¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Hablando de todo un poco...

GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
editado enero 2013 en Literatura
:)Hablando de 'placer'...
¿Habrá placer que se pueda comparar al que nace del alivio, al cabo de haber sufrido un dolor? Podríamos enumerar un sinfín de placeres, todos ellos percibidos como sensaciones de bienestar, nacidas de estímulos externos sobre las terminaciones nerviosas de nuestros sentidos: unas caricias, un buen vino, un aroma, una música, un paisaje... O mejor aún, todo ello configurando una secuencia única: percibir una fragancia personal al calor de unas caricias, mientras se degusta un cava excelente, al son de una melodía, en el entorno apacible de un bosque. Quizá podríamos convenir en que -desde la concepción hedonista del placer-, tal situación nos proporcionaría un gran bienestar. Pero si a quien disfruta de esa sensación placentera le sobreviene una necesidad imperiosa o un dolor agudo -vaciar alguna víscera o un dolor de muelas, pongamos por caso-, y pudiera elegir entre el placer del 'disfrute' y el del alivio, con toda seguridad elegiría un analgésico potente que le mitigara el sufrimiento o un momento de intimidad para satisfacer la inoportuna necesidad.:o También podríamos hablar de ese otro dolor moral que anestesia el alma -una defunción, una ruptura sentimental, un abandono…- y la insensibiliza ante el placer más exquisito que podamos percibir a través de los sentidos. Ese dolor íntimo y profundo solo puede ser mitigado mediante cierto analgésico de efecto más o menos lento: el tiempo, ese bálsamo de fier à bras que lo cura todo -menos la muerte, matizan algunos, sin considerar que la muerte más que un mal es el último remedio-. icon9.gifHabrá de transcurrir más o menos tiempo para restablecer el equilibrio emocional, en relación con el dolor causado por la pérdida, con las circunstancias que rodean a quien la sufre y con la capacidad de cada uno para recomponer su ‘rompecabezas’. Sólo cuando nos hallamos en equilibrio con nuestra propia naturaleza y con el entorno afectivo, familiar, laboral, social…, icon7.gifcontamos con la sensibilidad necesaria, para percibir y apreciar las cosas más sencillas. Solo entonces podemos disfrutar de ese estado de ánimo pleno de receptividad, de sensibilidad…, gozaremos de tal plenitud, que hasta el tener conciencia de que respiramos nos arrancará una sonrisa de inmenso bienestar. Y si compartimos esa sensación con alguien cercano, entonces el placer será sublime.edit.gif
«1

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado junio 2011
    ahhh, estás enamorado, todo lo ves color de rosa;):):p:D
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado junio 2011
    ¿Crees que se podría vivir en estado de enamoramiento permanente? Puestos a establecer comparaciones, el enamoramiento podría ser al amor lo que el orgasmo al placer sexual -con perdón-, con la diferencia de que lo primero ocurre al principio y lo segundo al final; lo uno es un punto de partida -no se sabe hacia donde-, mientras lo otro es la llegada -todos sabemos de donde-. En ambos casos se disfruta -y se sufre-, un estado de bienestar agudo, intenso, breve... ¿Quien podría vivir 'enamorado-a' toda una vida, sufriendo ese cosquilleo en el cuerpo y en el alma, con las hormonas enloquecidas trazando el rumbo diario, con su dependencia afectiva, emocional, su deriva... Eso no hay quien lo aguante, como no habrá quien aguante..., no sigamos con las comparaciones, basta con considerar que todo lo bueno ha de ser breve, como mejor modo de evitar que el acostumbramiento a la excelencia convierta lo exquisito en ordinario. Así que no..., de ese enamoramiento que alguien ha definido como un 'estado de enajenación mental transitoria', solo queda -y no es poco- un estado de placidez crónica, estimulante aún... como esa luz tenue del atardecer que permite apreciar infinidad de matices, formas, colores..., matices que ni sospechaba el 'enamorado', mientras gozaba y sufría el encandilamiento cegador del sol radiante del mediodía.
    Un saludo cordial,icon7.gif Amparo
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado junio 2011
    Si que sería incómodo vivir en ese estado de exaltación a toda hora, especialmente para ustedes;):D:D:p:p:):)
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado junio 2011
    ¡Ajá! ¡Muy bien puesta esa coletilla... 'para ustedes'! Tema delicado el que abres, difícil de abordar sin dejar algún filo que podría herir alguna sensibilidad, de esas que sangran a poco que a alguien -hablando de 'hombre-mujer'- se le ocurra establecer diferencias. Así, a bote pronto, se me ocurre que esa 'exaltación' -el enamoramiento-... haría temblar el suelo que pisa el contrario, el otro. El 'encandile' en la mujer se manifiesta como un terremoto; en el hombre como una erupción volcánica. En este último caso se manifiesta de forma previsible, simple, evidente... El seísmo femenino, en cambio, surge de lo más profundo, de modo imprevisible, devastador..., sin que la víctima pueda siquiera salir corriendo.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado junio 2011
    o sea que cae redondita, sin escapatoria posible:eek:, grave panorama para cualquiera de los implicados:):p:D
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado junio 2011
    Bueno..., podría resultar grave, catastrófico... si quienes disfrutan-sufren esos fenómenos tectónicos no se hallan preparados para afrontar la situación desestabilizadora -protocolos de evacuación, tejidos ignífugos, estructuras antisísmicas...- En el mejor de los casos ocurre que sobre las ruinas de la devastación personal -en favor de la pareja- surge un edificio más sólido, estable..., a prueba contra nuevos temblores de tierra-enamoramientos. Al menos durante un tiempo. ¿Será eso 'el amor'?-. Sobre terrenos cubiertos por cenizas volcánicas crecen las mejores cosechas. Sin embargo, con el paso del tiempo, la tierra descuidada puede sufrir los efectos de la erosión, las sequías..., de modo que hasta el terreno más fértil podría convertirse en un desierto.
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado julio 2011
    Todo el mundo parece empeñado en hacer oír su voz, en este guirigay de ruido y voces, donde todos hablan y nadie escucha. Todo el mundo habla, bla, bla, bla… Hablan a voz en grito sin escuchar los conversadores de bar; habla que se desgañita el político de discurso vacío, ante un auditorio dispuesto a dejarse acariciar el oído con lo que cada uno desea oír, por no pensar; hablan las comadres todas a una, mientras sus niños desatendidos vociferan, antes de echarse a llorar… Y hasta algunos electrodomésticos hablan. Si no hay peor ceguera que la del que no quiere ver, no hay peor sordera que la del que no quiere escuchar, ni peor discurso que el de quien no sabe callar. Los aleganchines de oído amurallado solo querrían escuchar lo mismo que habrían dicho ellos, de haber tenido algo que decir. Habla con acento condenatorio el predicador de este u otro credo celestial; habla con voz monótona y hueca el profesor desmotivado; habla sin tregua el embaucador que intenta convencer al ingenuo con mirada firme y voz impostada. El sufrido escuchador no se halla a resguardo del charlatán de turno ni siquiera tras los muros de su casa. Ante la puerta entreabierta y al otro lado del teléfono se plantan a menudo los vendedores a domicilio –mercaderes de credos, de tarecos inútiles, de operadores de telefonía…–, que abruman al escuchador paciente con las bondades de Dios, las excelencias de tal o cual tarifa plana o las maravillas de una aspiradora. El vendedor sabe que hasta el más incrédulo necesita comprar alguna mentira o alguna promesa en qué creer. Unos necesitan creer en la existencia de paraísos increíbles; otros creen en los efectos afrodisíacos de las ostras o del polvo de cuerno de rinoceronte; algunos desean confiar en las propiedades mágico-diuréticas del melón… La ignorancia y la desesperanza –y el espíritu acrítico que sobre ellas se sustenta–, son terreno abonado para el discurso esperanzador del vendedor lenguaraz, que habla sin más conocimiento que el que surge de la vaga elucubración, la palabra adornada con ribetes de falsa ciencia o la vana creencia en que se fundamenta la magia milagrera y toda religión. Ya se venden a domicilio hasta artículos de sex-shop que vibran y se retuercen en la mano de quien los muestra entre un grupo de amigas, que escuchan y observan a la mujer del maletín rojo, mientras esta habla y alecciona a la concurrencia, sobre la utilidad de un surtido de objetos que arrancan sonrisas, mientras la vendedora expone sus excelencias. Algunos de estos mercaderes a domicilio se llenan la boca con palabras rebuscadas que –en el oído poco crítico– producen la falsa impresión de que quien las pronuncia sabe de qué habla o que habla con cierto fundamento. Conocedor de este efecto sobre el que escucha –o sobre el que lee de forma irreflexiva-, el diletante adorna su discurso con términos pseudocientíficos, como mejor modo de enmascarar su tremenda ignorancia. El cantamañanas diplomado en pamplinas esotéricas se crece e intenta impresionar al escuchador crédulo, que apenas cuenta con el espíritu crítico que nace de la inteligencia. Con la misma falsa elocuencia se manifiesta el escritor-vendedor ante al lector irreflexivo, potencial comprador de su obra. El vendedor de falsas verdades desprecia al comprador de mentiras, como solo sabe despreciar a alguien, quien no es consciente de su propia ignorancia. Echao p´alante y armado de verborrea, el charlatán solo se mueve por su propio interés, enmascarando ese interés bajo el falso afán de ayudar a superar esto, a prevenir lo otro, a curar tal achaque o a remediar lo irremediable. El gárrulo vendedor –y también el médico desaprensivo– le expone al incauto escuchador las mil razones a las que debería atender, para comprar tal o cual compendio de páginas donde se detallan fórmulas mágicas para adelgazar unos kilos atiborrándose a placer, para prevenir el cáncer siguiendo una dieta-milagro o para hacer desaparecer la celulitis de las nalgas. La verborrea del pícaro pseudocientífico es insustancial y su discurso resulta huero, como el huevo de la gallina que cacarea como si en vez de una cáscara vacía, hubiera parido un pollo. Cuando una persona reflexiva y paciente escucha o lee los dislates de un cantamañanas, quizá podría pensar en las bondades del silencio. Silence is Golden, dice una vieja canción que no habla del alboroto de las gallinas; otra, más conocida, habla de los sonidos del silencio. También la sabiduría popular invita a callar. La arena del desierto es para el viajero fatigado lo mismo que la conversación incesante para el amante del silencio, dice un proverbio iraní. Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio, dice otro de origen indio. También un ilustre escribidor se pronuncia con sabiduría sobre este particular. Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras,dice el genial dramaturgo británico. Llegado a este punto, quien escribe estas líneas cae en la cuenta de que durante un buen rato no ha hecho más que escribir, opinar…, sin reparar en que cualquier momento es bueno para compartir el silencio generoso de los que escuchan, o el discreto mutismo de los que consideran que lo más conveniente es callar.
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado enero 2012
    "¿Cómo podría vivir mi vida, la mía, la que puedo elegir...,
    sin conformarme con pasar por ella?", podría preguntarse una persona inquieta, en disposición de devanarse los sesos durante un rato. Otra persona que ya se los ha devanado durante años, podría plantearle unas recomendaciones -en plan 'libro de auto-ayuda'-, como sigue:

    Conviene que formules tus objetivos en positivo. Cambia el discurso "quiero perder unos centímetros de barriga, deseo dejar de fumar, quiero alejarme de la juerga diaria, quiero dejar de suspender tal asignatura… " por esta otra: "mi objetivo es pesar tantos kilos, quiero respirar aire puro, tal día quiero salir de parranda, quiero estudiar tantas horas diarias...". Modificando el planteamiento negativo “no debo fumar después de comer”, por el de “tengo que disfrutar de un paseo o debo mascar un chicle de nicotina después de la comida…”, estoy estableciendo las pautas a seguir para alcanzar mis objetivos.

    Debes determinar los recursos con los que cuentas para conseguir lo que te propones. Debes establecer el procedimiento o pautas a seguir y enumerar las dificultades a las que te has de enfrentar para lograr tu objetivo. Estos aspectos deben ser planteados de forma concreta y asimismo en positivo. Cambiar el “no debo comer esto; debo despojarme de los hábitos sedentarios…”, por “debo tomar este alimento…”; “tengo que realizar media hora de ejercicio moderado en días alternos o a diario…” Debes tener plena conciencia de las creencias y convicciones personales sobre las que se asientan determinados hábitos y rutinas, cuya presencia en tu vida diaria suponen un obstáculo para el logro de tus objetivos.

    Define, escribe y comunica a alguien cercano los objetivos concretos que deseas conseguir. Es una forma de adquirir un serio compromiso contigo mismo y responder ante una persona cercana del cumplimiento de tal compromiso. La forma en la que el niño escribe la carta a Papá Noel o a los Reyes puede servir de referencia: el niño elige el juguete, se afirma en la ilusión de contar con él y pide de forma expresa el regalo que desea. Quien consigue algo con esfuerzo e ilusión, valora lo que ha conseguido y se esfuerza en conservarlo.

    Realiza un balance pormenorizado de los logros alcanzados. Debes adquirir plena conciencia de lo qué ganas y de lo qué dejas atrás, a medida que te acercas a la meta deseada. Realiza reflexiones a diario (y plásmalas en anotaciones personales, si te encuentras en disposición para ello) en relación con los logros alcanzados. Debes adquirir conciencia a diario, acerca de las ventajas y mejoras que los cambios introducidos aportan a tu vida.

    Diseña, define y acomete un plan de acción para realizar a diario. Este proyecto debe ser flexible y adaptable a los resultados obtenidos. La debilidad se hace fuerte en el fracaso. Un paso mal dado o un propósito incumplido no deben suponer una derrota ni una justificación para desistir del logro de tu objetivo. Puedes aflojar el paso, modificar el rumbo y seguir una nueva ruta, pero debes permanecer firme en tu afán de seguir adelante. Lo importante es que mantengas viva la voluntad de alcanzar lo que te has propuesto, que tengas claro hacia donde te diriges y que conserves vivo el empeño de seguir andando. De este modo, antes o después, habrás de llegar hasta donde te habías propuesto llegar. Cuando pretendes escalar una montaña, te puedes encontrar ante obstáculos que te harán dudar de tu capacidad para coronar la cima. Reafírmate entonces en tu voluntad de poner los pies en la cima. La satisfacción obtenida de cada paso que avances, te dará fuerzas para avanzar el siguiente. Al cabo de cada día de andadura descubrirás un camino cada vez más transitable y descubrirás con placer que tu voluntad puede allanar cualquier obstáculo, que tu capacidad de resolución puede afrontar con éxito cualquier problema. De este modo experimentarás la sensación de que eres dueño de tu existencia, de que vives como tú mismo has elegido vivir.

    Al cabo de unos años de vivir tu vida, al fin te despedirás de ella con la sensación de plenitud que nace del sentir que has vivido, no como has podido, sino como has querido.
  • Ignatius ReillyIgnatius Reilly Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado enero 2012
    Aprender a querer lo que se tiene, para que un marcado sentido de la responsabilidad no te transforme en rehen de tu circunstancia...
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado enero 2012
    Y aprender a conseguir (obtener, tener...) lo que se quiere, para que un marcado sentido del conformismo, no te convierta en rehén de esa misma circunstancia.
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado enero 2012
    'Y aprender a obtener lo que se quiere, para evitar que un marcado sentido del conformismo te convierta en rehén de esa misma circunstancia', he repetido sin querer. Por ejemplo, aprender a responder a un mensaje sin repetirlo (como es el caso), sin dar por bueno el error, sino intentar mejorar el procedimiento para no incidir de nuevo en el mismo fallo...
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado febrero 2012
    'Vivir' es un verbo que se debería escribir con 'b' de 'bienestar' y con mayúsculas. Sin embargo a menudo olvidamos la suerte que supone el poder pronunciar esa palabra y cualquier otra. También se nos pasa por alto que podemos y debemos ser protagonistas de esa película única que es nuestra vida. Cada persona adulta debería ser capaz de escribir el guión de la vida que ha elegido vivir. Y también debería ser capaz de adaptar ese guión a las dificultades de 'producción' que se ha de encontrar a lo largo del rodaje. Sin embargo, a menudo nos conformamos con interpretar un papel secundario -y hasta de mero figurante- en lo que debería ser nuestra existencia. Nadie está libre de 'directores', manipuladores, aconsejadores..., personas interesadas en suma, que solo persiguen llenar sus vidas vacías con las de los incautos que descuidan las suyas. A nuestro alrededor prolifera todo tipo de 'gurus' que predican determinadas formas de vivir -religión, cultura física, dietas milagro..., y fundamentalismos de todo tipo- cuyo mensaje obedece a la razón, no de ayudarnos a disfrutar de una existencia más plácida -o mostrarnos el camino hacia la otra-, sino a otros objetivos: privarnos de nuestra voluntad y adueñarse de nuestro esfuerzo, como mejor modo de llenar sus vidas miserables. En suma, por el hecho de haber nacido un adulto ha adquirido un compromiso consigo mismo: vivir su vida. El 'cómo' corresponde a cada uno decidirlo, en un contexto personal, familiar y social, que no siempre permite el ejercicio de la libertad individual, aunque en la medida en que cada uno se haya formado -salud, capacidad de esfuerzo, determinadas competencias, conocimiento...- en mejores condiciones se hallará para elegir su vida y para vivirla.
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2012
    Son expresiones de uso recurrente en estos foros: 'Quiero presentar..., hablar de..., promocionar..., proximamente en la librerías... 'mi libro'. ¡Como si ese compendio de páginas -vividas, sentidas, sufridas...- fuera la única obra escrita en el mundo! Con todo el respeto que merecen quienes así se expresan, cabría considerar que quizá deberían seguir escribiendo 'su' libro, de la misma manera que una madre antes de parir debe seguir gestando a su hijo. Cuando nace -o se publica- la criatura, esta ya no pertenece a nadie. El recién nacido -niño o libro- deja de ser una proyección personal -de la madre o del autor-, en tanto que adquiere entidad propia, desde que sale de la editorial o del paritorio. Desde que asoma, esa criatura única puede convertirse en un desconcido más o en un regalo para quien se adentre en los sentimientos, humor, vivencias... que emanan de su realidad figurada. Igual que el cuadro ante la mirada del espectador, la obra escrita solo culmina y adquiere sentido en la fantasía imaginativa del lector. Nadie cuestiona el sano orgullo que produce en el escritor la obra acabada y, en mayor medida, la obra publicada; nadie emite juicios de valor sobre la mujer que se mira en su hijo y se empeña en mostrarlo a la vecindad, como la criatura más bella e inteligente que haya parido madre. Sin embargo -sucumbiendo a la obviedad- el mundo está lleno de madres, de hijos, de escritores y de libros. Un prestigioso autor -por no hablar de 'creador'-, en ocasiones utiliza el término 'escribidor' cuando ha de referirse a sí mismo, con esa rara falsa modestia que solo caracteriza a los mejores. Quizá utiliza tal expresión porque experimenta cierto pudor al utilizar el término 'escritor', calificativo que se desvirtúa cuando con él se adornan sin reparo, tantas personas que escriben, a poco que consiguen publicar un compendio de páginas: un relato, un poema, cualquier libro. En sentido estricto, no todo el que escribe es escritor, del mismo que no siempre el que cocina es cocinero ni el que pinta la mona es pintor. En las manifestaciones de algunos que se refieren a sí mismos como 'escritores' se puede apreciar cierto anhelo de notoriedad, de celebridad..., de ser 'alguien', por encima de la escasa consideración que quizá merecen. ¿Es acaso esa inquietud lo único que mueve en ese 'escritor' el tortuoso afán de escribir? ¿Albergará mientras escribe, la íntima esperanza de vivir del dinerillo que le podría reportar la posible venta de su libro? De tan vanas expectativas no puede nacer una obra literaria cuanto menos aceptable. Una novela insustancial no alimenta a nadie; una buena novela solo alimenta la fantasía de quien la lee y la pulsión de quien la escribe. Ante tal planteamiento se pobría objetar que quien tiene algo que contar debería escribir, y si escribiera debería aspirar a publicar su obra. Y si al fin consigue publicar unas páginas, entonces debería darlas a conocer sin escatimar medios: presentaciones, firmas de ejemplares, campañas publicitarias, una página web, un blog, estos foros... Aun entendiendo lo legítimo en todo caso de tal aspiración, a menudo se observa en el escritor cierto 'sin vivir', acompañado de cierta tendencia a inflar el 'ego'. Tal actitud parece cuanto menos un error de planteamiento o una estrategia cuestionable. En tal caso el desacierto casi siempre se traduce en gestos de autocomplacencia, vacuidad en el discurso y un mercantilismo bien visible. Algunos 'creadores' sufren espejismos de celebridad y, a poco que rozan una nube, creen que han tocado la Gloria. A menudo esa falsa percepción se manifiesta con tintes de vanagloria. Como un niño cuando por primera vez se pone en pie, el libro reciente debería alzarse con el tiento y las cautelas de quien aún no sabe andar. Debe gatear y dar los primeros pasos de la mano de sus progenitores, allegados e interesados: el autor, el editor, el concejal de cultura, el librero de la esquina..., por expresarlo de alguna manera. De este modo avanzará y hasta tropezará con obstáculos que pondrán a prueba su valía -aún por demostrar- en el vasto mundo literario. Cuando en virtud de esa valía -también por mercadotecnia o por fortuna-, el libro supera todos los obstaculos, a menudo ocurre que al autor solo se le puede rendir homenaje 'in memoriam', con unas flores en el cementerio. Si contados son los escritores desconocidos que logran asomarse a la curiosidad del lector, menos son los que lo consiguen yendo de aquí para allá con su libro bajo el brazo, pronunciando discursos vacíos. Pocos son los libros de autores desconocidos que no acaban entogados en la soledad de un almacén u olvidados en el estante más oscuro de una librería. No obstante, la actitud humilde y paciente del autor debería animarle a seguir escribiendo. La fantasía que alimentó su relato también podría alimentar cierta ilusión, cierta esperanza. Quizá un día podría zafarse de esa realidad editorial adversa, de unas circunstancias que acaso podrían no afectar a su obra. De otro modo podría sucumbir al ansia del 'escritor sin nombre'. Quizá esa nerviosidad se cuece en el fuego de motivaciones ajenas al placer de escribir, a la sombra de una profunda inseguridad, bajo el hielo de unas expectativas nada favorables. Algunos 'creadores' desesperan en el ostracismo e intentan publicitar su obra a través de cualquier medio. El escritor desconocido busca amigos en las redes sociales, en la prensa local, en la radio..., donde se explaya en panegíricos sobre su libro. Esa búsqueda inútil de glosa fácil llega a resultar tan penosa, que podría despertar más lástima que interés por el libro. La criatura habrá caído entonces, cuando aún no se había alzado en pie. ¿Y qué actitud debería tomar el autor novel en relación con su obra recién editada? Quizá habría de hacer acopio de paciencia, de la misma discreta y tenaz paciencia que necesitó para modelar su relato y para ver publicada su obra. Cuando el libro ha visto la luz, este ya no 'pertenece' a nadie. Serán los familiares, concidos y amigos quienes primero se habrán de asomar a sus páginas. Unos lo hojearán con más novelería que interés, otros leerán un capítulo, algunos sólo se complacerán en ver su nombre manuscrito en la dedicatoria. Sin embargo, si el libro en sí -al margén de la paternidad del autor- despierta interés en un lector, entonces se habrá abierto ante él una pequeña senda, una vereda estrecha aún, pero un camino al fin y al cabo. Aquellos a quienes la lectura les ha producido placer o agrado lo recomendarán a otros posibles lectores de gustos afines, estos a su vez a unos terceros... Llegado a este punto el autor siente cierta satisfacción: su fantasía, sus vivencias, su tiempo, sus 'mentiras', su vida en suma, se han proyectado y se han fundido con otras fantasías, otros tiempos, otras vidas. El libro adquiere su razón de ser cuando la inquietud del autor germina en la mente inquieta de -al menos- un lector; es entonces cuando el escritor siente que al fin la criatura ha iniciado su andadura. Como un niño que camina, el libro ya no le pertenece a sus padres. Aunque sabe que el relato se gestó en sus entrañas, el escritor sabe que ya dejó de ser suyo del todo porque ya no lo siente dentro y apenas recuerda la gestación 'placentera' que le dio la vida -placer de placenta, placer de escribir, placer de la expectativa...-. Al fin sólo queda en el 'creador' un vago recuerdo de aquel sufrimiento, aquella idea de un embarazo a perpetuidad, cuando ni un hospital -una editorial- le abría sus puertas para alumbrar el parto y verlo nacer. Pero la criatura ya está ahí. Ahora vive su vida con mayor o menor fortuna y sólo se pertenece a sí misma, a sus páginas plenas de reminiscencias, de emociones, de sensaciones que una vez fueron suyas. Quizá al cabo de unos meses, unos años..., ese libro sin dueño ocupará un lugar en el mundo literario, justo el lugar que le corresponde.
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    'El gusto es como el trasero –con perdón por la comparación–: no hay dos iguales y cada uno tiene el suyo', dice un dicho al que no le falta razón. 'Para gustos hay colores', reza otro aforismo, abundando en la misma idea: resulta difícil –si no imposible– conciliar gustos dispares. Podemos compartir aficiones, preferencias y hasta ciertos aspectos de lo que nos gusta o disgusta, pero encontraremos diferencias sustanciales en materia de gustos, a poco que nos adentremos en los matices que definen cada particularidad. Si nos paramos a considerar nuestro sentido del gusto, observamos que la percepción de los distintos sabores, no solo depende de la distinta sensibilidad de cada uno ante ciertas sustancias contenidas en los alimentos. Ante idéntico estímulo –tomemos como ejemplo el producido por un caramelo de menta– distintas personas perciben sensaciones diferentes, con todos los matices que se puedan establecer entre el placer y el desagrado. Y las diferencias vendrán dadas, no solo por la disparidad que pueda darse en el número, disposición anatómica o sensibilidad de las papilas gustativas que alfombran cada lengua. También los receptores del olfato desempeñan su papel en el sentido del gusto, 'cazando' determinados estímulos volátiles que ascienden a través de la nasofaringe –recordemos ese 'sabor' mentolado que nos descongestiona la nariz, nos resulta demasiado fuerte, nos agrada o nos desagrada–. Cabe considerar además, que la sensación nacida en cada cerebro a partir de un estímulo, no solo dependerá del estímulo en sí, sino que a este se añadirán todos aquellos otros que concurren en la misma circunstancia. Imaginemos a un niño que chupa su primer caramelo de menta, con su envoltorio verde aún en la mano, mientras juega con una pelota bajo la lluvia. Si el niño en cuestión recibe una bofetada o un castigo severo en tales circunstancias, probablemente al cabo de unos años no deseará chupar otro caramelo de menta, no pedirá un balón a los Reyes, ni elegirá el verde entre sus colores preferidos. Y quizá –sin saber por que–, el niño maltratado sentirá cierta tristeza en los días de invierno. Con el mismo ejemplo en positivo –pongamos que al niño empapado lo abrigan con ternura y lo visten con ropa seca, entre risas y caricias–, podemos suponer lo distintos que habrán de ser los gustos del crío, en relación con aquellas circunstancias. Lo mismo ocurre con los sonidos, voces, músicas, olores, texturas... que nos gustan o nos disgustan. Nuestros gustos vienen determinados por las sensaciones nacidas de cada una de nuestras vivencias. La razón podemos hallarla en que estas se han forjado en estrecha relación con nuestras circunstancias personales, familiares, sociales, culturales, morales..., ese compendio de experiencias sensoriales –y a la postre emocionales– del que resulta una persona única y cambiante. Debido a la interacción continua con nuestro medio experimentamos un cambio permanente; cada nueva sensación añade nuevos matices a nuestros gustos y a nuestras preferencias. Y entretanto, la personalidad que así se van definiendo, se adapta al gusto colectivo del medio familiar, social, cultural... donde se ha forjado cada una de ellas. Sin embargo, esta andadura no está libre de obstáculos. Cada ente colectivo, cada sociedad, dicta o impone unos determinados gustos, cuyo imperio tiende a laminar la idiosincrasia de cada uno de sus miembros. El gusto predominante –como el interés común–, se rige por el gusto –o interés– de unos pocos. El 'gusto colectivo' viene dictado por la moda o por –como dicen ahora– las 'tendencias'. Hasta la palabra 'moda' ha pasado de moda; hasta lo moderno suena a obsoleto; ni lo postmoderno resulta de ya de actualidad. Se alaba el gusto por lo novedoso y, al cabo de un tiempo, se estigmatiza el gusto que se ha vuelto 'común', porque ha pasado a ser chusco u ordinario. Aún así, el gusto al uso o 'moda' arrasa el gusto individual en favor del gusto por la uniformidad. Y esa despersonalización del gusto responde al dictado de los gustos interesados de determinadas formas de poder económico, mediático, carismático o de cualquier otra naturaleza. ¿Quiénes establecen cómo se ha de vestir, qué se debe comer, qué música se ha de escuchar, que libros se deben leer o qué gafas deben enmarcar la mirada? ¿Sobre qué valores estéticos y morales se sustenta la ética del buen gusto? Determinados grupos sociales dominantes ejercen un poder omnímodo sobre las masas, dictan sus normas y trazan sus rumbos. Y en relación con lo que resulta 'de buen gusto', 'de mal gusto', 'de pésimo gusto'..., son esos poderes minoritarios los que dictan los esquemas morales que imperan en cada tiempo que nos toca vivir. Lo que hoy gusta mañana disgusta; lo que ayer despertaba admiración, hoy suscita desprecio. De un modo inapreciable, los poderes mediáticos de turno diseñan un 'gusto colectivo' que establece los parámetros que deben regir a la hora de enjuiciar los pronunciamientos, modos y conductas de cada individuo. La sociedad de consumo impone sus reglas y nuestros gustos deben someterse a ellas. Esa es otra cuestión sobre la que, con arreglo al gusto personal de cada uno, todos tendríamos algo que decir. Sobre gustos nadie puede sentar cátedra, pero todos podemos opinar, siempre que –ateniéndonos a unas normas básicas de consideración y respeto a los demás– nos guardemos de calificar el gusto ajeno. Como cada uno tiene el suyo..., todos podemos sentarnos y sentirnos inclinados a opinar, como mejor modo de afirmarnos en nuestro gusto por tal o cual aspecto de la vida, que en gran medida es lo que nos define.
  • Carlos AlbertoCarlos Alberto Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado abril 2012
    Comparto varias de tus reflexiones, aunque, si me permites el consejo, te recomiendo que las separes en párrafos para que sea más cómodo leerlas. ;)
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    Veo el texto y observo que tienes razón.
    El escribir 'de un tirón' viene dado por cierto reflejo tendente a ahorrar espacio, quizá algo limitado en estos foros. Traba uno la hebra como quien piensa a viva voz... y al fin el texto queda como queda, cuando debería uno reparar en que tal vez había espacio suficiente para dejar esos espacios que facilitan la lectura.
    Gracias de nuevo por la observación y, más que nada, por el interés.
    Saludos
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado mayo 2012
    [FONT=&quot]
    [/FONT]

    [FONT=&quot]«[/FONT][FONT=&quot]Para disfrutar comiendo durante muchos años, debes desayunar como un rey, almorzar como un príncipe y cenar como un pobre[/FONT][FONT=&quot]»[/FONT][FONT=&quot], reza un dicho. Y hablando de cómo comemos a lo largo del año, podríamos decir que las dietas, igual que las bicicletas, son para el verano. Desde que asoma el buen tiempo, nos disponemos a estrenar ropa ligera o –frenados por la dificultad económica– a desempolvar la ropa olvidada en los armarios desde las pasadas vacaciones. En el primer caso comprobamos que tal talla ya no es la nuestra, que ya no nos sirve la L, que ahora debemos pedir la XL… Y si nos proponemos rescatar una prenda en la que antes cabíamos con holgura, observamos que ahora solo podemos embutirnos en ella con cierta dificultad. Y al fin nos encontramos con un aspecto que desmerece del que esperábamos mostrar, sin la salvaguarda de la ropa de invierno. [/FONT]
    [FONT=&quot]Nuestro metabolismo –como todo nuestro organismo– cambia con el paso del tiempo. A partir de cierta edad –en torno a los cuarenta años–, nuestras necesidades nutricionales disminuyen, mientras la ingesta de calorías tiende a aumentar y la actividad física disminuye. Se diría que a medida que transcurre la vida, el centro en torno al que gravitan los placeres más primarios se desplaza de abajo hacia arriba, desde el bajo vientre hacia la boca. El cuerpo joven y vital que a menudo se alegraba de ombligo hacia abajo, madura, se vuelve indolente y descubre otras alegrías por encima de la cintura, servidas por el sentido del gusto. Así, con el transcurso de los años, los placeres de la mesa van ganando terreno a los de la cama. Por simple cuestión aritmética -como en una cuenta corriente cuando se ingresa más de lo que se gasta-, el balance entre ingresos y gastos de energía resulta previsible. Al cabo de unos años el ‘capital’ acumulado se acumula en nuestras hechuras, en mayor medida en torno al ecuador de la barriga. Así, al cabo de un año vivido con hábitos sedentarios y costumbres de ‘buena’ mesa, observamos que tanto hemos ganado en ‘presencia’ como hemos perdido en prestancia. Eso ocurre cuando entre nuestras rutinas figura esa ‘feliz’ distracción de la sensatez, en lo que se refiere a conciliar el placer de comer con buenos hábitos alimentarios. En tal tesitura, nos encontramos con un notable sobrepeso o una obesidad en mayor o menor grado, cuyos efectos quedan de manifiesto bajo la ropa ligera o las desnudeces del verano. Entonces surgen los buenos propósitos, nos armamos de determinación y pasamos de los excesos de los meses pasados a las barbaridades de hoy y de mañana. Hemos cometido los ‘pecados’ en los meses fríos y nos imponemos la penitencia en verano. Así, dispuestos a remediar los desafueros de ayer, ahora nos sometemos a dietas disparatadas, desequilibradas, cuando no a arriesgados planes de ayuno. En la prensa rosa, libros ‘comerciales’, medios de comunicación sensacionalistas… no faltan recetas milagro que prometen el adelgazamiento ansiado, mientras podemos hartarnos de todo excepto de tal o cual alimento, o comiendo melón o solo proteínas, o simplemente tomando litros de agua.[/FONT]
    [FONT=&quot]Con frecuencia la falta de conocimiento básico en materia de nutrición, determina que prestemos oído a consejos interesados –a menudo sin fundamento–, con riesgo para nuestra salud. En estos tiempos –y en mayor medida en los meses de vacaciones– prolifera toda suerte de ‘entendidos’, cuyas dietas salen a la luz para llenar páginas y espacios vacíos en diversos medios. El lector y el telespectador poco crítico son terreno abonado sobre el que crece la difusión y la audiencia de determinada prensa y ciertos programas de televisión simplona. En ocasiones se nos proponen infinidad de recetas para perder unos kilos sin esfuerzo, prometiendo resultados ‘espectaculares’ sin renunciar apenas a nada. Lo que se consigue sin cierto esfuerzo, se mantiene con dificultad y se pierde con facilidad. Siendo conscientes de ello, quienes deseen someterse a una dieta baja en calorías deberían contrastar información que merezca credibilidad, dudar de lo que se nos presenta ‘fácil’ y, cuanto menos, acudir a fuentes rigurosas y fiables. Y no hablamos de consultar a un médico o a un nutricionista –recomendable cuando la formación básica en la materia es escasa–, sino de formarnos, de leer con sentido crítico y de adquirir cierto conocimiento o un criterio bien fundamentado. Basta un conocimiento elemental sobre nutrición para elaborar una dieta saludable. En todo caso y en pocas palabras, el sentido común nos dicta que el equilibrio dietético para una alimentación sana, se halla en la elección de alimentos variados, en tomarlos en cantidad moderada en relación con la actividad física y la edad, con escasez en azúcares y grasas animales –excepto las de pescado- y abundancia en vegetales. No hace falta adentrarse en los aspectos fisiológicos de una dieta –ácidos grasos omega…, colesterol ‘bueno y malo’, antioxidantes, resveratrol…[/FONT][FONT=&quot]–[/FONT][FONT=&quot], para comer de un modo placentero y saludable. [/FONT]
    [FONT=&quot]Dejando aparte algunas consideraciones que se podrían añadir respecto a lo anterior, las ‘dietas milagro’ carecen de fundamento y, aunque algunas podrían conseguir resultados visibles a corto plazo, a medio y a largo plazo suelen acarrear efectos indeseables. Y el menos sensible de ellos es el llamado ‘efecto rebote’. A poco que la persona cree que ha conseguido el objetivo de adelgazar unos kilos, relaja sus hábitos alimentarios, se reencuentra con sus ‘debilidades gastronómicas’ y recupera el peso perdido, en menos tiempo que el invertido en el desafortunado régimen. Al cabo de unos meses, la persona se encuentra en el punto de partida, con [/FONT][FONT=&quot]algunos kilos de propina[/FONT][FONT=&quot] y cierta sensación de frustración en el ánimo. [/FONT]
    [FONT=&quot]A la hora de normalizar el peso no podemos dejar considerar otro aspecto tan importante como el dietético: el ejercicio físico moderado, progresivo y adecuado a las condiciones de edad y salud de cada uno. Pero eso es harina de otro costal; ese es un tema que merece ser abordado con mayor detalle.[/FONT]
    [FONT=&quot]En definitiva, para sacar adelante el propósito de adquirir un estado de bienestar físico –y mental y social, atendiendo al concepto de ‘salud’– convendría tener en cuenta que el objetivo de normalizar el peso corporal debería ser planificado en clave diferente a la decisión voluntariosa de someternos a una dieta y a practicar ejercicio de cualquier manera durante el verano. Para contemplar ciertas posibilidades de éxito, deberíamos cambiar viejos hábitos de vida –alimenticios, sedentarismo…– por costumbres más sanas. Este cambio exige una buena dosis de voluntad –y en ocasiones ayuda– para sobrellevar la dificultad a que hemos de enfrentarnos. Además necesitaremos una buena dosis de paciencia y más o menos tiempo, en relación con la distancia que separa el punto de partida del objetivo al que aspiramos.[/FONT]
    [FONT=&quot]Con suerte [/FONT][FONT=&quot]se podría alcanzar antes una cima escalando por el camino más corto, que subiendo una pendiente suave con peldaños. Sin embargo, por este último sendero disfrutaremos del camino, llegaremos en mejor estado y nos hallaremos menos expuestos a riesgos innecesarios. Y en caso de un tropiezo podríamos reponernos sin apenas retroceder un paso. En cambio, si elegimos el camino corto –y de mayor pendiente–, a[/FONT][FONT=&quot]l menor traspiés [/FONT][FONT=&quot]nos veremos expuestos a caer. Y en caso de poder levantarnos, nos veríamos [/FONT][FONT=&quot]como Sísifo [/FONT][FONT=&quot]cuesta arriba[/FONT][FONT=&quot] con su piedra al hombro,[/FONT][FONT=&quot] para acabar una y otra vez al pie de la montaña. [/FONT]
  • DragonDragon Lope de Vega s.XVII
    editado mayo 2012
    Nunca he hecho dieta, porque esta genética mía, ha decidido que pase por esta vida, metida en un cuerpo que está acorde en peso y estatura.Siempre fuí algo contraria a ellas y cuando escucho a diestro y siniestro " uyyyy, tengo que adelgazar y la dieta tal y cual es fenomenal para ello " y las miras y ves que son tan delgadas como el papel de fumar, piensas que muy bien de la cabeza no están.Esas dietas " milagro ", lo único que traen, aparte de ser esclavo de ellas, son problemas reales y serios como la anorexia y la bulímia.Pienso que sólo se deberían de hacer dietas y siempre controlados por un médico, personas que de verdad lo necesiten por enfermedad o con un sobrepeso exagerado, pues esto último, le podría llevar a un infarto.Tambien hayq ue tener en cuenta, que en invierno, ingestamos más calorías por el frío, pues no nos apetece comer un gazpacho, a cuatro grados y moqueando.Deberían de prohibir, los anuncios en televisión y prensa, de esas dietas " milagros ", pues tendrían que tener en cuenta, que muchas personas que los leen o veen, son adolescentes y las más perjudicadas, pues es un apena, ver a una niña de catorce o quinze años, perder su adolescencia, por culpa de una báscula.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado mayo 2012
    Es verdad, yo siempre he pensado que ahy que comer cuando se puede y haya con qué, para poder aguantar cuando tengamos que apretarnos el cinturón:):p:D
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado mayo 2012
    Suscribo lo que comentas, Dragón, y te felicito -además de por esa 'genética' tan afortunada- por mantener un criterio fundamentado en relación con estos aspectos del 'buen comer', ante los que tantas personas -sobre todo los jóvenes- resultan vulnerables. ¿Y cómo no estar de acuerdo con esa referencia que haces en relación con los trastornos de la conducta alimenticia -anorexia y bulimia-...? ¡Habría tánto que decir sobre ello!
    Y, en efecto, Amparo, bien está que comamos cuando podamos y haya de qué, pero la pena es que lo que comemos hoy de más y se nos 'almancena', no nos sirve -al menos de un modo saludable- para mañana.
    Saludos cordiales.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado mayo 2012
    Pero es que no hay que vivir pensando en el mañana, que tal que dejo de comerme algo rico ahora y dentro de un segundo estiro la pata, a quien le perjudica o beneficia eso, es cierto que debemos de cuidar lo que se come por salud, sin llegar a la obsesión:rolleyes:
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado mayo 2012
    Cierto que lo único que tenemos seguro en esta vida es el 'ahora', pero según cómo vivamos el presente, más o menos posibilidades tendremos de disfrutar de un mañana. Al cabo de varias consideraciones, el asunto se reduce a una cuestión de elección personal. Y la cuestión -llevada al extremo- sería: ¿merece la pena renunciar a los placeres -seguros- de hoy por una mayor expectativa -incierta- de vida para mañana? Planteado así el dilema, casi todos tenemos el 'no' como respuesta a flor de labios.
    Un ejemplo que podría ilustrar la disyuntiva de la que hablamos, lo tendríamos ante una tarta exquisita de nata, bien bañada de caramelo, cuyos ingredientes contienen colorantes y otros productos que mejoran su aspecto. Y se nos presenta la tarta en compañía de una botella de cava semiseco o un malvasía dulce, para acentuar la delicia gastronómica. Una persona sensata y con cierto conocimiento -del que nace la sensatez-, tomaría una pequeña ración, se serviría una copa, y con espíritu relajado se alegraría el paladar goloso. Esta persona no sentiría ninguna frustración si no se sirve una segunda ración abundante y no acaba con el vino de la botella. Sabrá además que el colesterol contenido en una pequeña ración de nata no va a obstruir sus arterias, ni va a desencadenar una crisis de hipertensión, ni le va a provocar un infarto de miocardio. Tampoco una cantidad insignificante de colorante, conservantes..., le va a producir un cáncer de colon, ni la copa de vino le va a producir una cirrosis hepática. Si come y bebe despacio y disfruta con ese placer, esta persona no va a estar sometida al estrés de la renuncia, porque su elección ha respondido a una respuesta racional, razonable y razonada: tomar 'en esa precisa ocasión' solo una pequeña ración acompañada de una copa. Además sabe que su decisión en esta ocasión no habrá de convertirse en una costrumbre -en un mal hábito-. Al día siguiente eligirá un postre lácteo desnatado y en otro momento un cóctel de frutas. De este modo adquirirá los hábitos de comer siguiendo una dieta completa y equilibrada, se podrá abandonar a pequeños 'caprichos' de vez en cuando, y disfrutará del placer de cada bocado, aun comiendo alimentos saludables. Así apreciará los alimentos más por las sensaciones que estos le comunican el paladar, que por la cantidad que se mete en el estómago. La otra opción, la de quien 'vive intensamente' sería: "No sé si mañana estaré aquí para disfrutar de una tarta como esta, así que 'a por ella', que la vida son dos días y hay que disfrutarla". Y de esta manera convierte el principio del exceso en pauta de vida, en costumbre de un día tras otro. En tal caso se cumplirá la previsión, en poco tiempo la persona en cuestión será obesa y -si tiene antecedentes familiares y hábitos sedentarios-, también será diabética. Con estos dos 'números' en su haber y su constumbre de hartarse de grasas, subirán sus cifras de colesterol en sangre y tendrá todas las papeletas para padecer hipertensión arterial y arteriosclerosis, por no hablar del riesgo de padecer un cáncer colorectal. Si esta persona tampoco renuncia a esos cigarrillos que animan la sobremesa..., ya podemos suponer cuál ha de ser la lotería que ha de tocarle más temprano que tarde. Al fin, en efecto, habrá vivido 'a tope' y sin la menor renuncia en ningún 'ahora', pero cuando le llegue ese otro 'ahora' que ya no tiene futuro, quizá entonces sentirá que aunque no se ha privado de nada, tampoco ha vivido en plenitud, en tanto que también podía haber degustado aquella tarta -de modo inteligente-, hasta cumplir quien sabe cuantos años.
    No quisiera parecer fatalista; sólo espero que se entienda que se puede vivir con alegría y sin sensación de 'renuncia', que se puede disfrutar eligiendo opciones sanas, y que podemos obtenener placer en una elcción prudente, disfrutando hoy -seguro- y quizá también mañana.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado mayo 2012
    Es lo que digo, de todo se puede disfrutar sin empalagarse, más teniendo en cuanta que nunca se sabe que tanto vamos a estar en este planeta:)
  • DragonDragon Lope de Vega s.XVII
    editado mayo 2012
    La tarta y el cava, paso, no me hace mucha gracia el caramelo, ( la nata sí, jeje ) y el cava no está dentro de mis gustos, ( que le vamos a hacer, salgo baratita ).
    Bromas aparte, una dieta sana y equilibrada, es lo que se debe hacer, comer de todo, sin exagerar, pero hay contradicciones y vuelvo a la carga con la publicidad y la prensa escrita.Por un lado, nos bombardean con informaciones de como llevar una dieta sana, hacer ejercicio, bla, bla, bla y por el otro, te dicen que la dieta del kiwi es el máximo de las dietas.¿ En que quedamos ?Es como el tabaco.Se sabe que en cada cigarrillo ingieres cantidades équis de nicotina, alquitrán, etc.El estado impone leyes en contra de los fumadores;en los paquetes muestran imágenes desagradables, pero a la vez que el estado te lo está prohibiendo, se beneficia de mi vicio.Cada persona, como autómona que és, debería de saber que es lo que quiere en la vida, pero sin que le influyen un mensajes contradictórios.Queremos una sociedad igualitaria, sana, pero si una chica, con ochenta kilos de peso, quiere trabajar de dependienta, le dicen con palabras amables, que no hay cabida en la empresa para ello, aunque sea ella, la mejor dependienta del mundo y sin embargo, si vá ua chica o chico, que también sucede, con un cuerpo danone, le dan el puesto.Estamos expuestos a la imágen, más que al saber hacer y por mucha saliva que se gaste en advertir que se debe tener mesura en el comer, que tenemos unas de las mejores dietas del mundo, la gente prefiere seguir los consejos de aquellos que dicen ser, eruditos de la salúd.
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado mayo 2012
    "¿En qué quedamos?", te preguntas ante la contradicción entre lo que escuchas, ves, lees, observas... y tus propias contradicciones. A la hora de tomar decisiones ante recomendaciones mediáticas, mensajes publicitarios y consejos de todo tipo, la inclinación personal debería guiarse por cierta actitud inteligente: formularse preguntas. Y no se trata de andar por la vida a la defensiva, rodeado de desconfianza, ese recurso tan socorrido al que se echa mano desde la ignorancia. Se trata de cultivar cierto escepticismo, ese dudar de casi todo; el no conformarnos con creer lo que se nos muestra sin asomarnos a lo que quizá se nos esconde; el ir forjando un criterio propio nacido de la curiosidad, la observación, la información, el conocimiento, la inteligencia... Con todo ello y con el suficiente sentido del humor como para no tomarnos ni a nosotros mismos demasiado en serio, podremos elegir las opciones más convenientes a nuestro equilibrio. "¡Ñoh!", podría exclamar alguien. "¿Cómo se puede vivir de un modo tan retorcido, con esa 'comida de coco' permanente?", habría que preguntarse, en la línea de lo que venimos comentando. Y está claro que no conviene racionalizarlo todo, que el espíritu debería ser libre..., pero los caminos elegidos en esa libertad podrían ser más placenteros y nos llevarían a mejor meta si antes nos hemos ejercitado, educado, acostumbrado... a caminar con sentido común -el menos común de los sentidos-, por senderos transitables. Sería como cuando sacamos a pasear al perro: primero el dueño lo ha educado, lo ha llevado con correa corta pegado al pie, lo ha conducido por donde ha querido... sin dejar que 'levante la pata' en la llanta de un coche, ni que meta la nariz en pastuños, ni se ponga a ladrar a la primera de cambio. Al cabo de un tiempo de 'buenos hábitos' -los que ha elegido el dueño- el animal podrá andar libre -irá pegado al pie del amo-, no se alejará de los caminos aprendidos y podrá -porque se lo hemos permitido- levantar la pata al pie de un árbol. Y ante un camino deconococido el animal se quedará parado mirarando al dueño, como si quisiera formularle un montón de preguntas.
    En suma: nuestro entorno nos ofrece, nos aconseja, nos recomienda... infinidad de opciones. Y a nosotros nos corresponde elegir. Elegiremos la que nos conviene en mayor o en menor medida -o la que conviene a otros-, en función de nuestra capacidad de observación, de discernimiento, de analisis..., capacidades estas que se adquieren después de un tiempo de ejercicio, de cultivar cierto carácter constructivo, de corregir errores, de repetir aciertos..., sin renunciar al alegre desgobierno del espíritu. "¡Ah! Amigo... ¿Y cómo se consigue todo eso?". Esa es la pregunta del millón, a la que cada uno debe buscar respuesta. Y cada persona debe encontrar la suya, porque se supone que la 'verdad' universal no existe. "Creed en quienes buscan la verdad y desconfiad de quienes la encuentran", decía André Gide, quizá harto de tantas verdades ajenas, ofrecidas como respuesta a todas sus preguntas.
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado junio 2012
    La cultura –las diversas manifestaciones de la inteligencia creativa–siempre ha sido el alimento esencial del alma creadora. Sin embargo, en la sociedad actual, ese nutriente cultural sobre el que se sustenta la condición humana, resulta cada vez más escaso. En nuestra sociedad conviven minorías de apetito voraz –no de cultura precisamente- con una masa informe de espíritu desnutrido e inquietudes mal alimentadas. Esa inmensa mayoría sin formación y con precariedad de recursos, permanece en actitud acrítica, conformista, aletargada en el desconocimiento…, ante el desarrollo y enriquecimiento de una minoría mejor formada, cuya posición de dominio crece mientras la sociedad embrutecida permanece distraída. Panis et circus, -alimento básico y espectáculo-, decían los patricios romanos cuando se preguntaban qué había que ofrecerle a la plebe para que esta se conformara con su suerte, sin reparar en la precariedad de sus condiciones de vida. Hoy como entonces, los sectores sociales desfavorecidos apenas cultivan su condición humana, apenas nutren sus espíritus anoréxicos, quizá porque su esfuerzo debe centrarse en subsanar las carencias básicas de la existencia diaria. ¿Quién le habla hoy de alimentar el espíritu, de la necesidad de apreciar las distintas manifestaciones artísticas, de leer, de aprender…, a quien no sabe si mañana podrá llevarse algo a la boca? Tal realidad conviene al sector social dominante, como mejor modo de conservar su estatus privilegiado. Lejos de fomentar el conocimiento, las competencias personales de razonamiento, expresión, creatividad…, de la población gobernada, los grupos económico-políticos gobernantes propician cierta situación de anorexia cultural como mejor modo de mantener la conciencia social adormecida. Ante esta realidad, los órganos de poder tienden a mirar hacia otro lado –o a emprender recortes presupuestarios en educación, investigación, cultura…–, como mejor modo de no ver –o propiciar– la precariedad en la formación intelectual de gran parte de la población gobernada. Como efecto perverso de lo anterior, cada vez resulta más común –por mor de la democracia mal entendida o interesada– el observar que quienes representan a amplios sectores sociales en las instituciones públicas no son los mejores, ni los más inteligentes, ni los más capaces, sino los más lenguaraces y los más espabilados. A poco que se escuchen algunas de estas voces representantes del pueblo, se puede observar cierto analfabetismo funcional, cultural, cierta miseria intelectual… en las personas elegidas para desempeñar tareas de responsabilidad. Y más a menudo esas tareas son desempeñadas por personas irresponsables. A menudo produce vergüenza ajena el ver como algunos personajes públicos gobernantes se llenan la boca y aturden a su audiencia partidista con promesas insustanciales, eufemismos, palabrerío vano, falsedades…, ante lo que el incauto de la calle podría decir: “No sé lo que quiere decir, pero… ¡habla tan bien!”. Sin embargo una persona con criterio propio, formada e informada, con inquietudes… se diría que al personaje en cuestión le convendría aprender a razonar y a expresar sus razonamientos de forma clara, por no decir que más le valdría callar y dedicarse a su profesión –si es que la tiene– en vez de postularse para representar a nadie. Estos personajes nefastos (algunos concejales, alcaldes, directores generales de esto o de lo otro… y hasta ministros) se mueven con soltura pasmosa en ambientes donde la única formación-información de su auditorio proviene de lectura insustancial, publicidad engañosa, televisión populachera, espectáculos simplones…, cuya preponderancia social estimulan ellos mismos. Quizá bajo el gobierno de este tipo de personas –gobernantes arribistas, tan ambiciosos como ineptos, tan sobrados de prepotencia como faltos de escrúpulos morales–, la sociedad queda sumida en el profundo estupor de la incultura. Y tal vez de este modo –sin el menor cuestionamiento crítico de la masa sometida–, se perpetúa el estatus del poder establecido.
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado junio 2012
    Desequilibrios

    Si en cierto modo la historia de la humanidad ha transcurrido de forma cíclica, este tiempo nuestro debe corresponder a una nueva edición de la Edad Media. Del mismo modo que a la noche le sigue el día, deberíamos esperar un nuevo Renacimiento tras este tiempo impregnado de fatalismo, de ánimo alicaído, de depresión colectiva. La actual crisis de nuestro sistema –económica, cultural, de valores...– debería dar lugar a la desaparición de algunos esquemas de convivencia que, si bien en su día nos parecieron válidos, hoy se revelan injustos y trasnochados.
    Es un axioma en la teoría evolutiva que ante una crisis solo sobreviven quienes se adaptan a las circunstancias adversas: los mejor dotados. Y quienes sobreviven a la adversidad salen de ella fortalecidos. Si nadie lo remedia, será a los supervivientes a quienes corresponda modificar este modelo o articular uno nuevo. Aunque se observa que los cambios no convienen a quienes confían en conservar su condición de privilegiados. Los desfavorecidos, por el contrario, esperan que se establezca un orden nuevo que les asegure la supervivencia, en un sistema que se sustenta sobre sus miserias. En tal tesitura de desequilibrio, cuando las carencias de tantos sostienen los privilegios de tan pocos, cabe esperar algún cambio en el modelo establecido. Y este ha de llegar, bien sea mediante una reforma sustancial de los fundamentos que rigen nuestra convivencia –lo más deseable– o mediante una quiebra desestabilizadora de todo lo que en este sistema social no funciona.
    Cuando un edificio amenaza con venirse abajo, su estructura es sometida a revisión y, si los daños son reparables, puede ser objeto de profundas reformas, como único modo de prevenir los efectos que se podrían derivar del desplome. Si no se toman estas medidas el edificio caerá sobre sus cimientos, a menos que se dispongan los medios para una voladura controlada. En suma: si no lo arreglamos –o lo derribamos para construir otro nuevo– la casa acabará convertida en una ruina. Sin ser visionario o agorero, cualquier observador puede prever que los muros de un edificio en ruinas han de caer antes o después, sobre las cabezas de quienes se han empeñado en considerarlo habitable.
    En el pasado las crisis socioeconómicas –y las institucionales que de ellas derivan– hallaban su salida mediante revueltas, guerras, hambrunas, pandemias..., sobrevenidas unas como consecuencia de las otras. Quizá hoy hemos aprendido a sortear esas salidas traumáticas a las crisis, alumbrando otras soluciones menos drásticas –cambios en el modelo– de las que, con el paso del tiempo, quedan de manifiesto ciertos desajustes, nuevos desequilibrios. De esta manera convivimos en un equilibrio inestable que demanda un reajuste continuo y sutil, mediante el cual alumbramos una solución provisional para cada nuevo problema. Quienes se enrocan en los esquemas que abocaron a una crisis –sostenella e non enmendalla–, están condenados al fracaso; ni el médico que yerra en el diagnóstico, ni el farmacéutico que despacha un remedio para tratar unos síntomas, van a curar la enfermedad. Un jarabe balsámico alivia la tos pero no cura una neumonía. Y, al parecer, quienes nos gobiernan y deben corregir el desequilibrio reinante, se empecinan en paliar los síntomas del modelo enfermo, en vez de atajar las causas del daño. La estrechez de miras, la autocomplacencia, los intereses y ambiciones personales... de quienes nos gobiernan, suponen una fuerte inercia frente a cualquier cambio posible del modelo que no funciona. Y cuando un órgano tras otro dejan de funcionar, al fin sobreviene el colapso del sistema. Los responsables de las instituciones de gobierno no aciertan en el diagnóstico de la enfermedad, no introducen cambios en el modelo, no amputan los órganos necrosados… y se diría que se conforman con poner unas tiritas sobre unas curas con mercromina. Cuando un médico no es consciente de su propia ineptitud, tampoco será capaz de diagnosticar y tratar las causas de un daño reparable. Como un sanitario ineficiente, el gobernante irresponsable se conforma con remedios paliativos, se complace con observar la mejoría de unos síntomas, y cree haber hallado una cura definitiva para la enfermedad del sistema.
    Aunque con un remiendo se resuelve un descosido, quien viste con harapos no va bien vestido. El principio universal de la entropía establece que todo tiende al desorden y ese desorden, al fin, está abocado al caos. Y otro principio –el de la inercia–, condiciona el que nos mostremos conformes con lo establecido, porque nos parece que nada cambia, que sin esfuerzo todo puede permanecer tal cual está. Si queremos modificar esta tendencia deberíamos aplicar nuestro esfuerzo racional –energía, inteligencia, debate de ideas…– para poner orden allí donde nuestro sistema de convivencia sufre un notable deterioro. Quizá este sería el único procedimiento válido a efectos de modificar el modelo vigente –en una revisión permanente–, como único modo de mantener cierto orden. Todo orden resulta inestable. Por firmes que sean sus costuras, antes o después todo traje de factura humana ha de sufrir un descosido. Y si este no es reparado en el momento oportuno, cada jirón se ha de convertir en un desgarro, de modo que al fin quedará expuesta la piel desnuda. Si no reparamos el vestido, si no cambiamos de indumentaria, antes o después nos hemos de ver cubiertos de harapos o, cuanto menos, con el culo al aire.
    Ante el desequilibrio permanente que la humanidad sufre en su travesía –quién sabe hacia dónde–, cada vez que la sociedad cambiante enfila hacia nuevas derivas, los gobiernos deberían aplicarse en estudiar las cartas de navegación, para tomar decisiones más afortunadas y trazar nuevos rumbos. Quizá estos rumbos nos permitirán navegar durante cierto tiempo de equilibrio relativo.
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado julio 2012
    Tras superar cierto prurito ante la posibilidad de reflexionar y opinar acerca de temas espinosos y recurrentes, de abundar en aspectos de la vida pública tantas veces tráidos y llevados..., pasa uno a considerar que el rascado, el verter una opinión discutible, proporciona cierto bienestar y alivia la rasquera.
    “La sociedad del bienestar –la prometida– es insostenible”, declaran los gobernantes, en un vano intento de justificar los ajustes presupuestarios de los fondos públicos destinados a los servicios públicos. Cuando hablan de recortes y toman medidas orientadas a preservar la sostenibilidad del Estado,quienes nos gobiernan ni mencionan ni arriman la tijera a los gravosos privilegios que ellos mismos se han otorgado. Como razones de la insostenibilidad del sistema, los gobernantes alegan baja productividad, costos sociales elevados, la carestía de la función pública, una carga impositiva insuficiente para subvenir el costo de los servicios –educación, sanidad, bienestar social…–, y en definitiva, lo obvio: un desajuste en el balance entre los ingresos y gastos del Estado. En ese diagnóstico, sin embargo, los personajes que nos gobiernan obvian algunas causas determinantes del desequilibrio presupuestario. Desde los órganos de poder nadie habla una estructura del estado ineficiente e hipertrofiada, ni de un gasto desmesurado en fastos y prebendas, ni de otras lacras que por comunes forman parte del estatus establecido. Podríamos decir que ante la escasez de alimentos, quienes elaboran el menú se alimentan con jamón y buen vino, mientras dejan sin pan ni agua a quienes pagan la comida.
    Si la economía globalizada se rige por parámetros de confianza; si los estados se financian en función de la credibilidad que su sistema económico merece en los mercados; si los intereses de la deuda pública se pagan en relación con las expectativas de devolución de los capitales prestados; si todo ello se basa en una cuestión de confianza… ¿Qué credibilidad merece un Estado cuyo gobierno democrático ni siquiera cuenta con la confianza de la población gobernada? No hay más que moverse por las redes sociales, leer la sensibilidad vertida en el correo-e por infinidad de voces indignadas…, para respirar la enorme desconfianza que suscitan los poderes del estado. Con cargo al erario público se mantienen instituciones con funciones duplicadas, cargos públicos ineficientes, asesores innecesarios, fastos y prebendas sin sentido, derroche en televisiones autonómicas partidistas, retiros dorados –contratos blindados– en consejos de administración de empresas públicas, jubilaciones indecentes y privilegios de los parlamentarios, remuneraciones desorbitadas…, por no hablar de lo gravosa que resulta una corrupción quizá generalizada.
    Aún en estos tiempos difíciles para tantos, a unos pocos debe de resultarles doloroso renunciar a su condición –al parecer vitalicia– de ciudadanos privilegiados. Se diría que la vida pública se rige por la Ley del Embudo. Y la parte ancha del fonil corresponde a infinidad de personajes que medran en la vida pública, rodeados de dispendio, lujo y oropeles, desde los ayuntamientos hasta más altas instituciones del Estado. A la hora de planificar los recortes presupuestarios, los gobernantes corren un tupido velo sobre esa realidad insostenible, como si por mirar ellos a otro lado, sus fechorías quedaran ocultas a todas las miradas.
    Desde las instituciones públicas nadie se hace eco del malestar y la desconfianza reinante entre los gobernados. “Ande yo caliente y jódase la gente”, cabe suponer que piensan quienes nos gobiernan. Los mismos personajes que predican e imponen austeridad en los servicios sociales básicos, se empeñan en mantener su estatus privilegiado. Pero… ¿qué cabe esperar cuando les corresonde a unos pirómanos extinguir el incendio que ellos mismos han provocado? ¿Por qué no dotarnos de un gobierno técnócrata ajeno a los intereses espurios de los partidos políticos del arco parlamentario? ¿No hay personas capaces de planificar y acometer una reforma radical de la estructura sobredimensionada del Estado? Cabe albergar cierta desconfianza cuando observamos que una manada de zorros cuida nuestro gallinero. No por mil veces criticada deja de resultar cierta e insostenible la zorrería que impera en los distintos estamentos de gobierno. Aun sufriendo esa costosa lacra, la carga más difícil de sostener con cargo al erario público es la estructura obesa y bulímica del Estado. Y también debe de ser esa la tela la que más resiste al filo de la tijera. Si se ha de acometer una reforma quirúrgica del sistema desde el propio sistema, este habría de dotarse de instrumentos de buen filo, distintos a las tijeras desastre hasta ahora utilizadas. En la situación actual el gobierno no debería estar constituído en función de los méritos, de la docilidad y afinidad política de tal o cual personaje, de la ambición personal y de la escala arribista de fulano o de mengano, en las tareas, intrigas y guerrillas, en el seno de este u otro partido. Resulta obvio afirmar que cada cargo de responsabilidad debería ser detentado en relación con la capacidad contrastada de la persona a quien se encomiendan las tareas de gobierno. Justifica la obviedad el observar que en los ultimos tiempos ese no es el caso, a juzgar por los resultados. Visto el hecho de que ni la alternancia en el poder mejora ninguna perspectiva, cabría proponer otra alternativa capaz de modificar la estructura actual del Estado.
    Para adelgazar a este sistema obeso no bastará con una liposucción meramente cosmética; sería preciso diseñar un régimen alimenticio y planificar una intervención quirúrgica que extirpe algunos órganos, amén de arrasar toda la grasa que, en los tiempos de abundancia, al enfermo obeso se le han acumulado en la barriga. Pero ese trabajo habría de corresponder a un equipo de cirujanos y no a un hatajo de curanderos irresponsables, bajo cuyas directrices el paciente se halla casi desahuciado.
    Dejando el símil aparte, habría que insistir en que un gobierno técnico de consenso –a la italiana– un gobierno provisional integrado por personas independientes con formación específica en las materias a gobernar –sin necesidad de asesores–, podría acometer una reforma sustancial de la estructura del Estado. Acaso esa sea la única solución no traumática a la actual crisis del sistema; al menos contribuiría a recuperar cierta credibilidad ante los ciudadanos y ante la amenaza permanente que suponen los mercados. Aún con la natural reserva en cuanto a suscitar plena confianza…, un gobierno independiente –ajeno dentro de lo que cabe a los intereses de los partidos– podría insuflar cierto aire de esperanza en esta atmósfera ya viciada.
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado julio 2012

    Resulta una obviedad afirmar que el poder que gobierna los estados no emana en última instancia del sufragio universal, sino de los movimientos de capital controlados por las agencias de calificación, rescates económicos, primas de riesgo… y, en definitiva, por los movimientos especulativos del dinero. Al parecer la especulación –inversión oportunista– genera más beneficios que la producción de bienes y servicios, según el modelo económico de la vieja democracia. Mientras los sectores productivos ven mermar sus beneficios, los especulativos acumulan riqueza en detrimento de los primeros, aquellos que aunque alimentan vastas fortunas, generan cierto bienestar social allí donde desarrollan su actividad económica. Si desde siempre la riqueza ha significado poder, en la actualidad supone una relación basada en la tiranía y el sometimento de unas naciones al gobierno de otras, mediante flujos de dinero que establecen cierta relación de vasallaje. Quien siga la información que sobre la actual crisis divulgan los medios, podrá observar que las directrices de las políticas que gobiernan los estados –presupuestos nacionales– obedecen al mandato de organismos financieros de ámbito supranacional. De ello se podría colegir que el poder que gobierna las naciones no emana de la voluntad soberana de los electores en relación con unos programas electorales, sino de un gran poder económico-financiero. Al parecer a este se deben los gobiernos de los estados. En este contexto social no cabe hablar de un sistema democrático, tal como entendía este hasta hace unos años. Hasta la estructura y la dinámica interna de los partidos políticos adolece de notables carencias, en cuanto a la elección de sus líderes, ejecutivas y confección de sus listas electorales. Quizá en nuestros partidos prevalecen la ambición personal, las componendas y los premios por la adhesión a tal ocual candidatura, ante los ideales o principios de la base del partido. Acaso los partidos políticos, una vez instalados en los distintos estamentos de gobierno, deben rendir cuentas, no ya ante sus militantes, simpatizantes y electores, sino ante sus mentores económicos. Y estos deben de ser aquellos que contribuyen a sostener sus finanzas y el estatus privilegiado de los miembros destacados en los órganos de poder del partido. La ley de financiación de los partidos políticos parece papel mojado, merced a infinidad de vericuetos legales que permiten sortearla de forma impune. El hecho parece ser que aunque ciertas donaciones a determinadas fundaciones, el tráfico de influencias, la prevaricación, el cohecho… están tipificados como delitos, no siempre la constatación de su existencia va acompañada de evidencias flagrantes que permitan tipificarlos y condenarlos como tales. Ante determinados hechos delictivos tan conocidos como repetidos, cabe suponer que el poder judicial debe de hallarse tan contaminado como politizado, en el marco del clientelismo político y la corrupción que quizá afectan a todos poderes del Estado. En esta nueva tesitura, los partidos políticos y los gobiernos de las instituciones ya no se rigen según los principios del sistema democrático tradicional, sino atendiendo a una nueva forma de aristocracia establecida por la dictadura del dinero. Y asi, en esta ya familiar autocracia, el poder soberano no reside en el sufragio universal, sino en el universo supranacional del poder financiero.
    Cuando alcanzan el poder y se asoman a las cuentas del Estado, los partidos políticos parecen descubrir la cruda realidad que a buen seguro no se les ocultaba antes. Una vez instalado en un cargo de gobierno, el personaje político de turno apela a un repentino y supuesto sentido de la responsabilidad. Si este en realidad fuera tal, cabría suponer que sus promesas electorales de ayer habían sido cuanto menos irresponsables. Y en tal caso se hace patente el escaso valor de un programa electoral que, más que un proyecto de gobierno, debía de suponer un cebo atractivo para pescar electores crédulos. Más que a quienes han votado sus candidaturas, los personajes que detentan el poder representan y se deben a determinados sectores económicos, cuya preponderancia les situa por encima de cualquier poder surgido del pronunciamiento plebiscitario. De no ser así, resulta difícil explicarse cómo se financian las costosas campañas electorales, cómo se aprueban y adjudican proyectos de costosas infraestucturas de escaso interés público, por qué premian las grandes empresas el retiro de los gobernantes… y por qué tantas promesas electorales caen tan pronto en el olvido. Una vez instalados en las diversas instituciones, los elegidos deben favorecer los intereses de quienes los auparon a los distintos cargos de gobierno. En la historia reciente de nuestra democracia, se han vuelto comunes algunos comportamientos delictivos que antes parecían casos excepcionales. Se diría que se ha convertido en axioma aquella consigna anarquista que afirma que el poder corrompe. Según se desprende de las noticias que asoman a los medios, cuando determinado partido político ha culminado su objetivo –alcanzar el gobierno local, regional…–, los gobernantes se convierten en marionetas del poder que mueve sus hilos, interpretan su farsa y se aplican –con provecho económico– en saldar las deudas contraídas con su mentor financiero. A nadie le resulta ajeno el tráfico de información privilegiada, subvenciones a empresas fantasmas, EREs, recalificaciones de suelo, licencias para construcción, adjudicación de obras públicas…, a menudo ilegales. Debido a ardides jurídicos, a la interpretación laxa de las leyes, prescripciones de plazos, desaparición de pruebas, dejadez interesada…, infinidad de sumarios abiertos a personajes públicos, no siempre se resuelven como debiera en los tribunales. En virtud de ello cabría suponer que en gran medida la justicia está mediatizada por el poder político y por el dinero del que es subsidiario.
    El razonamiento y la exposición de unas ideas sin referencia expresa a casos particulares, puede inducir a pensar que las convicciones que se manifiestan sin fundamentos concretos conllevan cierta intención generalizadora. Tal intención no anima la reflexión de quien escribe. Como toda generalización es injusta, es de justicia señalar que si lo anterior contiene algo de verosimilitud, habría que elevar a los altares a las personas que desempeñan cargos públicos con honestidad, esa cualidad tan escasa como poco valorada. Sin embargo, esas honrosas excepciones apenas suponen poco más que un vestigio de la democracia ya desvirtuada. Ante tal atisbo de realidad post-democrática, el ciudadano participativo, el elector bienintencionado que aupó a sus líderes a un estamento de poder, a un gobierno o al otro, observa descorazonado como las dulces promesas de antes se han tornado en las amargas realidades de ahora.
  • DragonDragon Lope de Vega s.XVII
    editado julio 2012
    Como se habla de todo un poco, te respondo.Yo, particularmente no voto, por el mero hecho, de que a día de hoy, no hay un solo partido que vea yo me represente o me sienta identificada.No por ello, tenga yo el derecho a protestar, que lo tengo y lo hago.Esta crisis se está yendo de la mano al capitán de turno y, lo que más gracia me hace, es que quienes le votaron, ahora están en su contra, pues pensaron que en su momento, hace tan solo unos pocos meses, el capitán de agua dulce, sacaría al país de una crisis prevista y arreglada hace ya unos años.No solo no está sacando al país de la crisis, lo está hundiendo aún más si cabe.No entiendo de economía ni microeconomía, entiendo de injusticias y veo, desde la lejanía impuesta, que están priorizando los derechos de la banca, sobre el pueblo, cuando entiendo que debería de ser al revés.Hay ciertas " incoherencias ", que aun a día de hoy, no soy capaz de entender.No entiendo, por poner un ejemplo, que a una familia se la desahucie, se le ponga la soga al cuello y encima, se le exija que siga pagango un dinero, que supuestamente aún debe a la banca, ( creo que ya con quedarse sin hogar, es más que suficiente para cancelar la deuda ), y se le persiga sin conotaciones, no dejando ni un atisbo de luz, para poder levantar cabeza e ilusiones y que a un señor, por el hecho de ser marido " de..." y, en cierta medida, pertenecer a una realeza, se le deja impune ante sus delitos.No entiendo, como se puede dejar a un señor, ser presidente de una sede por alguna comunidad, cuando está acusado de fraude y, de haber construído un aeropuerto con fondos públicos, del cual, no ha salido a día de hoy, ni un solo helicóptero, ( por poner un algo, quién dice helicóptero, dice avión ) y no se haga nada, pero al parado, se le recorta la prestación, para salvar esos desmadres y se le exige, que siga pagando las primas de sus señorías, mientras agoniza entre pan duro y cebolla.Y me sigo preguntando, porqué tengo yo que pagar los desmadres, las mentiras, las falacias, los fraudes, la avaricia, el contento, el descontento, de una banca, que nos ha llevado a la ruína.Y me pregunto, porqué le debo yo al banco, fidelidad, cuando él comigo, no la tiene;tan solo soy números en una cuenta.
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com