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El fin de Edmundo

GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
editado enero 2012 en Promociona tu obra
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http://www.larevistadelapalma.com/el-fin-de-edmundo-2da-novela-gregorio-javier-hndez/[FONT=&quot]
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[FONT=&quot]EL FIN DE EDMUNDO. [/FONT][FONT=&quot]Tribulaciones de un hombre habitado[/FONT]
[FONT=&quot] Gregorio Javier Hernández
[/FONT][FONT=&quot]Ediciones Idea. 2010 – ISBN: 978-84-9941-391-4[/FONT]
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[FONT=&quot]Capítulo 8 [/FONT]

[FONT=&quot]Un tipo montañoso y cruel
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[FONT=&quot]Un hombretón de unos cuarenta años deambulaba por las inmediaciones de la fuente. Era un tipo de pelo revuelto y andar de oso, un sujeto cuya fisonomía no revelaba el menor rasgo de facundia: ojos grises de mar de otoño, labios finos como los bordes de una cicatriz, mirada navegable hasta para las más frágiles confidencias. Se podía entrever algún rasgo de buen escuchador en su semblante. [/FONT]
[FONT=&quot]–Observo que disfruta usted del paseo sin prisa por llegar a ninguna parte, amigo –le dije con gesto cordial.[/FONT]
[FONT=&quot]– ¿Y qué? –me espetó el hombre con aspereza.[/FONT]
[FONT=&quot]–Que podría considerarse afortunado –opiné–. Tendrá tiempo hasta para organizar carreras de caracoles.[/FONT]
[FONT=&quot]Mis palabras quedaron en el aire. A juzgar por su actitud indolente, no cabía esperar que aquel tipo abriera la boca como no fuera para mostrar estupor o dejar escapar un bostezo. Podía haberse descolgado con una respuesta lacónica: un ajustado no tanto, un incierto tal vez, un cortés no crea… Sin embargo, no despegó los labios. Como suma expresión de locuacidad, si acaso mostraba cierta atisbadura de rapaz. Mientras sus hechuras se derramaban en adiposidades de elefante marino, sus ojos se adelantaban a la inexpresividad de la cara y taladraban mi inquietud. Por un momento me sentí bajo el frío escalpelo de un entomólogo puesto a desentrañar las peculiaridades de un escarabajo. [/FONT]
[FONT=&quot]Como quien se despoja de un abrigo, el coloso aligeró la mirada, se rodeó de suficiencia y dijo:[/FONT]
[FONT=&quot]–Se equivoca en su apreciación, buen hombre. Dispongo de mis ratos libres como todo el mundo, pero no malgasto mi tiempo en boberías. Usted, en cambio, parece dispuesto a desperdiciar el suyo, como si no fuera a morirse nunca.[/FONT]
[FONT=&quot]«El tipo te despelleja con descaro, te llama buen hombre… ¡y encima opina que desperdicias tu tiempo!»[/FONT][FONT=&quot],[/FONT][FONT=&quot] clama la voz de dentro.[/FONT]
[FONT=&quot]–No se lleve a engaño, caballero –respondí, sorprendido por la lucidez del filisteo–. Me siento a gusto observando cómo gira el mundo. Puede llamarme mirón con plena confianza.[/FONT]
[FONT=&quot]Con una mueca en los labios el grandullón me miraba a los ojos, en tanto yo me sentía aplastado bajo su mirada. La sangre me hervía al ver como el mastodonte se regodeaba en su momentánea posición de dominio. Mientras mi artillería cargaba cañones, él bamballo permanecía impasible como un megalito bajo una tormenta. [/FONT]
[FONT=&quot]– ¿Cómo dijo que se llamaba? –le pregunté, resuelto a trabar la hebra.[/FONT]
[FONT=&quot]–No recuerdo habérselo dicho, pero si se empeña... Me llamo Eutimio Socas.[/FONT]
[FONT=&quot]–Y bien, Eutimio...[/FONT]
[FONT=&quot]–Socas, si no le importa.[/FONT]
[FONT=&quot]–Está bien, Socas –corregí, contrariado–. Quiero proponerle algo que podría resultar tan beneficioso para usted como conveniente para mí.[/FONT]
[FONT=&quot]–Usted dirá.[/FONT]
[FONT=&quot]–Antes que nada, le ruego que no se ofenda si mi proposición le parece descabellada.[/FONT]
[FONT=&quot]Mientras resolvía cómo presentar mi propuesta, tomé aliento y observé al desconocido: la mirada fluía de sus ojos líquidos, le chorreaba mejillas abajo y me caía encima, envuelta en babas de fútil curiosidad.[/FONT]
[FONT=&quot] «No debe uno menospreciar las capacidades de nadie, por más que el aspecto desgarbado de un extraño, lleve a pensar en debilidad mental o en lentitud de reflejos», dice Wilde.[/FONT]
[FONT=&quot] En armonía con los rasgos de la vecindad, la nariz de aquel hombre era minúscula, de alas achatadas y ventanas estrechas como pasadizos. No era de esas narices que se asoman con avidez a las cuitas ajenas; una nariguilla tan insignificante ponía de manifiesto el escaso interés de su dueño por conocer el aire que respiraban otros; los rasgos de aquel individuo no eran los de un confidente dispuesto a escuchar las tribulaciones de un advenedizo.[/FONT]
[FONT=&quot] –Me gustaría hablar con alguien –balbucí.[/FONT]
[FONT=&quot] Por un momento me vi rendido a los pies del monstruo, aplastado bajo el peso de su descomunal indiferencia. El sol proyectaba mi sobra sobre las losas y sabía donde pisaba, sin embargo, me veía pidiendo una pizca de atención a un extraño, como si me hallara perdido a la sombra de un árbol. Con el ánimo abatido por cierta sensación de indignidad, enderecé los hombros, me acerqué al coloso y le dije: [/FONT]
[FONT=&quot]–Aunque no lo veo en disposición de escuchar a nadie, si accediera a prestarme oído un momento… Podría remunerar su atención con mano ancha, no lo dude.[/FONT]
[FONT=&quot]El tipo no respondió.[/FONT]
[FONT=&quot]– ¡A ver si me entiende! –insistí–. Usted me dedica unos minutos y yo le pago lo que usted estipule. ¿Qué le parece? [/FONT]
[FONT=&quot]–Mi tiempo no tiene precio –respondió al fin el grandullón. [/FONT]
[FONT=&quot]«No hay negociador más intransigente que el débil atrincherado en posición de fuerza»[/FONT][FONT=&quot], dice la voz interior. Y con la entonación acerada de un anciano curtido en reveses, añade: «Una cuña aplicada en un resquicio puede abrir una buena grieta». [/FONT]
[FONT=&quot]Ajeno a mi cavilar, el gigante aguardaba mi respuesta en actitud desdeñosa de buen negociante. [/FONT]
[FONT=&quot]–Usted establece sus honorarios y yo... –le dije.[/FONT]
[FONT=&quot]– ¿Por qué habría de escucharlo? –me interrumpió el tipo con frialdad.[/FONT]
[FONT=&quot]–Porque tengo mucho que contar –respondí.[/FONT]
[FONT=&quot]Sabía que con mi tenacidad me exponía al desprecio o a una réplica desagradable. Me arriesgaba a recibir una andanada de improperios, unas risas destempladas o el cruel sarcasmo que nace del desprecio. Aún así me sentía invulnerable, como el débil que puede soportar la humillación cuando se ha desprendido del orgullo.[/FONT]
[FONT=&quot]Con el ánimo fortalecido, me armé de determinación e insistí: [/FONT]
[FONT=&quot]–Si decide escucharme, podría retribuir su atención de mil maneras.[/FONT]
[FONT=&quot]– ¿Por ejemplo?[/FONT]
[FONT=&quot]–Puedo recitarle «Sed non satiata» o «Moesta et errabunda» en la lengua de Baudelaire. Aunque si lo prefiere, podría entonar «Oh! si les fleurs avaient des yeux» o «Recondita armonia»… También podría enseñarle un truco para contener la respiración durante cinco minutos. ¿Qué le parece?[/FONT]
[FONT=&quot]– ¿Sería capaz de interpretar el papel de Hipólito en el acto cuarto, escena segunda de Fedra, cuando dirigiéndose a Teseo va y le dice: «¿Puedo preguntaros señor...?»[/FONT]
[FONT=&quot]–« ¿... qué funesta nube ha podido nublar vuestro augusto semblante?»[/FONT]
[FONT=&quot]– ¡Eso mismo![/FONT]
[FONT=&quot]–Podría intentarlo, pero no le garantizo una interpretación a lo Mounet–Sully. [/FONT]
[FONT=&quot]–Entonces voy a escucharlo gratis. Le regalo mi tiempo –aseguró el filisteo con más altanería que entusiasmo. [/FONT]
[FONT=&quot]La voz de aquel mentecato brotaba de su garganta investida de una entonación hueca y desapasionada. Sus palabras no dejaban entrever ni un atisbo de generosidad; sólo contenían menosprecio. En la laxitud de su desmadejamiento, el talante insípido de Socas se acentuaba con los rasgos de una mala caricatura de sí mismo. Apenas gesticulaba; los brazos caídos no construían ademanes que añadieran vida a sus palabras; sus manos permanecían abandonadas en los bolsillos, como calderilla inútil. Sin embargo, el hombre mostraba signos de vida; aún respiraba. De vez en cuando daba pequeños brincos, mediante los cuales intentaba acomodar los pantalones al ecuador de la barriga. Si al cabo de una de aquellas piruetas, el cinto le quedaba bajo el ombligo, el coloso realizaba extrañas cabriolas con donaire de bufón. Aunque se movía con la gracia de un bailarín entrado en carnes, el tipo se gobernaba con una levedad increíble para su volumen de cetáceo. [/FONT]
[FONT=&quot]–Si va a contarme su vida… ¡adelante! –dijo.[/FONT]
[FONT=&quot]Contra lo que me había parecido, Socas mantenía las manos entretenidas. Desde su cálido refugio, los dedos se cernían sobre los testes, los acariciaban y los amasaban con insistencia, como si éstos hubieran perdido la forma. El hombre se entregaba a su juego solitario, quién sabe si por costumbre, por gusto o por liberar las gónadas de su realidad confinada. Movido por el afán de aligerar aquel lastre inútil, Eutimio cuidaba de que sus criadillas descansaran sobre el muslo de apoyo. [/FONT]
[FONT=&quot]–Ya le he dicho que estoy dispuesto a escuchar su pena –insistió.[/FONT]
[FONT=&quot]Aunque parecía ensimismado, al grandullón no se le escapaba mi interés por su juego de manos, su balanceo de caderas, sus acrobacias. Por un momento los ojos del hombretón se avivaron, se clavaron en los míos y atacaron un rincón sombrío de mi interioridad.[/FONT]
[FONT=&quot]...
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Comentarios

  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado mayo 2011
    [FONT=&quot]Un ámbito de nubes bajas[/FONT]

    [FONT=&quot]La luz de la mañana bañaba la extraña estancia, el sol encendía las paredes de la habitación y acariciaba el hombro desnudo de la mujer que yacía al otro lado de la cama. La desconocida dormía con cierto halo de placidez en el rostro, como si la jornada naciera sin alicientes que la animaran a despertar. Durante un buen rato me abandoné a la contemplación de su semblante relajado, el cabello revuelto, los pechos frioleros arropados uno en el otro… Aunque no disfrutaba del descanso inerme de una niña sin malicia, la mujer reposaba con el gesto distendido de quien no debe nada a nadie. En torno a ella se adivinaba un ámbito de nubes bajas, esa bruma tempranera que vela el amanecer cuando los sueños transcurren por parajes de inquietud. Por la sutileza con que se arrimaba a mi costado, enseguida supe que aquella desconocida no se había posado en mi vida como un ave de paso. «Fuiste tú quien se posó en mi cama», dijo cuando le hablé de nidos momentáneos y del cortejo de las aves en primavera.[/FONT]
    [FONT=&quot]Teresa se materializó de noche, se acercó a mi vida sin ruido y se dejó querer sin afanes, porque sabía que aun sin conocerla ya la esperaba. Su semblante se me figura al modo de una imagen nebulosa de ensueño: mirada azul de aguas profundas, sonrisa leve, la firmeza en los labios de quien sabe cuando conviene callar. La he oído llorar a escondidas y la he visto disgustada, sin embargo, aún no he vuelto a ver el ademán de fastidio que vi en su rostro cuando descubrió que yo existía. Le sobraba razón para la contrariedad en aquella noche de sábado. «Ninguna mujer se pone a dar saltos de alegría cuando le derraman una copa encima», dijo, a poco que le hice notar que perdía encanto cuando su rostro se ensombrecía al paso del gesto adusto del enfado.[/FONT]

    [FONT=&quot]La primera noche me comporté con ella de un modo torpe e insensible.[/FONT]
    [FONT=&quot]«[/FONT][FONT=&quot] Como un analfabeto ante un poema», dice la voz de dentro. [/FONT]
    [FONT=&quot]– ¡Qué calamidad! ¡Te he dejado hecha un asco! –quise excusarme.[/FONT]
    [FONT=&quot]–No tiene importancia –respondió ella sin convicción.[/FONT]
    [FONT=&quot]« ¿Dijiste ‘hecha un asco’?»[/FONT]
    [FONT=&quot]–Lamento mi torpeza... –insistí en mi disculpa.[/FONT]
    [FONT=&quot]Mientras le ofrecía mis manos para el sacrificio, ella separaba el traje empapado, los pechos expuestos a miradas furtivas, los dedos en pinza despegando las fronteras del escote. Por un momento sentí envidia del licor confianzudo, me convertí en fluido vivo y me vi derramado sobre su piel, vientre abajo, libertad de escorrentía, frío destilado sobre nieve escondida. [/FONT]
    [FONT=&quot]«Ni aun bañada en fango… ¡De ninguna manera podría quedar esa mujer ‘hecha un asco’!»[/FONT][FONT=&quot], insiste Wilde.[/FONT]
    [FONT=&quot]Me sentía abrumado por ese encogimiento momentáneo que invade a las personas juiciosas, cuando la voz interior les pasa copia de un comentario poco afortunado. La desconocida me miraba entre divertida y perpleja, quizá me veía atenazado por algún sonrojo, tal vez se preguntaba por qué un hombre tímido se vuelve imbécil en presencia de una mujer hermosa.[/FONT]
    [FONT=&quot]Dominado por cierta sensación de estupidez, escondí la mirada y me refugié en la copa vacía. Sentía los labios resecos, el paladar agrietado, las meninges desolladas... No sabía donde hallar ese trago que alivia el ansia del joven apocado ante una situación comprometida. Quizá en situación de familiaridad o trato de mayor confianza le habría pedido que me sirviera un coñac de urgencia. En aquella circunstancia, sin embargo, ni siquiera me atreví a pedirle perdón. Me sentía torpe, acobardado… como un adolescente desnudo ante una mujer madura. No se me ocurría qué pensar, qué decir. Nada. Quizá sólo deseaba desaparecer tragado por un remolino de aguas bravas. [/FONT]
    [FONT=&quot]Cuando me hundía en la interioridad, la desconocida me miró con gesto amable y me sonrió con la naturalidad de quien escucha un cuento. [/FONT]
    [FONT=&quot]–Vamos, anímate hombre –dijo.[/FONT]
    [FONT=&quot]Quise responderle que a la vista de su hermosura no podía sentirme desanimado, que si acaso me sentía confuso, no por falta de claridad en las ideas, sino porque no sabía cómo acercarme a ella. «¿Qué podría ofrecerte a cambio de que me dejaras formar parte del siguiente minuto de tu vida?», pude haberle preguntado. Sin embargo, escondí la mirada y balbucí: [/FONT]
    [FONT=&quot]–Me gustaría invitarte a tomar algo, nombrarte mi heredera universal…, cualquier cosa. Te he bañado en güisqui, y aunque era un ‘malta de doce años’, lo siento por ti más que por… ¡No sé cómo podría reparar el estropicio! [/FONT]
    [FONT=&quot] «No te preocupes. Tampoco es para tanto», pudo haber respondido ella. Sin embargo dijo que no le apetecía tomar copas, me agradeció el ofrecimiento y me preguntó si era dueño de alguna explotación petrolífera en el Golfo de Guinea o de una mina de diamantes en Liberia. Sin esperar respuesta añadió que en caso contrario no podía aceptar la herencia de un extraño.[/FONT]
    [FONT=&quot]No resultaba difícil reír con aquella mujer. Durante un buen rato charlamos, intercambiamos sonrisas y compartimos espacio en la pista de baile. En un momento de abandono me rodeó con los brazos, apoyo el rostro en mi hombro y me hizo sentir el roce de sus pechos generosos. Mientras ella se desenvolvía con autoridad de dictador, yo me conducía con el acartonado aplomo del pusilánime que se esfuerza en no parecerlo. «Este tipo se mueve con la torpeza de un bisturí en manos de un forense inexperto», debió de haber pensado ella. Sin embargo parecía ajena a cualquier movimiento que no fuera el suyo. [/FONT]
    [FONT=&quot]–Relájate y déjate llevar –dijo.[/FONT]
    [FONT=&quot]–Nos salió presuntuosa la ‘Ginger Rogers’ de la noche –mascullé.[/FONT]
    [FONT=&quot]–Abandona ese papel de galán curtido en bailes y sigue el paso, ‘Fred Astaire’ –respondió ella con gesto socarrón.[/FONT]
    [FONT=&quot]Sin desprenderse del gesto risueño, me rodeó con la mirada y me estrechó las manos.[/FONT]
    [FONT=&quot]–Si te dejaras llevar por la música… –dijo con voz tierna. [/FONT]
    [FONT=&quot]Aquella desconocida sometía voluntades con tal determinación, que bastaba con una mirada suya para allanar cualquier arranque de orgullo. Durante un rato bailamos entre parejas acarameladas, nos comunicamos a voces, y no dejamos de ser un par de extraños en una noche de sábado.[/FONT]
    [FONT=&quot]Ya de madrugada la acompañé a su apartamento. Allí tomamos unas copas, hablamos de soledades y compartimos algunos instantes de silencio.[/FONT]
    [FONT=&quot]Cuando desperté vi su rostro hundido en la almohada, el pecho desnudo y los muslos más desnudos aún si cabe.[/FONT]
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado junio 2011
    [FONT=&quot]Un destello malicioso iluminó las pupilas de Socas. Sonriendo con inesperada desfachatez, el tipo se inclinó sobre mi oído y susurró:[/FONT]
    [FONT=&quot]–Usted se ha suicidado sin reparar en ello, ¿verdad?[/FONT]
    [FONT=&quot]Aquel granuja no preguntaba, más bien certificaba como un perito en vidas. Mientras me desollaba vivo, se pronunciaba de un modo categórico, ruin, malintencionado. Pese a que dulcificaba su aseveración con gesto interrogante, cabía inferir que esperaba una confirmación más que una respuesta. « ¡Usted se ha suicidado…!», dijo con la mayor naturalidad. [/FONT]
    [FONT=&quot]Aquellas palabras se clavaron en mis sienes, como aristas de cristales rotos. La voz cercana del monstruo me atravesó los tímpanos con el estrépito de un alud abriéndose paso a través de la conciencia adormecida.[/FONT]
    [FONT=&quot]– ¿Se descuelga usted con esa clase de conjeturas cada vez que se toca los ‘eutimios’? –le dije.[/FONT]
    [FONT=&quot]–No se altere, buen hombre –respondió el maromo, conciliador–. Era sólo una suposición.[/FONT]
    [FONT=&quot]– ¡No me toque las narices! –exploté –. Ni me altero ni soy un buen hombre, ¡no me joda! Hay veinte mil maneras de suponer sin resultar impertinente. [/FONT]
    [FONT=&quot]–No debería tomarse las cosas tan a la tremenda. ¿Por qué se ofusca de esa manera?[/FONT]
    [FONT=&quot]– ¿Qué no me tome...? ¿Es que el pensamiento ajeno le queda tan a mano como su par de canicas?[/FONT]
    [FONT=&quot]Mi interlocutor sacó las manos de los bolsillos, mostró las palmas abiertas en ademán de contener una estampida y dijo:[/FONT]
    [FONT=&quot]–Me pide que lo escuche, me ofrece poemas extranjeros a cambio de mi atención, lo invito a desahogarse y… ¡Me mira usted con cara de contribuyente pillado en un fraude, caballero! ¿Me ve husmeando en sus cuentas existenciales acaso?[/FONT]
    [FONT=&quot]– ¡No sea majadero! [/FONT]
    [FONT=&quot]–No es majadería, no se equivoque. Usted se ha perdido el respeto a sí mismo y cree que también ha perdido el de los demás. [/FONT]
    [FONT=&quot]Socas no paraba de hablar y yo apenas lo escuchaba. Su voz dulzona se arremolinaba en mis oídos como un torbellino de azúcar envenenado; sus palabras cobraban entidad y quedaban suspendidas sobre mi cabeza a modo de látigos agitados por el aire. [/FONT]
    [FONT=&quot]– ¡Que me he suicidado sin darme cuenta...! ¡Vaya perspicacia! –mascullé, dejando asomar el barrenillo que me taladraba el cráneo.[/FONT]
    [FONT=&quot]–No hay más que verlo. Se halla usted con el agua al cuello –comentó el gordo, abundando en su insolencia.[/FONT]
    [FONT=&quot]No pude ocultar ese fruncimiento de malestar que asoma al rostro de quien se siente despellejado por un extraño. Como un crío avergonzado, el titán agachó la cabeza y escondió la mirada.[/FONT]
    [FONT=&quot]– ¿En qué se basa para formular una suposición tan peregrina? –inquirí–. ¿Se nota el puñal que llevo clavado en el pecho?[/FONT]
    [FONT=&quot]–No tanto, la verdad, pero… se ve la lanza que lleva incrustada en el alma.[/FONT]
    [FONT=&quot]En tanto aguardaba mi réplica, Eutimio asentía con la cabeza y se daba la razón. Al fin, como yo ni pestañeaba, el tipo arqueó las cejas y dijo: [/FONT]
    [FONT=&quot]–A juzgar por su aspecto triste y descorazonado, usted debe de ser un corredor de comercio, un banquero en manos de la justicia o un agente inmobiliario en horas bajas. ¿Me equivoco?[/FONT]
    [FONT=&quot]– ¡Qué más da! ¿Es usted acaso adivino, druida postmoderno o cantamañanas diplomado? Hay que reconocer que es agudo como...[/FONT]
    [FONT=&quot]– ¿Como un escalpelo? [/FONT]
    [FONT=&quot]En el rostro de Socas se dibujó una sonrisa de autocomplacencia cuya amplitud dejaba a la vista una hilera de dientes menudos y parejos. Resultaba difícil saber si aquel hombre, inconsistente y fatuo como un globo, se felicitaba por el asentimiento tácito que suponía el haber dejado su pregunta en el aire, por el reconocimiento de su perspicacia o por narcisismo puro. [/FONT]
    [FONT=&quot]–Si aún necesita desahogarse con alguien, puedo escucharlo todo el tiempo que quiera –dijo mi interlocutor con las manos abiertas al cielo.[/FONT]
    [FONT=&quot]Me sorprendió el gesto de prodigalidad, tan manifiesto como reiterado. En un alarde de falsa generosidad, mi interlocutor se había adueñado de una situación que ya me exasperaba. Mientras le pedía que me escuchara, él se mostraba indiferente como un sordomudo; cuando su atención dejaba de interesarme, se mostraba solícito y me animaba a la confidencia. [/FONT]
    [FONT=&quot]«Quizá se siente poderoso, se recrea en algún morbo inconfesable y disfruta con la angustia ajena. ¡No dejes que ese abusador escarbe en tu sufrimiento!»[/FONT] [FONT=&quot], susurra una voz de alarma.[/FONT]
    [FONT=&quot]Me sentía acorralado como un conejo famélico ante la amenaza de un hurón cebado.[/FONT]
    [FONT=&quot]– ¡Vamos! Anímese y descargue, hombre –insistió el gigante.[/FONT]
    [FONT=&quot]Por un momento creí que mi aprensión respondía a apreciaciones infundadas. Eutimio no era el perfecto escuchador que me había parecido antes. El grandullón no sólo disfrutaba de unas excelentes dotes de observación, también poseía una increíble habilidad para camuflarse en la lejanía. Ante un decorado en azul, aquel sujeto podría pasar por una masa de cúmulos bajo un cielo en calma. [/FONT]
    [FONT=&quot]–Mejor será que no pierda mi tiempo ni le haga perder el suyo, ¿no le parece? –dije–. A juzgar por su manera de sacar conclusiones, usted no necesita que nadie le explique la Crítica de la razón pura. [/FONT]
    [FONT=&quot]– ¿Ha leído a Emmanuel Kant? –inquirió el gordo, sorprendido. [/FONT]
    [FONT=&quot]«[/FONT] [FONT=&quot] ¡Prodigio de pedantería! No puede hablar de ‘Kant’ a secas, sino de ‘Emmanuel Kant’, como si lo conociera de toda la vida», refunfuña Wilde.[/FONT]
    [FONT=&quot]Socas aguardaba mi respuesta, con semblante inquisitivo de vendedor de seguros. Como yo no me pronunciaba, el tipo se acarició la barbilla y comentó:[/FONT]
    [FONT=&quot]– ¡Así que es usted un apasionado de la filosofía! A juzgar por su derrotismo, será un ferviente seguidor de los postulados de Kierkegaard, Schopenauer… ¿Ha empezado a leer El mundo como voluntad y como representación?[/FONT]
    [FONT=&quot]Ni siquiera dijo ‘ha leído’, sino ‘ha empezado a leer’, como si sólo él fuera capaz de llegar hasta la última página de una lectura concienzuda. Apabullado por la irritante presunción de que hacía gala aquel tipo, respiré hondo, compuse un gesto de condescendencia y le respondí: [/FONT]
    [FONT=&quot]–Lamento decepcionarlo, señor suyo, pero con el debido respeto a sus filósofos, soy un ferviente seguidor de mis propios postulados. ¿Usted no?[/FONT]
    [FONT=&quot]–Yo no, ¡Dios me libre! Ni siquiera sigo los míos. [/FONT]
    [FONT=&quot]Aquella respuesta contenía más ponzoña que una víbora alimentada con sapos cebados con moscas criadas sobre setas venenosas. « ¡Líbreme el cielo de seguir la doctrina de un existencialista medio muerto!», vendría a decir con aquel ‘¡Dios me libre!’ Ante un tipo como Socas, un hombre pacífico podría sentirse herido, pisoteado, dinamitado en su dignidad, hasta tornarse en un ser pérfido y malévolo, capaz de atrocidades inconcebibles. Por un momento me vi convertido en un psicópata feroz, en un basilisco monstruoso dispuesto a arremeter contra una torre humana, hasta dejarla reducida a escombros.[/FONT]
    [FONT=&quot]–Verá…, don... –balbucí, buscando el nombre que no acudía a mis labios. [/FONT]
    [FONT=&quot]–Me llamo Socas –me interrumpió el coloso. [/FONT]
    [FONT=&quot]– ¡Y qué demonios me importa a mí cómo se llame usted! Parece tan conspicuo y al fin resulta tan… ¡tan inicuo!Usted no es más queun pusilánime presuntuoso que va por la vida en plan observador fino, cuando ni siquiera ve el diletante de medio pelo que lleva dentro. [/FONT]
    [FONT=&quot]–Buena relación de epítetos, la verdad, pero… ¿A qué viene ese tonillo ofensivo de costurera desnerviada? [/FONT]
    [FONT=&quot]No podía permanecer ni un segundo más ante aquel individuo. Me sacaba de quicio, me crispaba los nervios, me alteraba…, así que apreté los dientes, di media vuelta y lo dejé con la palabra en los labios.[/FONT]
    ...
    [FONT=&quot]

    [/FONT]
  • GrejaverGrejaver Pedro Abad s.XII
    editado enero 2012
    Se respiraba una atmósfera apelmazada bajo los laureles de la plaza. Aunque no soplaba ninguna brisa, aquel individuo reunía en sus facciones la imprecisa fisonomía de una corriente de aire: inquietud permanente, escasa entidad en las hechuras, guedejas revueltas por extrañas ventoleras...
    –Cuando acabe de perfilar mi retrato, ¿podría dedicarme unos minutos? –pidió el hombre con amarga ironía.
    Resuelto a concluir la conversación, miré el lugar de la muñeca donde solía llevar el reloj, compuse un gesto de premura y respondí:
    –Ando escaso de tiempo y…
    –No me diga que no me conoce –me interrumpió el extraño–. Yo a usted lo he visto en alguna parte –añadió con gesto dubitativo.
    E intentó aunar la mirada en un lugar impreciso de mi rostro, con la insistencia de un cinéfilo olvidadizo ante un actor conocido. Más que a la mera observación, el hombre parecía entregado a un recuento minucioso de pliegues y lunares. En tanto yo le devolvía la mirada sin disimulo, el extraño me diseccionaba con el fino vislumbre de un tallista de diamantes. Al cabo de un rato el tipo distendió el gesto, se rascó una oreja y me acribilló a preguntas:
    –¿Es usted psiquiatra?
    –No –respondí.
    –¿Quizá trabaja en algún departamento de quejas o reclamaciones?
    –No.
    –¿En alguna institución benéfica, tal vez?
    –Tampoco.
    –¿No será mormón por casualidad?
    –En absoluto.
    –¿Pastor metodista, testigo de Jehová, adventista del séptimo día...?
    Las palabras del hombre enjuto quedaron suspendidas en el aire. Quizá veía en mí a un escuchador vocacional, a un polígamo vendedor de Biblias o a un psicoterapeuta redentor rodeado de abnegadas esposas. Harto de aquel interrogatorio, clavé la mirada en el entrecejo de mi interlocutor y le dije:
    –En vez de dar la tabarra sin beneficio ni provecho, ¿por qué no se dedica a rellenar encuestas? Podría preguntar hasta la saciedad, se sentiría útil como un panadero y hasta ganaría un dinerillo para caprichos.
    Dolido por el desaire, el pelma agachó la cabeza, me miró con ojos pedigüeños y me suplicó:
    –Si fuera tan amable y quisiera ayudarme...
    No dijo si pudiera, dijo si quisiera. Aquel sujeto daba por descontado que mi amabilidad podría servirle de ayuda, aun cuando había podido observar que la cortesía no figura entre los rasgos que adornan mi carácter. Incapaz de mantenerme indiferente ante su actitud de súplica, respiré hondo y asentí con gesto desabrido.
    –Está bien. ¿Qué puedo hacer por usted? –le dije.
    Un brillo fugaz iluminó las pupilas de...
    –¿Cómo dijo que se llamaba? –inquirí.
    –Paul Vito Risi, pero puede llamarme Pol.
    Un brillo fugaz iluminó la mirada de Polvito Risi. Su árbol genealógico se agitó desde su raigambre de Siracusa hasta el ramaje de Minnesota, desde la nervadura de sus hojas trémulas hasta las cejas arrubiadas o quizá descoloridas, debido a quién sabe qué extrañas calenturas.
    Mientras yo me perdía en cavilaciones, oscuras brumas se cernían sobre la frente de Risi, sus hombros se derrumbaban como laderas inestables, su semblante mostraba el aspecto ensombrecido de quien ha recibido una mala noticia.
    –Me he perdido –se lamentó el hombre–. Llevo un rato dando vueltas al garete y no me encuentro de ninguna manera.
    Las palabras de Risi desafiaban la razón, herían la sensatez y repugnaban al sentido de la coherencia. Aunque aseguraba que se había perdido, el hombrecillo se apagaba ante mis ojos, con el gesto sombrío de la pesadumbre. Cuando me disponía a dirigirle unas palabras de aliento, el hombre entornó la mirada y, con gesto abatido, farfulló:
    –Me duele desaparecer sin dejar siquiera un hijo en el mundo. Un buen amigo, ganadero él, cree que eso de no tener descendencia es hereditario. “ Si tus padres no tuvieron hijos, lo más probable es que tú tampoco los tengas”, me dijo un día…
    –Déjese de temores absurdos y cuénteme qué le preocupa –lo interrumpí, intentando infundirle ánimos.
    Como el hombre permanecía cabizbajo, insistí:
    –Aunque no soy su amigo, ni su confesor ni criador de ganado siquiera, bien puedo escuchar a un desconocido, así qué...
    No pude articular ni una palabra de aliento. Cuando aún no le había dicho que ‘las penas compartidas son menos penas’, el hombre espigado alzó la mirada, se aclaró la garganta y se despachó a gusto:
    –La muchedumbre me aterra, me acojona, me quita el aire, se lo aseguro. Entre la multitud me siento aprisionado como la página de un libro entre un millar de páginas. ¡Qué digo entre un millar de páginas! Debería decir entre un millón de libros. ¡No imagina lo que es verse apresado entre un molote de carne en movimiento!
    –Puestos a comparar, se me ocurre que debería sentirse como un imán rodeado de virutas de metal –comenté.
    –Algo así –asintió el hombrecillo, sin convicción.
    –¿Y por qué no se va a vivir al desierto de Arizona o a cualquier otro lugar despoblado? –le sugerí.
    El hombre me miró con extrañeza. «¡Que me vaya a vivir al desierto americano, como un indio desterrado! », se diría, a juzgar por su gesto de rechazo.
    –Allí no iba a tropezar con beréberes, ni con beduinos ni con poetas siquiera –le dije, sin afán de hacer mofa de su desgracia.
    –¡Déjese de majaderías, haga el favor! –protestó el hombre.
    –Lo siento, no pretendía importunarlo –intenté excusarme.
    Y animé al hombrecillo a contar su extraña peripecia
    El escueto personaje tomó aliento, se limpió el sudor de la frente y me habló de su desventura:
    –Andaba yo distraído cerca de la fuente, cuando en un abrir y cerrar de ojos me veo rodeado de gente, apretujado, arrasado, ignorado como un don nadie. De repente parece que todo el mundo se ha dado cita en el preciso lugar donde me encuentro. Los ancianos tropiezan conmigo, los jóvenes me empujan, las mujeres me atropellan… ¡todo el mundo se me viene encima, como si la humanidad entera se hubiera puesto de acuerdo para ocupar el mismo espacio al mismo tiempo! Apenas puedo moverme entre el inmenso gentío. Sólo percibo la gravedad de la situación cuando me veo atrapado entre no sé cuantas barrigas, tetas y culos que me aplastan, me ahogan, me sofocan, me privan del aire... Me costaba jalar por el resuello, créame, así que sin pensarlo dos veces, me abrí paso a codazos y salí de allí como alma que se lleva el diablo. En mi vida había corrido tanto. Corro y corro sin parar hasta que caigo de bruces, rendido, ¡desmayado lo más seguro! Debí de perder el sentido porque… a partir de entonces no recuerdo qué demonios pasó. El caso es que cuando recuperé el tino me vi solo y sudando frío, tumbado en un banco a la sombra de un árbol.
    ...
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