Aquellos días
en que, a pesar de la distancia,
solía sentir tu presencia a mi lado,
fueron el campo de batalla de acontecimientos amargos.
Aunque, aferrado a tus versos,
mi espíritu sobrevolaba la esteparia realidad,
oteando un horizonte frondoso.
Mas, con el tiempo, llegaron los funestos presagios.
Para ahuyentarlos, no dudé en taponar mis oídos,
y, más tarde, ante su creciente acoso,
prescindí de mis ojos, incapaces ya de ver esperanza,
y olvidé mi memoria que, lacerante delatora,
me atormetaba con un sinfín de fantasmas.
No fue suficiente.
Ahora, mis dedos rozan tus labios
buscando una palabra que nunca llega.
Tomo tus manos que, al contacto con las mías,
pareciera que se quedan sin vida.
Tu cuerpo permanece atado a mí,
pero no sé dónde anidan tus sueños.
Nada me queda. Nada.
Solo un nebuloso recuerdo
de aquellos días
en que, a pesar de la distancia,
solía sentir tu presencia a mi lado.