Desde hacía días, un aire ardiente, tras haber arrasado las áridas tierras del interior, había convertido la ciudad levantina en una gran caldera. Sólo se encontraba alivio en el fresco interior de las casas, donde las habitaciones se mantenían tapadas y en penumbra. El viento de poniente, seco y abrasador, escocía en las narices, resecaba las gargantas y traía a su paso enfermedad y fiebre.
Las sienes de mi hermano palpitaban bajo el paño húmedo que la abuela Lola le acababa de poner. A los pocos minutos, el intenso calor de la frente ya lo había entibiado. El pequeño pecho de Martín se levantaba rítmicamente, dolorido y agotado, sobre el cuerpo sacudido por los espasmos de la fiebre. El médico había dicho que era gripe. En la primavera de 1962, los antibióticos eran prácticamente inexistentes y en la ciudad ni siquiera había un hospital infantil. Todos en casa temían lo peor, pues la fiebre persistía alta junto con otros síntomas que habían aparecido, como una cierta rigidez del cuello y vómito convulso. Esperaban la llegada de los antibióticos que el tío Pepe, había expedido con suma urgencia desde el hospital donde trabajaba en Suiza.
Se habían reunido en casa de la abuela Lola los abuelos maternos, Ifigenia y Valente, así como la hermana de la abuela Lola, la tía Tina y su marido el tío Min (todos le llamábamos así, por las preciosas cajas chinas que pintaba y nos regalaba).
Cuando el estado de Martín empeoró, el abuelo Valente volvió a su cortina, enrollándose en ella como solía hacer cuando era presa de la desazón por sus compañeros muertos en guerra o ejecutados en prisión, por el recuerdo de los judíos exterminados, esta vez añadiendo a su cotidiana zozobra, el espanto de la muerte que recorría el largo pasillo, haciendo crujir la antigua biblioteca. Dentro de la cortina, en su dormitorio, el abuelo quedaba inmune a los ataques de desprecio que la indignada abuela Ifigenia le profería.
La fiebre de Martín no se iba ni con paños ni aspirinas. En casa, todos hablaban a media voz, el silencio quebrado por los gemidos de mi hermano y el chirrido de las golondrinas que surcaban atontadas el aire ardiente al atardecer. Las persianas se mantenían bajadas, el tiempo quedaba estático entre las frescas paredes.
El tío Min hacía solitarios con ojos vidriosos y mano temblorosa, un incipiente hilillo de baba, asomándole por la comisura de la boca, precursor de su cercana senilidad, mientras la tía Tina tejía algún tapete con un finísimo ganchillo que movía a gran velocidad entre sus dedos nudosos. La abuela Ifigenia organizaba la casa y asistía a Lola en el cuarto del niño enfermo. El abuelo Valente pasaba las horas envuelto en su cortina.
(Continúa)
Comentarios
Esta tía Tina me hace recordar a una tía abuela mía que tejía a crochet (tu le dices ganchillos). Tejía a una velocidad pasmosa unos adornos muy hermosos para las mesas de centro.
Ella había sido maestra en provincia….
Vaya Shaianti tu historia me está haciendo recordar cosas y sin querer queriendo me quiere salir una historia.
Saludos
Con tus descripciones, transportas al lector fácilmente al lugar de los hechos. Se siente y se respira ese viento.
Como le pasó a Juancho,a mi también me hiciste recordar a mi gente,muy bueno el relato,buscaré la continuación.
Saludos.
Seguiré buscando tus escritos.
Saludos.
Este es uno de los últimos publicados (también hay cap. II). Podrás encontrar los anteriores en narrativa y algunos en "otros" y en erótica :rolleyes: o buscando desde mi perfil.