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El inexorable destino

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


El inexorable destino


El tiempo se detiene en el momento en el que la vida deja de surgir, en el momento en el que los sueños dejan de existir, en el momento en el que ni siquiera tú mismo crees que tienes que seguir viviendo.

“La vida continúa”.

Escuchaba esas tres palabras a todo ser que rondaba por mi lado aquella calurosa tarde de julio, en el momento en que las palabras eran agujas que tejían con hilo de dolor mi nuevo y renaciente corazón. Y las palabras se las lleva el viento, hasta en la más absoluta calma. Las palabras no sirven de freno para detener la caída, ni las lágrimas expresan el miedo a que no existas. Sólo oyes un desapacible silbido del vacío. La nada impregna de ira las heridas. Y mientras tanto, transcurren los días…

Nací cuando lo vi por primera vez. 20 primaveras contaban aquellos luceros de los que pude disfrutar de sus miradas, y toda una vida por delante en la que podría pasar a su lado. La ingenuidad e inocencia son las partes más apegadas a mí, las más importantes de todos mis latidos.

Él era un chico feliz, sonriente, amable, respetuoso, educado, y, sobre todo, satisfecho y agradecido a la vida. La miel alimentaba el color de sus ojos, y el Sol se escondía en las nubes mientras los ojos parpadeaban. Su cabello era del color del castaño, chirriante de fuerza; y su sonrisa... ¡oh, su sonrisa era la alegría de mi vida, el móvil de mis sueños, el símil de lo perfecto! Pero su belleza no se guardaba en apariencias, sólo mostraba lo que su corazón escondía. Él ra grande, sincero, chispeante… Una de esas personas que con sólo su presencia le pone color a la vida.

Le conocí casualmente en una de esas oportunidades que brinda la vida, en uno de esos trenes que no se pueden dejar escapar. Y el tiempo se detenía en el momento que lo veía marchar, sabiendo que sería la última vez que lo hacía. Se teñía el cielo de gris, sin dejar rayo de sol a la vista; las nubes se alineaban en forma de corazón, y yo cerraba los ojos creyendo que si lo veía sería un espejismo. Pero cuando los volvía a abrir, se había ido, y lo único que a esa altura todavía quedaba en el aire, era un abominable vacío, que desde aquel día protagoniza mis días. No dudaba en gritar su nombre, para quebrar el silencio, pero la respuesta era mi propio eco. Rodeada de personas siempre estaba y siempre me sentía sola, como si él se hubiese llevado hasta el último resquicio de vida que quedaba, y sólo tenía fuerzas para llorar.

Salí de aquel lugar, sin vida y sin saber a dónde ir. Mis pies sólo utilizaban la inercia para llevar mi cuerpo. Y mi mente estaba perdida en algún lugar del cementerio, intentando buscar y hallar el alma que acababan de arrebatarle o, en su defecto, encontrarme yo con su alma. Seguían rociando lágrimas mis tristes ojos, y mi estado de ánimo pedía a voces la máquina del tiempo para volver a dar marcha atrás.

Las personas que a mi lado permanecían, callaban; sólo aprovechaban cruces de miradas para enviarme un sentido “lo siento”. Sin hablar, me llevaban al coche e iniciamos el viaje de vuelta. Pensaba que esa tarde sólo habíamos ido al cine y acabábamos de regresar de ver una película de terror, y de ahí caras largas. Pero las imágenes no eran reales, que no pertenecerían al baúl de mis recuerdos, que no estarían en el cajón de mis olvidos, que no acabarían de dibujar las últimas pinceladas de mi realidad. No eran míos mis propios pensamientos, no los sentía como parte de mí, quería que mis pensamientos se fuesen, como una bandada de pájaros.

Quería que volviesen a ser las 9 de la mañana de aquel 3 de julio, que él mirase al frente y no dejase que el sueño, la música, o lo que le había llevado a la muerte, le arrebatase la vida. Yo no conseguía distinguir nada en el ambiente, sólo era presa de la mayor de las tristezas.  

-Leticia, ¿estás bien? -y entonces desperté.

Miré el sillón trasero del coche y vi mis dos mejores amigas, que me miraban fijamente. Sólo pude asentir con la cabeza. Volvía a mirar al frente y lloré de nuevo. Una de ellas me cogió de los hombros, sin decirme nada. Tampoco había nada que decir. Le di las gracias por estar conmigo en ese momento. También quería gritar mi dolor, pero nada de esto podía hacer. Aún no valoraba lo que acababa de suceder, aún nada había medido, aún no había pensado en nada, en cada parpadeo aparecía la imagen de él. Sólo oía su voz, sólo olía su olor, pero lo más triste era que sólo podía sentir su vacío.

Llegamos a casa y directamente me fui a la terraza. Miré el cielo con la vista obnubilada y lancé al aire un te amo sonoro salido de lo más hondo de mi alma. Recordé entonces uno de los mensajes que me envió que se despedía con un “te amo”.

Ahora, una de las millones de estrellas es su hogar, y fui yo quien lo imaginé mirándole y dedicándole un adiós. Por bonita que mi mente pintase la situación, en mi corazón sólo retumbaba el adiós. No podía dormir en toda la noche. Caía rendida a las ocho. Después, dormí poco y esa semana pasaba entre forzadas sonrisas. No estaba yo preparada para dejarle ir de mi vida. No me consolaban los consejos de amigos. Me cogía fuertemente a todas las esperanzas de que lo sucedido no era verdad, al menos para mí.

Todas las noches de ese verano me sentaba en la terraza y miraba mi estrella, que había fijado como nuestro punto de encuentro. Había cogido por norma que cuando más sola me sentía, me iba la terraza para sentirme cerca de él. Y una de aquellas noches estaba más sola que nunca.  

Para mi sorpresa, los sentimientos que salían de mi corazón se instalaban como luces independientes detrás de mí y sólo un sentimiento, que brillaba más que todos juntos, diseñaba en nuestra estrella la ruta de la felicidad. Estaba a punto de dejar este mundo, en el que la felicidad era el único sentimiento que a mi vida no pertenecía, para terminar con mi sufrimiento. Pero cuando me levanté para dejarme llevar por esa ruta, miré atrás para despedirme de la vida, pero me encontré con todos los sentimientos brillando en la silenciosa penumbra, y detrás de aquellas luces cegadoras veía a mi madre, a mi padre, a mis amigas, y a todas las personas que me querían explicándome un mar de momentos que aún me quedaban por vivir. Por sus mentes afloraban recuerdos recordándome que, aun todas esas luces, había una luz más fuerte, el sentimiento más grande: la vida.

Llevé mi mirada hacia el Amor de mi vida, recopilando de cada poro de mi piel hasta la última gota de las fuerzas que me quedaban. A través de nuestra estrella, lo miré a los ojos por última vez en vida, le di mi corazón en carne viva, y siendo presa de una triste soledad, sólo pude gritar: ¡me voy contigo!

Y su alma inmortal nos contaba su final…

E inmediatamente después, aún sus padres y sus amigos pendientes de ella, pero sin que les diese tiempo a reaccionar para detenerla, se lanzó al vacío desde la terraza de su piso de la sexta planta del edificio. La altura y la inercia de caída despedazaban contra el duro asfalto un precioso cuerpo destrozado anímicamente de tan sólo 19 años.

LA CAJA DE MSICA 7 UN RINCONCITO PARA COMPARTIR  - Pgina 21 Decidi11

A Chávez López
Sevilla ago 2026

 
 

Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Esta historia es ficción, pero bien podría ser realidad.

    Amores que perduran más allá de la eternidad.

    Se me pasó añadir que la protagonista de esta historia, Leticia, contrajo matrimonio, vestida de novia, con su extinto Amor. Y, una vez fallecida, fue enterrada en la misma tumba de él, con el visto bueno de sus progenitores.

     :(
     
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