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El encuentro

desde_el_oestedesde_el_oeste Anónimo s.XI
editado febrero 2011 en Narrativa
Buenas noches, les dejo un cuento de mi autoría, los que tengan unos minutos, por favor léanlo y cuéntenme que les pareció.

El encuentro
“Si arrastré por este mundo
la vergüenza de haber sido
y el dolor de ya no ser”

Desde atrás de la barra, en el costado que el cantinero elegía para descansar, podía escrutar cada rincón de su cantina. Los techos eran altos, la escasa iluminación no dejaba dilucidar con precisión el gastado color de las paredes. La zona más iluminada era donde aguardaba el cantinero.

En ese momento había solamente tres personas en la taberna. En una mesa cercana al otro extremo de la barra, sentado solo y visiblemente borracho, un hombre de los que no son difíciles de hallar en un lugar así, en particular en ese horario. Ya era más de medianoche.

En una mesa de un rincón, bien alejada del borracho, había una pareja. Ella rondaría los treinta años, y él tendría poco más de treinta y cinco. Se hablaban poco. Ya habían pagado lo que habían consumido. Se pusieron de pie sin emitir palabra y se dirigieron hacia la puerta. Se notaba que la atmósfera de ese lugar los incomodaba. En el momento que salían, por poco no se chocaron con otro hombre que estaba entrando. Aunque la pareja lo miró con desaprobación, él hizo caso omiso de la situación, se acercó al sector donde se hallaba el cantinero y se acodó en la barra.

-Y dígame… ¿Usted a qué se dedica?- Preguntó el cantinero con la ligereza de los que sirven bebidas después de ciertas horas.
-Acabo de llegar… Sírvame una cerveza, por favor.- Respondió el cliente, sin intención de entablar conversación.

El cantinero acató la amable orden, y cuando la rubia espumante se encontró frente al cliente, volvió a la carga:

-Bueno, usted ya sabe lo que yo hago, soy cantinero. Así que dígame qué es lo que usted hace- Insistió.
-Déjeme en paz, cantinero, solo he venido a beber unas copas.
-Nadie viene sólo a beber.- Sentenció el cantinero.

El cliente alzó la vista y clavo sus ojos en los de su interlocutor.
El cantinero reconoció el desafío en la mirada y recogió el guante. El contacto visual entre los dos se sostuvo durante unos pocos segundos que parecieron dilatarse y multiplicarse indefinidamente hasta que por fin el cliente devolvió su mirada a la cerveza.
-¿Le sirvo maní?- Prosiguió el cantinero, sonriendo levemente, convencido de que su estocada había dado en el blanco.
-Como he dicho, acabo de llegar. No conozco a nadie y nadie me conoce. Soy poco menos que un fantasma al que las paredes no pueden contener. Algo de maní, si, estaría bien.

El cantinero notó que había cumplido su primer objetivo de esa noche: el cliente había dejado de lado su soberbia, y había bajado la guardia, aunque adquirió un aire sombrío.
Por un momento, el cantinero pensó que esa noche iba a ser más difícil que la mayoría de las anteriores. Esto no lo asustaba, porque era su tarea y estaba acostumbrado a llevarla a cabo. Cada una de las noches de su vida adulta (nunca recordaba las otras), acudía a su posada un forastero de ningún lugar y él cumplía su misión.

Había conocido desdichados y arrepentidos, tipos irremediablemente deprimidos, perversos, sádicos y resentidos. Le gustaba decirse que había vivido para verlo todo. El cantinero conocía las almas y los vicios, procuraba salvar al menos un hombre por noche. El cliente de hoy, era ideal. Había visto en sus ojos el desconsuelo, la desesperación. Había leído en sus pupilas la confusión y el desasosiego. Era un buen caso, digno en sí mismo, apto para la recuperación. Lo que no pudiera perdonarse por la palabra, el alcohol podía redimirlo. Era un arma eficaz, cuando todo lo demás fallaba. En ningún momento intuyó que esa noche podía depararle un destino distinto.
Era su obsesión y su alegría enderezar la vida de los hombres entregados al alcohol que acudían, sin excepción, cada noche a requerir de sus bebidas. Cuando no, de sus consejos.
Se sentía una especie de ángel de la guarda de esos pobres dejados de la mano de Dios. Donde el Señor dejaba un espacio, el cantinero llenaba sus almas y sus vasos. Si bien es cierto que la mayoría de las ovejas de su rebaño jamás volvía por allí, no podía asegurarse que no fueran a perderse por otros caminos mucho más lúgubres e intransitables.

Se alejó unos pasos y volvió con un puñado de maní, servido en una pequeña canasta de mimbre. Traía también una segunda canasta igual a la primera, pero vacía, para que el cliente fuera desechando allí las cáscaras.

-¿Le sirvo otra cerveza?- Inquirió el cantinero al ver que el gran vaso del cliente se había vaciado.
-Seguro, otra bien fría por favor. Algo me dice que esta noche no va a ser igual a todas las demás.- Contestó el cliente.

Llegado este punto el cantinero solía comenzar a dar tímidas muestras de su agudeza e ingenio. Era dueño de un discurso impecable. Podía derrumbar hasta al más sólido de sus pecadores. No aplicaba directamente su justicia pero era capaz de hacer que se activasen en el otro, oscuros mecanismos de la conciencia que se volvían contra él, señalándolo y juzgándolo implacablemente hasta quebrar su voluntad y arrastrarlo peligrosamente cerca del abismo de la culpa, en la que la única salida posible era retomar el camino de la rectitud y las buenas costumbres.

Mientras el cantinero cumplía con la más mundana de sus labores, procurando tirar con la medida justa de espuma, el cliente continuó:

-¿Qué diría usted, si se encuentra con un tipo que no sabe lo que quiere? O peor aún… Un tipo que cree saber lo que quiere, pero en realidad está ciegamente desorientado.
-Yo diría que ese tipo es usted y que necesita desesperadamente una mano. Cuénteme qué le pasa…quizás los servicios de la casa no sean solamente servir bebidas sino también regocijar un poco el alma de los parroquianos.- Agrego el cantinero con un guiño indistinguible entre cómplice y condescendiente.
-En ese caso, le voy a contar una historia, dado que creo haber encontrado a la persona adecuada. – Dijo el cliente agachando un poco la cabeza, en un gesto de resignación. – Le voy a hablar de este tipo que le contaba antes, que cree haber adquirido un nivel de conciencia superior al promedio, cree saber lo que hace, lo que es y lo que quiere. Capaz de juzgar a sus pares con la más absoluta imparcialidad y justicia. Ahora imagínese que ese tipo confronta con una instancia superior, inapelable. Una Justicia más allá de su conocimiento.
-Me está diciendo que ese tipo se encontró con Dios…-Interrumpió el cantinero, no sin algo de sorna.
-Llámele como quiera, no me importa. –Completó el cliente.

Estas palabras calaron hondo en el cantinero. Si bien no era un hombre de fe, le resultó chocante la displicencia con la que se expresó el cliente.

-Eso que para usted es un Dios –siguió el cliente-, para mí es poco más que un tipo sabio. Alguien capaz de aleccionar al que creía sabérselas todas –sus ojos se tornaron de fuego, inquisidores, pero solemnes-. Alguien llegado para poner límites a quienes no son capaces de encontrarlos por sí mismos, a quienes son capaces de influir drásticamente en la vida y las decisiones de los demás, sin medir sus irremediables consecuencias, y sin tomar responsabilidades por ellas. Pero también es alguien que puede confundirse con cualquier otro hombre común, con un borracho cualquiera, con un desorientado.

En ese momento al cantinero se le heló la sangre. Su frente se perló de sudor. Se sintió mareado y bajó la cabeza, tratando de recomponerse. Se dio cuenta de que ese cliente no era uno más, no era como el de cada noche. Era una instancia superior. La suya. El hombre soberbio del que el cliente le habló en un principio, no era otro que él mismo. Entendió que no hacía falta un Dios para situársele por encima, humillarlo, como hacía él cada noche con aquellos borrachos. A él le gustaba pensar, incluso lo creía, que estaba ayudando a esos tipos a los que interpelaba. Ahora se dio cuenta de que ya no podía ignorar lo que sucedía: muchos de aquellos borrachos profundizarían sus males debido a sus palabras. O incluso, algunos terminarían sus días poco tiempo después de su encuentro esclarecedor, de manera voluntaria, súbita, fatal.

El cantinero levantó la cabeza resignado a enfrentarse a su destino, pero vio que el cliente ya no estaba. Entendió que era algo que tal vez debiera hacer solo.



Cuando el hombre que había estado bebiendo en soledad en la mesa cercana al otro extremo de la barra quiso pedir la cuenta, no encontró al cantinero. Lo llamó, en un tono de voz muy audible, pero no obtuvo respuesta. Sintió la necesidad de ir al baño, a causa de todo lo que había bebido. Se paró con cierta dificultad, caminó hasta el baño y entró. La luz estaba apagada, vio al cantinero de espaldas, distinguió su silueta en contraste con la débil luz de la luna que entraba por la ventana. Le pareció más alto de lo que recordaba, se acercó llamándolo en voz baja, y cuando lo tocó, el cuerpo del cantinero, sin oponer resistencia, comenzó un leve movimiento pendular.

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado febrero 2011
    ayy, juemadre, no resistio, verse tal cual, la realidad muchas veces nos hace perder la cabeza.:eek:
    Me gustó el cuento, tiene su enseñanza, ojala su autor regrese y nos permita leer más escritos suyos.:):p
  • editado febrero 2011
    Yo creo que este es uno de esos autores que escriben cosas interesantes y espera que alguien las comente porque le puso mucho de su talento a cada una de sus palabras, pero no encuentra la acogida que en un inicio pretendía encontrar. Por eso es bueno que siempre haya alguien que comente. Sino la gente se va, porque muchos de los que escribimos, y me atrevería a decir que todos los que escribimos, esperamos que nuestro trabajo sea reconocido al menos ínfimamente, o siquiera críticado. Este es otro más que se incluye a la cuenta de los que se fueron por la misma razón: indiferencia.
  • Jack LondonJack London Garcilaso de la Vega XVI
    editado febrero 2011
    El relato me ha gustado. Quizá le falte intentar explicar un poco más el porqué del suicidio del cantinero. El motivo se explica, pero me parece demasiado débil como para incitar a cometer dicho acto.

    Por desgracia, seguro que el autor no lee nuestras opiniones. Estoy totalmente de acuerdo contigo, Liberato. Por otra parte, también reseñaría la importancia de suscribirse a los temas que a uno le interesen, con la opción de recibir un correo electrónico cada vez que alguien replique a ese tema. De esa manera, este autor "perdido" se enteraría de que alguien ha participado en este relato y volvería a entrar al foro, quién sabe si para quedarse. Por último, y esto lo digo para los nuevos foreros, creo que también es importante, una vez de llegar, darse a conocer, participar con sus opiniones en las obras de otros autores, para que así cuando él cuelgue alguna obra suya se le conozca y haya retroalimentación. Hay mucho material en esta web y es imposible leer todo y opinar en todo, por eso es importante que un autor se dé a conocer. Si uno no participa comentando el trabajo de los demás, debe entender que los demás tampoco tengan esa deferencia con él.
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