El cigarro se consume solo encima de una pequeña mesa situada frente a sus pise, a un paso del sofá; el humo blanco resquebraja el aire poco a poco, desapareciendo, esparciéndose... como si segundos antes no hubiera estado ahí. Y ahí sale de nuevo la línea blanca.
Tirado en ese sofá marrón oscuro situado en medio del desaliñado salón, él se pierde entre sus propias grietas, se evapora de la realidad buscando sus recovecos, con la mirada perdida en el humo blanco. Sus fantasmas lo dejan y lo rescatan de la realidad, como si segundos antes no hubiera nada más allá de sus inquietudes, o más allá de su salón. Así de fácil.
La habitación está oscura; en unas cuantas horas anochecerá. Fuera empieza a llover.
El rayo cae lejos pero grita fuerte, la ciudad se moja, hoy ya no saldrá el Sol.
El coche está lejos, sus zapatos, resbaladizos y sabe, aunque no quiera reconocerlo, que su hogar estará frío y oscuro cuando llegue; pero, dónde, cuándo, por qué... un pie se adelanta a la respuesta y el impulso la hace correr hasta llegar a la puerta del coche totalmente empapada.
Está atrapada entre cuatro muros de un material confuso que ella misma ha construido con mucho esfuerzo, pero la lluvia y su mágica nostalgia... aún es capaz de filtrar un pedazo de melancolía y contagiarla. Y ahí va, el impulso que abre la puerta del coche y, de nuevo, intenta librarla de sí misma. Pero la nube de nostalgia no se rendirá ahora que ha conseguido salir a flote; formará pensamientos dentro de poco, recuerdos o quizás esas certezas demasiado claras que ella misma intenta ocultarse.
Las gotas de lluvia chocan contra el automóvil, el efecto que provocan desde dentro es aplastante, su nostalgia la devora a pasos veloces y no hay un motivo, son muchos los pedazos rotos.
Su mano de uñas pintadas, veloz y triunfal, baja la guantera y el espejito muestra a una mujer morena, chata, con ojeras incrustadas en lo que antaño fueron unos grandes ojos verdes; ella ladea un poco la cabeza, no le gusta lo que ve, así que abre el salpicadero del coche y esparce todo el arsenal del que dispone para cubrirse. ¡Ya tiene un pensamiento en el que focalizar su atención! La nostalgia, esa gran ignorada, parece que va muriendo.
Primero el peine deja libre su pelo y el reflejo cambia, las ondulaciones negras rodean su rostro... “esto está mejor”. Al peine le siguió la pintura color marrón que esparció por toda su cara y parte del cuello, brochazo tras brochazo cubrió hasta sus ojeras. Sus manos, delicadas, esparcían por aquel rostro un poco de aquellos sueños que se le escapaban, o quizás se habían fugado hacía ya mucho tiempo y ella no quería verlo. Con toda la ternura que podía reunir en aquellos momentos, cubrió las grietas que encontró. El toque final llegó con el carmín; delicado y seductor, se esparció por sus labios asimétricos, el superior era fino y estrecho, como su vida, pero el inferior era carnoso, era jugoso, invitaba a darle un bocado...
Cubierto su luto, quedó olvidado. Aquella lluvia ya no tenía poder sobre su vida, que aunque despedazada aún podía cubrirse con falsas pinturas.
Acaba de matar su melancolía sin dejarla emitir esa canción triste que quizás le diera esas lágrimas que necesita. Tiene el corazón amordazado y anestesiado.
En la mesa de cristal, el cigarrillo se ha consumido por completo, él carece de impulsos que lo saquen de sus rincones; tirado en el sofá se pregunta hasta dónde llegará ese absurdo engaño, “todo murió antes de haber empezado” y sin embargo allí está, quieto, con ese miedo que paraliza su corazón, no va a hacer absolutamente nada. “Si nunca comenzó ¿Quién me devolverá esos 25 años perdidos?”, no volverán, lo sabe pero el pensamiento más lúcido es el que ahora cruzará su mente... “¿Quiero recuperaros?”
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Él no lo sabe pero está perdido, y ella... ella tampoco lo sabe pero está muy sola.
La noche se cierra por completo; él, ensimismado, miraba la línea de humo que se quebraba mientras el cigarrillo iba menguando. Nunca hubo recuerdos en los que pensar, así que ni siquiera se esfuerza en rellenar esos vacíos... “es el último paquete, la noche será larga, imposible de soportar sin nicotina” pero la puerta de casa se abre y le siguen unos tacones.
Ella llega y lo primero que hace es encender la luz, nada más lejos de la realidad, todo queda a oscura; ya no queda ningún lugar que los ilumine.
- ¿Ya has llegado? No te había visto... te eché muchísimo de menos hoy.- Miente, sin saber por qué, pero miente, o quizás no, quizás sí que notó su falta porque es la única persona con la que comparte su vida desde hace mucho tiempo.
Él sonríe, se levanta del sofá, se acerca a su mujer y le da un beso en la frente lleno de cariño. Quiere gritar pero no lo hace, quiere correr pero no lo hace, quiere querer pero no la quiere.
- Estás preciosa hoy ¿Qué te has hecho?.- es sincero, ella es una mujer muy hermosa aunque sus ojos no brillaron nunca.
- Nada nuevo.- sonríe con sus labios rojos, nadie ha aceptado la invitación a darles un bocado.
Él, con la fuerza que le dan esos fantasmas que lo han estado acosando toda la tarde, le da un abrazo a ella que es inmediatamente correspondido. Sus corazones no se aceleran, ambos órganos rojos duermen, sólo hay ternura, sólo hay cariño ahí adentro.
“¿Hay algo ahí? ¡Por favor que salga ya!” piensa el hombre acongojado, la mujer no piensa nada, ni siquiera lo gratificante que debería ser abrazar a un ser querido, no, querido no, amado es la palabra. El abrazo se deshace en un momento, no se miran ¿deberían?
Él se marcha a buscar tabaco, ella se dirige a encender los radiadores de la casa.
(C) Texto hecho por mi.