La noche era cerrada y cada vez que respiraba un ligero humo blanco salía de su boca. Hacia frió y aun así estaba descalza, simplemente no lo sentía, su vestido blanco era tan largo que estaba todo sucio en las puntas, ya que el suelo con el cual rozaban estaba mojado. Ese día había llovido mucho y los charcos que se habían formado no eran más que pura evidencia.
Estaba totalmente confundida, pensaba en él mirando al vacio, recordando todo lo que habían vivido juntos. ¿Estaba dispuesta a esto? ¿Realmente podría decirle a su guardián lo que sentía?
Creía que su cabeza iba a explotar en cualquier momento, sin dudas este era el momento más difícil de su vida y tal vez el más importante. Debía elegir entre su naturaleza, su misión, su destino y algo con lo que nunca pensó siquiera poder llegar a enfrentarse, su corazón.
-¿Qué es lo que sientes por él? – preguntó mirándola de frente su guardián
Los ojos de Anael lo enfocaron rápidamente dejando de lado al vacio y se asustó al ver la severidad en su rostro. Nunca lo había visto tan serio y preocupado, podía notar las arrugas de preocupación en su frente. Entonces recordó el día de su primer encuentro, aquel día su guardián había estado realmente feliz, le había sonreído inspirándole toda la confianza que era posible y le había enseñado su misión. Que lindas épocas pensó, las veía tan lejanas ahora.
La boca de él se curvo había abajo y le clavo la mirada, - ¿que sientes en realidad por él?- repitió en tono severo.
Una brusca brisa comenzó a arrastrar las hojas otoñales que habían caído de los arboles durante el día, entonces comenzó a lloviznar levemente. Su protegida cerró sus ojos buscando la respuesta y una sola imagen apareció en su mente.
-¡Lo amo!- grito a viva voz mientras los abría bruscamente.
Las alas del guardián se abrieron violentamente y de un salto voló hacia el cielo nocturno, dedicándole una última mirada. Ella sabía que jamás volvería a verlo de nuevo, pero aun así quería decirle tantas cosas, irguió su cabeza hacia el cielo y abrió su boca pero ni una palabra logró salir, solo mas humo blanco.
En ese instante sus alas se desplegaron y en unos segundos se rompieron en mil pedazos, dejando una gran nube de plumas blancas que se mezclaron con el viento y el agua que ahora comenzaba a caer con más fuerza.
La muchacha sintió un dolor inmenso en el cuerpo y aun más en el corazón, cerró sus ojos con fuerza desplomándose en el suelo mojado gritando sin consuelo
- ¡Noooo!¡Mis alas nooo!-
Sus alaridos eran desgarradores así como su pena, la lluvia torrencial seguía cayendo con brusquedad a la tierra y mezclándose son las lágrimas en su rostro. Sus alas ya no estaban, solo plumas desperdigadas por todo su alrededor, algunas flotando en la superficie de los charcos, otras volando por el aire y un par en sus manos.
Contempló a estas como nunca antes y cerró su puño apretándolas muy fuerte, creyendo en vano que podrían regresar, pero ya no eran suyas. Ellas que habían formado parte de su ser desde siempre ya no le pertenecían, había perdido todo lo que conocía. Su naturaleza se había ido con ellas, ya no era nadie para su guardián, quien le había dejado sola en este mundo, tampoco tenía la posibilidad de volar lejos, ya no era un ángel.
Había perdido así, todo lo que conocía, todo lo que era, por este mundo, por ese sentimiento, por ese hombre.
Comentarios
Me ha gustado la manera de relatarlo.
Un saludo.