Se llama "DOLMEN" y en ella intento explicar la construcción de una "cueva del fuego" por un pueblo primitivo con la ayuda de los "hombres del mar" los cuales también pretenden implantar las creencias divinas en aquellos pueblos con los que comercian.
La acción transcurre en la comarca del Vallés oriental entre el Motseny y La Roca del Vallés, con extensión hasta Aiguafreda y el serrat del Arca por el oeste y Ampurias por el Noreste.
Todo ello es anterior a cualquier referencia histórica.
Aquí van las seis primeras páginas que si despiertan vuestro interés iré continuando en próximas entregas.
BOLERO.
CAPÍTULO 1
En primer lugar se había empezado a oscurecer el día por la parte alta de la gran montaña. De un color gris aún claro, el cielo había ido transformándose hasta alcanzar aquel terrible tono negruzco que ya no permitía ver las cumbres romas de los tres picos. Un viento racheado se lanzaba impetuoso sobre los altos árboles que rodeaban los cauces, inclinando sus esbeltos troncos y haciendo agitar sus hojas en una loca danza, al son del sordo rumor que hacía el aire filtrándose por entre el enramado.
Bor se estremeció, sintió en su piel el frío de la tormenta y levantó su mirada al cielo. Mal día aquel para la cacería —se dijo— dispuesto a dar el grito para reunir a los emboscados; pero antes de que pudiese lanzar la señal, el cielo se abrió ante sus ojos y un estampido seco, seguido de una larga serie de tronantes estruendos, como montañas de cantos chocando los unos contra los otros, casi le ensordeció. Una cortina de agua se abatió con furia sobre los valles haciendo la visión casi nula. Jirones de niebla se levantaban entre la tempestad desde la tierra recalentada, y las ráfagas viento seguían azotando furiosamente el verde dosel rasgando ramas y hojas que la lluvia aplastaba sobre el suelo.
Los ojos de Bor pequeños y hundidos, protegidos por tupidas cejas, quedaban prácticamente cegados por el agua que copiosamente se escurría desde su pelo enmarañado, y casi a tientas volviese hacia Rósend que se frotaba insistentemente las facciones intentando recuperar la visión, completamente perplejo por la rapidez con que había cambiado el tiempo.
—¡Hay que agruparse lo antes posible y regresar a la roca! ¿Dónde estaban Marus y Martió?
—Se han emboscado abajo en el cauce. ¿Voy por ellos?
—Si, ve. Será mejor. Yo voy a llamar y os espero aquí.
Rápidamente desapareció Rósend tras el líquido velo en silenciosa carrera con su agilidad de siempre, más notoria si cabe, teniendo en cuenta la corpulencia del compañero de Bor.
Este, tras un instante, pareció dispuesto a llamar al resto de la partida, pero de pronto sus finos oídos captaron un rumor de carreras destacándose entre el fragor que provocaba la lluvia torrencial y vio acercarse una figura a gran velocidad, semioculta entre la espesa vegetación, que parecía como una sombra gris a través de la densidad del aguacero. Durante un instante reconoció al joven Amnarés corriendo en pos de un cerdo que se le escapaba por entre los arbustos. Le llamó con fuerza pero no recibió contestación. Volvió a gritar una y otra vez uniendo sus manos en forma de arco sobre su boca para proyectar más lejos la voz, pero todo fue inútil. Por último lanzó el grito de reunión en todas direcciones.
Mientras aguardaba con impaciencia a que acudiesen sus compañeros, Bor se fue enfadando más y más por momentos; tanto por la desobediencia a sus órdenes del mismo Amnarés, como por el peligro que representaba su persecución en solitario. En su obtuso cerebro se formaban lentamente terribles planes para castigar de forma ejemplar al joven e inexperto cazador que no había respetado las normas establecidas.
¡Los jóvenes! Nunca están centrados en lo que es importante. Durante épocas frías y épocas de calor uno les enseña sus experiencias y las sabias lecciones de los ancianos, se esfuerza en que vayan perfeccionando su destreza, sus métodos, y en que sus miembros adquieran el vigor necesario para la caza. Se les explican los peligros de cada especie y como cobrar las piezas sin recibir daño alguno. Pues ¿No les había dicho siempre lo peligroso que era el cerdo con sus colmillos afilados? ¿No sabía acaso que siempre, siempre se le tenía que acosar en grupo? Y por añadidura la continua lluvia que no dejaba ver claramente haría más difícil su localización y les impediría acudir en su ayuda si estuviese en apuros.
Decididamente el chico merecía un castigo.
Bor esperaba reunirse con el resto de la partida para ir en busca de aquel insensato, y de pronto acudieron a su memoria las figuras de Tatunc y Nura que sin duda esperaban orgullosos el regreso de su hijo, confiados en que la cacería sería un éxito como en tantas otras ocasiones y que la impetuosa juventud de Amnarés les haría vivir felices momentos con sus relatos y sus alegres ocurrencias. El rostro de Bor se ensombreció y sus labios formaron una línea recta y pronunciada a la vez que en su estrecha frente aparecían numerosos y profundos surcos. Tendría que hablar con Tatunc de esto ya que el anciano padre del mozo tendría sabias palabras para hacerle comprender los peligros que su mal comportamiento podían acarrear a todo el grupo.
El joven Amnarés, entretanto, seguía corriendo tras el cerdo, ebrio por la emoción de la caza y con un solo anhelo en su pecho. Quería obtener aquel hermoso ejemplar para volver a su refugio como un gran cazador. Veía unos ojos grandes y oscuros en forma de almendra admirarle a él, Amnarés, hijo de Tatunc, con orgullo. Sentía ya la caricia de aquella mirada dulce y un cúmulo de sentimientos nuevos acudían a su pecho y daban alas a sus pies. Por dos veces su lanza había penetrado en el cuerpo del animal, mas no había logrado clavarlo en el suelo como le habían enseñado. Ahora, pero, a pesar de la lluvia, un rastro de sangre que se diluía en el suelo encharcado hacía fácil la persecución de la presa fugitiva.
Amnarés estaba seguro de que las heridas de la fiera acabarían pronto con su resistencia. Experimentaba aquella salvaje embriaguez que produce en el cazador la firme seguridad de una victoria próxima sobre la pieza que se ha acosado insistentemente, y que va creciendo en intensidad cuando más enconadamente se defiende.
En su afán, el chico no se daba cuenta de lo mucho que se estaba alejando de sus compañeros. La intensa lluvia cegaba sus ojos y las pieles que protegían sus pies hacían un sonoro “chop” “chop” al ritmo de sus zancadas, pareciendo querer sujetarle al suelo mientras que sus energías crecían a medida que el animal perdía empuje en su carrera.
El fragor de la tormenta no parecía importarle y la luz brillante de los relámpagos era un aliciente más que estimulaba su loca carrera en persecución de aquel cerdo que tanto se resistía a su fin.
De repente, con el blanco destello del rayo descubrió a la fiera acorralada. El terreno de los valles formaba profundas hondonadas en la parte alta, por donde discurrían los arroyuelos que descendían de las montañas y casi siempre, estos surcos producían tajos de altas paredes que acababan bruscamente en una maraña de espesa vegetación. Hasta una de estas hondonadas sin salida les había llevado el largo acoso, y ahora el muchacho se encontraba frente a un enemigo que ya no podía seguir huyendo.
Había quedado el cerdo encerrado en un rincón. Dos altos márgenes impedían su salida y los espesos arbustos eran ahora un valladar para su agotado organismo, por lo que, resignado volvió su hocico hacia el enemigo y sus ojos grises y opacos afrontaron, indiferente a su suerte, la inminente y decisiva batalla; en tanto que su corpachón, reuniendo todas sus energías, se lanzaba al choque.
Amnarés vio la muerte claramente reflejada en aquellos fríos ojos que le miraban sin temor. La extraña falta de vivacidad en aquella mirada fatalmente clavada en su cuerpo le asustó y le devolvió a la cruda realidad. Recordó haber oído la llamada autoritaria de Bor, su jefe. Recordó sus repetidos consejos y sus enseñanzas. Descubrió en aquel instante la insensatez de su persecución en solitario y quiso detenerse para atajar con ventaja la embestida del animal herido, pero sus pies resbalaron en la mojada hierba y acabó cayendo al suelo frente a su terrible enemigo.
Por dos veces sintió sus carnes rasgadas por los incisivos del enfurecido animal, pero espoleado por sus ansias de vivir y por el recuerdo de unos dulces ojos que llevaba incrustado en su corazón, se levantó de un salto asestando un golpe definitivo con su lanza al cuello del cerdo herido. Esta vez tuvo suerte y la lanza, atravesando las carnes de la fiera, se hundió en el blando terreno, dejándola firmemente clavada contra el suelo.
Con un salvaje grito de alegría celebró el cazador su suerte en el lance, y jadeando todavía, se dirigió con sarcasmo a su víctima agonizante.
—Querías escapar de Amnarés, ¿verdad? Nadie corre más veloz que yo en los valles. ¿Lo ves? —Y luego, advirtiendo los desesperados esfuerzos del cerdo por escapar de la lanza que lo mantenía inmovilizado sobre la hierba mojada, siguió: —Ya puedes abrir y cerrar tus fauces e intentar arrastrarte que de nada te va a servir. Esta vez te tengo bien atrapado y ya no me asustas.
Mientras que con todo el peso de su cuerpo aseguraba la inmovilidad de la pieza, a salvo ya del alcance de sus curvados colmillos, Amnarés no se daba cuenta de la gravedad de sus heridas. Ahora ya no sentía temor, pero lentamente remitía la alegría salvaje del cazador triunfante. El terrible momento por el que había pasado no le permitía otra sensación que una gran fatiga. Jadeando se apoyaba en su lanza haciendo presión en espera de que su enemigo exhalase el último aliento.
Seguía la lluvia torrencial, pero los truenos se oían cada vez más lejanos. De pronto empezó a sentir las primeras punzadas de dolor en el muslo y en el costado, y al ver las dos brechas abiertas por las que manaba abundante sangre se sobresaltó. Ahora que sus fuerzas empezaban a flaquear, su mente estaba más clara que nunca, y recordando todas las enseñanzas recibidas empezó afanosamente a buscar hojas grandes con que cubrir las heridas. También tenía necesidad de juncos con los que atarlas, así que apretándose con ambas manos los puntos lacerados, se olvidó por completo del cerdo que acababa de cazar y se entregó con ansia a la tarea primordial que todo ser vivo tiene encomendada: Sobrevivir.
No le fue difícil localizar las grandes hojas que crecían profusamente cerca del curso del arroyo ni los largos juncos, pero mucho más laborioso le resultó trenzarlos y conseguir hacer con ellos una improvisada atadura. Por momentos se sentía empeorar. Estaba asustado y notaba la creciente debilidad de sus extremidades, por lo que ansiosamente procedió a terminar la precaria cura como si este acto fuese una meta con la que lograr un mínimo sosiego interior. Sabía el joven herido que dejarse arrastrar por el pánico sólo podría perjudicar su situación, ya bastante comprometida de por si.
Una vez consiguió su primer objetivo, se tendió inmóvil esperando que cesara de manar sangre de sus heridas. Se sentía muy enfermo y el dolor era ahora insoportable. Parecía que alguna terrible fiera estuviese constantemente royendo sus carnes; y aún así, poco a poco sus pensamientos fueron concentrándose en los suyos. Recordaba ahora con precisión todos los detalles que no había tenido en cuenta durante su absurda carrera en pos del éxito rápido ante su tribu. Como una y otra vez se les había enseñado a cazar siempre acompañados, a rodear las piezas para distraer su atención de un solo enemigo. Veía ahora cuan verdad eran las advertencias que continua y machaconamente repetían los ancianos. Querer destacarse de los demás era un error que siempre podía costar caro; y él, con su deseo de llevar ante Elna el cuerpo del sabroso animal sobre sus espaldas, había borrado completamente de su memoria todas las lecciones recibidas para acudir al peligro de una forma tan insensata.
¡Elna! Su imagen vino a llenarle de dulces recuerdos. Vio con claridad su pelo largo y fino que caía suavemente sobre su hombro pequeño y redondo. Contempló, con un tierno sentimiento que quería salir de su pecho, su carita ovalada, sus grandes ojos oscuros, aquellas largas y tupidas pestañas que ocultaban su mirada acariciadora cuando se sabía traicionada por la fuerza de sus emociones más íntimas; siguió con el pensamiento el fino perfil de su cuerpo pequeño y frágil, de sus senos menudos y bien formados que se agitaban tentadores al ritmo de su respiración, de su cintura poco pronunciada, sin formas bruscas que rompiesen el encanto de su delicada silueta, y el adorable ensanchamiento de las caderas que casi no movía con su andar ligero y alado. Sus largas piernas quedaban siempre medio escondidas tras su falda de tiras, pero aún así, Amnarés adivinaba la perfección de su línea ágil y graciosa.
Y mientras que los recuerdos le llevaban hacia la mujer que adoraba, su cuerpo dolorido y fatigado exigió tiempo para sus urgentes reparaciones y Amnarés quedó dormido bajo la lluvia, amodorrado por la pérdida de sangre y el gran cansancio que sentía su maltrecho organismo.
Allá en la parte baja de los valles, la partida de Bor se había agrupado por fin tras el regreso de Rósend con Martió y Marús. Tanto Gorius y Senor como el joven Tassio habían salido de sus escondrijos al oír la llamada de Bor. Tan pronto como el jefe advirtió la llegada del joven cazador le increpó con brusquedad: —¡Tassio! ¿Qué ha pasado con Amnarés? ¿Por qué no se ha quedado contigo?
—¿Amnarés? —Contestó el aludido. —Salió como una flecha en cuanto pasó aquel cerdo. No le llamé por no armar ruido y no quise seguirle desobedeciéndote. ¿Dónde está?
El mal humor de Bor era evidente, y con un ademán despectivo contestó: —¿Cómo voy a saber donde se ha metido este insensato? Pasó corriendo por delante de mí y ni siquiera me vio. Le llamé varias veces y tampoco respondió a mis llamadas. Desapareció en aquella dirección, pero vete a saber las vueltas que da un cerdo acosado, y más siendo tan enorme como el que perseguía Amnarés. Estas fieras tan veteranas conocen todos los rincones y vericuetos de las montañas. Si por lo menos se da cuenta de lo absurdo que es querer cazar el sólo un animal de este tamaño y regresa… Pero como se obceque en continuar no se como puede acabar la cosa. ¿Qué te parece, Marús?
—A mí me parece que esta lluvia ya me esta fastidiando demasiado y que cuanto antes nos pongamos a buscarle más pronto podremos regresar a la roca. ¿Dices que salió en aquella dirección? Pues vamos hacia allá.
Seguirá si así lo quereis.
BOLERO.
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