Hay días que parecen huecos. Que amanecen, porque es su obligación, y que ya en su comienzo, notas su indeterminación.
Los examinas, piensas, atisbas todos los indicios, pero no hallas respuesta. Son días huecos. Parece que estén esperando que los rellenes de cualquier cosa.
Es un fenómeno frecuente, aunque no lo creais. Nacen tímidos y como con pudor, sin saber cuál va a ser su destino.
Pues bien, no siempre, pero, a veces, alguno de estos días huecos, tímidos, no sé si por su propia indecisión o por la que pone el que los recibe, se convierten en días redondos.
De pronto, aparece un rayo de sol, que seguramente es como cualquier otro rayo de sol de cualquier otro día, pero dejas que impregne tu piel... cierras los ojos, notas la calidez, y percibes que puedes abstraerte del mundo para concentrarte en ese único instante.
O, por el contrario, comienza a llover... empiezas observando por la ventana cómo cae la lluvia, luego, cierras los ojos y el sonido del agua te relaja, te reconforta, te embarga de una dulcísima tristeza, hace que broten de tus ojos unas lágrimas lentas que se llevan con ellas gran parte del peso que, sin saber, cargabas sobre tus hombros.
En fin, hay días que, aunque indeciso él, indecisa tú, se convierten en el tiempo en que lo externo te toma y te modifica.
Seguramente es una reiteración, pero, tengo que repetirlo, hay días mágicos