… Elizabeth corrió a su habitación, llorando y maldiciendo haber nacido bajo ese apellido, que la condenaba a ser una mujer aristocrática y distinguida por el resto de sus días. Su padre, un exitoso y conocido empresario, se encontraba bebiendo los últimos sorbos de su té, el cual se había enfriado a causa de la discusión. A pesar de su frialdad y altanería, que siempre había mostrado, yacía estupefacto ante la reacción de su primogénita. Y su madre, una mujer frágil y tierna, lloraba desconsolada al ver que su querida hija había encontrado el amor en un joven que no traería más que desgracias a su familia.
Por otra parte, Elizabeth ya había empezado a empacar sus cosas, cuando John – el fiel sirviente, que había oído el desgarrador llanto de la joven – entró a la habitación y sin pensarlo dos veces, dijo: “¿Qué cree que hace, señorita?” A lo cual Elizabeth respondió: “Me voy de este maldito lugar. Me he dado cuenta que mis padres nunca me han amado, ni lo harán algún día”. John, que conocía a Elizabeth desde que ésta era un bebé, le dijo tomándola de las manos: “Señorita Elizabeth, no hable mal de ese amor ya que es bueno y fecundo. Hay en él nostalgia y melancolía, y una casta y completa felicidad”. Y sentándose a su lado, sobre la cama, agregó: “Sus padres podrán entregarle un amor inconmensurable, mas si usted sabe apreciarlo, será feliz y se sentirá llena de vida estando junto a ellos”.
Elizabeth recordó que su amado, Mark, le había dicho lo mismo, y que sus intenciones eran convencer a sus padres que le permitiesen casarse con ella, pese a su condición de indigente. Después de tal reflexión, Elizabeth sentenció: “¿Sabes John? Me has hecho darme cuenta que debo hacer las cosas bien. Ahora mismo bajaré donde mis padres y les contaré todo, les pediré perdón y les rogaré que me den la oportunidad de traer a Mark a casa. Después de todo, ellos me han criado con el amor más puro que podría existir, y merecen que yo actúe de buena manera para con ellos.
John sonrió satisfactoriamente, tomó a Elizabeth del brazo y la llevó al comedor, donde sus padres la esperaban sin saber cómo reaccionar al verla tan decidida y confiada, bajando por la escalera con una gran convicción. Ante tal hecho, John pidió permiso para retirarse, y después de hacer una rápida reverencia, miró al padre de Elizabeth, esbozando una sonrisa de complicidad.