LA CARTERA
Las barricadas se habían colocado a ambos lados de la calle Blai, una cerrando la salida por Blasco de Garay y la del otro lado en la calle Margarit. Desde primera hora y esporádicamente se lanzaban disparos de un lado al otro, y cuando un grupo de vecinos tenían que salir, algún voluntario con bandera blanca pedía que cesase el fuego para permitirles el tránsito con seguridad. Luego volvían a lo suyo.
A mitad de la calle, en un segundo piso, vivían Manuel y María con sus tres hijos, y justo en frente, los padres y hermanos de María ocupaban otro segundo piso al otro lado de la calle. Era frecuente oír como se llamaban las dos hermanas a través de los balcones. —¡Dolores! —¡María! —¿Tienes que bajar al mercado hoy? —No, María, yo me esperaré a mañana. Dicen que hay más barricadas en el Paralelo. —Si, pero allí creo que hay personal de la Cruz Roja parando el fuego para permitir que crucemos los de Pueblo Seco en grupos, sobre todo para llegarse al mercado de San Antonio y volver.
Manuel era sastre-modisto, pero por entonces las casas de moda habían cerrado y los encargos escaseaban mucho, por lo que algunos días le tocaba ir a reforzar el taller que su hermano mayor, Enrique, tenía cerca de las ramblas para sumar algún dinero. Cuando le hacían algún encargo, María, la esposa, que era una estupenda ofíciala, le ayudaba haciendo prácticamente todo el trabajo. Él solamente se cuidaba de colocar cuello y mangas a las prendas y del planchado final, y aún si corría mucha prisa, la ayudaba a forrar la prenda.
Manuel era curioso e intrépido y, como todo el vecindario, estaba excitado con aquella revuelta en medio de una guerra, que sólo podía perjudicar a la causa republicana. Sin tener en cuenta el peligro salió al balcón para observar los distintos armamentos que utilizaban los dos bandos contendientes. María le agarraba por el brazo intentando arrastrarlo hacía dentro de la habitación.
—¡Manuel! ¡No salgas que te pueden alcanzar! ¡Manuel!
Él, como si nada, llamó a su cuñado que estaba disfrutando de un permiso en Barcelona. —¡José! ¿has visto que ametralladoras tienen aquellos?
—Si, y los del otro lado llevan fusiles nuevos y relucientes, pero hazle caso a María y no te asomes tanto que estos no juegan. —¿Te das cuenta, José, de que ayer eran todos tan amigos y de la noche a la mañana se lían a tiros? —SI, Manuel, son los anarquistas y el POUM. que se han revuelto contra la Generalitat. Los del otro lado son comunistas y Generalitat que hacen frente común. Ya veremos como acaba todo esto.
—¡Manuel! ¡Hazme el favor de entrar y no sacar más el cuerpo al balcón! ¡Ven de una vez a acabar estos bolsillos! —María estaba casi histérica y, por fin, el hombre accedió. Estaban haciendo un arreglo a la americana del vecino de enfrente, dejando los bolsillos sin fondo, abiertos por dentro, y unos cierres en el forro arriba del cuello; pues este trabajaba en el almacén de abastos de la calle Campo Sagrado y ante la escasez de alimentos, la chaqueta así preparada le permitiría ir cogiendo disimuladamente puñados de los distintos sacos de arroz, garbanzos, judías, lentejas, etc., que a través del falso bolsillo irían a depositarse abajo del forro —que haría a modo de saco— y al regresar a casa sólo había que darle la vuelta a la prenda desabrochando los cierres para que todo fuese a parar a la mesa y se repartiese entre los pocos que estaban en el ajo. La cosa se llevaba muy en secreto y entre un grupo reducido de vecinos que sufragaba el coste de la chaqueta.
Fueron cuatro días de Mayo, hasta que llegaron refuerzos del frente, los que duró la revuelta, y poco más tarde, Jacinto, el mayor de los hermanos de María, fue llamado también a filas. Estaba casado con Felisa y tenían un hijo pequeño de cinco años, el pequeño Miguelín, pero había que defender a la república y a Cataluña de la amenaza que representaba la sublevación Franquista. Paquito, el hermano menor, con diez y siete años, había corrido a apuntarse voluntario en la aviación desoyendo los consejos de su padre y hermanos. Era joven e impulsivo y soñaba con repetir las hazañas de los héroes del aire de la primera guerra mundial. Nunca subió a un avión y murió de neumonía, prisionero en un campo de concentración, una vez finalizada la contienda.
Así como los padres de María procedían de Murcia y Madrid y dieron a dos de sus hijos por la causa (ya que Jacinto murió en combate allá por las postrimerías de la guerra), la familia de Manuel era catalana por los cuatro costados, y al estar Enrique muy bien relacionado con las damas de la alta sociedad —a las cuales vestía—, pudo conseguir que su hijo, Enrique, sobrino de Manuel, se quedase en intendencia sin salir de Barcelona.
Las cosas no iban bien en el frente, y hasta corrieron rumores de que antes de la toma de Belchite no hubo acuerdo entre los atacantes sobre quien gobernaría la ciudad y al fin se decidió que lo harían los primeros en entrar. Estos fueron las juventudes catalanistas y las demás facciones se retiraron dejándolos solos a merced de las tropas sublevadas. Entonces hubo que tomar Belchite por segunda vez.
Ya años después de la victoria franquista, José, que estuvo en la batalla de Belchite, recordaba como para tomar una altura, el teniente, blandiendo su pistola (la cual no era precisamente para matar enemigos), hacía avanzar a sus hombres y estos, a medida que subían, iban cayendo como moscas. Al final sólo quedaron José y el oficial que le arengó para que subiese. —¡Vamos, soldado! ¡Adelante! —José, con su fusil encarado hacia el teniente como de forma casual, contestó: —Usted primero, mi teniente. Suba usted que yo le sigo. —El hombre le miró fijamente y por fin se desentendió. Se quedaron los dos sin salir de la trinchera hasta que llamaron a retirada.
Llegó un día en que Manuel no pudo ir más al taller de su hermano porqué ya no había trabajo para nadie, y entonces empezaron las dificultades para encontrar alimentos. Sus tres hijos: María, Eduardo y Sergio fueron quedándose en los huesos y no se veía perspectiva de una solución a corto plazo. Enrique se ofreció a conseguirle un saco de castañas a buen precio, por mediación de un sastre conocido de Sant Celoni, pero con tan mala fortuna que resultaron agusanadas. Durante todo aquel invierno, María, le estuvo recriminando a Manuel el pésimo negocio que les había hecho gastar una parte de sus ahorros inútilmente. —¿Esta es la ayuda que nos da tu hermano? ¿Qué comamos gusanos? Seguro que él no ha comprado ningún saco. Ellos tienen a su hijo en casa cada día y mis hermanos todos luchando en el frente.
Ya adelantada la primavera del 38, José vino de permiso por unos días, y Felisa, la esposa de su hermano, que era una real hembra, se dedicó a perseguirlo aprovechando cualquier momento en que se encontrasen solos. Ella era joven y fogosa y su cuerpo necesitaba marcha, pero José no estaba dispuesto a claudicar.
—Le he dicho que no un montón de veces —le decía a María, —Pero no se da por vencida y cuando no están Papá ni Dolores se me pone delante en ropa interior sin importarle que Miguelín esté en casa. —El mozo estaba escandalizado. —Te aseguro, María, que ya no se que hacer. No voy a echarla de casa porqué está Miguelín ni puedo contárselo a nuestro hermano. Suerte que ya se me acaba el permiso y espero que cuando vuelva, Jacinto ya estará con ella.
Aquel verano empezó la batalla del Ebro que duraría hasta Noviembre y acabaría dando el golpe de gracia a las tropas de la república. Ya adelantado el mes de Octubre se recibió la noticia de la muerte de Jacinto. Por lo visto le retiraban herido en una ambulancia y les cayó una bomba encima. Felisa había quedado viuda en la flor de su juventud.
Los bombardeos sobre Barcelona se habían intensificado y muchos de los barceloneses de la parte del Pueblo Seco y Hostafrancs dormían en la estación del Metro de la plaza España, que se usaba como refugio. Manuel cogió un día, cuando ya los bombardeos eran continuos, a María y a sus tres hijos, y se encaminaron Paralelo arriba con unas mantas, dispuestos a hacer noche en la estación. Por el camino iban apreciándose edificios en llamas por las calles que subían hacia la Gran Vía y más arriba. Como si de una profesión se tratase, podían verse familias enteras con abuelos, padres, hijos y nietos encaminándose hacia la plaza de España cargando mantas, víveres y hasta algún colchón. Al bajar a los andenes, estaba aquello tan lleno de gente que intentaba acotar un espacio para los suyos, y el barullo era tan fenomenal que Manuel resolvió volverse para su casa. —Si nos han de matar que nos maten —le dijo a María. —Pero estaremos mejor en casa.
Con el poco grano que cada día conseguían a través del vecino, el cual no faltaba a su cita diaria, Manuel y María iban saliendo adelante para dar de comer a sus tres hijos, pero el futuro se preveía muy negro. Un día el vecino les advirtió del inminente cierre del almacén y Manuel, después de indagar un poco por aquí y por allá, decidió personarse cada noche en un cuartel de las atarazanas, donde las sobras del rancho se repartían a una larga cola de gente necesitada que acudían allí con toda clase de utensilios para recoger su ración. Cada noche los tres pequeños y la madre aguardaban ante unos platos vacíos a que llegase su padre con una lechera metálica llena hasta la mitad de un potaje que les sabía a gloria.
—Lo que me reconforta es que, cuando esta guerra termine, nuestros hijos vivirán una larga época de tranquilidad sin revueltas. Por lo menos ellos tendrán un futuro. —le comentaba Manuel a su esposa ante la desesperación y la incertidumbre.
Y el final de la guerra se veía cada día más cercano. La retirada de las tropas de la república no cesaba y era más rápida semana tras semana.
José llegó a encontrarse solo ante la vanguardia franquista, compuesta por mercenarios africanos que formaban parte del cuerpo de ejército marroquí. Sucedió que en el fragor del combate, no se dio cuenta de que todos sus compañeros ya se habían retirado, y de repente le salió un moro por delante. Todos sabían, porqué se comentaba entre ellos, que aquellos mercenarios recibían sustanciosos premios por las armas capturadas, por lo que José le lanzó su fusil ametrallador a los pies y empezó a correr. —¡Rojo! ¡No huyas! ¡Rojo! ¡No huyas! —Gritaba el mercenario a la vez que hacía un par de disparos sin precisión, pero puso su mano sobre el fusil y se quedó allí sin soltarlo.
Cuando ya la caída de Barcelona fue inminente, José y un amigo, también barcelonés, decidieron desertar. No querían seguir la retirada hasta la frontera sin saber lo que les aguardaba después. En casa les sería más fácil encontrar la forma de sobrevivir. Cruzaron montes y campos de labranza evitando los caminos y vadearon el río Llobregat de noche, y ya cerca de Molins de Rey, entablaron conversación con un labrador al que preguntaron por la forma más segura de entrar en Barcelona sin ser descubiertos.
—Mmm… Pensemos. —Decía el payés —Si vais a entrar en la ciudad, encontrareis controles por todos lados; pero tomad y fumad. —Se sacó una petaca y ambos se liaron unos cigarrillos. —Veamos, un poco más delante de aquí, antes de entrar en el primer túnel, paran los trenes que se llevan a los soldados en retirada y les permiten bajar para hacer sus necesidades. Yo creo que es el momento que podéis aprovechar para mezclaros con ellos sin ser notados y ya en Barcelona os esfumáis en la estación. Esperad a que anochezca por aquí escondidos. Tomad más tabaco y haceros unos cigarros para pasar las horas. —Hablaron durante un buen rato y al final el hombre se despidió deseándoles buena suerte.
Todo fue como esperaban y en la estación de Sants pudieron escabullirse, no sin que una voz les llamase: —¡Eh, vosotros! ¿Dónde vais? —Pero ya estaban cerca de la salida y tampoco había un orden tan estricto en la retirada por lo que nadie les persiguió.
José llegó a su casa en plena noche y permaneció escondido hasta mucho después de la rendición de Barcelona. Felisa se veía exultante de satisfacción. Ahora José no podría sacársela de encima y además estaba asustado. Una denuncia le hubiese llevado ante el pelotón de ejecución. María y Dolores notaban el cambio en la actitud de su cuñada pero se veían imposibilitadas para intervenir. También ellas tenían miedo, y su padre parecía estar en otro mundo desentendiéndose por completo de la situación. Manuel, por su parte, había recibido una citación para presentarse a filas, no como combatiente, porqué ya era mayor de cuarenta años, pero si para trabajos auxiliares. Decidió no acudir y esperar a ver que pasaba, porqué ya el ejercito de Franco estaba a punto de llegar.
El almacén de abastos de la calle Campo Sagrado se había cerrado, pero tan pronto como el ejército abandonó Barcelona, una turba hambrienta, además de especuladores y saqueadores, se lanzaron a forzar las puertas consiguiendo penetrar en el interior. La gente iba con bolsas, fundas de almohada, grandes pañuelos y todo aquello que permitiese hacer un hatillo; y los que no llevaban nada se llenaban los bolsillos, pero había tal aglomeración que una vez habían conseguido coger algo se les hacía imposible salir de allí. Ni gritos, ni peleas, ni amenazas no conseguían poner orden en aquel desbarajuste. Un pobre hombre, ya mayor, había cogido un saco de arroz y viendo la imposibilidad de salvar su botín, con un gran martillo hizo un boquete en la pared. Pudo sacar el saco e hizo un trato con una pareja que estaba intentando entrar. —Guardadme el saco mientras salgo y nos lo repartiremos. —Si, si. Descuide. —Pero cuando por fin logró pasar por el boquete, de la pareja y el saco no quedaba ni rastro.
Manuel también consiguió llenar media funda de almohada con judías, garbanzos y arroz después de entrar a empellones y salir casi a bofetadas entre una multitud enloquecida que sabía que aquella sería la última oportunidad de obtener alimentos a buen precio.
Unos días después de la entrada de las tropas nacionales por la Diagonal (que pasó a llamarse Avenida del Generalísimo Franco), Auxilio Social hizo una llamada para dar de comer a los niños menores de siete años. Muchos de ellos llevaban días sin probar bocado ya que la ciudad estaba completamente desabastecida. Manuel y María acudieron con sus tres hijos, aunque María, la niña, ya había cumplido los siete años en Diciembre y no le correspondía entrar. Los otros dos eran más pequeños. Su padre le dijo: —Mira, tú colócate cerca de la puerta y si ves la oportunidad, entra. Te tendrás que despabilar tu sola. —Ella esperó a ver un grupo un poco numeroso para mezclarse con ellos y traspasar el umbral. Dentro había muchas mesas todas ocupadas, pero penetrando más hacia el interior con rapidez, descubrió un sitio vacío. Se sentó delante de un plato y esperó, temerosa de ser descubierta e ilusionada, soñando con llenar el buche hasta la saciedad. Nadie le dijo nada. Una vez los niños se habían sentado ya no se preocupaban de controlar sus edades; y por fin, aparecieron dos voluntarias con vestido negro y delantal blanco llevando una olla de arroz con leche que humeaba. Llenaron su plato hasta el borde y siguieron por las otras mesas. Maria comió con glotonería y cuando le preguntaron si quería repetir asintió con entusiasmo. Cuando salió de allí notaba la barriga pesada y se sentía harta, pero la sensación de felicidad predominaba sobre todo lo demás. Su madre la esperaba con los dos pequeños: Eduardo y Sergio, que habían acabado antes. —¿Te han dicho algo? —Inquirió la madre. —Oh, no. Me he sentado y me han dado arroz con leche y hasta he podido repetir.
Las fuerzas de ocupación publicaron una lista con los números de los únicos billetes que serían aceptados por el nuevo gobierno como de curso legal y todo el mundo se apresuró a compararlos con el dinero de que disponían. Manuel y María habían conseguido guardar muy pocas pesetas, pero ninguno de sus billetes aparecía en la lista. —¿Qué haremos ahora? —María sentía una angustia que le oprimía el pecho y pensaba en sus tres pequeños. Manuel sentía rabia e impotencia. —No teníamos que haber guardado nada. Anteayer podíamos haber comprado cualquier cosa. —y señaló el dinero que había sobre la mesa. —Míralo. Hoy sólo vale para empapelar. —María quiso discutirle: —Ya sabes que hace días que ya no hay nada que comprar en ningún lado. Todos esperaban la lista y ahora van a poner las cosas por las nubes. ¿Por qué no miras si tu hermano puede echarte una mano? Si no es así no se que será de nosotros.
Manuel recurrió a amigos, familiares y conocidos, pero todo fue en vano. Nadie estaba en condiciones de ayudar a los demás. La guerra había terminado para Barcelona, pero la situación era desesperante para la gente humilde. Por lo menos faltaban un par de meses para que volviesen a funcionar talleres y comercios con un poco de normalidad.
Así fue que aquella noche, ante la mesa vacía, María abrazaba a sus tres hijos y les decía con lágrimas en los ojos y la mirada triste y oscura: —Vuestro padre ha salido a ver si se encuentra una cartera.
Los minutos y las horas fueron pasando muy lentamente, y hasta Sergio, que sólo tenía tres años, parecía comprender la gravedad de la situación, quedándose quieto y en silencio junto a su madre.
Por fin, pasada ya la media noche, la puerta se abrió y Manuel apareció en el umbral. Llevaba un descosido en una manga, señales de lucha en la cara y el puño derecho hinchado y enrojecido. Con un gesto hosco de rabia lanzó una cartera sobre la mesa por la cual asomaron unos cuantos billetes. María corrió hacia él llorando. —¡Manuel, oh, Manuel! —Él se dejó abrazar impasible mientras la dureza de su expresión intentaba ocultar el terrible infierno que se desataba en el fondo de su conciencia.
BOLERO.
Comentarios
Enhorabuena
Me pareció demasiado largo para ubicarlo en narrativa y en varios no vi que encajase. Si creeis que estaría mejor en otro apartado podeis moverlo.
Un abrazo.
Agradezco también el comentario de José.
BOLERO.