El 5 de Diciembre de 2044, en un mousoleo excabado debajo de la puerta de Branderburgo, y con los mas altos honores militares, a la edad de 115 años, es enterrado el último soldado de Hitler. Había sido reclutado bajo pena de muerte, a la edad de 14 años por las tropas SS, que estaban asignadas a la defensa de Berlín. Posteriormente de un entrenamiento de solo 2 semanas, fue asignado como ayudante de una batería antitanque, donde sirvió hasta el término del combate. Posteriormente fue apresado por las tropas Rusas y por vestir el uniforme de las tropas de Hitler, fue despachado a Siberia y condenado a 25 años de trabajos forzados. Finalmente, a los 10 años de cautiverio, fue liberado debido a una amnistía y regresaría a Alemania Occidental a vivir el resto de su vida.
En los treinta años que transcurrieron posterior a esa significativa ceremonia, Alemania que ya tenía cincuenta años unificada, había comenzado de manera gradual, a hacer valer su desarrollo tecnológico y poderío económico. También, a exigir su preminencia en las decisiones de Europa y del mundo. En el año 2060, después de varios intentos, arribó al poder político una coalición de carácter nacionalista, que gobernaría sucesivamente por décadas con el respaldo permanente de los electores. De acuerdo a su programa ideológico, a partir del año 2075 comenzó a gestarse un ordenamiento y modernización de las leyes de residencia y de nacionalización que habían de manera excesivamente relajada, permitido hasta entonces, el asentamiento de unos 15.000.000 de extranjeros.
Recordando los antecedentes históricos y concientes del desprestigio que significaría imponer arbitrarias leyes raciales dentro del país, pero haciendo uso de su creciente poder económico, se implementaron una serie de incentivos para propender a que los extranjeros comenzaran a abandonar el país. Recurriendo a los bien ordenados registros estatales, se empadronó informáticamente a toda la población para analizar y verificar su ascendencia racial y poder comenzar el trabajo de persuación para incentivar el regreso a su país de origen.
A los extranjeros se les clasificó en tres categorías:
A todos los residentes provenientes de países ajenos de la comunidad Europea, se les financió su pasaje de regreso, se les ofertó un buen precio por sus bienes y se les incentivó con un sustancial bono para volver con recursos a su patria.
A los residentes europeos, provenientes de los países latinos o eslavos, se les limitó y complicó su residencia con altas exigencias administrativas y se les incentivó a volver a su patria de origen, mediante acuerdos entre gobiernos, bonos y compensaciones.
A los residentes de origen germánico y nórdico, se les conminó a adquirir la nacionalidad y la repatriación de todos sus bienes desde su país de origen y se incentivó el casamiento con ciudadanos alemanes para asegurar su asimilación racial y su más profunda lealtad al país.
Fruto de estas medidas, en un plazo de 15 años, al año 2090 quedaban solo 3.000.000 de residentes extranjeros, de los cuales el 90% eran de origen germánico o nórdico. Con ello, aunque a un alto costo, se había asegurado la limpieza racial de elementos extranjeros poco deseables en todo el territorio.
Paralelamente a la limpieza racial, se comenzó a desarrollar unas nuevas formidables fuerzas armadas, extraídas de una población de 120.000.000 de habitantes. Se creó un ejército de 300 divisiones perfectamente equipadas y entrenadas. Ellos sumados a los efectivos de la fuerza aérea y de la armada significaban alrededor de 6.000.0000 de hombres en las armas.
A medida que habían transcurrido los años, la mentalidad se había despercudido de los complejos de culpa que había dejado en la población los excesos y desaciertos del Nazismo. Volvieron a las costumbres del ejército todos los símbolos y ceremonias que habían sido desarrollados a partir de las victorias y conquistas prusianas. El oropel del uniforme, las presentaciones, desfiles, la música marcial, las condecoraciones, las ceremonias, mitines, etc.
Todo aquello que por más de cien años había sido evitado para congraciarse con los victoriosos aliados y el poder económico del vencedor, volvía con mayor fuerza, con toda energía y plenitud. Era como si un espíritu natural hubiera sido contenido mediante un dique artificial y ahora podía fluir líbremente. Finalmente se había comprendido que en la ideosincracia del pueblo existía una pasión por la conquista y el militarismo, que tenía a lo menos una antiguedad de cinco mil años. Por lo tanto, una castración de ese espíritu y vocación militar, por un plazo de cien años, no significaba que esa semilla hubiese sido definitivamente estirpada.
Bastaba solo con indagar la historia y comprobar que ya Julio Cesar en su libro La Guerra de las Galias, consignó lo dificultoso que era enfrentarse a las tribus germánicas que habitaban al este del río Rhin, en donde había que librar sangrientas batallas y era preferible morir que ser atrapado, ya que a los prisioneros les cortaban las manos, le rebanaban la nariz y eran quemados vivos. Además que en la arena de Roma, donde se enfrentaban los gladiadores, los que provenían de Germanía eran los que alcanzaban una mayor reputación.
El afán de conquista quedaba comprobado por ejemplo en las invasiones de los Sajones, Jutos y Anglos a Britania. La hordas godas que asolaron el imperio romano y las incursiones de los caballeros teutónicos a Rusia.
En el año 2085, después de 140 años, finalmente fue instaurado el servicio militar obligatorio, que permitiría seleccionar a las tropas que servirían en las fuerzas armadas por un periodo de tres años. Con una población de 120 millones, cada año cumplían los 18 años un total de 960.000 jóvenes varones, lo que multiplicado por tres, daba un total disponible de tres millones de reclutas. El resto de los efectivos correspondían a efectivos profesionales hasta completar los 6 millones. A diferencia de la mayoría de los ejércitos del mundo, se mantuvo la antigua costumbre de no incorporar mujeres a las filas. Ello tenía la lógica de que las mujeres cumplían la función de seguro de vida para enfrentar las pérdidas humanas producidas por los eventuales conflictos bélicos. Podrían morir todos los hombres que fuese necesario, pero quedarían sus hermanas y primas para engendrar a los soldados del futuro.
En todo el territorio, se habían emplazado 80 campos de reclutas, cada uno con capacidad para entrenar a 4.000 reclutas como soldados básicos de infantería. En cada complejo, se constituían cien escuadrones de instrucción, cada uno al mando de un alferez instructor, el cual, en un periodo de cuatro meses debería entrenar mediante un régimen extraordinariamente exigente a 40 reclutas. Al terminar el plazo debería recomendar a los diez mejores y determinar los cinco de peor rendimiento para ser enviados durante 2 meses a los escuadrones de castigo, salvo que pudiesen acreditar limitaciones físicas o intelectuales.
Los reclutas recomendados podrían elegir el arma en que deberían servir y podrían postular a las tropas de asalto que eran las mejores equipadas y entrenadas.
El recluta una vez convertido en soldado, completaba el resto de su periodo de tres años como soldado obligatorio. Al terminar dicho plazo, podía postular a una plaza como soldado contratado, con sueldo fiscal. Después de servir a lo menos dos años como soldado contratado, podía ser ascendido a lider de pelotón con el grado de subalferez. En dicho grado serviría un máximo de cinco años y a los dos podría ser ascendido a sublider de escuadrón con el grado de alferez. Después de servir a lo menos dos años en ese grado, podía postular a una escuela de oficiales y después de dos años de estudios, obtener el grado de subteniente y asumir el mando de un escuadrón.
En resumen, a un joven de escasos recursos, esforzado y ambicioso, le bastarían once años para convertirse en oficial y no importaba su origen social, ya que todos los estudios y cursos eran financiados por el estado. Ello favorecía la competencia por alcanzar los mejores grados y con ello, se había eliminado definitivamente el sistema de dos castas para asignar los grados de acuerdo al origen social de los aspirantes.
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