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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Lucía decidió telefonear
Decía el papel clavado con chinchetas en el tablón de anuncios de la universidad:
DOS CHICAS BUSCAN UNA COMPAÑERA DE PISO PARA COMPARTIR GASTOS DE ALQUILER Y COMUNUNIDAD. INTERESADA LLAMAR AL TELÉFONO....
Lucía pensó que si aún estaba ese papel era porque no había acudido nadie, pues el anuncio llevaba ahí diez días.
“Hoy puede ser mi día de suerte”, pensó y llamó desde su móvil.
Cuando colgó, Lucía pensó que debía pasar por la pensión luego de clase y antes de ir a la reunión. No quería que la viesen con la palma de la mano llena de boli. Además, se lavaría el pelo, pues estaba grasiento después trabajar en el laboratorio con todos esos productos químicos.
La hora de la comida, Laly informó a su compañera Marta que a las siete tenían una entrevista con una tal Lucía, que recientemente había llegado a la universidad, para el segundo trimestre, y estaba interesada en compartir el piso.
A la hora convenida, Lucía, puntual a su cita, se hallaba delante del 21 de la calle Amapola. Le sorprendió que el portal estuviese abierto, y lamentó que no hubiese ascensor, porque era un sexto piso, aunque no la frenó para seguir pensando que era un día de suerte. Su segundo día en la universidad y ya había hallado piso. Bueno, aún no, pero estaba segura de caer bien a sus nuevas compañeras.
Llegó al rellano del sexto casi sin aliento. Llamó al timbre de la puerta C. Pero, qué raro, la puerta estaba entreabierta; la empujó y acabó de abrirse, ¡Oh, no podía creer lo que estaba viendo…!
Ya instalada en el piso, tumbada en la cama de su habitación y contemplando las paredes, aún desnudas de algún póster o cuadro, porque en realidad no había tenido tiempo de poner todas sus cosas, pensó en su situación: 'pocas fiestas podré organizar aquí'. Y al volver a pensar en sus compañeras recordó lo extraña que fue la entrevista. 'Callan algo', pensó de nuevo. Se dio cuenta de que, aunque lo explicase, nadie iba a creerla, por lo que decidió guardar silencio. Al fin y al cabo, a ella no le iba a afectar. ¿O sí...?
El patio de la universidad es como la plaza mayor de un pueblo, donde todo el mundo se encuentra, sólo que aquí nadie te saluda y todos van a su bola. Entonces, ¿en qué se parece a un pueblo? se preguntarán los lectores. En que es el escenario de todos los chismorreos y los secretos a voces. A Lucía le gustaba, porque era agradable poder tumbarse en el césped y estudiar al aire libre, y si se cansaba se pondría boca arriba y miraría el cielo. Tumbada y mirando el cielo, asomó por detrás una cabeza que la miraba desde arriba, tenía pelo rizado y gafas redondas con montura de carey. Era Alex, aunque su nombre era Alejandro, le molaba que le dijesen Alex. Era el único amigo en la universidad. Además de Laly y Marta.
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—¡Eh, que haces ahí; me estás tapando la vista!
Alex sonrió, se tumbó al lado de su nueva amiga y le preguntó, porque sabía que si tardaba en hablar ya no haría la pregunta por miedo a que Lucía se enfadase con él. Después de todo, tampoco tenían tanta confianza.
—¿Por qué me haces esa pregunta? ¡Claro que comerán, lo que pasa es que a lo mejor tú no las has visto!
—Es lo que se comenta. Nadie las ha visto comer ni siquiera al mediodía. Además ¿cómo te explicas que no tuvieran ni nevera en su piso y hayas tenido que comprar tú una? ¿Tú las has visto comer o cenar algún día?
Lucía se quedó pensando y aunque le jodía el interrogatorio de Alex, reconoció que era raro. Igual que el resto de las cosas que hacían, como salir todas las noches a las doce en punto y volver a la hora y siempre decían que hacía una noche maravillosa y que les gustaba pasear bajo las estrellas.
—Hola, Alex, ¿has visto a mi gatita Luna?
Se les acercó una chica un poco estrafalaria. No era de su clase, pero ella la conocía de vista de otra clase.
—Pelín rara es esta chica ¿no crees? -dijo Lucía, y Alex y empezó a reírse. Él sí coincidía en clase con ella, y Lucía tenía razón: era una tía rara.
Las clases de la tarde fueron aburridas, excepto la última con el profesor Bacterius (le llamaban así por su parecido con el inventor de Mortadelo y Filemón). Al parecer estaba cabreado porque su gato persa aún no había vuelto de su última escapada.
A las seis sonó el timbre anunciador del fin de clases. Lucía recogió deprisa porque quería llegar al piso antes que las chicas, con la idea de husmear en lo que había detrás de una puerta verde, siempre cerrada con llave. Pero no le dio tiempo. Sus compañeras llegaron temprano y sólo pudo dejar en el sofá su bolso y sus libros cuando sintió la llave en la cerradura de la puerta de entrada. Ese mismo día a las doce en punto, y en cuanto salieron a la calle, volvería a intentarlo de nuevo.
—Hasta luego, Lucía, nos vamos a dar una vuelta -dijo Laly.
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Y Lucía oyó cómo cerraban la puerta tras ellas. Corrió en busca de una horquilla y una lima fina para intentar descubrir el secreto que había detrás de esa puerta. El miedo le hacía sudar y temblar las manos, por lo que se dificultaba más la tarea. Luego de media hora de intentarlo, y al tener pegada la cara a la cerradura... “¡uf, qué olor tan raro, huele a cebolla y ajo!”, pensó. Cuando estaba casi a punto, oyó como se cerraba una puerta lo que hacía que cayera de culo del susto, perdiendo la horquilla que estaba medio girada en la cerradura. “No es nada, será la puerta del vecino”, se dijo para calmarse. Abrió una ventana porque sudaba, pero ya no sabía si del calor o del miedo. Al abrir la segunda ventana, vio cómo Laly se agachaba para acariciar un gato que olfateaba en torno a la basura. “Ya estarán de regreso, no tengo tiempo”, pensó de nuevo. Cerró las ventanas, recogió la horquilla del suelo, metiéndose en su cuarto como si todo el tiempo hubiese estado en él.
A la mañana siguiente mintió al decir que iba a la biblioteca, pero se quedó esperando escondida detrás de un árbol. No hubo movimiento por parte de sus compañeras y al final se cansó y pensó cómo podía haberse dejado enredar por Alex. Cuando se dirigía hacia el portal vio a Marta que salía corriendo a tirar una bolsa de basura y, al girarse para ver que no pasaban vehículos..., ¡oh, su camiseta estaba manchada de sangre! Le temblaban tanto las piernas que tuvo que sentarse en un poyete. Miró de reojo y vio que Marta volvía a entrar en la portería. Cogió el móvil y llamó a Alex;
—¡Por favor, Alex, ven enseguida! Te espero enfrente del bloque, en la parada del autobús. ¡No te tardes! -y colgó.
A Alex le pareció que estaba angustiada, y Lucía no era de esas chicas que se dejan impresionar por cualquier cosa.
Al cabo de veinte minutos, llegó Alex. Lucía le explicó lo que había pasado y entonces Alex le dijo que por qué no le había contado lo de la habitación cerrada con llave, sabía que la decoración del piso era excéntrica y exagerada en colores. Eso ya las convertía en raras.
—Vamos a tomar algo en esa cafetería y me lo explicas todo desde el principio.
Se sentaron a una mesa de la cafetería y mientras Lucía le explicaba lo que había visto el primer día que se instaló, Alex ponía cara de incredulidad y repulsión al mismo tiempo.
—Es extraño, pero cada uno vive como quiere y mi cuarto es lo suficiente amplio para poder hacer vida en él, sin necesidad de compartir lugares comunes. Bueno, salvo el baño, del que ellas procuran sacarlos de la bañera antes de que yo entre.
—Lucía, estás alterada. Vente conmigo a mi casa, comemos, vemos un rato la tele y cuando estés más tranquila te acompaño a tu casa, y si quieres entre los dos inspeccionamos.
Lucía aceptó agradecida, más que nada porque no estaba preparada para volver a su casa en ese estado.
—Alex, Lucía, nos vamos a dar nuestro paseo diario. Hasta luego.
Se oyó cerrar la puerta. Dejaron pasar unos minutos para asegurarse de que no retrocedían y se pusieron manos a la obra. Luego de minutos intentándolo, por fin la cerradura cedió y se abrió la puerta. Encendieron la luz del cuarto. ¡Qué es esto! No entendían nada. Una mesa, dos sillas, una estantería llena de botes con arroz, harina, azúcar, café, una caja de galletas y otra con magdalenas. Junto a la estantería había un fregadero y al lado una cocina con horno.
—¡Las muy ratas! Comen a escondidas para no darle a nadie ni un trozo de pan.
Defraudados, Alex porque ya no había misterio, y Lucía por la jugada de traición y desconfianza. Salieron de la habitación y cuando iban a cerrar de nuevo se dieron cuenta que se les había caído la horquilla dentro del cuarto.
Lucía volvió a entrar otra vez. Su curiosidad no le permitió salir de allí sin antes destapar la olla que había encima un fogón. Quería saber qué guiso habían comido al mediodía.
Pero dio un grito espantoso. Tiró la tapadera al suelo y salió corriendo de la casa.
Mientras corría calle abajo, aterrada, no podía apartar de su mente aquella cabeza de gato cocinada entre verduras y patatas.