Durante toda la semana, la conciencia de que Pablo la visitaría, había inundado el ánimo de Laura con la voluntad inquebrantable de la marea en las noches de luna llena.
No sabía muy bien el por qué, pero lo cierto es que desde que se había visto obligada a recluirse, y la angostura de la casa se había convertido en el único testigo del paso de los días, era capaz de sentir como una corriente de pensamientos desatados se filtraba por las paredes de su cuarto, haciéndola terriblemente consciente de todo lo que la rodeaba.
Quizás por esto, no la resultó del todo extraño encontrarse sentada sobre la cama, con la mirada perdida frente al azul del acantilado que surgía bajo su ventana, y advertir a lo lejos la silueta vacilante de Pablo abriéndose paso hacia la entrada de la casa.
De lo que ella no era consciente entonces era de como el miedo atenazaba el rostro de Pablo mientras este se situaba frente a la puerta. A medida que el picaporte giraba sobre su mano, el temor volvió a corroerle y, tras un chasquido seco, la soledad del recibidor le obligó a desenfocar la mirada para acostumbrarse al océano de formas desdibujadas dentro del laberinto de luces y sombras.
La casa, pese a situarse al borde de una colina que se cortaba sobre el mar a fuego, no era especialmente sobrecogedora. Al ver las paredes empapeladas del salón y las decenas de libros y muñecas que ocupaban cada uno de los rincones, uno tenía la sensación de que se trataba de uno de esos lugares que incluso el paso del tiempo se había empeñado en olvidar.
Laura, al oírle entrar, se había desplazado hasta el borde de la escalinata, y desde allí observaba con ternura como Pablo, situado ya en el centro de la estancia, vacilaba frente a la inmensidad de pasillos y habitaciones que se ofrecían al recién llegado.
Para evitar alargar aún más una espera que ya se había prolongado demasiado, ella comenzó a bajar y apareció frente a sus ojos al tiempo que le dijo con voz queda: “Bienvenido, te estaba esperando.”
En ese momento, una mueca de terror se dibujó en el rostro de Pablo y un grito ahogado vino a morir a su garganta. Lentamente, comenzó a volver sobre sus pasos y, una vez que se hubo alejado un par de metros, se puso a correr, abandonando la casa sin que ella pudiese hacer otra cosa que no fuese empezar a atesorar recuerdos.
Laura se detuvo entonces en mitad de las escaleras, desviando su mirada hacia el enorme espejo ovalado que colgaba sobre la pared. Con un gesto mil veces ensayado, echó hacia atrás su abundante melena negra y se recreó un par de segundos en el brillo frio y amortiguado que se revelaba a través su piel de plata. En ese momento fue consciente de su realidad, y de que el amor le sería negado como le son negados los cantos del alba al sol de la madrugada, y se echo a llorar desconsoladamente al tiempo que, con manos temblorosas, cubría en un gesto crispado su rostro de fantasma.
Comentarios
Me gusta el uso que haces de algunas comparaciones e imágenes ("con la voluntad inquebrantable de la marea en las noches de luna llena", "el amor le sería negado como le son negados los cantos del alba al sol de la madrugada").
Saludos,
Shai
me encanta, compi
Me gustó ese toque de suspenso:eek::):D:D:p