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Un largo paseo.

PoinaskiPoinaski Pedro Abad s.XII
editado marzo 2011 en Narrativa
La atmósfera suspira profunda cuando no puede ver el sol desde sus lares. El frío de las montañas poco a poco inunda las calles y los muros se petrifican más de lo que están. Se hacen duras piedras que no aceptan otra cosa que eso, el frío.

De entre una de las calles pasea un viandante, mirando cada una de las farolas de una de las calles que dan a su casa, no parecía iluminada, solo se veían pequeñas motitas de luz donde se desprenden vapores de la reacción al calor.

La madrugada le sorprende a este personaje, que camina solo por esta calle. Anda a paso lento, va reflexionando sobre cada una de las cosas que le habían sucedido hasta entonces. Se enciende un pitillo sosteniéndolo con sus manos heladas y con los guantes en los bolsillos. Mientras aspira el humo va viendo cada una de las casas y recuerda quien vive en cada una por mero pasatiempo. Se vuelve paranoico por si por casualidad alguno se asomara a la ventana, por mucha seguridad que se tomará él siempre ha sido así de precavido aunque realmente, a esas horas ¿quién cojones se va poner a mirar por la ventana? Piensa en si acabaría siendo el tema de las habladurías al día siguiente, por fumar o por estar tan tarde por la calle.

Su mirada continua por las casas se topa con una zona de casas abandonadas, aquellas en las que el viandante no recuerda quién vivía y porqué dejaron de hacerlo. Las casas abandonadas, como a todo el mundo, le inspiran desconfianza. De pronto el viento galopa más de lo normal dentro de ellas y las puertas de los corrales comienzan a voltearse, una y otra vez, desprenden lamentos de lo que esa casa fue y de lo que es ahora. El pueblo se queda sin habitantes y el viandante es uno de los que se ira. El momento siniestro y la reflexión provocan unas pisadas más rápidas y jadeantes por parte del viandante. El miedo por la sombra de las zarzas en los muros, por las ventanas desnudas, por las paredes derruidas es muy común en él, por eso va pensando en llegar ya a casa y en encargarse de sus problemas cuando este con su almohada. Pronto llega a la plazoleta del viejo molino, en este momento empieza a recordar otros días que recorría la misma ruta, cuando se creía que en la calle de al lado se aparecería un hombre con capucha, cuando pensaba que le seguían por detrás con tanto rasgueo del viento… esos eran días de verano, ahora es un invierno frío y el viandante no capta ninguna sensación vivida antes. Es como si el pueblo hubiera cambiado y el personaje de ciudad se hubiera quedado como ese viejo molino que ha quedado impávido, aguantando las estaciones y manteniendo la misma forma a pesar del efecto erosivo.

Entra ya casi en la recta final y comienza a subir la cuesta que le llevara hasta su casa. La insatisfacción de una subida tan empinada hace que vuelvan a resurgir los problemas del principio. “¿Qué es lo que me he dejado atrás, en la gran ciudad, que ni el pueblo lo puede paliar?” “¿Dónde está la tranquilidad, los refugios exóticos, de evasión, si cada lugar es un infierno personal si los problemas están presentes?” Mira triste al suelo, calcula cada una de sus pisadas, pronto aullaran los perros y los gatos correrán por los tejados y los pájaros que quedan morirán de frio.

Por fin termina de subirla, el viandante exhala aire un par de veces y se para enfrente de la estampa que ofrece desde lo alto: Ahí está la iglesia, sus campanas marcan las dos, sus luces son la salvación de los que se quedan en el pueblo.

Todos cambiamos cuando nos marchamos de ahí pero el pueblo, sus gentes, siguen igual. Estamos tan acostumbrados a respetar un lugar ideal donde poder proyectar nuestras ideas que no nos damos cuenta de que este también cambia, de que algún día pueda quedar abandonado y no pueda haber ningún albero para cualquier viandante. Así pues, el viandante se interna duramente a su casa, sube las escaleras, saluda respetuoso a sus padres, se pone el pijama y se acomoda en su cama. Torna su mirada hacia el portátil y comienza a escribir todas aquellas palabras que esta pequeña reflexión ofrece. Un mundo cambiante en todos sus aspectos aunque menos aquí y más allá. Los problemas siempre te perseguirán así como el viejo agricultor se levanta por la mañana para mirar el estado de sus olivas. Relax, relax y más relax, el pueblo no impide que esto esté a solo a setenta kilómetros de la gran ciudad, es entonces cuando nuestro viandante deja de pensar, apoya su cabeza en la almohada y espera su nuevo día, atento con perspicacia no se quedará nunca obsoleto por todo lo que le rodea, resistirá y aguardará feliz ese nuevo día. Siempre pensará en aquel refrán ¿Cómo era? El tiempo y la paciencia transforman la hoja de la morera en seda.

Comentarios

  • betobbetob Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado febrero 2011
    Quedé atrapado como en una tela de araña. Absorto en la lectura.

    El relato discurre con lentitud, permite al lector, acompañar al protagonista en su caminata descriptiva, tanto en los detalles edilicios como en su estudio introspectivo.

    Creo interpretar, en mi humilde opinión, que en la última frase: °El tiempo y la paciencia transforman la hoja de la morera en seda°, queda encerrada la consigna, perfectamente lograda.

    Mis felicitaciones, Poinaski.

    betob
    l/I]
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado febrero 2011
    es verdad que se queda atrapado en la trama que relata, como en la ciudad que describe, con su lento caminar. Muy agradable.:):p
  • tomclancytomclancy Anónimo s.XI
    editado marzo 2011
    yo aun no lo he leído pero como es bastante largo será bueno
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