casi nunca se le veía disgustado, y tenía un tacto especial con los niños, además de una prolífica trayectoria arqueológica junto a su compañero Carl.
Mientras intercambiaban los habituales tópicos de una bienvenida, el padre de Robinson se adelantó y le dijo al pequeño:
- ¿Por qué no llevas las maletas a la bodega y así tienes el resto del viaje para divertirte?
Robinson se encogió de hombros y asintió con la cabeza.
- ¿Cuáles son mías?
- Todas menos las dos que has arrastrado hasta el barco.
La bodega, que se hallaba diez escalones por debajo de la cubierta, era bastante amplia y estaba bien cuidada. En ella estaban los cuarenta catres que tenían que dar descanso a la tripulación, con sus sábanas blancas perfectamente puestas, y los víveres que los mantendrían, en el extremo de la sala, apilados sobre grandes barriles de madera. Por contra, sólo se podía destacar la poca iluminación de que disponían, proveniente únicamente de los pocos ventanucos circulares que había cerca del techo, como si de un semisótano se tratara.
Como no había nadie a quien preguntar, y ningún catre tenía distinciones, eligió uno del fondo, donde podría descansar mejor al ser zona de menor tránsito.
- Pues resulta que aquel enunciado que nosotros creíamos que era un acertijo, era, en realidad, un anagrama –explicó Frank sonriente- Me percaté de ello un día que andaba yo algo aburrido, realizando juegos de palabras en mi mente. Y entonces aquella cita sin respuesta se transformó en una detallada orientación verbal hacia la ciudadela. Imagínate la emoción del descubrimiento, la incredulidad inicial… fue un momento extraño y especial.
Robinson ya conocía bien aquellos momentos en los que la emoción de un nuevo descubrimiento obnubilaba a su padre y éste, sin pretenderlo, se olvidaba casi por completo de él. Era un hombre apasionado por su trabajo, siempre lo había sido, y él ya estaba acostumbrado a sentirse a veces ignorado, pero no lo culpaba por ello.
El pequeño, aburrido, comenzó a curiosear los cajones del camarote mientras los dos amigos seguían en su particular mundo, aislados del resto de cosas que los rodeaban. Pero de repente, el barco dio un bandazo, y algunos de los adornos que había sobre los muebles cayeron al suelo. A la primera sacudida le siguieron otras, más fuertes y constantes.
- ¡La vela! ¡Apaga la vela! –urgió Carl al ver que se había volcado sobre la mesa de madera.
Apagaron apresuradamente la llama y se quedaron en completa oscuridad, bamboleados por los bruscos movimientos del navío. Dirigieron sus miradas alternativamente hacia uno y otro sin importarles, aparentemente, que no pudieran verse.
- ¿Qué está pasando? –preguntó Robinson, revelando un incipiente miedo con su voz.
- Sólo estamos atravesando una tormenta, tranquilo –le explicó su padre, tratando de transmitirle su serenidad.
Como queriendo desmentir sus palabras, el barco sufrió una nueva sacudida, considerablemente más brusca que ninguna de las precedentes, y muchos de los trastos y utensilios que aún quedaban en pie cayeron con estrépito. Los escasos muebles de madera crujieron, emitiendo un sonido nada agradable en aquellas circunstancias para un aterrorizado niño.
De pronto, oyeron un estremecedor alarido.
- No, esto no es sólo una tormenta –aseveró Frank con una sonrisa forzada que no pudieron ver por la oscuridad-. Estos hombres no se achican ante una tormenta.
Ambos adultos salieron al exterior para ver qué ocurría. Un fuerte grito de uno de los tripulantes les dio la voz de alarma.
- ¡¡Los hombres-obsidiana!!
Nada más oírlo, Frank y Carl se detuvieron un instante, blancos del susto, sin saber cómo actuar. Como despertándose en una pesadilla que se antojaba demasiado real, descendieron los escalones que habían subido segundos atrás.
- Robinson, quédate aquí –le ordenó su padre , visiblemente asustado -. Ahora volvemos.
Acelerados, cogieron un par de rifles de un mueble alto y subieron a cubierta a la carrera. Esperando que pudiesen hacerse cargo de la situación, Robinson se refugió tras la mesa, aterrado.
Frank abrió la puerta que daba a la cubierta del barco y esquivó, de improviso, el cuerpo de uno de sus tripulantes en plena caída. Ambos hombres se quedaron helados al ver el pavoroso espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos, con su tripulación como principal víctima. Sin tiempo para poder tomar una decisión meditada, una siniestra sombra alada se echó hacia ellos al vuelo. Sin detenerse un instante para descubrir cómo o qué eran aquellos seres, dispararon los dos a la vez. No tenían la menor intención de descubrir en persona sus intenciones.
Herido, el pesado ser cayó cerca del tripulante que segundos atrás había lanzado por los aires, y se retorció sobre sí mismo de dolor. Tenía forma humanoide, y su piel era oscura y dura como la obsidiana, características de donde surgía su apelativo. Aquel espécimen en concreto, medía poco más de dos metros veinte, y a juzgar por las dimensiones del resto, parecía ser de tamaño medio. Poseía unos enormes cuernos ondulados, del estilo de un antílope, unos rasgos feroces e inhumanos, iris rojos y una cola de escorpión de metro y medio de longitud, prensil, aparentemente. No parecían conocer la clemencia, a juzgar por cómo estaban dando caza cruelmente a los marineros del barco, que poco podían hacer contra ellos, desarmados, sorprendidos y asustados. A tenor de cómo se movían, eran seres nocturnos, y su considerable tamaño no impedía que se movieran con soltura por el aire, impulsados por unas grandes alas membranosas de insecto, que de frágiles no parecían tener nada.
Del otro extremo del barco, convertidos en improvisados cazadores de sombras, salieron a tropel de la bodega varios marineros, armados con trabucos como los de Carl y Frank, y comenzaron a abrir fuego contra los asaltantes. En un instante, el barco se llenó de destellos y estruendos, de cazadores y cazados, con el cielo y el mar como testigos.
- ¿Habéis alertado a los guardacostas? –preguntó Frank a un tripulante cercano mientras recargaba su trabuco.
- Sí, pero no llegarán hasta dentro de media hora –se lamentó el hombre,
consciente de que para entonces podría ser demasiado tarde para todos. Sin tiempo para tomar aire, apuntó la pistola de bengalas hacia una de las sombras que venían hacia ellos y disparó. El flamígero proyectil impactó de lleno en su abdomen y estalló. Lastimado, el hombre-obsidiana comenzó un vuelo inestable. Inmune a las llamas que lamían su cuerpo, pero no a la herida, cayó al mar, de cuyas profundidades no volvió a salir.
Los instantes siguientes fueron turbulentos. Los hombres-obsidiana decidieron lanzar un ataque más intensivo… y los trabucos no estaban preparados para dar abasto ante tantas dianas. Comenzaron a volar a ras de los tablones de la cubierta, confundiendo a los tripulantes, obstruyéndoles la visión y atacando a muchos de ellos. Parecían inmersos en el ojo de un huracán de sombras, con brazos ojos y piernas.
Se oyeron más disparos, y los hombres obsidiana, viendo cómo caían muchos más de los esperados, abortaron el ataque y desaparecieron tan súbitamente como habían llegado. Tras un silencio de circunstancia, los numerosos tripulantes que seguían en pie se miraron y estallaron en vítores. Acababan de vencer a unas criaturas en cuya existencia, hasta hacía escasos minutos, pocos creían.
Robinson había oído la algarabía desde el camarote de Carl, escondido, y al oír los jubilosos gritos de la tripulación, salió corriendo el exterior, buscando a su padre. Quería que le contara con exactitud qué era lo que había ocurrido, que le asegurara que el peligro ya había pasado de largo, que podía estar tranquilo. Emocionado, le buscó entre aquel barullo de gente que le sacaba dos cabezas, abriéndose paso como bien podía, pero allí era difícil encontrar a cualquiera que se propusiese buscar.
Sin embargo, pronto vio que no era el único que andaba buscándole.
- ¡Carl! ¡Carl! –exclamó la que reconoció como voz de Frank
- ¡Papá! –exclamó él, empezando a asustarse, y comenzó a buscarlo
frenéticamente, temiéndose lo peor.
Con la camisa manchada de sangre en la parte abdominal, el aludido comenzó a levantarse con dificultad, apoyado en la pared de la borda. Al verlo Robinson, salió corriendo hacia él, preocupado por su herida, aunque inmensamente más contento por verlo con vida y caminando.
- F-Frank, -balbuceó Carl, comprensiblemente más pálido de lo habitual, aunque correspondiendo al abrazo de su hijo, a quien trató de disimular su debilidad con una mal fingida sonrisa –Frank, tengo que hablar contigo inmediatamente.
Frank lo miró con inquietud, tratando de entrever cuál era el asunto para el que le requería tan urgentemente.
- Robinson, quédate por aquí unos minutos, ¿vale? Ya casi estoy bien. – le dijo, en un estado tan lívido que a nadie habría podido convencer de su última afirmación. Pero él obedeció y dejó que Carl regresara al camarote de Frank, apoyado en los hombros de éste.
- Tu padre se pondrá bien, ya lo verás –trató de calmarlo uno de los marineros que estaban con él, poco convencido de sus propias palabras. Al parecer, habían visto lo que había ocurrido, y tenía pinta de ser bastante serio.
- ¿Qué… qué le ha pasado?
El hombre dudó, buscando una respuesta suave que pudiera sonar convincente.
- Le han… pinchado.
Robinson dirigió la mirada hacia donde señalaban los ojos del tripulante, y vio la
cola de escorpión de un hombre-obsidiana abatido.
- ¡¿Le han metido todo ese veneno?! –se escandalizó al ver el enorme telson[FONT="][1][/FONT] del ser, y aún más preocupado, echó a correr al encuentro de su padre. Ya había perdido a su madre cuando era pequeño, y temía tener que volver a sufrir lo mismo con su padre.
Nervioso, bajó los escalones y, cuando iba a entrar a la habitación, se detuvo al escuchar sus voces.
- …he visto Frank, lo he visto. Ese… monstruo ha hecho algo más que
envenenarme. No sé cómo, pero es como si una parte de él estuviera ahora en mi cabeza. Es el único modo. Lo sé…
- Pero, ¿y tu hijo? ¿qué será de él? –preguntó Frank.
- Lo llevaré con mi hermana Liss, como te…
- Sí, pero ¿volverá a verte? ¿Se lo contarás? – arremetió, terriblemente afectado por la situación.
Carl resopló y tosió varias veces a causa de su herida.
- Si todo sale bien, regresaré según los plazos previstos, recuperado de la herida.
- ¡Si todo sale bien! –recalcó Frank con impotencia– Hay hospitales muy
buenos, Carl, iremos a que te curen allí.
- ¡No pueden, Frank! ¿No recuerdas lo que se dice que les ocurrió a los rescatados de los años sesenta y setenta? –señaló, recordándole un punto de la leyenda local de los hombres-obsidiana, un relato que días atrás había tachado de falso- Todos a quienes estos monstruos inocularon su veneno entraron en coma en torno a cien días después, todos. Yo tampoco creía en estas cosas, pero ahora es irrefutable.
- La medicina avanza, Carl –insistió su amigo, suplicante–. Puede que ya se haya encontrado…
- ¿Una cura? –interrumpió con cierta sorna– Por Dios, sé razonable, si
oficialmente ni siquiera existen estos seres, ¿cómo van a investigarlos? –Acosado de nuevo por el dolor y el veneno, tosió y bajó el tono de voz, por lo que Robinson tuvo que concentrarse para oír lo que decía-: Debo partir lo antes que pueda. Es la única solución que se me ocurre, y el tiempo corre en mi contra.
Frank asintió, comprensivo. Si estuviera en su lugar, con una sola posibilidad de curarse, por muy remota que fuera, probablemente habría tomado la misma decisión.
- De acuerdo. Iré contigo –decidió–. No me repliques. Las ruinas llevan miles de años esperándonos, así que podrán esperar un poco más a que las descubramos, los dos – puntualizó–. Tú vas a necesitar ayuda, y no te voy a abandonar ahora.
De repente, el barco se movió al flotar sobre una gran ola, Robinson se apoyó en la puerta, y ésta se abrió, revelando a los dos adultos su presencia. Sorprendidos y heridos por la escena, fueron hacia él.
- ¿Hace mucho que llevas escuchando? –le preguntó su padre.
Con los ojos anegados y con sendos regueros de lágrimas en cada mejilla, Robinson asintió débilmente, y padre e hijo se fundieron en un doloroso abrazo.
El día en que llegaron a tierra firme, a las autoridades se les entregó el cuerpo de los hombres-obsidiana que habían sido abatidos, y tras hacer las pertinentes pruebas, supieron que los rescatados habían dicho la verdad. En cuanto a Robinson, juró para sus adentros que nunca volvería a subir a un barco. Pocas horas después, su padre partió con Frank a un misterioso viaje y desde aquel momento, el muchacho se vio obligado a vivir con su tía Liss.
[FONT="][1][/FONT] Telson: Estructura más posterior del metasoma (cola) de un escorpión, que contiene las glándulas del veneno y el aguijón con que lo inoculan.
A ver si sigues poniendo más de la historia.:)
Me agrada tu interés. Un saludo!!