¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Aquel viejo baúl

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


Aquel viejo baúl

En el rincón más polvoriento del desván de la vieja casa de la abuela, justo debajo una ventana, que apenas dejaba entrar la luz, había un antiguo baúl de madera. Era grande, oscuro, con herrajes oxidados y una cerradura que ya no cerraba. Ese baúl había estado allí siempre, o al menos desde que Alejandra tenía uso de razón. Nadie de la casa le prestaba atención, como si fuera un objeto más entre muebles rotos, cajas apiladas, trastos inservibles y telarañas.

Pero un lunes por la tarde, mientras la lluvia golpeaba el techo de la casa con furia y el viento ululaba entre las rendijas, Alejandra subió al desván en busca de objetos olvidados. Su abuela había fallecido hacía un mes; y, desde entonces, la casa parecía guardar secretos en cada uno de sus rincones más recónditos. Alejandra sentía una extraña atracción por ese baúl desde muy niña, una especie de intuición que hoy, por fin, decidía descubrir.

Se agachó frente al baúl y pasó suavemente una de sus manos por la tapa de cierre. El polvo levantado la hacía toser, pero no se detenía. Abría con esfuerzo la gruesa y pesada tapa y, al hacer eso, el crujido de la madera parecía romper el silencio del desván, como una exhalación contenida durante años.

Lo primero que veía eran papeles amarillentos, atados con cintas descoloridas: cartas, periódicos, fotos en blanco y negro… Había también un vestido blanco de encajes, cuidadosamente doblado, una muñeca de porcelana con una grieta en el rostro, una caja de música que, al girarla, emitía una melodía dulce y melancólica. Cada objeto que descubría parecía contar una historia, como si el baúl fuera un santuario de memorias.

Alejandra cogía una carta al azar. La caligrafía era de buena calidad, pero la tinta estaba desvaída por el tiempo. Estaba dirigida a un tal Adolfo, y firmada por Carmen, el nombre de su abuela. La leía con el corazón encogido:

Amado Adolfo. Han pasado ya dos semanas desde que partiste, y mi corazón se siente vacío sin tu sonrisa. Te estoy escribiendo desde el jardín, bajo el cerezo que tanto te gusta. Floreció temprano este año, como si supiera que lo esperabas. Te echo mucho de menos. Vuelve pronto. Siempre tuya, Carmen.

Alejandra sentía que el mundo se detenía por unos momentos. Jamás había oído hablar del tal Adolfo. Su abuelo se llamaba Luis, y según le había informado su madre, sus abuelos se habían conocido de jóvenes y se habían casado al poco tiempo.

¿Quién era entonces Adolfo?
¿Quizás un Amor secreto?
¿Quizás un primer Amor perdido?

Seguía leyendo carta tras carta y los fragmentos de historia se iban completando como piezas de un rompecabezas. Adolfo había sido el Amor de juventud de su abuela: un joven y apuesto músico que tocaba el violín en una cafetería del centro. Se conocieron en el verano del 1943, cuando Carmen tenía apenas diecisiete años. Se amaron con la intensidad de quienes creen que el tiempo es eterno. Pero él era llamado a servir a su patria en el extranjero, y nunca regresó. La última carta que Carmen le escribió estaba manchada de lágrimas. En ella, le decía adiós.

Alejandra se quedaba un rato en silencio, sosteniendo la caja de música entre las manos.

¿Cuántas veces habría su abuela abierto ese baúl para revivir su Amor?
¿Cuántas veces habría llorado en secreto por aquel joven que nunca volvió?

Entre las cartas, encontraba también un cuaderno con las tapas desgastadas. ¡Era un diario! En sus páginas, su abuela relataba no sólo su Amor por Adolfo, también su decisión de seguir adelante con él. Contaba cómo conoció a Luis (su esposo) y cómo aprendió a quererlo con ternura, aunque sin el fuego de su primer Amor. Cómo formaron una familia, cómo eligió la estabilidad y el cariño sobre la pasión desbordada. Era un testimonio profundamente humano, honesto, sin máscara.

Alejandra se sentía conmovida hasta lo más profundo de su corazón. Su abuela, a la que siempre había visto como una mujer fuerte y sabia, se le revelaba ahora en su más pura humanidad: frágil, enamorada, rota y reconstruida.

En el fondo del baúl veía un sobre cerrado, con el nombre Alejandra escrito en letras mayúsculas:

ESTE SOBRE ES PARA MI ÚNICA NIETA, ALEJANDRA, A LA QUE QUIERO CON TODA MI ALMA. RUEGO QUE LO ABRA CUANDO YO ME HAYA IDO DE ESTE MUNDO

Con dedos temblorosos lo abría. El papel que había dentro decía:

Queridísima nieta. Si estás leyendo esto, es porque has abierto el baúl. Siempre imaginé que serías tú quien lo haría. Eres curiosa, intensa, valiente. Este baúl guarda mi pasado, mis recuerdos más íntimos, mis verdades. No fue fácil vivir con ellos, pero aprendí a atesorarlos sin dejar que me dolieran. Te informo que la vida no siempre se trata de elegir lo perfecto, sino de construir algo bello con lo posible. He amado mucho, y también he sufrido mucho. No obstante, no cambiaría nada. Ese baúl es tuyo ahora. Llénalo con tus propios recuerdos, tus cartas, tus errores, tus aciertos, tus divertimentos, tus amores. Porque, al final, eso es lo único que queda: lo que recordamos, y lo que dejamos atrás para que otros lo recuerden. Te quiere mucho, tu abuela.

A Alejandra se le paró el tiempo, no atinaba a saber cuánto pasó allí, sentada en el suelo del desván, rodeada de cartas, fotos y emociones. Cuando recuperaba la normalidad y volvía a cerrar el baúl, no lo hacía con tristeza, sino con sonrisa. No lo vio más como un simple un baúl de nostalgias, sino como un puente entre generaciones.

A partir de entonces, Alejandra cada día subía al desván, no sólo a leer las historias de su abuela, sino a escribir las suyas propias. Celosamente guardaba cartas, fotos y pequeños objetos con significado.

Comprendía Alejandra que cada vida está hecha de momentos que merecen ser recordados, y que el Amor, aunque cambie de forma, nunca muere.

AQUEL BAL ANTIGUO Oooooo97

A Chávez López
Sevilla oct 2026

 :)
 
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com