[…]El paladín de ojos azules tono valentía no vio cuando Criptus Aldajaskary se remangó la holgada manga de su chaqueta. Tampoco vio las letras, antiguas como el tiempo, escarificadas en su negra piel ni el tenue brillo que emitieron.
Una campanada se escuchó […] El metal del la pechera de ese paladín honorable de ojos azules se ahuecó como si una bala de cañón le hubiese hecho diana. El cuerpo que tenía dentro voló por los aires llevándose consigo a uno de los compañeros que le cubrían la espalda […]
Abrió los ojos lentamente y con pesadez. Una camarera le decía algo pero él no escuchaba. Un zumbido perturbador le llenaba los oídos. Intentó, torpemente, ponerse de pie y perdió el equilibrio cayendo ridículamente de espalda. Se le hacía difícil respirar, le dolía el pecho. Su segundo intento para incorporarse tuvo éxito. Miró a los lados, sus compañeros estaban en peores condiciones que él. Quiso avanzar hasta el más cercano, el mundo le dio vueltas y la cerveza que reposaba en su estomago erupcionó violentamente como un geiser de cebada y jugos gástricos. Sus piernas flaquearon y el peso de la armadura lo llevó al suelo de bruces contra sus propios vómitos. Volvió a perder la conciencia.
Cuando abrió los ojos se encontró tendido en su cama, totalmente desnudo. Se incorporó lentamente, la cabeza le pesaba como si estuviese rellena de piedras que se movían de un lado a otro. En la habitación había alguien más, una mujer de edad avanzada. Estaba sentada en un sillón y le observaba con cara de burla mal disimulada.
— Su primera resaca y su primera paliza ¿Qué tal se siente, Ser Antón Alba Roja?— El tono sardónico en la voz de Jertru era algo muy habitual, se podía decir que era su forma natural de hablar, — La tinta en el diploma de paladín aún no se seca, y usted ya anda armando revuelos en las tabernas de Toljora ¿Todas las celebraciones de graduación suelen ser así?— Jertru obtuvo un quejido por respuesta.
Ser Antón se levantó de la cama. Miró hacia la ventana, aún era de noche. Arrastró los pies sobre el mármol frio hasta llegar a la puerta del baño, se recargó contra el marco y soltó un lastimoso quejido — ¡Madre mía! que mal me siento— Jertru se acercó y le ayudó a llegar a la bañera, — ¡Por los dioses!— Exclamó sobresaltado al sentir el agua gélida sobre su cuerpo.
— El agua fría es lo mejor para estos casos. Deje de comportarse como una niña— La anciana le vertió más agua fría sobre la cabeza a la vez que farfullaba regaños — Sí, Sí, sí…Muy paladines, muy hombres, y en el momento de la verdad sois niñas. Eso es lo que sois, niñas— Tomó una esponja y comenzó a estrujar la piel color mármol del joven, — ¿Qué pensaba usted? Acaso creyó que porque un grupo de ancianos decrépitos, que no se recuerdan siquiera como se esgrime una espada, dijesen que usted y los estúpidos de sus amigos ya erais paladines consagrados de la luz, erais invencibles. Ese titulo vale un pedo de vaca. Esa mancha de tinta sobre papel se la dan a todos los hijos de los miembros del concejo. Guerreros del orden… Guerreros mis juanetes, esos sí que son guerreros de verdad.
— ¡Por mi madre! Cállate Jertru. Me va a explotar la cabeza— Como respuesta a su petición recibió un sopapo, fue un golpe leve pero en su estado le pareció el puñetazo de un titán.
— Yo podría estar durmiendo. Pero no. El Ser tuvo que salir con sus amigos y buscarle riña a un Deomon, nada más y nada menos que a un deomon. Hay que ser muy estúpido o muy valiente para plantarle cara a un deomon, y no creo que usted sea valiente. Agradezca a los dioses por continuar de una pieza y agradezca también que sus padres no se dieran cuenta de nada de esto. El mensajero vino a mí directamente «Puede enviar a alguien a buscar a Ser Antón que está nadando en sus vómitos» Al menos no se orinó encima como Ser Marcus de Kiltember.
— ¿Marcus se orinó encima?— Antón no podía creer que Ser Marcus, conocido por su fiereza y gallardía, se hubiese orinado encima.
— Se orinó como un bebé. Dicen que el otro tipo que andaba con el deomon, el humano, le tocó con un guante y de la nada apareció un rayo. Fue una suerte que Ser Marcus sobreviviese. No tiene un solo pelo, ni en las cejas— La anciana cerró la frase con una risotada.
—Jertru…— Ser Antón guardó silencio. Un silencio profundo y meditativo — Sentí miedo. Estaba ahí, frente al deomon. El mundo se estremeció, te juro que escuché una campanada y sin saber cómo ni cuándo estaba volando. Pensé que moriría. Así, sin más.
— Ese golpe se llamaba Umíráček, Campanada de muerte. Ese deomon era bastante…diestro, por decirlo de alguna manera. Ese golpe es letal. Cualquiera de esa raza puede hacerlo, lo difícil es controlarlo. La energía del cuerpo sale disparada como una bala de cañón, canalizarla de manera correcta toma años de practica. Él lo hizo cuatro veces consecutivas, y créame, si hubiese deseado matarles, lo hubiese logrado sin problemas.
— Un golpe. Sólo bastó un golpe para humillarme. Es cierto Jertru, no soy un guerrero…no lo soy— Dijo con quebrada voz melancólica y al borde de las lagrimas.
— ¡Claro que no lo es! Hace más de mil años que no se libra una guerra, al menos no una que afecte a Toljora. Usted ha sido criado en cuna de oro y pañales de seda en una época de paz, bajo el resguardo de su padre, un miembro del concejo del reino. Usted no sabe lo que es la vida, el dolor, el hambre, el odio, el amor, la muerte…no ha matado para vivir, no ha vivido para matar ¡Claro que no es un guerrero! Es un niño malcriado con una armadura cara comprada con el dinero de su padre— Sus palabras eran duras, cargadas de sinceridad. Sentía mucho afecto por ese joven que vio crecer y que sin darse cuenta se estaba convirtiendo en un hombre estúpido y engreído.
Ser Antón deslizó la espalda sobre el metal frio de la bañera hasta quedar totalmente sumergido bajo la gélida agua. Contó sesenta latidos de su corazón mientras contenía la respiración. Sacó la cabeza apresuradamente a la vez que inhalaba con desesperación una bocanada de aire. Jertru ya no estaba ahí. Cuando salió de la tina estaba tan absorto en sus pensamientos que no sentía el frio. Miró con detenimiento la armadura colocada en un armazón de metal, Jertru la había limpiado, estaba impecable, a excepción de esa hendedura ovalada en la pechera. Cinco años de estudios en la mejor academia del reino ¿Para qué? Para darse cuenta que un paladín…que un guerrero es algo más que una pomposa armadura. Él quería ser un guerrero de verdad y tomó el camino que creyó le llevaría a su meta. Ahora se daba cuenta de que era la senda incorrecta, que todo fue un teatro, una mentira que se deshizo con un sólo golpe. Pero no estaba dispuesto a rendirse. Si ese no era el camino, él encontraría el correcto.
Abrió el armario, sacó el bulto que solía usar para las expediciones de entrenamiento, una maleta de tela gruesa y muy resistente con forma cilíndrica, dentro tenía todos los utensilios de sobrevivencia básica según dictaba el manual de paladines. Agregó varias mudas de ropa y dinero, bastante dinero. También metió unos cuantos libros, una pluma, papel y tinta.
Bajó las escaleras a hurtadillas, sopesando cada movimiento para evitar el tintineo de la armadura. Abrió la puerta con cautela, sus padres y su hermano dormían en el tercer nivel, era imposible que le escucharan, pero toda precaución era poca. Aceleró el paso mientras se escabullía entre los arboles del jardín, llegó a la barda que separaba la casa de la calle —Ruegue a los dioses porque su vida nunca dependa de su sigilo, he visto elefantes de guerra más silenciosos— Jertru estaba detrás de él, a menos de diez pasos. La anciana le había seguido desde que bajó las escaleras.
Ser Antón se limitó a observarla con los mismo ojos de aquel niño que le rogaba antaño que no le dijese a sus padres sobre la riña que tuvo en la escuela, o que guardase el secreto de que se había orinado en la cama — Tenga mucho cuidado señor Antón Alba Roja. El mundo es un lugar duro y cruel, la vida real no tiene piedad— Se acercó a él, su mirada estaba cargada de esa sabiduría que solo se obtiene con el tiempo y la paciencia. En ese momento no era Jertru el ama de llaves de la familia Alba Roja. En ese instante era Jertrudis Zeleného Krídla, ultima sacerdotisa guerrera del clan Ala Verde.
Ser Antón siempre intuyó que la anciana era mucho más de lo que aparentaba, en su interior siempre supo que ella guardaba algún secreto, pero jamás pensó que su adorada yaya fuese una wanyama. Según sabía, esa raza tenía partes físicas de animales, cuernos, garras, antenas, colas, detalles ligados con la bestia en que podían transformase.
Observó con mirada atónita como los ojos incoloros de Jertrudis se tornaban en fulgurantes cristales verdes. La piel se desquebrajaba dando paso a una segunda dermis escamada. La túnica se hizo jirones cuando el cuerpo de la anciana creció abruptamente. Era una mezcla de ave y reptil con un par de translucidas alas membranosas. El cambio fue rápido, casi instantáneo. A pesar de la trasformación, su cuerpo conservaba cierta forma humana, Ser Antón seguía viendo su Jertru.
La criatura le tocó la frente y habló. Su voz susurrante como el viento otoñal que arrastra las hojas secas en un bosque milenario entonaba un cántico de guerra bendito «Ama a la paz como medio para nuevas guerras, la paz breve, más que la duradera. La guerra y el valor siempre conseguirán cosas más importantes que el amor al prójimo. Lo que te salvará cuando estés en peligro no será tu compasión, sino tu valor.» las palabras fueron dichas en una lengua que Ser Antón jamás había escuchado, sin embargo las comprendió, entendió el significado profundo de esa oración y en su alma se plantó una semilla, la simiente de la guerra que sería regada con sangre y fuego.
No se dio cuenta en el momento que cerró los ojos, ni cuando hincó una rodilla en el suelo igual que cuando fue nombrado Ser. Cuando los abrió Jertru estaba frente a él, desnuda en su forma humana — ¡Ya vete!— la anciana se dio la vuelta y caminó de retorno a la casa mientras farfullaba entre dientes, — Estoy muy vieja para estas cosas, voy a coger un resfriado—. Antón se puso de pie y se marchó.
El paseo marítimo aún estaba despejado, de fondo se escuchaba el sonido del mar acoplado forzosamente con el ruido del ir y venir de los barcos y las campanas de las boyas. Un farolero caminaba sobre zancos de madera apagando las farolas, se movía con la destreza asombrosa que le otorgaban diez años de oficio. Reconoció el rostro del Ser que caminaba con paso veloz al otro lado de la calle, era el mismo que otrora correteaba con sus amigos haciendo trastadas bajo el amparo que le ofrecía ser hijo de un personaje importante de la ciudad. Le recordó blandiendo poderosas espadas de madera en encarnizadas luchas contra bestias titánicas y herejes malvados a veces encarnados en otros niños y a veces fabricados con esa materia infinita y multiforme llamada imaginación. Aunque había cambiado su espada de madera por una de metal que pendía silenciosa de su espalda, continuaba preservando esos ojos azules llenos de vitalidad y valentía, el farolero podía verlos, dos gemas incandescentes como el carbón de las farolas.
El hombre siguió con sus quehaceres mientras Ser Antón avanzaba en dirección al muelle. El paladín no tenía claro su destino inmediato ¿A dónde iba un guerrero si no había guerra? ¿Dónde se fabricaban? En las novelas clásicas que llevaba en su bulto, el mal era representado por fuerzas surgidas del abismo, criaturas invocadas por herejes malvados que buscaban controlar un reino o incluso toda Kimerian. Entonces los ejércitos del orden se alzaban en armas y combatían liderados por un valiente paladín bendecido por la luz, y el bien siempre vencía al mal, y los herejes eran castigados por los paladines.
Los paladines seguían existiendo, eran instruidos en academias para llevar a cabo su sagrada misión, él era uno de ellos ¿Pero qué sobre los herejes? Las cruzadas de la Jusna, la religión absoluta, les había erradicado por completo ya fuese por la espada, por la conversión o por el sincretismo. Cuando la religión absoluta logró unir todos los reinos humanos bajo un mismo rezo, decidieron ampliar sus dominios teológicos intentando catequizar a las demás razas pobladoras de Kimerian. La casta humana superaba en diez a uno a los wanyamas, la segunda más numerosa, una notable desventaja a pesar de la habilidad arcana de dicha estirpe, quienes a pesar de ello entraron en guerra con el fin de mantener las creencias que siempre habían tenido. La guerra llegó a niveles genocidas, los wanyamas estaban al borde de la extinción y se vieron obligados a sucumbir ante los dogmas humanos. La jusna continuó su campaña contra las demás razas, algunas accedieron sin llegar al derramamiento de sangre, otras se negaron rotundamente y entraron en guerra. Después de incontables bajas en todos los ejércitos, el jusnaismo propuso la aceptación de las creencias de dichas razas con la idea de que sus dioses eran manifestaciones del Absoluto dando así fin a las cruzadas jusnaicas.
Ser Antón se encontraba en el delta del rio Kenaro, la parte más transitada de la zona portuaria.
Miró al Este, podía tomar un barco que travesase el océano hasta las tierras de Nahdastran, un continente tres veces más grande pero mucho menos avanzado que Zapadia, era seguro que encontraría alguna en esas tierras primitivas. Al oeste, podía viajar por el Kenaro e internarse en las profundidades de Zapadia, salir del resguardo pacifico que le ofrecía el reino de Tírico y conocer las entrañas del continente, no encontraría una guerra, pero si criaturas arcanas y bestias salvajes como las que se exhibían disecadas en los palacios más ostentosos de Toljora.
Sopesaba las ideas con detenimiento con la vista perdida en el horizonte «…Sabes cuanto cuesta ir en barco hasta Tamiría? Una fortuna» otra voz profirió « Sí, pero si vamos por tierra tardaremos más de diez en llegar» Ser Antón creyó reconocer la segunda voz, un frio cálido le atenazó las tripas. Eran ellos, los sujetos del bar. Se giró rápidamente llevando la mano a la empuñadura de la espada de manera instintiva, pero ellos no le habían visto y seguían caminado paralelo al rio mientras discutían « Yo nunca tengo prisa» dijo el deomon a lo que el humano respondió con cierta acritud: « Ni prisa ni dinero ¡Vaya príncipe de mierda!». Ser Antón se descubrió con la respiración agitada y los músculos tensos. Les siguió con la vista hasta que entraron a una taberna frecuentada mayormente por barqueros.
Mientras intentaba calmarse, el joven guerrero pensaba: « ¡Un príncipe deomon? ¿Pero de cuál clan?» escarbó en su cabeza, había tomado clases sobre las diferentes razas y clanes de Zapadia,
«Los Aldamagnas son de Hormis. No, él es mulato, no puede venir de las tierras frías. Debe ser un Aldajaskary, ellos viven el sur…en el desierto ¡Madre mía! No puede ser…» Sus conjeturas le llevaron a reconocer la suerte que tenía por estar vivo. Se dice que en la guerra jusnaica, los Aldajaskary fueron los que mayor resistencia pusieron y los que más daños y bajas causaron al los cruzados, era imposible vencerles. Poseían un poder destructivo incomparable, en especial el rey del clan, Rednaxel Aldajaskary. Se dice que él sólo acabó con medio ejército lanzando un único ataque arcano, El Dedo Del Caos. No quedaron ni las herraduras de los caballos.
Cómo era posible que un príncipe anduviese así, sin su corte ni escoltas, sin avisar a las autoridades para un correcto recibimiento ¿Por qué tenía ese aspecto de vagabundo? Las preguntas se arremolinaban en su cabeza, fue entonces cuando de la nada surgió aquella descabellada idea « ¿Por qué no? no es un truhan, es un príncipe» se decía mientras los pies le llevaban a la taberna en donde entraron el deomon y el humano. «Son poderosos, nos vencieron a los cinco…si hablo correctamente…es posible» Estaba de pie frente a la entrada del local, intentaba disipar los nervios, debía parecer seguro «Puede que esté viajando así para probar su hombría, seguro es una prueba de su clan, los salvajes suelen hacer esas cosas» Nadie prestó especial atención a su entrada, los dos sujetos estaban sentados al fondo de la barra «Vamos Antón tú puedes ¿ y si te mata? por lo menos será a manos de un príncipe»
— Disculpad…s…su majestad— Las corneas incoloras del deomon se clavaron en los ojos azules de Antón quien intentó sostener el peso abrumador de la mirada, —Mi nombre es Ser Antón Alba Roja— El humano que acompañaba al supuesto príncipe esbozó una media sonrisa y arqueó una ceja en un posible gesto interrogativo, — He escuchado que desea viajar a…
— ¿Ya no soy…— Miró a su compañero, — Arpegio ¿Cómo me llamó anoche?
— Salvaje…y hereje— Respondió Arpegio quien ya había relajado el ceño pero mantenía la sonrisa burlesca, — Criptus Aldajaskary, el Hereje Salvaje, pues ahora que lo pienso no suena tal mal— La burla de Arpegio confirmó las sospechas de Antón. No podía creer que había tratado así a un príncipe, tal vez se merecía lo que le hicieron.
— Quiero mostrar mis sinceras disculpas su majestad— Dijo mientras se disponía a ejecutar una reverencia.
— ¡Qué haces?— Ser Antón se detuvo en seco ante la voz de Criptus — Si te atreves a hacerme una reverencia o llamarme majestad, alteza o cualquier cosa que se le parezca otra vez, juro que te mato aquí mismo— Criptus enfocó la vista sobre la cabeza de Antón, entrecerró los ojos como quien intenta distinguir una imagen borrosa. Miró a Arpegio y le hizo una señal con la mirada. El humano se colocó unos extraños anteojos y observó al paladín. El joven no tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo, llegó a pensar que algún bicho le sobre volaba la cabeza y alzó la vista para no ver nada más que el techo. Sin embargo, Arpegio y Criptus parecían ver algo que flotaba sobre él — ¿Qué es lo que deseas? — Dijo Criptus en tono más pacifico.
— Escuché que tenían cierta dificultad para ir a Tamiría— Mientras hablaba, veía como Criptus alternaba la vista entre su rostro y lo que sea que estuviese viendo sobre su cabeza, Arpegio no dejaba de observarle con esos lentes que parecían unos prismáticos montados en una correa de cuero, — Sería un honor para mí ofrecerles mi ayuda, si está a su bien aceptarla, claro está.
— ¿A cambio de qué nos ofreces esa generosa ayuda?— preguntó con suspicacia Criptus. Arpegio sacó de su mochila una placa cuadrada de cristal con el borde revestido de caucho y con pequeños botones en uno de los extremos, era tan grande como su mano y al tocar una de las teclas el cristal mostró imágenes pintadas con luz que cambiaban según presionasen tal o cual botón.
— Me gustaría que me permitiesen unirme a vuestro viaje. Sería un honor para mí poder acompañarlos en vuestra… misión.
— ¿Qué te hace pensar que andamos en una misión?— Antón no supo que contestar a la pregunta del deomon. « ¡Lo tengo!» dijo arpegio observando la pantalla del artefacto que tenía en la mano. Criptus observó la imagen « Zeleného Krídla» murmuró. « ¡Los Alas Verdes? Pero parece humano…es humano» dijo Arpegio. — Bien, Antón…Alba Roja ¿cierto?— Criptus no poseía habilidades telepáticas, pero comprendía que el joven no tenía la menor idea de lo que ocurría, —aceptaremos su ayuda y que nos acompañe en nuestra misión, pero no nos hacemos responsable de vuestra seguridad ¿de acuerdo? — El paladín intuía que algo extraño estaba sucediendo pero ya no podía retractarse. Asintió con la cabeza con el temor de haber cometido una solemne estupidez.
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Cuando abrió los ojos se encontró tendido en su cama, totalmente desnudo. Se incorporó lentamente, la cabeza le pesaba como si estuviese rellena de piedras que se movían de un lado a otro. En la habitación había alguien más, una mujer de edad avanzada. Estaba sentada en un sillón y le observaba con cara de burla mal disimulada.
— Su primera resaca y su primera paliza ¿Qué tal se siente, Ser Antón Alba Roja?— El tono sardónico en la voz de Jertru era algo muy habitual, se podía decir que era su forma natural de hablar, — La tinta en el diploma de paladín aún no se seca, y usted ya anda armando revuelos en las tabernas de Toljora ¿Todas las celebraciones de graduación suelen ser así?— Jertru obtuvo un quejido por respuesta.
Ser Antón se levantó de la cama. Miró hacia la ventana, aún era de noche. Arrastró los pies sobre el mármol frio hasta llegar a la puerta del baño, se recargó contra el marco y soltó un lastimoso quejido — ¡Madre mía! que mal me siento— Jertru se acercó y le ayudó a llegar a la bañera, — ¡Por los dioses!— Exclamó sobresaltado al sentir el agua gélida sobre su cuerpo.
— El agua fría es lo mejor para estos casos. Deje de comportarse como una niña— La anciana le vertió más agua fría sobre la cabeza a la vez que farfullaba regaños — Sí, Sí, sí…Muy paladines, muy hombres, y en el momento de la verdad sois niñas. Eso es lo que sois, niñas— Tomó una esponja y comenzó a estrujar la piel color mármol del joven, — ¿Qué pensaba usted? Acaso creyó que porque un grupo de ancianos decrépitos, que no se recuerdan siquiera como se esgrime una espada, dijesen que usted y los estúpidos de sus amigos ya erais paladines consagrados de la luz, erais invencibles. Ese titulo vale un pedo de vaca. Esa mancha de tinta sobre papel se la dan a todos los hijos de los miembros del concejo. Guerreros del orden… Guerreros mis juanetes, esos sí que son guerreros de verdad.
— ¡Por mi madre! Cállate Jertru. Me va a explotar la cabeza— Como respuesta a su petición recibió un sopapo, fue un golpe leve pero en su estado le pareció el puñetazo de un titán.
— Yo podría estar durmiendo. Pero no. El Ser tuvo que salir con sus amigos y buscarle riña a un Deomon, nada más y nada menos que a un deomon. Hay que ser muy estúpido o muy valiente para plantarle cara a un deomon, y no creo que usted sea valiente. Agradezca a los dioses por continuar de una pieza y agradezca también que sus padres no se dieran cuenta de nada de esto. El mensajero vino a mí directamente «Puede enviar a alguien a buscar a Ser Antón que está nadando en sus vómitos» Al menos no se orinó encima como Ser Marcus de Kiltember.
— ¿Marcus se orinó encima?— Antón no podía creer que Ser Marcus, conocido por su fiereza y gallardía, se hubiese orinado encima.
— Se orinó como un bebé. Dicen que el otro tipo que andaba con el deomon, el humano, le tocó con un guante y de la nada apareció un rayo. Fue una suerte que Ser Marcus sobreviviese. No tiene un solo pelo, ni en las cejas— La anciana cerró la frase con una risotada.
—Jertru…— Ser Antón guardó silencio. Un silencio profundo y meditativo — Sentí miedo. Estaba ahí, frente al deomon. El mundo se estremeció, te juro que escuché una campanada y sin saber cómo ni cuándo estaba volando. Pensé que moriría. Así, sin más.
— Ese golpe se llamaba Umíráček, Campanada de muerte. Ese deomon era bastante…diestro, por decirlo de alguna manera. Ese golpe es letal. Cualquiera de esa raza puede hacerlo, lo difícil es controlarlo. La energía del cuerpo sale disparada como una bala de cañón, canalizarla de manera correcta toma años de practica. Él lo hizo cuatro veces consecutivas, y créame, si hubiese deseado matarles, lo hubiese logrado sin problemas.
— Un golpe. Sólo bastó un golpe para humillarme. Es cierto Jertru, no soy un guerrero…no lo soy— Dijo con quebrada voz melancólica y al borde de las lagrimas.
— ¡Claro que no lo es! Hace más de mil años que no se libra una guerra, al menos no una que afecte a Toljora. Usted ha sido criado en cuna de oro y pañales de seda en una época de paz, bajo el resguardo de su padre, un miembro del concejo del reino. Usted no sabe lo que es la vida, el dolor, el hambre, el odio, el amor, la muerte…no ha matado para vivir, no ha vivido para matar ¡Claro que no es un guerrero! Es un niño malcriado con una armadura cara comprada con el dinero de su padre— Sus palabras eran duras, cargadas de sinceridad. Sentía mucho afecto por ese joven que vio crecer y que sin darse cuenta se estaba convirtiendo en un hombre estúpido y engreído.
Ser Antón deslizó la espalda sobre el metal frio de la bañera hasta quedar totalmente sumergido bajo la gélida agua. Contó sesenta latidos de su corazón mientras contenía la respiración. Sacó la cabeza apresuradamente a la vez que inhalaba con desesperación una bocanada de aire. Jertru ya no estaba ahí. Cuando salió de la tina estaba tan absorto en sus pensamientos que no sentía el frio. Miró con detenimiento la armadura colocada en un armazón de metal, Jertru la había limpiado, estaba impecable, a excepción de esa hendedura ovalada en la pechera. Cinco años de estudios en la mejor academia del reino ¿Para qué? Para darse cuenta que un paladín…que un guerrero es algo más que una pomposa armadura. Él quería ser un guerrero de verdad y tomó el camino que creyó le llevaría a su meta. Ahora se daba cuenta de que era la senda incorrecta, que todo fue un teatro, una mentira que se deshizo con un sólo golpe. Pero no estaba dispuesto a rendirse. Si ese no era el camino, él encontraría el correcto.
Abrió el armario, sacó el bulto que solía usar para las expediciones de entrenamiento, una maleta de tela gruesa y muy resistente con forma cilíndrica, dentro tenía todos los utensilios de sobrevivencia básica según dictaba el manual de paladines. Agregó varias mudas de ropa y dinero, bastante dinero. También metió unos cuantos libros, una pluma, papel y tinta.
Bajó las escaleras a hurtadillas, sopesando cada movimiento para evitar el tintineo de la armadura. Abrió la puerta con cautela, sus padres y su hermano dormían en el tercer nivel, era imposible que le escucharan, pero toda precaución era poca. Aceleró el paso mientras se escabullía entre los arboles del jardín, llegó a la barda que separaba la casa de la calle —Ruegue a los dioses porque su vida nunca dependa de su sigilo, he visto elefantes de guerra más silenciosos— Jertru estaba detrás de él, a menos de diez pasos. La anciana le había seguido desde que bajó las escaleras.
Ser Antón se limitó a observarla con los mismo ojos de aquel niño que le rogaba antaño que no le dijese a sus padres sobre la riña que tuvo en la escuela, o que guardase el secreto de que se había orinado en la cama — Tenga mucho cuidado señor Antón Alba Roja. El mundo es un lugar duro y cruel, la vida real no tiene piedad— Se acercó a él, su mirada estaba cargada de esa sabiduría que solo se obtiene con el tiempo y la paciencia. En ese momento no era Jertru el ama de llaves de la familia Alba Roja. En ese instante era Jertrudis Zeleného Krídla, ultima sacerdotisa guerrera del clan Ala Verde.
Ser Antón siempre intuyó que la anciana era mucho más de lo que aparentaba, en su interior siempre supo que ella guardaba algún secreto, pero jamás pensó que su adorada yaya fuese una wanyama. Según sabía, esa raza tenía partes físicas de animales, cuernos, garras, antenas, colas, detalles ligados con la bestia en que podían transformase.
Observó con mirada atónita como los ojos incoloros de Jertrudis se tornaban en fulgurantes cristales verdes. La piel se desquebrajaba dando paso a una segunda dermis escamada. La túnica se hizo jirones cuando el cuerpo de la anciana creció abruptamente. Era una mezcla de ave y reptil con un par de translucidas alas membranosas. El cambio fue rápido, casi instantáneo. A pesar de la trasformación, su cuerpo conservaba cierta forma humana, Ser Antón seguía viendo su Jertru.
La criatura le tocó la frente y habló. Su voz susurrante como el viento otoñal que arrastra las hojas secas en un bosque milenario entonaba un cántico de guerra bendito «Ama a la paz como medio para nuevas guerras, la paz breve, más que la duradera. La guerra y el valor siempre conseguirán cosas más importantes que el amor al prójimo. Lo que te salvará cuando estés en peligro no será tu compasión, sino tu valor.» las palabras fueron dichas en una lengua que Ser Antón jamás había escuchado, sin embargo las comprendió, entendió el significado profundo de esa oración y en su alma se plantó una semilla, la simiente de la guerra que sería regada con sangre y fuego.
No se dio cuenta en el momento que cerró los ojos, ni cuando hincó una rodilla en el suelo igual que cuando fue nombrado Ser. Cuando los abrió Jertru estaba frente a él, desnuda en su forma humana — ¡Ya vete!— la anciana se dio la vuelta y caminó de retorno a la casa mientras farfullaba entre dientes, — Estoy muy vieja para estas cosas, voy a coger un resfriado—. Antón se puso de pie y se marchó.
Añadido 06/marzo/2070
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El paseo marítimo aún estaba despejado, de fondo se escuchaba el sonido del mar acoplado forzosamente con el ruido del ir y venir de los barcos y las campanas de las boyas. Un farolero caminaba sobre zancos de madera apagando las farolas, se movía con la destreza asombrosa que le otorgaban diez años de oficio. Reconoció el rostro del Ser que caminaba con paso veloz al otro lado de la calle, era el mismo que otrora correteaba con sus amigos haciendo trastadas bajo el amparo que le ofrecía ser hijo de un personaje importante de la ciudad. Le recordó blandiendo poderosas espadas de madera en encarnizadas luchas contra bestias titánicas y herejes malvados a veces encarnados en otros niños y a veces fabricados con esa materia infinita y multiforme llamada imaginación. Aunque había cambiado su espada de madera por una de metal que pendía silenciosa de su espalda, continuaba preservando esos ojos azules llenos de vitalidad y valentía, el farolero podía verlos, dos gemas incandescentes como el carbón de las farolas.
El hombre siguió con sus quehaceres mientras Ser Antón avanzaba en dirección al muelle. El paladín no tenía claro su destino inmediato ¿A dónde iba un guerrero si no había guerra? ¿Dónde se fabricaban? En las novelas clásicas que llevaba en su bulto, el mal era representado por fuerzas surgidas del abismo, criaturas invocadas por herejes malvados que buscaban controlar un reino o incluso toda Kimerian. Entonces los ejércitos del orden se alzaban en armas y combatían liderados por un valiente paladín bendecido por la luz, y el bien siempre vencía al mal, y los herejes eran castigados por los paladines.
Los paladines seguían existiendo, eran instruidos en academias para llevar a cabo su sagrada misión, él era uno de ellos ¿Pero qué sobre los herejes? Las cruzadas de la Jusna, la religión absoluta, les había erradicado por completo ya fuese por la espada, por la conversión o por el sincretismo. Cuando la religión absoluta logró unir todos los reinos humanos bajo un mismo rezo, decidieron ampliar sus dominios teológicos intentando catequizar a las demás razas pobladoras de Kimerian. La casta humana superaba en diez a uno a los wanyamas, la segunda más numerosa, una notable desventaja a pesar de la habilidad arcana de dicha estirpe, quienes a pesar de ello entraron en guerra con el fin de mantener las creencias que siempre habían tenido. La guerra llegó a niveles genocidas, los wanyamas estaban al borde de la extinción y se vieron obligados a sucumbir ante los dogmas humanos. La jusna continuó su campaña contra las demás razas, algunas accedieron sin llegar al derramamiento de sangre, otras se negaron rotundamente y entraron en guerra. Después de incontables bajas en todos los ejércitos, el jusnaismo propuso la aceptación de las creencias de dichas razas con la idea de que sus dioses eran manifestaciones del Absoluto dando así fin a las cruzadas jusnaicas.
Ser Antón se encontraba en el delta del rio Kenaro, la parte más transitada de la zona portuaria.
Miró al Este, podía tomar un barco que travesase el océano hasta las tierras de Nahdastran, un continente tres veces más grande pero mucho menos avanzado que Zapadia, era seguro que encontraría alguna en esas tierras primitivas. Al oeste, podía viajar por el Kenaro e internarse en las profundidades de Zapadia, salir del resguardo pacifico que le ofrecía el reino de Tírico y conocer las entrañas del continente, no encontraría una guerra, pero si criaturas arcanas y bestias salvajes como las que se exhibían disecadas en los palacios más ostentosos de Toljora.
Sopesaba las ideas con detenimiento con la vista perdida en el horizonte «…Sabes cuanto cuesta ir en barco hasta Tamiría? Una fortuna» otra voz profirió « Sí, pero si vamos por tierra tardaremos más de diez en llegar» Ser Antón creyó reconocer la segunda voz, un frio cálido le atenazó las tripas. Eran ellos, los sujetos del bar. Se giró rápidamente llevando la mano a la empuñadura de la espada de manera instintiva, pero ellos no le habían visto y seguían caminado paralelo al rio mientras discutían « Yo nunca tengo prisa» dijo el deomon a lo que el humano respondió con cierta acritud: « Ni prisa ni dinero ¡Vaya príncipe de mierda!». Ser Antón se descubrió con la respiración agitada y los músculos tensos. Les siguió con la vista hasta que entraron a una taberna frecuentada mayormente por barqueros.
Mientras intentaba calmarse, el joven guerrero pensaba: « ¡Un príncipe deomon? ¿Pero de cuál clan?» escarbó en su cabeza, había tomado clases sobre las diferentes razas y clanes de Zapadia,
«Los Aldamagnas son de Hormis. No, él es mulato, no puede venir de las tierras frías. Debe ser un Aldajaskary, ellos viven el sur…en el desierto ¡Madre mía! No puede ser…» Sus conjeturas le llevaron a reconocer la suerte que tenía por estar vivo. Se dice que en la guerra jusnaica, los Aldajaskary fueron los que mayor resistencia pusieron y los que más daños y bajas causaron al los cruzados, era imposible vencerles. Poseían un poder destructivo incomparable, en especial el rey del clan, Rednaxel Aldajaskary. Se dice que él sólo acabó con medio ejército lanzando un único ataque arcano, El Dedo Del Caos. No quedaron ni las herraduras de los caballos.
Cómo era posible que un príncipe anduviese así, sin su corte ni escoltas, sin avisar a las autoridades para un correcto recibimiento ¿Por qué tenía ese aspecto de vagabundo? Las preguntas se arremolinaban en su cabeza, fue entonces cuando de la nada surgió aquella descabellada idea « ¿Por qué no? no es un truhan, es un príncipe» se decía mientras los pies le llevaban a la taberna en donde entraron el deomon y el humano. «Son poderosos, nos vencieron a los cinco…si hablo correctamente…es posible» Estaba de pie frente a la entrada del local, intentaba disipar los nervios, debía parecer seguro «Puede que esté viajando así para probar su hombría, seguro es una prueba de su clan, los salvajes suelen hacer esas cosas» Nadie prestó especial atención a su entrada, los dos sujetos estaban sentados al fondo de la barra «Vamos Antón tú puedes ¿ y si te mata? por lo menos será a manos de un príncipe»
— Disculpad…s…su majestad— Las corneas incoloras del deomon se clavaron en los ojos azules de Antón quien intentó sostener el peso abrumador de la mirada, —Mi nombre es Ser Antón Alba Roja— El humano que acompañaba al supuesto príncipe esbozó una media sonrisa y arqueó una ceja en un posible gesto interrogativo, — He escuchado que desea viajar a…
— ¿Ya no soy…— Miró a su compañero, — Arpegio ¿Cómo me llamó anoche?
— Salvaje…y hereje— Respondió Arpegio quien ya había relajado el ceño pero mantenía la sonrisa burlesca, — Criptus Aldajaskary, el Hereje Salvaje, pues ahora que lo pienso no suena tal mal— La burla de Arpegio confirmó las sospechas de Antón. No podía creer que había tratado así a un príncipe, tal vez se merecía lo que le hicieron.
— Quiero mostrar mis sinceras disculpas su majestad— Dijo mientras se disponía a ejecutar una reverencia.
— ¡Qué haces?— Ser Antón se detuvo en seco ante la voz de Criptus — Si te atreves a hacerme una reverencia o llamarme majestad, alteza o cualquier cosa que se le parezca otra vez, juro que te mato aquí mismo— Criptus enfocó la vista sobre la cabeza de Antón, entrecerró los ojos como quien intenta distinguir una imagen borrosa. Miró a Arpegio y le hizo una señal con la mirada. El humano se colocó unos extraños anteojos y observó al paladín. El joven no tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo, llegó a pensar que algún bicho le sobre volaba la cabeza y alzó la vista para no ver nada más que el techo. Sin embargo, Arpegio y Criptus parecían ver algo que flotaba sobre él — ¿Qué es lo que deseas? — Dijo Criptus en tono más pacifico.
— Escuché que tenían cierta dificultad para ir a Tamiría— Mientras hablaba, veía como Criptus alternaba la vista entre su rostro y lo que sea que estuviese viendo sobre su cabeza, Arpegio no dejaba de observarle con esos lentes que parecían unos prismáticos montados en una correa de cuero, — Sería un honor para mí ofrecerles mi ayuda, si está a su bien aceptarla, claro está.
— ¿A cambio de qué nos ofreces esa generosa ayuda?— preguntó con suspicacia Criptus. Arpegio sacó de su mochila una placa cuadrada de cristal con el borde revestido de caucho y con pequeños botones en uno de los extremos, era tan grande como su mano y al tocar una de las teclas el cristal mostró imágenes pintadas con luz que cambiaban según presionasen tal o cual botón.
— Me gustaría que me permitiesen unirme a vuestro viaje. Sería un honor para mí poder acompañarlos en vuestra… misión.
— ¿Qué te hace pensar que andamos en una misión?— Antón no supo que contestar a la pregunta del deomon. « ¡Lo tengo!» dijo arpegio observando la pantalla del artefacto que tenía en la mano. Criptus observó la imagen « Zeleného Krídla» murmuró. « ¡Los Alas Verdes? Pero parece humano…es humano» dijo Arpegio. — Bien, Antón…Alba Roja ¿cierto?— Criptus no poseía habilidades telepáticas, pero comprendía que el joven no tenía la menor idea de lo que ocurría, —aceptaremos su ayuda y que nos acompañe en nuestra misión, pero no nos hacemos responsable de vuestra seguridad ¿de acuerdo? — El paladín intuía que algo extraño estaba sucediendo pero ya no podía retractarse. Asintió con la cabeza con el temor de haber cometido una solemne estupidez.