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Confesiones de un Soldado Alemán

BorgesBorges Pedro Abad s.XII
editado julio 2009 en Romántica
Confesiones de un soldado Alemán
Escribo la carta a mis padres apretando el puño con fervor: “Hoy voy a ser fusilado por negarme a matar a judíos inocentes”. Es como si la tinta del bolígrafo fuese mi propia sangre, derramándose sobre la hoja. Escribo una carta de reconciliación, una carta a mis padres.
Mi padre es un hombre alto y razonable, portador de un gran bigote negro, y mi madre una mujer fervorosa y joven. Ambos se lamentaban de la situación de la Republica de Weimar y de los partidos extremistas que brotaban de sus heridas. “Ahora ni el pan es barato, y encima la gente cree que los Nazis van a mejorar esto”, escuchaba desde mi cuarto. Eso fue lo que nos separo, yo creía que el partido iba a cicatrizar esas heridas. Los veinticinco puntos, y sobre todo el primero: “pedimos la construcción de una Gran Alemania que reúna a todos los Alemanes en función del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos.” Me habían convencido por entero. A menudo me preguntaba: “Si estos hombres intentan con tanto empeño tomar el poder[1], entonces ¿de dónde viene tanto vigor?”. A pesar de las peleas con mis padres por su desacuerdo me afilie al partido y una vez tomado el poder me alisté a la GESTAPO.
Me arrepentí de lo que había hecho meses mas tarde, y desee que nunca hubiese pasado. Así fue el día que el General Werner, junto con su amante y otros soldados nazis, invitaron a Tomás, un cura polaco, a cenar, tres días después de invadir Polonia. Tomas era un gran amigo mío de la juventud. Nos habíamos peleado por haberme unido a las fuerzas alemanas:
“-Vos y tu religión, es lo único que te importa, para vos la patria no existe.-Lo había acusado furioso.
-¡Tus fanatismos te cegaron, Fritz! ¡Ya ni sabes lo que sos!- Me respondió.”. Ese fue nuestro último encuentro. Desde ese día no nos habíamos vuelto a ver.
Fue de ambos la sorpresa cuando la casualidad nos reunió y reconcilio. No sabía si saludarlo fría o cálidamente. Finalmente opte por saludarlo como un sargento, no como amigo que era. Pero una certera mirada basto para transmitir nuestros sentimientos.
Cuando lo invitaron a cenar Tomas escuchaba con paciencia las estúpidas opiniones del general acerca de diversos temas. Pero en cuanto empezó a comentar acerca de los judíos Tomas se enfureció y retirándose con una expresión de piedad le dijo “Me compadezco de usted, General”. Teniendo que sufrir mientras se retiraba las burlas del General y de su amante, que se asemejaban a las risas de las hienas.
Fue esto lo que me hizo abrir los ojos y darme cuenta que las palabras “una Gran Alemania.” Me habían hecho olvidar lo más importante: amar.
Dos días más tarde decidí lo que me costó la vida: negarme a matar, negarme al odio.
Ya pasaron dos horas, dije todo lo que tenia que decir acerca de mi pasado. Tomo la carta a mis padres y la doblo poniéndola en un sobre, llamo a un soldado y se la entrego, es lo único que les puedo confiar, por ser mi ultima petición antes de morir
Observo por última vez mi habitación: la cama deshecha, la silla contra la pared, la pistola sobre el escritorio. En un momento tuve el impulso de tomarla y anticipar mi destino, pero en cambio tomé bajo unos papeles apilados un rosario olvidado, era una triste alegoría. Recordé cada detalle de mi vida, recordé como la fascinación por las armas le había ganado a mi devoción por Dios. Sin embargo me lo puse al cuello, quizás después de todo esta era una nueva alegoría, esta vez bendita.
De repente el reloj de la ciudad da un sonido grave: ya era la hora.
En ese momento dos soldados vinieron a buscarme; entraron con sus armas, por poco derriban la puerta, como si yo les pudiese hacer algo. Por un momento recuerdo a Jesús en el momento de su pasión, cuando vienen a buscarlo: “como si fuera un bandido, han salido a arrestarme con espadas y palos.”[2]
Los soldados me llevan, uno de cada lado, a la pared donde se va a cumplir mi destino, así como la de miles de judíos.
¿Por qué tiene que llegar un hombre a semejante maldad, matando cientos de judíos? ¿Por qué hasta yo mismo, en un momento, maté tanta gente sin sentir nada? ¿Es acaso el hombre lo suficientemente justo como para juzgar a otros hombres?
Ahí mismo veo a Tomás. Escucho claramente las palabras del general Werner dirigidas al cura.
-¡Mira lo que hiciste! ¡Con tus estúpidos sermones, y tu “piedad”! ¡Destruiste a uno de mis mejores soldados: a un sargento!- le decía escupiéndolo.
El general no tenia miedo ni de los ejércitos insuperables ni de las maquinas enormes y mortales. Pero ahora los sentía, tenía miedo de que ese poder inexplicable por el que tanta gente daba la vida, entre los que se contaba el cura y yo, pudiese derrumbarlo a sí mismo, rasgándole el corazón y reduciéndolo a un hombre como cualquier otro.
A pesar de los insultos Tomás se quedaba inmóvil, dando la otra mejilla.
- Convertir no es destruir, y yo no lo convertí, fue su decisión.-Le respondió.
-¡Tomás!- Lo llamé.
Ni los nazis le habían quitado a Tomás la compasión. Por un momento creí que Tomás no me iba a perdonar, pero en cambio él vino rápidamente. Antes creía más en el General, con su uniforme y su rabia desbordando, que en el cura, con sus anteojos y su lento andar.
En cuanto supe que me escuchaba atentamente empecé a hablar.
-Tengo miedo.-le dije como cuando éramos chicos asustados por la oscuridad, como cuando la guerra no existía para nosotros, le dije casi susurrando.
-Sé fuerte, Dios está de tu lado- me consoló.
-Tomas, perdóname por lo que te dije el día que me aliste a la GESTAPO.
-No te preocupes, yo también me equivoque, nunca debí gritarte.
Con otro susurro le pedí la absolución.
Fue entonces cuando Werner vio su oportunidad para vengarse.
-¡Tomás, si no te movés vas a correr la misma suerte que este traidor: Ser pasta de gusanos!- Amenazó el general.
Tomás no se dio por aludido, la muerte no lo asustaba.
-Tomás, vos todavía podes vivir, salva tu vida- le dije sin entender su decisión
No tuvo que hablar, simplemente apoyo una mano en mi hombro, él sabia que eso bastaba para que yo entendiera.
-Tomas, espero estés decidido- grito el General sorprendido por tanta “superstición” inexplicable, visto desde su punto de vista racional.
Tomas lo ignoró, como yo debería haberlo hecho años atrás.
-Te absuelvo en nombre del Padre…- Empezó.
-¡Preparados!...- empezó el General, odiándome no solo a mí y al cura, sino a sí mismo.
-Tomás, no necesitas morir, a vos todavía te queda mucho por vivir- Le suplique murmurando.
- ...¡Listos!...-siguió.
-…Del hijo…-Seguía diciendo Tomás, ajeno a los gritos del General.
-¡Fuego!- termino el General con un grito mortal que llegaba al cielo.
- ¡Tomás!- le dí una suplica ahogada por las ordenes del general.
-…y del Espíritu Santo.-Terminó Tomás, respondiendo a las balas de los fusiles.
Todo ya se había cumplido. El dolor ya había terminado.
Ya estaba amaneciendo. La aparición del sol confirmaba que algo nuevo empezaba, algo nuevo y maravilloso.
-Todo ya terminó- Dije yo.
-No, todo acaba de empezar.- Respondió Tomas.
Y ambos recibimos el calor de un viento nuevo.


[FONT=&quot][1][/FONT] Habla del Putsch de Munich o Putsch de la Cervecería, un fallido intento de golpe de estado entre el 8 y 9 de Noviembre de 1923 en Munich, llevado a cabo por miembros del partido Nazi.

[FONT=&quot][2][/FONT] Mc. 14. 48

Comentarios

  • bartonbarton Juan Boscán s.XVI
    editado julio 2009
    Realmente hermoso. Si todos fueran como Tomas y como Fritz, esto no seria la masa de asesinos a lo que llamamos humanidad. Muchas gracias por tu aportacion, y enhorabuena porque ha sido realmente hermoso. Me he podido imaginar la bencicion del cura mientras el general daba gritos. Me ha encantado.


    Barton
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