:)Hablando de
'placer'...
¿Habrá placer que se pueda comparar al que nace del alivio, al cabo de haber sufrido un dolor? Podríamos enumerar un sinfín de placeres, todos ellos percibidos como sensaciones de bienestar, nacidas de estímulos externos sobre las terminaciones nerviosas de nuestros sentidos: unas caricias, un buen vino, un aroma, una música, un paisaje... O mejor aún, todo ello configurando una secuencia única: percibir una fragancia personal al calor de unas caricias, mientras se degusta un cava excelente, al son de una melodía, en el entorno apacible de un bosque. Quizá podríamos convenir en que -desde la concepción hedonista del placer-, tal situación nos proporcionaría un gran bienestar. Pero si a quien disfruta de esa sensación placentera le sobreviene una necesidad imperiosa o un dolor agudo -vaciar alguna víscera o un dolor de muelas, pongamos por caso-, y pudiera elegir entre el placer del 'disfrute' y el del alivio, con toda seguridad elegiría un analgésico potente que le mitigara el sufrimiento o un momento de intimidad para satisfacer la inoportuna necesidad.:o También podríamos hablar de ese otro dolor moral que anestesia el alma -una defunción, una ruptura sentimental, un abandono…- y la insensibiliza ante el placer más exquisito que podamos percibir a través de los sentidos. Ese dolor íntimo y profundo solo puede ser mitigado mediante cierto analgésico de efecto más o menos lento: el tiempo, ese bálsamo de
fier à bras que lo cura todo -menos la muerte, matizan algunos, sin considerar que la muerte más que un mal es el último remedio-.

Habrá de transcurrir más o menos tiempo para restablecer el equilibrio emocional, en relación con el dolor causado por la pérdida, con las circunstancias que rodean a quien la sufre y con la capacidad de cada uno para recomponer su ‘rompecabezas’. Sólo cuando nos hallamos en equilibrio con nuestra propia naturaleza y con el entorno afectivo, familiar, laboral, social…,

contamos con la sensibilidad necesaria, para percibir y apreciar las cosas más sencillas. Solo entonces podemos disfrutar de ese estado de ánimo pleno de receptividad, de sensibilidad…, gozaremos de tal plenitud, que hasta el tener conciencia de que respiramos nos arrancará una sonrisa de inmenso bienestar. Y si compartimos esa sensación con alguien cercano, entonces el placer será sublime.
Comentarios
Un saludo cordial,
sin conformarme con pasar por ella?", podría preguntarse una persona inquieta, en disposición de devanarse los sesos durante un rato. Otra persona que ya se los ha devanado durante años, podría plantearle unas recomendaciones -en plan 'libro de auto-ayuda'-, como sigue:
Conviene que formules tus objetivos en positivo. Cambia el discurso "quiero perder unos centímetros de barriga, deseo dejar de fumar, quiero alejarme de la juerga diaria, quiero dejar de suspender tal asignatura… " por esta otra: "mi objetivo es pesar tantos kilos, quiero respirar aire puro, tal día quiero salir de parranda, quiero estudiar tantas horas diarias...". Modificando el planteamiento negativo “no debo fumar después de comer”, por el de “tengo que disfrutar de un paseo o debo mascar un chicle de nicotina después de la comida…”, estoy estableciendo las pautas a seguir para alcanzar mis objetivos.
Debes determinar los recursos con los que cuentas para conseguir lo que te propones. Debes establecer el procedimiento o pautas a seguir y enumerar las dificultades a las que te has de enfrentar para lograr tu objetivo. Estos aspectos deben ser planteados de forma concreta y asimismo en positivo. Cambiar el “no debo comer esto; debo despojarme de los hábitos sedentarios…”, por “debo tomar este alimento…”; “tengo que realizar media hora de ejercicio moderado en días alternos o a diario…” Debes tener plena conciencia de las creencias y convicciones personales sobre las que se asientan determinados hábitos y rutinas, cuya presencia en tu vida diaria suponen un obstáculo para el logro de tus objetivos.
Define, escribe y comunica a alguien cercano los objetivos concretos que deseas conseguir. Es una forma de adquirir un serio compromiso contigo mismo y responder ante una persona cercana del cumplimiento de tal compromiso. La forma en la que el niño escribe la carta a Papá Noel o a los Reyes puede servir de referencia: el niño elige el juguete, se afirma en la ilusión de contar con él y pide de forma expresa el regalo que desea. Quien consigue algo con esfuerzo e ilusión, valora lo que ha conseguido y se esfuerza en conservarlo.
Realiza un balance pormenorizado de los logros alcanzados. Debes adquirir plena conciencia de lo qué ganas y de lo qué dejas atrás, a medida que te acercas a la meta deseada. Realiza reflexiones a diario (y plásmalas en anotaciones personales, si te encuentras en disposición para ello) en relación con los logros alcanzados. Debes adquirir conciencia a diario, acerca de las ventajas y mejoras que los cambios introducidos aportan a tu vida.
Diseña, define y acomete un plan de acción para realizar a diario. Este proyecto debe ser flexible y adaptable a los resultados obtenidos. La debilidad se hace fuerte en el fracaso. Un paso mal dado o un propósito incumplido no deben suponer una derrota ni una justificación para desistir del logro de tu objetivo. Puedes aflojar el paso, modificar el rumbo y seguir una nueva ruta, pero debes permanecer firme en tu afán de seguir adelante. Lo importante es que mantengas viva la voluntad de alcanzar lo que te has propuesto, que tengas claro hacia donde te diriges y que conserves vivo el empeño de seguir andando. De este modo, antes o después, habrás de llegar hasta donde te habías propuesto llegar. Cuando pretendes escalar una montaña, te puedes encontrar ante obstáculos que te harán dudar de tu capacidad para coronar la cima. Reafírmate entonces en tu voluntad de poner los pies en la cima. La satisfacción obtenida de cada paso que avances, te dará fuerzas para avanzar el siguiente. Al cabo de cada día de andadura descubrirás un camino cada vez más transitable y descubrirás con placer que tu voluntad puede allanar cualquier obstáculo, que tu capacidad de resolución puede afrontar con éxito cualquier problema. De este modo experimentarás la sensación de que eres dueño de tu existencia, de que vives como tú mismo has elegido vivir.
Al cabo de unos años de vivir tu vida, al fin te despedirás de ella con la sensación de plenitud que nace del sentir que has vivido, no como has podido, sino como has querido.
El escribir 'de un tirón' viene dado por cierto reflejo tendente a ahorrar espacio, quizá algo limitado en estos foros. Traba uno la hebra como quien piensa a viva voz... y al fin el texto queda como queda, cuando debería uno reparar en que tal vez había espacio suficiente para dejar esos espacios que facilitan la lectura.
Gracias de nuevo por la observación y, más que nada, por el interés.
Saludos
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[FONT="]«[/FONT][FONT="]Para disfrutar comiendo durante muchos años, debes desayunar como un rey, almorzar como un príncipe y cenar como un pobre[/FONT][FONT="]»[/FONT][FONT="], reza un dicho. Y hablando de cómo comemos a lo largo del año, podríamos decir que las dietas, igual que las bicicletas, son para el verano. Desde que asoma el buen tiempo, nos disponemos a estrenar ropa ligera o –frenados por la dificultad económica– a desempolvar la ropa olvidada en los armarios desde las pasadas vacaciones. En el primer caso comprobamos que tal talla ya no es la nuestra, que ya no nos sirve la L, que ahora debemos pedir la XL… Y si nos proponemos rescatar una prenda en la que antes cabíamos con holgura, observamos que ahora solo podemos embutirnos en ella con cierta dificultad. Y al fin nos encontramos con un aspecto que desmerece del que esperábamos mostrar, sin la salvaguarda de la ropa de invierno. [/FONT]
[FONT="]Nuestro metabolismo –como todo nuestro organismo– cambia con el paso del tiempo. A partir de cierta edad –en torno a los cuarenta años–, nuestras necesidades nutricionales disminuyen, mientras la ingesta de calorías tiende a aumentar y la actividad física disminuye. Se diría que a medida que transcurre la vida, el centro en torno al que gravitan los placeres más primarios se desplaza de abajo hacia arriba, desde el bajo vientre hacia la boca. El cuerpo joven y vital que a menudo se alegraba de ombligo hacia abajo, madura, se vuelve indolente y descubre otras alegrías por encima de la cintura, servidas por el sentido del gusto. Así, con el transcurso de los años, los placeres de la mesa van ganando terreno a los de la cama. Por simple cuestión aritmética -como en una cuenta corriente cuando se ingresa más de lo que se gasta-, el balance entre ingresos y gastos de energía resulta previsible. Al cabo de unos años el ‘capital’ acumulado se acumula en nuestras hechuras, en mayor medida en torno al ecuador de la barriga. Así, al cabo de un año vivido con hábitos sedentarios y costumbres de ‘buena’ mesa, observamos que tanto hemos ganado en ‘presencia’ como hemos perdido en prestancia. Eso ocurre cuando entre nuestras rutinas figura esa ‘feliz’ distracción de la sensatez, en lo que se refiere a conciliar el placer de comer con buenos hábitos alimentarios. En tal tesitura, nos encontramos con un notable sobrepeso o una obesidad en mayor o menor grado, cuyos efectos quedan de manifiesto bajo la ropa ligera o las desnudeces del verano. Entonces surgen los buenos propósitos, nos armamos de determinación y pasamos de los excesos de los meses pasados a las barbaridades de hoy y de mañana. Hemos cometido los ‘pecados’ en los meses fríos y nos imponemos la penitencia en verano. Así, dispuestos a remediar los desafueros de ayer, ahora nos sometemos a dietas disparatadas, desequilibradas, cuando no a arriesgados planes de ayuno. En la prensa rosa, libros ‘comerciales’, medios de comunicación sensacionalistas… no faltan recetas milagro que prometen el adelgazamiento ansiado, mientras podemos hartarnos de todo excepto de tal o cual alimento, o comiendo melón o solo proteínas, o simplemente tomando litros de agua.[/FONT]
[FONT="]Con frecuencia la falta de conocimiento básico en materia de nutrición, determina que prestemos oído a consejos interesados –a menudo sin fundamento–, con riesgo para nuestra salud. En estos tiempos –y en mayor medida en los meses de vacaciones– prolifera toda suerte de ‘entendidos’, cuyas dietas salen a la luz para llenar páginas y espacios vacíos en diversos medios. El lector y el telespectador poco crítico son terreno abonado sobre el que crece la difusión y la audiencia de determinada prensa y ciertos programas de televisión simplona. En ocasiones se nos proponen infinidad de recetas para perder unos kilos sin esfuerzo, prometiendo resultados ‘espectaculares’ sin renunciar apenas a nada. Lo que se consigue sin cierto esfuerzo, se mantiene con dificultad y se pierde con facilidad. Siendo conscientes de ello, quienes deseen someterse a una dieta baja en calorías deberían contrastar información que merezca credibilidad, dudar de lo que se nos presenta ‘fácil’ y, cuanto menos, acudir a fuentes rigurosas y fiables. Y no hablamos de consultar a un médico o a un nutricionista –recomendable cuando la formación básica en la materia es escasa–, sino de formarnos, de leer con sentido crítico y de adquirir cierto conocimiento o un criterio bien fundamentado. Basta un conocimiento elemental sobre nutrición para elaborar una dieta saludable. En todo caso y en pocas palabras, el sentido común nos dicta que el equilibrio dietético para una alimentación sana, se halla en la elección de alimentos variados, en tomarlos en cantidad moderada en relación con la actividad física y la edad, con escasez en azúcares y grasas animales –excepto las de pescado- y abundancia en vegetales. No hace falta adentrarse en los aspectos fisiológicos de una dieta –ácidos grasos omega…, colesterol ‘bueno y malo’, antioxidantes, resveratrol…[/FONT][FONT="]–[/FONT][FONT="], para comer de un modo placentero y saludable. [/FONT]
[FONT="]Dejando aparte algunas consideraciones que se podrían añadir respecto a lo anterior, las ‘dietas milagro’ carecen de fundamento y, aunque algunas podrían conseguir resultados visibles a corto plazo, a medio y a largo plazo suelen acarrear efectos indeseables. Y el menos sensible de ellos es el llamado ‘efecto rebote’. A poco que la persona cree que ha conseguido el objetivo de adelgazar unos kilos, relaja sus hábitos alimentarios, se reencuentra con sus ‘debilidades gastronómicas’ y recupera el peso perdido, en menos tiempo que el invertido en el desafortunado régimen. Al cabo de unos meses, la persona se encuentra en el punto de partida, con [/FONT][FONT="]algunos kilos de propina[/FONT][FONT="] y cierta sensación de frustración en el ánimo. [/FONT]
[FONT="]A la hora de normalizar el peso no podemos dejar considerar otro aspecto tan importante como el dietético: el ejercicio físico moderado, progresivo y adecuado a las condiciones de edad y salud de cada uno. Pero eso es harina de otro costal; ese es un tema que merece ser abordado con mayor detalle.[/FONT]
[FONT="]En definitiva, para sacar adelante el propósito de adquirir un estado de bienestar físico –y mental y social, atendiendo al concepto de ‘salud’– convendría tener en cuenta que el objetivo de normalizar el peso corporal debería ser planificado en clave diferente a la decisión voluntariosa de someternos a una dieta y a practicar ejercicio de cualquier manera durante el verano. Para contemplar ciertas posibilidades de éxito, deberíamos cambiar viejos hábitos de vida –alimenticios, sedentarismo…– por costumbres más sanas. Este cambio exige una buena dosis de voluntad –y en ocasiones ayuda– para sobrellevar la dificultad a que hemos de enfrentarnos. Además necesitaremos una buena dosis de paciencia y más o menos tiempo, en relación con la distancia que separa el punto de partida del objetivo al que aspiramos.[/FONT]
[FONT="]Con suerte [/FONT][FONT="]se podría alcanzar antes una cima escalando por el camino más corto, que subiendo una pendiente suave con peldaños. Sin embargo, por este último sendero disfrutaremos del camino, llegaremos en mejor estado y nos hallaremos menos expuestos a riesgos innecesarios. Y en caso de un tropiezo podríamos reponernos sin apenas retroceder un paso. En cambio, si elegimos el camino corto –y de mayor pendiente–, a[/FONT][FONT="]l menor traspiés [/FONT][FONT="]nos veremos expuestos a caer. Y en caso de poder levantarnos, nos veríamos [/FONT][FONT="]como Sísifo [/FONT][FONT="]cuesta arriba[/FONT][FONT="] con su piedra al hombro,[/FONT][FONT="] para acabar una y otra vez al pie de la montaña. [/FONT]
Y, en efecto, Amparo, bien está que comamos cuando podamos y haya de qué, pero la pena es que lo que comemos hoy de más y se nos 'almancena', no nos sirve -al menos de un modo saludable- para mañana.
Saludos cordiales.
Un ejemplo que podría ilustrar la disyuntiva de la que hablamos, lo tendríamos ante una tarta exquisita de nata, bien bañada de caramelo, cuyos ingredientes contienen colorantes y otros productos que mejoran su aspecto. Y se nos presenta la tarta en compañía de una botella de cava semiseco o un malvasía dulce, para acentuar la delicia gastronómica. Una persona sensata y con cierto conocimiento -del que nace la sensatez-, tomaría una pequeña ración, se serviría una copa, y con espíritu relajado se alegraría el paladar goloso. Esta persona no sentiría ninguna frustración si no se sirve una segunda ración abundante y no acaba con el vino de la botella. Sabrá además que el colesterol contenido en una pequeña ración de nata no va a obstruir sus arterias, ni va a desencadenar una crisis de hipertensión, ni le va a provocar un infarto de miocardio. Tampoco una cantidad insignificante de colorante, conservantes..., le va a producir un cáncer de colon, ni la copa de vino le va a producir una cirrosis hepática. Si come y bebe despacio y disfruta con ese placer, esta persona no va a estar sometida al estrés de la renuncia, porque su elección ha respondido a una respuesta racional, razonable y razonada: tomar 'en esa precisa ocasión' solo una pequeña ración acompañada de una copa. Además sabe que su decisión en esta ocasión no habrá de convertirse en una costrumbre -en un mal hábito-. Al día siguiente eligirá un postre lácteo desnatado y en otro momento un cóctel de frutas. De este modo adquirirá los hábitos de comer siguiendo una dieta completa y equilibrada, se podrá abandonar a pequeños 'caprichos' de vez en cuando, y disfrutará del placer de cada bocado, aun comiendo alimentos saludables. Así apreciará los alimentos más por las sensaciones que estos le comunican el paladar, que por la cantidad que se mete en el estómago. La otra opción, la de quien 'vive intensamente' sería: "No sé si mañana estaré aquí para disfrutar de una tarta como esta, así que 'a por ella', que la vida son dos días y hay que disfrutarla". Y de esta manera convierte el principio del exceso en pauta de vida, en costumbre de un día tras otro. En tal caso se cumplirá la previsión, en poco tiempo la persona en cuestión será obesa y -si tiene antecedentes familiares y hábitos sedentarios-, también será diabética. Con estos dos 'números' en su haber y su constumbre de hartarse de grasas, subirán sus cifras de colesterol en sangre y tendrá todas las papeletas para padecer hipertensión arterial y arteriosclerosis, por no hablar del riesgo de padecer un cáncer colorectal. Si esta persona tampoco renuncia a esos cigarrillos que animan la sobremesa..., ya podemos suponer cuál ha de ser la lotería que ha de tocarle más temprano que tarde. Al fin, en efecto, habrá vivido 'a tope' y sin la menor renuncia en ningún 'ahora', pero cuando le llegue ese otro 'ahora' que ya no tiene futuro, quizá entonces sentirá que aunque no se ha privado de nada, tampoco ha vivido en plenitud, en tanto que también podía haber degustado aquella tarta -de modo inteligente-, hasta cumplir quien sabe cuantos años.
No quisiera parecer fatalista; sólo espero que se entienda que se puede vivir con alegría y sin sensación de 'renuncia', que se puede disfrutar eligiendo opciones sanas, y que podemos obtenener placer en una elcción prudente, disfrutando hoy -seguro- y quizá también mañana.
Bromas aparte, una dieta sana y equilibrada, es lo que se debe hacer, comer de todo, sin exagerar, pero hay contradicciones y vuelvo a la carga con la publicidad y la prensa escrita.Por un lado, nos bombardean con informaciones de como llevar una dieta sana, hacer ejercicio, bla, bla, bla y por el otro, te dicen que la dieta del kiwi es el máximo de las dietas.¿ En que quedamos ?Es como el tabaco.Se sabe que en cada cigarrillo ingieres cantidades équis de nicotina, alquitrán, etc.El estado impone leyes en contra de los fumadores;en los paquetes muestran imágenes desagradables, pero a la vez que el estado te lo está prohibiendo, se beneficia de mi vicio.Cada persona, como autómona que és, debería de saber que es lo que quiere en la vida, pero sin que le influyen un mensajes contradictórios.Queremos una sociedad igualitaria, sana, pero si una chica, con ochenta kilos de peso, quiere trabajar de dependienta, le dicen con palabras amables, que no hay cabida en la empresa para ello, aunque sea ella, la mejor dependienta del mundo y sin embargo, si vá ua chica o chico, que también sucede, con un cuerpo danone, le dan el puesto.Estamos expuestos a la imágen, más que al saber hacer y por mucha saliva que se gaste en advertir que se debe tener mesura en el comer, que tenemos unas de las mejores dietas del mundo, la gente prefiere seguir los consejos de aquellos que dicen ser, eruditos de la salúd.
En suma: nuestro entorno nos ofrece, nos aconseja, nos recomienda... infinidad de opciones. Y a nosotros nos corresponde elegir. Elegiremos la que nos conviene en mayor o en menor medida -o la que conviene a otros-, en función de nuestra capacidad de observación, de discernimiento, de analisis..., capacidades estas que se adquieren después de un tiempo de ejercicio, de cultivar cierto carácter constructivo, de corregir errores, de repetir aciertos..., sin renunciar al alegre desgobierno del espíritu. "¡Ah! Amigo... ¿Y cómo se consigue todo eso?". Esa es la pregunta del millón, a la que cada uno debe buscar respuesta. Y cada persona debe encontrar la suya, porque se supone que la 'verdad' universal no existe. "Creed en quienes buscan la verdad y desconfiad de quienes la encuentran", decía André Gide, quizá harto de tantas verdades ajenas, ofrecidas como respuesta a todas sus preguntas.
Si en cierto modo la historia de la humanidad ha transcurrido de forma cíclica, este tiempo nuestro debe corresponder a una nueva edición de la Edad Media. Del mismo modo que a la noche le sigue el día, deberíamos esperar un nuevo Renacimiento tras este tiempo impregnado de fatalismo, de ánimo alicaído, de depresión colectiva. La actual crisis de nuestro sistema –económica, cultural, de valores...– debería dar lugar a la desaparición de algunos esquemas de convivencia que, si bien en su día nos parecieron válidos, hoy se revelan injustos y trasnochados.
Es un axioma en la teoría evolutiva que ante una crisis solo sobreviven quienes se adaptan a las circunstancias adversas: los mejor dotados. Y quienes sobreviven a la adversidad salen de ella fortalecidos. Si nadie lo remedia, será a los supervivientes a quienes corresponda modificar este modelo o articular uno nuevo. Aunque se observa que los cambios no convienen a quienes confían en conservar su condición de privilegiados. Los desfavorecidos, por el contrario, esperan que se establezca un orden nuevo que les asegure la supervivencia, en un sistema que se sustenta sobre sus miserias. En tal tesitura de desequilibrio, cuando las carencias de tantos sostienen los privilegios de tan pocos, cabe esperar algún cambio en el modelo establecido. Y este ha de llegar, bien sea mediante una reforma sustancial de los fundamentos que rigen nuestra convivencia –lo más deseable– o mediante una quiebra desestabilizadora de todo lo que en este sistema social no funciona.
Cuando un edificio amenaza con venirse abajo, su estructura es sometida a revisión y, si los daños son reparables, puede ser objeto de profundas reformas, como único modo de prevenir los efectos que se podrían derivar del desplome. Si no se toman estas medidas el edificio caerá sobre sus cimientos, a menos que se dispongan los medios para una voladura controlada. En suma: si no lo arreglamos –o lo derribamos para construir otro nuevo– la casa acabará convertida en una ruina. Sin ser visionario o agorero, cualquier observador puede prever que los muros de un edificio en ruinas han de caer antes o después, sobre las cabezas de quienes se han empeñado en considerarlo habitable.
En el pasado las crisis socioeconómicas –y las institucionales que de ellas derivan– hallaban su salida mediante revueltas, guerras, hambrunas, pandemias..., sobrevenidas unas como consecuencia de las otras. Quizá hoy hemos aprendido a sortear esas salidas traumáticas a las crisis, alumbrando otras soluciones menos drásticas –cambios en el modelo– de las que, con el paso del tiempo, quedan de manifiesto ciertos desajustes, nuevos desequilibrios. De esta manera convivimos en un equilibrio inestable que demanda un reajuste continuo y sutil, mediante el cual alumbramos una solución provisional para cada nuevo problema. Quienes se enrocan en los esquemas que abocaron a una crisis –sostenella e non enmendalla–, están condenados al fracaso; ni el médico que yerra en el diagnóstico, ni el farmacéutico que despacha un remedio para tratar unos síntomas, van a curar la enfermedad. Un jarabe balsámico alivia la tos pero no cura una neumonía. Y, al parecer, quienes nos gobiernan y deben corregir el desequilibrio reinante, se empecinan en paliar los síntomas del modelo enfermo, en vez de atajar las causas del daño. La estrechez de miras, la autocomplacencia, los intereses y ambiciones personales... de quienes nos gobiernan, suponen una fuerte inercia frente a cualquier cambio posible del modelo que no funciona. Y cuando un órgano tras otro dejan de funcionar, al fin sobreviene el colapso del sistema. Los responsables de las instituciones de gobierno no aciertan en el diagnóstico de la enfermedad, no introducen cambios en el modelo, no amputan los órganos necrosados… y se diría que se conforman con poner unas tiritas sobre unas curas con mercromina. Cuando un médico no es consciente de su propia ineptitud, tampoco será capaz de diagnosticar y tratar las causas de un daño reparable. Como un sanitario ineficiente, el gobernante irresponsable se conforma con remedios paliativos, se complace con observar la mejoría de unos síntomas, y cree haber hallado una cura definitiva para la enfermedad del sistema.
Aunque con un remiendo se resuelve un descosido, quien viste con harapos no va bien vestido. El principio universal de la entropía establece que todo tiende al desorden y ese desorden, al fin, está abocado al caos. Y otro principio –el de la inercia–, condiciona el que nos mostremos conformes con lo establecido, porque nos parece que nada cambia, que sin esfuerzo todo puede permanecer tal cual está. Si queremos modificar esta tendencia deberíamos aplicar nuestro esfuerzo racional –energía, inteligencia, debate de ideas…– para poner orden allí donde nuestro sistema de convivencia sufre un notable deterioro. Quizá este sería el único procedimiento válido a efectos de modificar el modelo vigente –en una revisión permanente–, como único modo de mantener cierto orden. Todo orden resulta inestable. Por firmes que sean sus costuras, antes o después todo traje de factura humana ha de sufrir un descosido. Y si este no es reparado en el momento oportuno, cada jirón se ha de convertir en un desgarro, de modo que al fin quedará expuesta la piel desnuda. Si no reparamos el vestido, si no cambiamos de indumentaria, antes o después nos hemos de ver cubiertos de harapos o, cuanto menos, con el culo al aire.
Ante el desequilibrio permanente que la humanidad sufre en su travesía –quién sabe hacia dónde–, cada vez que la sociedad cambiante enfila hacia nuevas derivas, los gobiernos deberían aplicarse en estudiar las cartas de navegación, para tomar decisiones más afortunadas y trazar nuevos rumbos. Quizá estos rumbos nos permitirán navegar durante cierto tiempo de equilibrio relativo.
“La sociedad del bienestar –la prometida– es insostenible”, declaran los gobernantes, en un vano intento de justificar los ajustes presupuestarios de los fondos públicos destinados a los servicios públicos. Cuando hablan de recortes y toman medidas orientadas a preservar la sostenibilidad del Estado,quienes nos gobiernan ni mencionan ni arriman la tijera a los gravosos privilegios que ellos mismos se han otorgado. Como razones de la insostenibilidad del sistema, los gobernantes alegan baja productividad, costos sociales elevados, la carestía de la función pública, una carga impositiva insuficiente para subvenir el costo de los servicios –educación, sanidad, bienestar social…–, y en definitiva, lo obvio: un desajuste en el balance entre los ingresos y gastos del Estado. En ese diagnóstico, sin embargo, los personajes que nos gobiernan obvian algunas causas determinantes del desequilibrio presupuestario. Desde los órganos de poder nadie habla una estructura del estado ineficiente e hipertrofiada, ni de un gasto desmesurado en fastos y prebendas, ni de otras lacras que por comunes forman parte del estatus establecido. Podríamos decir que ante la escasez de alimentos, quienes elaboran el menú se alimentan con jamón y buen vino, mientras dejan sin pan ni agua a quienes pagan la comida.
Si la economía globalizada se rige por parámetros de confianza; si los estados se financian en función de la credibilidad que su sistema económico merece en los mercados; si los intereses de la deuda pública se pagan en relación con las expectativas de devolución de los capitales prestados; si todo ello se basa en una cuestión de confianza… ¿Qué credibilidad merece un Estado cuyo gobierno democrático ni siquiera cuenta con la confianza de la población gobernada? No hay más que moverse por las redes sociales, leer la sensibilidad vertida en el correo-e por infinidad de voces indignadas…, para respirar la enorme desconfianza que suscitan los poderes del estado. Con cargo al erario público se mantienen instituciones con funciones duplicadas, cargos públicos ineficientes, asesores innecesarios, fastos y prebendas sin sentido, derroche en televisiones autonómicas partidistas, retiros dorados –contratos blindados– en consejos de administración de empresas públicas, jubilaciones indecentes y privilegios de los parlamentarios, remuneraciones desorbitadas…, por no hablar de lo gravosa que resulta una corrupción quizá generalizada.
Aún en estos tiempos difíciles para tantos, a unos pocos debe de resultarles doloroso renunciar a su condición –al parecer vitalicia– de ciudadanos privilegiados. Se diría que la vida pública se rige por la Ley del Embudo. Y la parte ancha del fonil corresponde a infinidad de personajes que medran en la vida pública, rodeados de dispendio, lujo y oropeles, desde los ayuntamientos hasta más altas instituciones del Estado. A la hora de planificar los recortes presupuestarios, los gobernantes corren un tupido velo sobre esa realidad insostenible, como si por mirar ellos a otro lado, sus fechorías quedaran ocultas a todas las miradas.
Desde las instituciones públicas nadie se hace eco del malestar y la desconfianza reinante entre los gobernados. “Ande yo caliente y jódase la gente”, cabe suponer que piensan quienes nos gobiernan. Los mismos personajes que predican e imponen austeridad en los servicios sociales básicos, se empeñan en mantener su estatus privilegiado. Pero… ¿qué cabe esperar cuando les corresonde a unos pirómanos extinguir el incendio que ellos mismos han provocado? ¿Por qué no dotarnos de un gobierno técnócrata ajeno a los intereses espurios de los partidos políticos del arco parlamentario? ¿No hay personas capaces de planificar y acometer una reforma radical de la estructura sobredimensionada del Estado? Cabe albergar cierta desconfianza cuando observamos que una manada de zorros cuida nuestro gallinero. No por mil veces criticada deja de resultar cierta e insostenible la zorrería que impera en los distintos estamentos de gobierno. Aun sufriendo esa costosa lacra, la carga más difícil de sostener con cargo al erario público es la estructura obesa y bulímica del Estado. Y también debe de ser esa la tela la que más resiste al filo de la tijera. Si se ha de acometer una reforma quirúrgica del sistema desde el propio sistema, este habría de dotarse de instrumentos de buen filo, distintos a las tijeras desastre hasta ahora utilizadas. En la situación actual el gobierno no debería estar constituído en función de los méritos, de la docilidad y afinidad política de tal o cual personaje, de la ambición personal y de la escala arribista de fulano o de mengano, en las tareas, intrigas y guerrillas, en el seno de este u otro partido. Resulta obvio afirmar que cada cargo de responsabilidad debería ser detentado en relación con la capacidad contrastada de la persona a quien se encomiendan las tareas de gobierno. Justifica la obviedad el observar que en los ultimos tiempos ese no es el caso, a juzgar por los resultados. Visto el hecho de que ni la alternancia en el poder mejora ninguna perspectiva, cabría proponer otra alternativa capaz de modificar la estructura actual del Estado.
Para adelgazar a este sistema obeso no bastará con una liposucción meramente cosmética; sería preciso diseñar un régimen alimenticio y planificar una intervención quirúrgica que extirpe algunos órganos, amén de arrasar toda la grasa que, en los tiempos de abundancia, al enfermo obeso se le han acumulado en la barriga. Pero ese trabajo habría de corresponder a un equipo de cirujanos y no a un hatajo de curanderos irresponsables, bajo cuyas directrices el paciente se halla casi desahuciado.
Dejando el símil aparte, habría que insistir en que un gobierno técnico de consenso –a la italiana– un gobierno provisional integrado por personas independientes con formación específica en las materias a gobernar –sin necesidad de asesores–, podría acometer una reforma sustancial de la estructura del Estado. Acaso esa sea la única solución no traumática a la actual crisis del sistema; al menos contribuiría a recuperar cierta credibilidad ante los ciudadanos y ante la amenaza permanente que suponen los mercados. Aún con la natural reserva en cuanto a suscitar plena confianza…, un gobierno independiente –ajeno dentro de lo que cabe a los intereses de los partidos– podría insuflar cierto aire de esperanza en esta atmósfera ya viciada.
Resulta una obviedad afirmar que el poder que gobierna los estados no emana en última instancia del sufragio universal, sino de los movimientos de capital controlados por las agencias de calificación, rescates económicos, primas de riesgo… y, en definitiva, por los movimientos especulativos del dinero. Al parecer la especulación –inversión oportunista– genera más beneficios que la producción de bienes y servicios, según el modelo económico de la vieja democracia. Mientras los sectores productivos ven mermar sus beneficios, los especulativos acumulan riqueza en detrimento de los primeros, aquellos que aunque alimentan vastas fortunas, generan cierto bienestar social allí donde desarrollan su actividad económica. Si desde siempre la riqueza ha significado poder, en la actualidad supone una relación basada en la tiranía y el sometimento de unas naciones al gobierno de otras, mediante flujos de dinero que establecen cierta relación de vasallaje. Quien siga la información que sobre la actual crisis divulgan los medios, podrá observar que las directrices de las políticas que gobiernan los estados –presupuestos nacionales– obedecen al mandato de organismos financieros de ámbito supranacional. De ello se podría colegir que el poder que gobierna las naciones no emana de la voluntad soberana de los electores en relación con unos programas electorales, sino de un gran poder económico-financiero. Al parecer a este se deben los gobiernos de los estados. En este contexto social no cabe hablar de un sistema democrático, tal como entendía este hasta hace unos años. Hasta la estructura y la dinámica interna de los partidos políticos adolece de notables carencias, en cuanto a la elección de sus líderes, ejecutivas y confección de sus listas electorales. Quizá en nuestros partidos prevalecen la ambición personal, las componendas y los premios por la adhesión a tal ocual candidatura, ante los ideales o principios de la base del partido. Acaso los partidos políticos, una vez instalados en los distintos estamentos de gobierno, deben rendir cuentas, no ya ante sus militantes, simpatizantes y electores, sino ante sus mentores económicos. Y estos deben de ser aquellos que contribuyen a sostener sus finanzas y el estatus privilegiado de los miembros destacados en los órganos de poder del partido. La ley de financiación de los partidos políticos parece papel mojado, merced a infinidad de vericuetos legales que permiten sortearla de forma impune. El hecho parece ser que aunque ciertas donaciones a determinadas fundaciones, el tráfico de influencias, la prevaricación, el cohecho… están tipificados como delitos, no siempre la constatación de su existencia va acompañada de evidencias flagrantes que permitan tipificarlos y condenarlos como tales. Ante determinados hechos delictivos tan conocidos como repetidos, cabe suponer que el poder judicial debe de hallarse tan contaminado como politizado, en el marco del clientelismo político y la corrupción que quizá afectan a todos poderes del Estado. En esta nueva tesitura, los partidos políticos y los gobiernos de las instituciones ya no se rigen según los principios del sistema democrático tradicional, sino atendiendo a una nueva forma de aristocracia establecida por la dictadura del dinero. Y asi, en esta ya familiar autocracia, el poder soberano no reside en el sufragio universal, sino en el universo supranacional del poder financiero.
Cuando alcanzan el poder y se asoman a las cuentas del Estado, los partidos políticos parecen descubrir la cruda realidad que a buen seguro no se les ocultaba antes. Una vez instalado en un cargo de gobierno, el personaje político de turno apela a un repentino y supuesto sentido de la responsabilidad. Si este en realidad fuera tal, cabría suponer que sus promesas electorales de ayer habían sido cuanto menos irresponsables. Y en tal caso se hace patente el escaso valor de un programa electoral que, más que un proyecto de gobierno, debía de suponer un cebo atractivo para pescar electores crédulos. Más que a quienes han votado sus candidaturas, los personajes que detentan el poder representan y se deben a determinados sectores económicos, cuya preponderancia les situa por encima de cualquier poder surgido del pronunciamiento plebiscitario. De no ser así, resulta difícil explicarse cómo se financian las costosas campañas electorales, cómo se aprueban y adjudican proyectos de costosas infraestucturas de escaso interés público, por qué premian las grandes empresas el retiro de los gobernantes… y por qué tantas promesas electorales caen tan pronto en el olvido. Una vez instalados en las diversas instituciones, los elegidos deben favorecer los intereses de quienes los auparon a los distintos cargos de gobierno. En la historia reciente de nuestra democracia, se han vuelto comunes algunos comportamientos delictivos que antes parecían casos excepcionales. Se diría que se ha convertido en axioma aquella consigna anarquista que afirma que el poder corrompe. Según se desprende de las noticias que asoman a los medios, cuando determinado partido político ha culminado su objetivo –alcanzar el gobierno local, regional…–, los gobernantes se convierten en marionetas del poder que mueve sus hilos, interpretan su farsa y se aplican –con provecho económico– en saldar las deudas contraídas con su mentor financiero. A nadie le resulta ajeno el tráfico de información privilegiada, subvenciones a empresas fantasmas, EREs, recalificaciones de suelo, licencias para construcción, adjudicación de obras públicas…, a menudo ilegales. Debido a ardides jurídicos, a la interpretación laxa de las leyes, prescripciones de plazos, desaparición de pruebas, dejadez interesada…, infinidad de sumarios abiertos a personajes públicos, no siempre se resuelven como debiera en los tribunales. En virtud de ello cabría suponer que en gran medida la justicia está mediatizada por el poder político y por el dinero del que es subsidiario.
El razonamiento y la exposición de unas ideas sin referencia expresa a casos particulares, puede inducir a pensar que las convicciones que se manifiestan sin fundamentos concretos conllevan cierta intención generalizadora. Tal intención no anima la reflexión de quien escribe. Como toda generalización es injusta, es de justicia señalar que si lo anterior contiene algo de verosimilitud, habría que elevar a los altares a las personas que desempeñan cargos públicos con honestidad, esa cualidad tan escasa como poco valorada. Sin embargo, esas honrosas excepciones apenas suponen poco más que un vestigio de la democracia ya desvirtuada. Ante tal atisbo de realidad post-democrática, el ciudadano participativo, el elector bienintencionado que aupó a sus líderes a un estamento de poder, a un gobierno o al otro, observa descorazonado como las dulces promesas de antes se han tornado en las amargas realidades de ahora.